ARTÍCULO

Paleontología de vertebrados en estado puro

Ariel, Barcelona
420 pp. 19,50 €
 

Corren tiempos de recuperación de la memoria, tiempos a los que la ciencia española no es en absoluto ajena. La deficiente tradición científica de nuestro país asiste en las últimas dos décadas a un decidido empeño por recuperar ese tiempo perdido. En este marco, disciplinas clásicas agrupadas bajo el término «Historia Natural», base de las modernas Ciencias de la Vida y de la Tierra, se encuentran cada vez más reconocidas y alcanzan cotas de éxito y notoriedad similares a las de esos otros países que siempre nos sacaban ventaja. Desde esa óptica, y desde la serenidad de haber recuperado un buen trecho del desfase histórico, el científico naturalista de hoy mira al desarrollo de su disciplina y descubre dos cosas: la conciencia de ser parte de un proceso histórico que ahora sentimos también nuestro y, por supuesto, que ese proceso tiene unas raíces más o menos difusas según el caso, pero que, desde luego, no se inicia en los éxitos de los últimos años. El naturalista siente que no está del todo solo, que ha habido ilustres precedentes, en ocasiones injustamente relegados al olvido. En este sentido, creo que asistimos a diferentes manifestaciones en que se reivindica la ciencia española –libros, exposiciones, conferencias–, derivadas de haber alcanzado un cierto grado de madurez intelectual, y sin perder de referencia el carácter esencialmente internacional de la ciencia.
José Luis Sanz, en sintonía con estos tiempos, nos ofrece en Cazadores de dragones un recorrido muy ameno por la historia del descu¬brimiento y conocimiento de los ¬dinosaurios: ese grupo de animales extraordinarios a mitad de camino entre lo real y lo increíble. El autor nos brinda una perspectiva histórica de cómo los diferentes investigadores en el contexto sociocultural de sus respectivos países han participado en el descubrimiento y saber sobre los dinosaurios, con Francia, Inglaterra, Estados Unidos, la antigua Unión Soviética, Polonia, Argentina y posteriormente China a la cabeza. Nuestro mejor especialista en las faunas reptilianas (y avianas, como veremos más tarde) del Mesozoico (período geológico entre hace 248 y 65 millones de años) nos amplía nuestro saber sobre la historia y las personas que hay detrás de los descubrimientos, sobre las ideas que han regido nuestra concepción de los mundos pasados y, muy importante, sobre la lógica que ha inspirado y determinado esas concepciones. En resumen, un magnífico libro, muy ameno, salpicado de un amable sentido del humor y un exquisito respeto al lector. Libros como éste hacen falta en el acervo científico español.
Pero Cazadores de dragones despliega también sus contenidos en muchas otras dimensiones claramente identificables. Por ejemplo, nos enfrenta a la diversidad del mundo mediante un viaje al pasado del planeta. En efecto, para conocer la diversidad hay dos formas: viajar en el espacio y viajar en el tiempo y, claro, la conjunción de una y otra. Cuando uno viaja por otros lugares, aunque sea a muy pocos kilómetros, encuentra cosas, plantas, animales, actitudes, formas de ser, que no están o no viven en el entorno cotidiano (aunque sí son cotidianas en el lugar visitado). De este modo se descubre que el mundo es esencialmente heterogéneo y complejo, más allá de lo que hemos aprendido. Y que la comprensión de la realidad no puede alcanzarse por sencillas extrapolaciones lógicas de lo ya conocido.
En el tiempo no podemos viajar físicamente, como realidades materiales que somos, pero nuestro intelecto, de la mano de la ciencia de la Paleontología, sí puede ensayar reconstrucciones de la historia de la vida y hacernos viajar conceptualmente a lo largo del eje temporal. Es en ese explorar el mundo en otras épocas cuando descubrimos las más asombrosas producciones de la naturaleza. Cuando asoman ante nosotros mundos fascinantes, radicalmente distintos a lo conocido, e incluso a lo imaginado.
Al margen del conocimiento técnico que puedan adquirir los paleontólogos, ya sean geólogos o biólogos, los mundos del pasado nos enseñan a relativizar las cosas, a saber, que lo inmediatamente próximo es sólo una minúscula fracción del universo en que vivimos. Y para esto el mundo del Mesozoico, el tiempo de los dinosaurios, es, por su dramatismo, el ejemplo quizá más fácilmente comprensible para el gran público.
Otra faceta muy enriquecedora que emerge de la lectura de Cazadores de dragones es ver cómo la teoría de la evolución y el desarrollo de la paleontología están íntimamente ligados al estudio de los dinosaurios. La historia del estudio de los dinosaurios es paralela al desarrollo de los conceptos evolutivos en paleontología. Las denominadas leyes paleontológicas, tales como la ley de Cope (aumento del tamaño en los linajes) o la ley de Dollo (ley de la irreversibilidad evolutiva) se gestan en buena medida por estudiosos de los dinosaurios. Conceptos fundamentales de la Anatomía Comparada (disciplina que, por medio de la comparación, busca encontrar las pautas de organización en la estructura de los seres vivos) fueron desarrollados al calor de los dinosaurios de la mano de Owen, Huxley o, más recientemente, Romer. Además, Iván Efremov, paleontólogo ruso creador de la Tafonomía (el estudio de la transición de los restos, partes o productos de los organismos de la biosfera a la litosfera), una disciplina paleontológica que ha prendido el interés de un elevado número de paleon¬tólogos en las últimas décadas, también se curtió en la búsqueda de estos vertebrados allá por los años cuarenta del siglo XX en el desierto del Gobi (Mongolia). Y viene al caso comentar ahora el componente aventurero que tienen muchos de los grandes descubrimientos de dinosaurios, una vertiente sin duda atractiva, muy bien reflejada en Cazadores de dragones, sin que en ningún momento adquiera tintes sensacionalistas. Una dimensión humana plagada de vocaciones inquebrantables, locas obsesiones, deseos de gloria y, en no pocas ocasiones, búsqueda de rendimiento económico.
Y como guinda del pastel, el autor de Cazadores de dragones es un reconocido especialista en el estudio del origen de las aves, tema al que dedica algunas páginas hacia el fi¬nal del libro y sobre el que ya existen textos previos publicados por el autor. En la búsqueda del origen de este grupo animal se encuentra uno de los descubrimientos más fascinantes de la paleontología y un magnífico ejemplo de lo que se ha comentado anteriormente: la existencia de dinosaurios con plumas. Si no vas a ese espacio o a ese tiempo no sabrás lo que allí existe. Y enlazando con esto, insiste el autor en repetir que los dinosaurios no se han extinguido. Que, aunque parezca extraño, están entre nosotros. Y uno se pregunta: ¿dónde? Y la respuesta es: transformados en aves. ¡Maravilla de la evolución biológica!

01/09/2008

 
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