ARTÍCULO

«Nuestro querido enfermo»

Siete Mares, Madrid
Trad. de María Jesús Franco Durán
240 pp. 18 €
 

La vieja cuestión de si podemos, o incluso debemos, establecer una relación entre la locura final de Nietzsche y su filosofía ha de quedar necesariamente afectada por la lectura de estas cartas de la madre sobre el hijo enfermo. Se trata de un conjunto de cartas, inéditas hasta el momento en español, que Franziska Nietzsche mandó a Franz Overbeck. Éste fue el amigo que, alarmado por las sorprendentes y estrambóticas cartas que Nietzsche mandaba desde el otoño de 1888, acudió a Turín y se encontró a un hombre completamente sumido en una enfermedad que parecía haberle hecho romper los lazos con el mundo exterior. Overbeck se lo llevó a Basilea y allí acudió rauda la madre a hacerse cargo del hijo, a quien se llevó a Jena, primero a la clínica de Otto Binswanger, y tan pronto como fue posible a su propia casa. Franziska se pasó cuidándolo las veinticuatro horas del día hasta su propia muerte, acaecida en 1897, y esta colección de cartas relatan este período de cuidados de la madre al hijo. Nietzsche la sobreviviría un par de años más, ya completamente en manos (o en las garras) de su hermana Elisabeth Förster-Nietzsche, notoria farsante que manipuló la edición de las obras del filósofo, empantanó su recepción y la dejó expuesta al manoseo de los nazis.
Las cartas son realmente fascinantes. Permiten seguir los altibajos de la enfermedad, la percepción al principio de dolorosos destellos de lucidez, y pronto el abandono de toda esperanza de recuperación. Algunos momentos resultan extrañamente divertidos, como cuando relata los apuros que pasaban los ciudadanos de Jena que se cruzaban con el filósofo y la madre en sus paseos diarios y eran interpelados por el enfermo, o cuando sucedía al revés y era el propio Nietzsche el que evitaba saludar a la gente y le decía a su madre, después de haber cambiado de acera, «otra vez nos hemos salvado del peligro». En no pocos momentos, y debido a la ingenuidad y la franqueza de sus comentarios, Franziska Nietzsche logra aproximarse a aquella peculiar prosa que desde el Lenz de Büchner buscó en el siglo XIX apoderarse de aquel elemento todavía familiar que vivía incrustado en lo más profundamente extraño de la locura, como en el triste incidente de los baños (p. 95), o cuando la madre cuenta cómo ella misma imita el modo aturdido y torturado de hablar del enfermo, cosa que provoca que el propio Nietzsche se parta de risa (p. 85). Pero luego hay muchos momentos que también resultan desoladores y que la madre, encargada de describir la ruina de su hijo para tener afectuosamente al corriente al amigo preocupado y solícito, ni silencia ni embellece. Su tierna y maternal mirada no nos oculta nada, no intenta disimular la lenta e imparable degradación del hijo, más bien todo lo contrario. El amor se expresa en el tierno modo de ver la dureza y la humillación de la enfermedad, tanto que en no pocas ocasiones un lector atento o simplemente formado en la filosofía de la sospecha, creada entre otros por el propio Nietzsche, no puede evitar una cierta incomodidad ante la figura de esa madre entregada al cuidado del hijo repentinamente empequeñecido y devuelto, por obra y gracia de la locura, al redil del amor materno. Pero no seamos malévolos. Si Goethe habló en otro contexto de un empirismo tierno, la fórmula sirve perfectamente para definir estas cartas formidables. Son zarte Empirie manando a chorro del corazón maternal de Franziska.
Toda la correspondencia es un documento indispensable para hacerse cargo de la situación en que Nietzsche estuvo sobreviviéndose a sí mismo desde el colapso de finales de 1888 hasta su muerte en 1900. También permite registrar, a partir de un cierto momento, la aparición trastornadora de la hermana. Elisabeth irrumpe en el triste idilio en 1893, viuda ya y algo desubicada después del fracaso de una aventura colonial en Paraguay, y rápidamente olfatea el filón que podía representar su hermano. Sus intrigas contra Franz Overbeck, hasta el momento albacea de la obra de Nietzsche, pusieron a la pobre Franziska en no pocos apuros, porque la madre tomó inequívocamente partido a favor del fiel amigo sin llegar a enfrentarse del todo con la hija.
Y luego, en fin, ante ese inmenso territorio de desolación que tan bien retratan las cartas y en el que la miseria moral de la hermana sólo sirve de sórdida línea de fuga, al lector le asalta una pregunta que mezcla la compasión con la perplejidad. Es la misma pregunta a la que la hermana responde miserablemente y la madre colma de afecto y ternura sin planteársela: ¿Qué hacer con todo eso? La ávida Elisabeth Förster-Nietzsche debió de decirse: «¡Demonios, hay que hacer dinero, montar un tinglado, lo que sea!». Pero la pregunta también tiene interés para nosotros, para los lectores, para los intérpretes, para la posteridad, porque la locura de Nietzsche forma parte de los modos de uso de su filosofía. Franziska cuenta en un momento dado la visita del filósofo Edmund von Haagen y su esposa. Éste llega a conversar con Nietzsche y declara, según la madre, que «Fritz» está perfectamente, y que su supuesta locura «sólo era un falso juicio de los demás, los que no éramos filósofos» (p. 132). Sin llegar a este extremo, es cierto que hay modos y modos de ver la relación entre locura y filosofía en el caso de Nietzsche. Hay una forma de ver la enfermedad como un mero final que corta en seco la época filosófica, o deja en medio una breve zona turbia, y la separa de la época muda de los años finales, que pesan pero ya no cuentan. Luego hay otra tendencia también a verla como un síntoma, como un gran signo que articula vitalmente todo el pensamiento de Nietzsche, lo escrito y lo no escrito, y lo clava en la propia locura de la época, sus instituciones y sus valores. No hay en Nietzsche, como en Hölderlin, escritos de la locura, aunque sí hay una suerte de euforia que va en aumento y que al final domina sus últimos escritos. Pero resulta demasiado tentadora, y también por lo tanto muy sospechosa, la posibilidad de ver esta locura como un corolario de su obra. Podría alegarse la obra de nietzscheanos brillantes como Foucault y Deleuze para explorar los confines significativos de este silencio en que el filósofo se sumergió en 1888. Al final de su Historia de la locura, Foucault habla precisamente de una «aniquilación de la obra», de «eso» por lo que se volvió «imposible» esa obra y de «dónde» se le hizo necesario callar, por lo que «el martillo acabó por caerse de las manos del filósofo». Romantizar los confines de la razón y la sinrazón, cosa que Foucault rechaza, no resulta tan distinto a romantizar la enfermedad otorgándole una trascendencia histórica. La enfermedad calla sin saber que calla, ni qué significa para ella el silencio o el significado histórico de eso que ella misma padece como una interioridad que desconocemos. Nada más terriblemente exacto para acceder a esa zona desconocida y oscura que el tierno y suave empirismo de una madre, que nada interpreta, pero todo lo enseña.

01/04/2009

 
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