ARTÍCULO

Cartografía

Siruela, Madrid
Trad. de José Luis López Muñoz
192 págs. 2.750 ptas.
 

Al leer este libro de Andrew Crumey (Glasgow, 1961), una imagen recurrente aparece en la mente del lector: la de un grabado de Escher. Uno de esos laberintos metafóricos llenos de pasillos circulares y escaleras que conducen a nuevas escaleras y espejos engañosos calculados al milímetro y ejecutados con minuciosidad con el solo propósito de alterar los sentidos del lector. El texto de Crumey es, en efecto, un trampantojo literario, realizado con la maestría de un amanuense y la brillantez de un alumno aventajado de Jorge Luis Borges y de Italo Calvino. Dando la vuelta al recurso del manuscrito encontrado, Crumey propone la existencia de un texto que no existe, valga la paradoja, pues la historia que nos cuenta es la de un inventor de ciudades imaginarias, un príncipe del siglo XVIII vagamente centroeuropeo dedicado por entero a la terca creación de un mundo aparte, o como él mismo declara nada más empezar la novela, a modo de poética o declaración de intenciones: «Un sueño, una ciudad conceptual, hecha no de calles o edificios, sino de mapas e ilustraciones. Sería una ciudad de ideas y, como tal, un monumento más duradero que cualquier acumulación de piedras, dado que sólo las ideas pueden aspirar a la inmortalidad».

Después de varios esbozos insatisfactorios, que por una u otra razón fracasan, el príncipe se centra en la que será su obra magna: la invención de la ciudad de Rreinnstadt, para lo cual organiza docenas de departamentos de especialistas a sueldo dedicados a cubrir cada una de sus partes (arquitectura, historia, población, clima), sin que se le escape un solo detalle. Una estructura tan vaporosa, y a la vez tan sugerente, le permite al autor entregarse a una suerte de embriaguez cartográfica, lo que no tarda en hacer. Como quien levanta planos, Crumey detalla avenidas, emplaza calles, coloniza desiertos y bautiza plazas, sin más freno que su imaginación y talento. Y si William Faulkner, tras delinear el imaginario condado de Yoknapatawpha, pudo escribir al pie del mapa: W. F., sole owner and proprietor («único dueño y propietario»), otro tanto puede hacer el príncipe de esta fábula.

El recurso, hay que reconocerlo, admite toda clase de influencias eruditas procedentes de la órbita del arte y de la ciencia, desde referencias a las múltiples Utopías y Ucronias que la cultura ha producido, hasta dejarse influir por cierta estética de cómic que resulta más discutible. De ello resulta un gran fresco medieval que es también una película de ciencia-ficción gótica con destellos de Gotham City y tinieblas trasplantadas de Blade Runner o Brazil, hasta llegar a los universos virtuales de la Red, donde todo existe y nada es real. Todo este tinglado metafórico, repleto de aparatosidad escenográfica (Crumey, no lo olvidemos, está alzando un decorado), podría producir resaca, o empacho, ante su vistosidad superficial de telón pintado, telón al fin y al cabo, si no fuera por el buen pulso con que el autor maneja sus hilos y resuelve sus maquetas, sin dejarse engañar jamás por las trampas del espejismo que él mismo ha levantado.

Consciente del peligro de quedarse en una mera ilustración anecdótica, en un fuego de artificio y efectos especiales bendecidos por el mercado, Crumey se apresura a introducir una trama argumental de tintes detectivescos nacida del propio escenario de su invención. Surge así la historia de amor entre el cartógrafo Schenck y la biógrafa pelirroja Estrella, alimentado por la fantasmagoría de Pfitz, un personaje irreal cuyo nombre un tanto peregrino da título a la novela. Para seducir a la chica, Schenck finge haber descubierto a este misterioso personaje llamado Pfitz, y se dedica en secreto a inventar su biografía, mediante una serie de diálogos intercalados entre los otros capítulos, haciéndola pasar por verdadera ante los ojos de ella. Crumey salta de unos episodios a otros y los hilvana con la habilidad de un guionista de cine. El personaje de Pfitz no es más que una fantasía desarrollada en el interior de otra fantasía, la de la ciudad inventada, con lo cual el autor soluciona su artificio superponiendo sobre éste un artificio aún mayor, en una sucesión de cajas chinas unas dentro de las otras.

Pfitz pertenece a esa categoría de libros que nacen de otros libros, no de la vida. Una literatura de segundo grado en cierto modo funcional, de laboratorio, en la que todas las palabras son ecos de otras palabras y los sucesos remiten a otros sucesos aureolados por el prestigio de una genealogía sólida ya establecida. El peligro estriba en copiar el gesto sin heredar la sustancia. De tanto ir y venir de la ficción a la realidad y viceversa, en algunos y peligrosos párrafos el propio novelista pierde pie, como cuando asegura que «puede existir una infinita jerarquía de libros y bibliotecas que gobiernen el destino de las coincidencias, las coincidencias del destino, el destino de los destinos y las coincidencias de las coincidencias», retruécano mareante donde los haya y que se muerde la cola.

Otra regla que no puede faltar en esta literatura de corte fantástico, y Pfitz no es una excepción, consiste en difuminar en lo posible la presencia del autor, multiplicando las voces, de modo que no se sepa bien quién gobierna lo escrito, si el libro es producto del azar o si detrás del autor hay un Autor, lo cual añade a la intriga un plus de escalofrío teológico. Lo que Pfitz intenta, en definitiva, es trazar un paralelismo entre la figura de este mecenas lunático dedicado a fabricar urbes ficticias y la creación artística y literaria, pues la ciudad que el príncipe sueña y la biografía que el cartógrafo inventa coinciden punto por punto con la novela que el autor mismo está escribiendo y que el lector tiene entre las manos. Tal estrategia configura un elegante catálogo de metaliteratura, o literatura elevada al cuadrado, así como un juego de malabarismo formal teñido de un suave buen humor destinado al entretenimiento del lector, expuesto sin demasiada profundidad pero con desparpajo y gracia. Crumey no alcanza la altura de los modelos que se propone, no llega al tigre metafísico de Borges ni a la poesía desconsolada de Calvino en Las ciudades invisibles (su precedente innegable), pero factura un producto digno, bien hecho y mejor rematado, fácil de digerir, autorizado para todos los públicos, dirigido tanto a los aficionados a la novela de aventuras filosóficas como a los fans de Flash Gordon.

01/10/2000

 
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