ARTÍCULO

El amor a las plantas del paseante solitario

KRK, Oviedo
Trad. de Fernando Calderón Quindós
374 pp. 25 €
 

Quizá lo primero que quepa decir es que el título decidido por los editores para el libro no da una idea justa del contenido, que incluye varios escritos de Rousseau: Cartas elementales sobre botánica, algunas cartas adicionales dirigidas por Rousseau a la misma destinataria, Fragmentos para un diccionario de términos de uso en botánica, y unos breves textos, titulados aquí Fragmentos de botánica. Los textos están excelentemente editados y traducidos. Las notas científicas de María José Carro Jiménez son de una exquisita precisión. Y todo ello va precedido de una generosa introducción, cuyo volumen (más de cien páginas) puede hacer albergar en el lector unas esperanzas, respecto a la enjundia teórica del texto, que posiblemente no se verán satisfechas. Fernando Calderón Quindós relata documentada y minuciosamente la tardía afición por la botánica de Rousseau y trata de destacar con entusiasmo cualquier mínima trascendencia que pudiera tener. Quizás ­hubiera sido deseable una mínima contextualización biográfica intelectual, que sólo se hace en la solapa, para reconocer más adecuadamente a ese Rousseau del que, herborización aparte, sólo sabemos que, en los últimos quince años de su vida, cambia continuamente de residencia, perseguido no se sabe exactamente por qué ni por quién, y cuyo gran consuelo parece ser su creciente afición por la botánica. Aunque hay que reconocer que Calderón no lo tenía fácil, porque a pesar de los considerables esfuerzos que hace en el parágrafo «Gusto natural por la botánica: pereza, paseo, soledad y salud», resulta muy difícil descubrir en los textos botánicos de Rousseau algo que no sea el mero interés de un aficionado competente, que considera el de la plantas «el más hermoso, el más rico de los tres reinos de la naturaleza» (p. 197), y no muestra el más mínimo interés, sino más bien cierto desprecio, por cualquier otro aspecto de la historia natural. La anatomía le parece una horrible práctica de matarifes y la mineralogía una pesada y costosa fatiga que ha de arriesgarse «en los antros de los Cíclopes» (p. 353). Si acaso cabría mencionar, como hace Calderón, un tenue trasfondo religioso y moral que exige al lector un considerable sentido histórico.
Rousseau acepta con entusiasmo iniciar a madame Delessert en el estudio de las plantas desde la convicción de que éste podrá contribuir a «prevenir el tumulto de las pasiones» y apartar de las «diversiones frívolas» a su hija de cuatro años. Dada la distancia que los separa, tiene que hacerlo por carta. Tarea difícil, sin duda, sobre todo teniendo en cuenta que Rousseau no quiere que aprenda sólo nombres, sino «a ver bien lo que ve». Para ello, decide enseñarle a distinguir cinco o seis familias, describiéndole las partes esenciales de la fructificación. La calidad literaria de Rousseau es un deleite y nos arrastra con éxito en los preliminares, la descripción de las liliáceas y las crucíferas, pero, ¡ay!, con las umbelíferas empezamos a atascarnos con madame Delessert y en las siguientes cartas y familias el placer inicial habrá de dar paso a la disciplina. La octava carta de Rousseau explica mucho mejor de lo que podría hacerlo yo el fracaso relativo –la dama siguió interesándose por la botánica– de ese método un tanto abstracto que se ha impuesto y que pronto tiene que ceder a la confección de un herbario y a la insistencia en la necesidad de la nomenclatura que, en un primer momento, Rousseau desdeña pedagógicamente con gran optimismo. Pronto se hace patente que el diletante maestro se ha excedido en su crítica un tanto ingenua y fácil a los serios problemas de la taxonomía que, quiérase o no, exigen ir más allá del nivel elemental de la voluntariosa mamá y su criatura. Sí, claro, «los libros de los botánicos modernos no instruyen más que a los botánicos; son inútiles para los ignorantes» (p. 64). «Nos hace falta –añade Rousseau– un libro verdaderamente elemental con el que un hombre que jamás hubiera visto una planta consiguiera estudiarlas solo». No parece que Rousseau, dispuesto a estudiar mucho más que la mayoría de los diletantes, hubiera reflexionado lo suficiente para definir y concretar claramente cómo y hasta dónde podía avanzar el ignorante.
Rousseau recupera estos temas en su deliciosa introducción histórica a los Fragmentos para un diccionario de términos en botánica, buena parte de cuyas entradas son copiadas por Rousseau de otros libros, según señala Calderón. Desde su concepción de la botánica como un «divertimento de un hombre ocioso», «un divertimento fácil, inocente y amable» que nos distrae de las «diversiones ruines» y «purga el alma», el moralista se impone al historiador y da libre curso a sus manías y preferencias, utilizando su considerable conocimiento de la historia de la botánica para despreciar sus largos siglos de inicio, que Rousseau considera «obstáculo», y las posteriores complejidades, de las que parece como si alguien fuera moralmente culpable. Toda la etapa desde Dioscórides hasta el Renacimiento –en la que sólo se prestó atención a las plantas por sus usos medicinales– «la volvió ruin, ri­dícu­la y repugnante de risueña y deliciosa como era por su natural» (p. 353). La mera idea de que las plantas, «ornato a la vez magnífico y risueño de la tierra», con el que el gran obrero vistió con «arte divino y exquisito gusto nuestra madre común», sean machacadas de manera «estúpida y brutal» en un mortero para fabricar pociones supuestamente curativas, produce a Rousseau auténtica repulsión. La verdadera botánica empezó a partir del siglo XVI, pero pronto se volvió «verdaderamente insoportable» por el problema de la nomenclatura. Linneo, con sus grandes obras, proporcionó la solución más satisfactoria, aunque no fuera completa y tuviera que disputar con la de Adanson.
Pero al final el círculo parece cerrar­se. En la primera carta a madame Delessert, Rousseau, afirmaba con menos matices que en otras ocasiones: «Siempre he creído que se podía ser un excelente botánico sin conocer una sola planta por su nombre». No me resulta fácil decidir si, al final de la introducción a los Fragmentos para un diccionario, está reconociendo su fracaso cuando enfatiza que no es posible dedicarse al estudio de las plantas sin la nomenclatura, que ya no parece considerar un conocimiento de «mero her­borista», y añade: «Es como si quisiéramos ser expertos en una lengua sin estar dispuestos a aprender las palabras». Menciona su creencia citada y, en claro contraste con lo que había dicho en su primera carta, citado más arriba, sentencia: «Pero que un hombre solo, sin libros y sin auxilio alguno de luces infundidas, llegue a convertirse siquiera en un muy mediocre botánico es una afirmación ridícula de hacer y una empresa imposible de ejecutar» (p. 256). En todo caso, la pobre madame Delessert, que no quería cejar en su empeño, se quedó sin maestro porque Rousseau llegó con horror a la conclusión de que sus Cartas elementales no conseguían ser aquel «libro verdaderamente elemental» que había pensado que él podía escribir fácilmente.
Es un misterio para mí, aunque más bien gozoso, que estas Cartas hayan sido traducidas dos veces en los últimos tres añosJean-Jacques Rousseau, Cartas elementales sobre botánica, trad. de Diego Guerrero, Madrid, Abada, 2004.. En todo caso, la presente edición se ha hecho con gran generosidad y podemos alegrarnos de ello. 

 

01/04/2008

 
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