ARTÍCULO

Cartas poéticas y geográficas

Alba, Barcelona, 288 págs.
 

En el verano de 1936, que fue el de la guerra de España, dos jóvenes poetas ingleses, W. H. Auden y Louis MacNeice (ambos nacidos en 1907), hicieron equipaje con los objetos que especifican al comienzo del libro (como Joseph Townsend nos explicó en el suyo qué había que llevar a España, a finales del siglo XVIII ), y pusieron proa al norte, hasta Islandia. Viajaban con espíritu «deportivo» (es decir, sin demasiadas formalidades ni pretensiones), dispuestos a mirar, escuchar, palpar y caminar. Lo que permaneciera de aquel viaje sería bienvenido, porque se sumaría a su experiencia. Lo que permanece quedó fijado, probablemente ya para siempre, en estas Cartas de Islandia que, publicadas en 1937, se ofrecen ahora por primera vez en español, en hermosa traducción de Menchu Gutiérrez, que firma también un escueto prólogo explicativo.

Cuando se viaja, sea de cercanías o de lejanías, lo fundamental es fijar en el mapa el lugar al que se va a ir. Para un inglés, el viaje a Islandia es poco menos que de cercanías: es una de las puertas del Ártico, pero no es el Ártico todavía. Los islandeses fuman en pipa y viven en granjas, y algunos hablan alemán y otros muchos hablan inglés, o por lo menos, lo entienden. Con respecto a los alemanes, poseen la estimulante ventaja de que no les gusta el sol y, con ello, no sienten esa cursi necesidad centroeuropea de ir a chapuzarse al Mediterráneo. Como habitantes de un pedrusco de clima duro, son gente dura y práctica: tan práctica que aprovecharon los largos y lentos inviernos para escribir, llegando a ser, según dice Dahlmann, excelentes en las letras. Yo tampoco dudo de que Snorri Sturlusson es uno de los grandes escritores de la Edad Media, digno par de Geoffrey Chaucer, de Dante, del Arcipreste de Hita. Cada época tuvo su figura destacada islandesa: el siglo XVII, Hallgrimur Petursson, y el siglo XX a Halldor Kiljan Laxness, uno de los mejores novelistas del siglo, autor de la gran trilogía épica La campana de Islandia y de una novela tan bella como Paraíso recobrado, que uno lee como si se desarrollara en la Edad Media hasta que, repentinamente, el lector queda sorprendido, porque algún personaje decide emigrar a América. Es como esas películas japonesas que parecen desarrollarse en un mundo de samurais y, de pronto, corta el severo paisaje el paso de un ferrocarril. Laxness figura entre las personas a las que Auden y MacNeice expresan su agradecimiento al comienzo de su libro. Añaden los dos poetas ingleses que un escritor islandés en 1936 no estaba tan aislado como pudiera imaginarse, ya que casi todos ellos eran traducidos al alemán. Calculo que habría pocos escritores, lo que siempre es mejor para la buena marcha de la literatura, y tenían mejor difusión que la de cualquier poeta inglés. De hecho, Laxness obtuvo el Premio Nobel en 1955 (cosa totalmente justa desde el punto de vista literario).

En Islandia, nos dicen Auden y MacNeice, se encuentran tres tipos de paisaje: el pedregoso, el más pedregoso y el pedregoso del todo. Islandia se parece, según Collingwood, a un pato marino salvaje que graznara con el pico bien abierto. Pero yo creo que Auden y MacNeice pensaron que también podría ser una ballena. El bienaventurado Brandán salió a la mar, y en su navegación vio una isla, desembarcó en ella, dijo misa e hizo un fuego: entonces, al sentir el calor de la hoguera sobre su piel, la isla se rebeló, dándose a conocer como lo que realmente era, una ballena. En las páginas iniciales de Moby Dick, Herman Melville incluye una amplia antología sobre las ballenas, mientras que Auden y MacNeice hacen lo propio con Islandia. «Al llegar a Islandia, nos encontramos con una visión que, si bien no era agradable, resultaba extraña y sorprendente, y nuestros ojos, acostumbrados a contemplar las agradables costas de Inglaterra, ahora sólo veían los vestigios de la acción del fuego, cuya antigüedad sólo Dios conoce.» Se atribuye esta impresión a Van Troil. Según Burton, «los islandeses pragmáticos niegan rotundamente la existencia de la corriente del Golfo». MacKenzie observa que «el vestido de las mujeres islandesas no ha sido diseñado para favorecerlas», y hasta el propio Shakespeare tiene su opinión sobre Islandia, demostrando que «al bardo inmortal nada se le escapa», según acotan los autores: «¡Puaf para ti, perro de Islandia! ¡Gozquillo de Islandia de orejas puntiagudas!».

