ARTÍCULO

El placer de regalar palabras

 

La parte fundamental de este libro la componen las colaboraciones semanales de la autora en el suplemento cultural de Diario 16 desde 1976 a 1980, junto con otras reseñas y ensayos breves aparecidos en distintas publicaciones donde colaboró ya con menos asiduidad. La plural curiosidad y la singular mirada de Martín Gaite queda patente en el comentario a sus lecturas (la crítica literaria constituye el eje del libro) y en el personal modo de entender la tarea encomendada. Si al principio –en referencia a Los alumbrados, de Antonio Márquez– llega a afirmar impertérrita que no pensaba resumir los contenidos del libro porque para eso «basta con mirar la solapa, o todo lo más los corolarios del capítulo final», en la práctica rectificará enseguida tan chocante criterio, entregándonos certeras y ajustadas versiones de los libros de que trata, además de su valoración o juicio crítico, dado que mal se compadece aquel criterio con lo que ella entiende que debe ser también el deber de un crítico: encender en los demás el deseo de leer un buen libro. Y así, al cabo de medio año de practicar asiduamente dicha tarea, en «Morir aprendiendo» hace ya un primer balance de las enseñanzas y reflexiones acarreadas por su «afición», reiterando la anterior idea de que «la crítica de libros no es nada si no estimula, aficiona e invita a leer». Más adelante expresará sin ambages lo que ella entiende como servidumbres del oficio: «Por una parte, se lee con una actitud menos gratuita y despreocupada, más tensa; por otra, se tiende a hacer una selección de lecturas basada en la actualidad del producto editorial, en su “novedad”». Lo cual no debe confundirse con un simple «estar à la page», según ya había denunciado Carmen Martín Gaite en el artículo homónimo recogido en Agua pasada (1993), donde también arremete contra las obtusas jergas de ciertas corrientes críticas, un tema recurrente en sus escritos.
No, estar à la page no necesariamente implica estar atenta al presente, que es cosa bien distinta. Son más de doscientos los libros reseñados por Martín Gaite y, si no me traiciona la memoria, atienden a los más destacados títulos aparecidos esos años. Muchas de sus lecturas fueron también las mías de entonces, y en la mayoría de los casos comparto los juicios de Martín Gaite, si bien en alguna ocasión advierto que pesa en exceso una determinada concepción de la novela como ventana desde donde asomarse a las vidas ajenas, concediendo excesivo valor a la historia, lo cual le lleva a criticar severamente Las lecciones suspendidas, de Félix de Azúa, El miedo del portero al penalty, de Peter Handke, o Tebas de mi corazón, de Nélida Piñón. Señalar las excelencias de La muchacha de las bragas de oro, de Juan Marsé, está muy bien, pero no tanto afirmar que es la mejor novela del autor (recuérdese que ya se había publicado Si te dicen que caí o Teresa). Denunciar la celeridad con que se fabrican ciertas novelas para concursar a los premios planetarios (Los mares del Sur, de Vázquez Montalbán) y rechazar campañas publicitarias desmedidas está muy bien, pero no se puede pasar por alto El tambor de hojalata sólo por no ceder «a las instancias con que la industria cultural maneja y determina nuestras preferencias».
Bien, son sólo algunas pequeñas objeciones o discrepancias personales, que para nada ensombrecen la gozosa lectura de estas páginas, donde Martín Gaite, «con los ojos limpios y abiertos» recorre los itinerarios intemporales que le deparan algunos clásicos (Defoe, Hölderlin, Baudelaire, Rilke, Tolstói, Clarín, James, Stevenson, Conrad, London, Kafka, Fitzgerald, Woolf), los de sus amigos y compañeros de generación, poetas y prosistas (Ángel González, Agustín García Calvo, Fernando Quiñones, José Manuel Caballero Bonald, Josefina Aldecoa, Jesús Fernández Santos), los de destacados títulos extranjeros traducidos aquellos años (de las fábulas de Ambrose Bierce a las novelas de Max Frisch), el puntual seguimiento de los autores latinoamericanos (con especial dedicación a la obra de Onetti), y la atenta anotación de las primeras novelas de Millás y Álvaro Pombo, entre otros noveles. La diversidad de autores y obras abarcadas le da pie para ir introduciendo de vez en cuando reflexiones teóricas sobre los géneros literarios (el ensayo, los diarios, las memorias, las biografías y los libros de viaje), sobre modalidades y tendencias narrativas (la novela de cosmogonía imaginaria, el conte philosophique, la literatura de terror) o sobre las relaciones entre literatura y cine o literatura y arte dramático.
Suspendida la asidua colaboración en el luego desaparecido Diario 16, los artículos de diversa procedencia reunidos en las últimas cien páginas del libro son un verdadero totum revolutum de lo más heterogéneo. Por un lado, continúa con alguna reseña literaria y, por otro, son más frecuentes que antes los textos dedicados a los modos y las modas del presente, artículos de corte costumbrista entendiendo el término como retrato o pintura crítica de la rea­li­dad, entre los que abundan los que versan sobre lectores y libros, reflejan la situación política o denuncian «las renovaciones inútiles» de nuestra lengua por la cada vez más frecuente presencia de anglicismos. Suelen ser textos jugosos, impregnados de un finísimo humor (también del enfado de la autora), que brotan de la cotidianidad, de un «vivir para ver» teñido de perplejidad.
Es una pena que el editor de los mismos, José Teruel, se haya inclinado a ordenarlos siguiendo un criterio cronológico, que dispersa y aleja innecesariamente textos que tienen coherencia y unidad al margen de la fecha y que mantienen un coloquio entre sí. No fue ese el criterio de la autora cuando editó Agua pasada, que dividió en secciones autónomas y unitarias. Por otra parte, en las abundantes notas a pie, el editor debería relacionar muchos artículos con los de otros volúmenes, y no sólo con los del mismo libro que el lector tiene en sus manos (y cuya conexión ya percibirá), o con los Cuadernos de todo (2002). Por poner sólo un par de ejemplos, «La libertad como símbolo» y «Arrojo y descalabro en la lógica infantil», ambos de Pido la palabra (2002), son extensos ensayos sobre la Celia de Elena Fortún y su propia Caperucita en Manhattan (1990) que enmarcan adecuadamente los ahora editados, más breves. 

 

01/01/2007

 
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