ARTÍCULO

La pasión del artillero

Acantilado, Barcelona
Trad. de Marta Pino Moreno
534 pp. 26 €
 

El género epistolar –con sus muchos débitos a referentes reales y sus muchos servicios a utilidades pedestres, con sus usuales elipsis y sobreentendidos propiciados por el destinatario único, con sus reiteraciones salutatorias y sus convencionales avisos de despedida– necesita de una mano casi sublime para no diluirse en torpeza literaria. La escenografía de la escritura epistolar está lastrada por una anticuada y pesada tramoya expresiva y por cambios de escena poco ágiles. Y a algunos lectores les produce una impaciencia no aliviada siquiera por la visión privilegiada del palco que ocupan: ese que permite meter la nariz en el mismísimo centro de la escena, de una escena real e íntima, para más aliciente.
Y si las cartas son de amor, como es el caso de Cartas a Lou, aún parece más frágil la salud del género, pues sabido es que el amor lo invade todo y todo lo reconduce a su predio sin filtro ni distancia. Resultando así que la calidad epistolar depende enteramente de la calidad del vínculo amatorio: si el amante da en celoso, la carta da en ladrillo; si mimoso, en glosolalia o compulsión hipocorística; si de libido efervescente, en lobo soez apenas disfrazado de tierna caperucita. No se me ocurre por qué todos estos respetables tonos discursivos han de ser considerados como literatura sin más amparo que el nombre de quien los firma. Y no se me ocurre porque, en modo general, tampoco parece ocurrírsele al firmante, que se dirige a un destinatario particular, y –por hablar en términos narratológicos– establece un pacto de lectura con él en el que queda suspendida, precisamente, toda expectativa literaria. Tal es el caso de este libro de Guillaume Apollinaire, quien distingue muy bien entre las cartas que le manda a Lou y los poemas que también le remite. Con la advertencia insistente de que las primeras no se las enseñe a nadie.
En agosto de 1914, con los poemas de Alcoholes ya editados, abandonado por su novia –Marie Laurencin– y medio desocupado pese a su militancia en la vanguardia cubista, Apollinare de Kostrowitzky solicita ingreso en el ejército como voluntario. Entre ese momento y su incorporación al regimiento conoce a Lou, una divorciada esnob, de cascos ligeros y corazón indeciso. Casi no les da tiempo a disfrutar y a apagar los primeros fuegos de artificio pasionales, y este déficit va a traer larga cola, lo que bien pudiera haber acabado por inanición espiritual se prolonga indefinidamente por ansiedad y hambruna erótica. Y es que Lou tiene catadura para manejarse con las apetencias carnales del artillero, pero no con los anhelos estético-intelectuales del poeta, por eso su comercio epistolar vuela de manera rasante, se descalabra en tropezones con la más tosca literalidad de la letra, se reduce pedestremente al remiendo del malentendido, a una procacidad las más de las veces seriada y sin artesanía.
No tienen estas cartas –y de ellas descuento los poemas– el sello del poeta lírico-melancólico de «El puente Mirabeau», ni el del escritor surrealista de Las mamas de Tiresias, ni –excepto en un par de leves referencias– el del erudito estudioso de los libros del Enfer de la Biblioteca Nacional de París, ni el del moderno visionario de Zona. Poco se adivina en ellas su gusto por el fait divers, pues la vida cuartelera del artillero se resume en largas cabalgadas, forzada contemplación de la naturaleza, mucha penuria material, construcción de cobijos diversos, bastantes visitas a la taberna y algunas bromas entre la soldadesca. La guerra, que sólo a veces consiste en batalla, no puede ser objeto de descripción detallada, pues así lo prohíbe la seguridad militar. Esencialmente sabemos que suenan los obuses –pero lo hacen sobre todo en los poemas, y ahí «maúllan como gatos enamorados» o «florecen»– y se nos cuenta que alguno incluso explota cerca –pero sin provocar rasguño al poeta, indemne hasta que en marzo de 1916 le alcance uno en la sien, y para entonces la correspondencia con Lou ya no existe–. La guerra parece gustar a Apollinaire, y sus impresiones tienen parentesco con la narración visual y virtual de los ataques bélicos de nuestros días: muchos sonidos, muchas luces, eclipse de los muertos y de la destrucción en caliente. Se diría, a veces, que Apollinaire se encuentra en un abstracto y monacal retiro, que su cuerpo ascético apenas sufre las humedades, el cansancio o los mosquitos; en las cartas –no así en los poemas–, se percibe también diluida la relación con su entorno: no suele prender en él la exaltación solidaria o heroica, ni la simple fraternidad con los compañeros de armas, ni el miedo a la muerte, ni la compasión por los sufrimientos ajenos, ni la desolación ante la carnicería. De hecho, nada cruento parece acontecer en esta guerra. Sólo algún recorrido por las largas trincheras excita brevemente su emoción y la distrae de su concentración en una Lou lejana, alocada y escurridiza.