Cartas de Islandia es un libro de viajes. De viajes y de versos. De viajes, de versos, de impresiones, de opiniones literarias, de otro tipo de opiniones, etc. Resumiendo: es un cajón de sastre. Aquí hay de todo y, en consecuencia, se encuentra de todo. Basta con meterse un poco dentro del cajón para encontrarse con sorpresas, obviedades, ingeniosidades, impertinencias, consideraciones excepcionalmente brillantes y, en general, con maravillas. No olvidemos que sus autores son dos grandes poetas que, en 1936, ya están hechos, y aunque se comportan como jóvenes, con desenvoltura y humor juvenil, han superado la edad de Keats y de Shelley. También Auden y MacNeice forman parte del estricto grupo de los dulces cantores de Inglaterra.

El libro se abre con una carta a lord Byron. De los románticos ingleses, Byron es el menos simpático. Fue el más famoso, pero en esa fama influyeron su modo de vida y actitudes tanto o más que sus versos. Me hace mucha gracia cuando en la segunda parte de esa carta leemos: «Nunca fue partidario del aislamiento político, / contra la injusticia luchó siempre con tesón, / no le echaremos en cara que fuera astigmático / ante la injusticia que estaba a dos pasos de su mansión».

Todavía algunas personas a las que conozco, y que sin duda conocemos todos, son así. En estas dos cartas se dicen otras muchas cosas, y algo, entre ellas, muy certero: «El príncipe moderno debe ser anónimo, buen empleado, una especie de chico de laboratorio o de criado». Y como la época estaba sumamente politizada, se hace una descripción de la socialdemocracia muy aguda: «La distancia que separa lo chic de lo no chic se ha estrechado, o, lo que es lo mismo, entre la señorita bien y la chica del mercado»; «Pero, ¿qué es lo que ha surgido en nuestras ciudades? Una pasión por el aire libre y por el calzón corto»; «El culto a la piscina y a la ensalada de berros»; «Tener un abuelo de origen humilde no es pecado, al menos si nuestro padre tiene algo en el banco»; «Sin duda, Vogue sería la primera revista / en defender que el Beau Monde de hoy es socialista». Aunque más memorable me parece la siguiente opinión sobre Jane Austen: «sus novelas más admirables siempre / y en todo lugar; las escribía para la posteridad, decía, / valiente opinión, aunque es cierto que su obra es la más leída». Añaden que «a su lado, Joyce parece inocente como el romero». No está mal que estas cosas se digan, especialmente en esta época, que corre el serio riesgo de beatificar a Joyce. Y rematan con la precisión de los dos excelentes críticos literarios que ambos poetas, asimismo, eran: «Ante la agudeza de esta solterona burguesa / es menester, cuando menos, levantarse el sombrero. / Nadie antes que ella había descubierto amor en el acero / ni había revelado con tanta franqueza y tanta sobriedad / los fundamentos económicos de nuestra sociedad».

No sé si las Cartas de Islandia es libro que sirve para andar por Islandia (probablemente, también lo es), pero, a cambio, resulta divertidísimo. Alternan la prosa y el verso con la mayor naturalidad. El verso huye deliberadamente de cualquier tipo de abstracción; se trata de versos tan precisos como la prosa. En el poema que constituye el capítulo II encontramos un verso sorprendente y deslumbrante: «Cada puerto tiene un nombre para el mar». Y corrige Auden en carta en prosa a Christopher Isherwood, que era el destinatario del poema: «No escribí: "Los puertos tienen nombres para el mar", sino "los poetas tienen nombres para el mar". Sin embargo, como sucede con tanta frecuencia, el error mejora la idea original, de modo que lo dejaré». Acierta Auden dejándolo, porque este verso y los que siguen suenan bien, incluso tratándose de una traducción: «Cada puerto tiene un nombre para el mar: / el inhabitable, el que corroe, el lamento. / Y norte significa para todos Rechazo».

