ARTÍCULO

Inconvenientes del paisanaje

Espasa Calpe, Madrid, 346 págs.
 

Con una veintena de títulos publicados en una decena de años, Lorenzo Silva sigue engrosando su producción narrativa con la misma naturalidad con que se suceden los solsticios, y aunque parecen éstos peores tiempos para las lealtades literarias que para la admiración de estrellas fugaces, mantiene una nutrida y fiel parroquia de lectores que no sólo ha sido testigo de la génesis y del desarrollo de un universo de ficción sólido y coherente, sino que ha podido comprobar también cómo éste se ha sustentado en todo momento sobre los principios de la legitimidad literaria, lo cual, a estas alturas del partido, debe ser registrado antes que nada, más allá –o más acá– de la altura del vuelo estético alcanzada, como un valor per se.

Confiado a la solvencia narrativa y al reconocimiento de unas coordenadas (genéricas y temáticas) familiares, al lector habitual del escritor madrileño, como al exégeta de un clásico, tal vez le acechen pocas sorpresas literarias. En cambio, es probable que cobren para él una especial relevancia los avatares socioculturales del libro, y no de otra manera parece haberlo entendido el propio autor, que desde distintos foros (prólogos, epílogos o su página web) se afana en explicar la motivación de sus productos y en valorar las vicisitudes que los afectan.

Así, por ejemplo, Carta blanca, Premio Primavera de Novela 2004, cuyo epicentro es la Guerra de Marruecos (el tema marroquí ya había sido ensayado en El nombre de los nuestros y Del Rif al Yebala) se presenta con un considerable aparato paratextual (advertencia, agradecimientos y bibliografía), lo que podría hacer pensar que se trata de una novela histórica de corte documentalista o de otra muestra más del no menos rentable subgénero de la novela-crónica.Y sin embargo, como decía arriba, Lorenzo Silva continúa reivindicando la ficción literaria –aderezos aparte– incluso desde sus lugares más comunes. De hecho, el protagonista de Carta blanca, Juan Faura, es un joven legionario que encarna muchas de las características más estereotipadas del «novio de la muerte»: alistado a la Legión tras una frustración amorosa, se ve atrapado en una agobiante espiral de violencia y de remordimientos cuando percibe que sus iniciales ansias de autodestrucción, que lo conducen a la soledad y a la indolencia, no son la garantía de su final, sino avales de su supervivencia.

La acción de la primera parte de la novela gravita en torno a una razia nocturna en la que participa el legionario. Se trata de una escatológica sangría marcial que actúa como reactivo psicológico para la apática conciencia de Faura, y el relato de la escena es uno de los ejemplos más claros de hasta dónde puede llegar la pericia narrativa de su autor, que, sorteando el tremendismo fácil, es capaz de mostrar con pulcritud la extraña belleza de lo patético gracias a la certera utilización del punto de vista y de la elipsis.

Pero a partir de este cuadro –premeditadamente– memorable, la novela parece caminar por inercia. Porque ni la perspectiva del trágico destino en que desembocará el vía crucis del protagonista, cuyo proceso expiatorio resulta demasiado explícito (las apreciaciones del narrador omnisciente son en muchas ocasiones redundantes) y, por tanto, previsible (el parentesco con La flaqueza del bolchevique como fábula ejemplar sobre la culpa y la redención no beneficia a esta obra); ni tan siquiera la ambición del planteamiento de la historia (en la tercera parte de la obra Faura colabora con las milicias republicanas en la defensa de Badajoz en 1936, estableciéndose así entre los dos episodios históricos un vínculo poco frecuentado pero cuyo desarrollo narrativo –por anunciado– es aquí un tanto rutinario), logran que Carta blanca trascienda los límites del género que la alienta.

Siempre se podrá recurrir a la tantas veces ponderada profesionalidad del escritor (su pericia en la manipulación del ritmo del relato y en el oportuno recurso a los lugares comunes del género es innegable) para explicar por qué, a pesar de todo, el interés del lector se mantiene hasta el final, pero en ningún caso parecerá suficiente para justificar una obra tan descompensada en su estructura: valga como ejemplo la segunda parte, que recrea mediante un diálogo florido el tópico de la militia amoris, pero cuya excesiva extensión perjudica sin motivo aparente la cohesión del conjunto.

En todo caso, parece que estos descuidos no responden tanto a un cambio en la concepción literaria de Lorenzo Silva como a todo lo contrario, es decir, a la simple repetición de las claves que han orientado su escritura, lo que se confirma en la última entrega de la popular serie sobre el sargento Bevilacqua, esa versión patria de Holmes que también encarnó aquel Plinio de García Pavón.

En el prefacio del libro, con disfrazada modestia o con inusitada sinceridad, el autor hace pública la motivación de Nadie vale más que otro, reunión de cuatro relatos independientes sobre el celebrado picoleto (cuyas aventuras están rodándose para una serie de televisión): «La idea [...] se la debo a los lectores». Sin duda, se trata de una aclaración muy pertinente en la medida en que permite entender en este caso, sobre todo a los lectores no iniciados en las historias de Vila y Chamorro, el porqué de ciertas carencias.

La primera de ellas atañe precisamente al dibujo de los dos protagonistas, cuya personalidad, al estar ya conformada en novelas anteriores, se presenta aquí de forma muy esquemática. La segunda, y quizá más dañina, tiene que ver con el insuficiente desarrollo de algunos aspectos que rodean a la trama policíaca (de muy correcta factura narrativa) y que han constituido hasta ahora la visión personal del autor sobre el género, como el análisis y la crítica social o el color costumbrista de las situaciones.Tal vez porque la extensión de estas narraciones no lo permitían o porque al caminar sobre patrones ya transitados lo extraordinario de las escenas haya perdido fuerza, lo cierto es que se echa de menos la profundización en determinadas claves que aquí sólo han quedado esbozadas (la crítica a la demagogia política y social sobre los malos tratos o sobre la inmigración, la impunidad moral y legal que aún subsiste en determinados ámbitos rurales...) y sin las cuales a la obra de Lorenzo Silva le puede suceder lo que a las relaciones de paisanaje, que son cálidas y reconfortantes mientras el deseo de atisbar nuevos horizontes no las cuestiona.

01/10/2005

 
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