Exceptuados los poemas, son más bien escasos los caligramas y dibujos que alegran la correspondencia, y algunos torpes croquis más bien la entristecen. Sin embargo, la presencia de los poemas –inflamados, exuberantes, fantasiosos, abigarrados, melancólicos y doloridos– rompe el agarrotamiento amoroso de las epístolas. Lo que en éstas es lastre o ausencia notoria, en ellos es carga explosiva: ternezas, ruegos y reconvenciones se trenzan en canción; miserias de guerra, llamaradas patrióticas, mitologías exaltantes, escenas intimistas y pintorescas, sentidos excitados por los ruidos y luces de la batalla, naturaleza delicada en contrapunto, cuerpo glorioso y en metamorfosis de la amada, dimensiones cósmicas erotizadas: todo afluye al poema en libérrima onda que lo sacude y le proporciona un relieve de tintes «superrealistas» –ese sur-réalisme que Apollinaire será el primero en mencionar–, una onda cuya potencia poética contrasta con la cortedad estética de la correspondencia, y en la que reconocemos toda la variedad de los sellos de Apollinaire, la opulencia, la flexibilidad y la audacia de su modernidad.
Siente el poeta la oportunidad que está perdiendo de traducir en prosa literaria su vivencia y anuncia a su amada que empezará a mandarle otro tipo de cartas que, en el futuro, habrán de conformarse en un libro para el que ya tiene título: «Cartas a Lou o bien Correspondencia con la sombra de mi amor». Versarán –dice– no sólo sobre ella, sino también sobre él y variadas cosas; y añade que ella queda eximida de leerlas si no lo desea. No debió de tener en Lou muy buena acogida tal iniciativa, pues el proyecto naufragó enseguida, y la sombra de su amor fue rápidamente devorada por la muy perentoria y ácida luz de los celos.
Se mire como se mire, este epistolario está transido por una pasión que confiesa de continuo su ansia y su carencia. Si exceptuamos las primeras cartas, más confiadas y armoniosas, el lector se encuentra con la reiteración indefinida de un amasijo de tonos enfrentados: algo de jeremiada, algo de catilinaria, mucha ternura, veladas amenazas, rudas exigencias, humildes ruegos, crudas ironías, explícita complicidad erótica, celotipia y consentimiento de aventuras carnales con terceros. Contado por menudo: el artillero comienza evocando con detalle las prácticas sexuales ejecutadas con Lou y anunciando otras más intensas con franca fijación en la azotaina; aliña el juego –y lo que no es juego– con declaraciones del tenor siguiente: «tengo derecho sobre ti, derecho a someterte, a hacerte sufrir, derecho a aniquilar tu dignidad y tu voluntad». Le van la fusta y las botas claveteadas, pero pide, suplica cada pocas cartas que Lou «no se haga manita» porque eso le pone «neurasténico». Califica a sus antiguas novias con grosero desprecio, aunque desde muy pronto acepta la intromisión de un tal Toutou –militar de mayor graduación que él– con el que Lou parece tener relaciones serias. De manera machacona repite a su amada que él también quiere a Toutou, que se lo diga, que sólo a él enseñe sus cartas, que quiere escribirle, que reza por él, que lo admira. A veces se le escapa medio reproche por el evidente agravio comparativo –la Lobita está con Toutou, y a Gui que le zurzan– pero prefiere lanzar sus recriminaciones sin nombrarlo. Va pasando el tiempo y el poeta exige a menudo que Lou le diga lo que son el uno para el otro, que se lo piense bien, que quizá se ha burlado de él. En la carta siguiente siempre niega desconfiar o sentir celos, y nunca olvida pedir detalles de las aventuras eróticas de su amada –detalles que llegan a cuentagotas y cuya falta rebaja mucho el inicial enardecimiento carnal de las epístolas–. En realidad, pocos son los fragmentos en los que Apollinaire compite con el estilo amatorio del príncipe Mony de Las once mil vergas.
Con tan escasa puntería para tocar el corazón de la infiel, el artillero casi termina enterneciendo al lector. Hace testamento a favor de su desalmada Lobita, le confía biblioteca y derechos de publicación, le aconseja cómo obtener dinero, le presta su casa, le manda algunos francos, le fabrica regalos... Poco a poco las cartas de ella se espacian, el poeta se vuelve casi casto –su interés por la menstruación convierte la intimidad erótica en intimidad clínica–, sigue mandando besos para Toutou, los reproches son más amargos, las ternuras más indefensas. Hay que saber, sin embargo, que un año antes de que cese esta apremiante correspondencia, Apollinaire ha conocido a la que luego será su esposa –Madeleine Pagès–, que se escriben y que algunos poemas tienen dos destinatarias. Estar en el frente no obliga a descuidar ciertas retaguardias.
De las salvas lanzadas por la pasión del artillero, las más sonoras están en sus versos. En ellas la pólvora es casi siempre una mixtura de amor y guerra: infalible cóctel explosivo, fuente de mil metáforas en los Poemas a Lou. En el último que le envía, dicen los versos: «Dos obuses, rosa estallido, / como senos que se desciñen / tienden sus puntas insolentes: / “Supo amar”, ¡menudo epitafio!». La leve ironía no vela la preferencia de tal leyenda en la lápida antes que la mención militar: Apollinaire se veía a sí mismo como poeta enamorado. Si las Cartas a Lou pertenecen al artillero, los Poemas a Lou pertenecen al poeta; la admiración a este último y un mínimo de compostura poetológica debieran haberme llevado a titular este artículo «Los obuses del bardo».

01/05/2010

 
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