Otras páginas no presentan un carácter tan decididamente poético, sino que son las propias de un libro de viajes normal, en el que siempre aparece alguna noticia curiosa; por ejemplo, esta primera impresión de Reykjavik: «En el muelle sólo se veían almacenes y pilas de instrumentos de labor bajo alquitrán. Casi toda la ciudad está construida con hierro acanalado. Eran sólo las siete y media cuando llegamos y tuvimos que esperar fuera del puerto porque los trabajadores islandeses no se levantan temprano. La ciudad estaba oculta bajo una niebla baja, sobre la cual sobresalían las cumbres de las montañas. Mi primera impresión fue la de una ciudad luterana, deslustrada y remota. El muelle estaba lleno de holgazanes, embutidos en capas, que curioseaban de forma pasiva. Parecían llevar allí mucho tiempo. No había buhoneros ni vendedores dando voces. Ni siquiera los niños hablaban».

¿Nos imaginamos a Islandia como un país silencioso? ¿Por qué no? Y respecto a que los trabajadores del lugar no fueran madrugadores, es natural, dado que viven en una tierra en la que hay poca luz. En Islandia, por otra parte, el desempleo es raro: «La dificultad en encontrar cualquier clase de trabajo en un país europeo tiende a hacer de sus habitantes personas irresponsables y predispuestas al patriotismo fanático; por el contrario, el islandés es raramente irresponsable, porque la irresponsabilidad de un granjero o de un pescador significaría su ruina». Los autores del libro constatan que el islandés es, en general, una persona realista ––en el sentido pequeñoburgués del término–, poco romántico y poco idealista, sin anhelos turísticos y resulta difícil imaginarlo con un uniforme. No son ambiciosos; a algunos profesionales les gustaría establecerse en Europa, pero la mayoría prefiere quedarse donde está y hacer algún dinero. «Su actitud hacia las sagas se parece a la de cualquier inglés medio hacia Shakespeare; pero sólo he encontrado a un hombre, un pintor, que se atreviera a decir que son bastante toscas.» En 1936, la emigración a América, bastante corriente en épocas anteriores, se había detenido. Los islandeses son muy aficionados a los pasquines satíricos. «Si no tienes un particular interés intelectual o ambiciones, y te sientes feliz en compañía de tu familia y amigos, la vida en Islandia puede ser agradable, porque sus habitantes son agradables, tolerantes y sensatos», resumen los autores.

También dedican espacio Auden y MacNeice a comentar la actualidad política (tan activa por aquellos días), y lanzan, a modo de rejón de castigo, algún comentario despectivo sobre sir Oswald Mosley, el conocido pro-nazi inglés. El libro, que, naturalmente, contiene otras muchas cosas, culmina, antes del Epílogo, obra de MacNeice, con el famoso y extenso poema «Testamento y últimas voluntades de Auden y MacNeice», donde con humor y tono iconoclasta, hacen un repaso de «todo el mundo» de la Inglaterra de aquellos días. Veintiocho años más tarde, en abril de 1964, Auden vuelve a visitar Islandia, en esta ocasión solo: MacNeice había muerto en 1963. Como era de esperar, Islandia había cambiado mucho, o había cambiado considerablemente. Durante la segunda guerra mundial, la isla estuvo ocupada primero por los británicos y después por los norteamericanos. Aquello fue muy bueno para la población. El poeta encuentra a un viejo conocido, le pregunta y éste contesta: «Hicimos dinero». Con el dinero, cambió el aspecto de las ciudades, de las personas, empezando por la capital: «La Reykjavik de hoy es muy diferente de la ciudad bastante zarrapastrosa que recordaba. En muchas ciudades, la arquitectura moderna sólo consigue hacernos sentir nostalgia de la antigua, pero este no es el caso de Reykjavik. Puede que el hormigón, el acero y el cristal no sean los materiales favoritos de uno, pero suponen un adelanto respecto a las chapas de hierro acanalado». La introducción de Auden de 1965 está recorrida por la nostalgia: su padre, a quien el libro está dedicado, ha muerto, MacNeice también. No sabe, en la madurez, cuáles serán los méritos de este libro escrito en la juventud: «Pero los tres meses pasados en Islandia sobre los cuales se basa figuran en mi memoria entre los más felices de mi vida, la cual ha sido, hasta ahora, extraordinariamente feliz, y me sentiré satisfecho si algo de esa felicidad se transmite a través de estas páginas». No le queda otro remedio al crítico que certificar que, efectivamente, estas páginas, escritas por Wystan Hugh Auden y Louis MacNeice, «educados en la lengua y la literatura inglesas, y llegados (a Islandia) en el décimo octavo año de la Paz Occidental», en su mayor parte son felices, y transmiten felicidad.

01/11/2001

 
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