ARTÍCULO

Tristeza y resentimiento

Tusquets, Barcelona, 1998
Prólogo, edición y notas de Amparo Hurtado
245 págs.
 

Carmen Baroja, la hermana de Pío y Ricardo, la esposa de Rafael Caro Raggio, la madre de Julio (Caro Baroja), ha quedado sistemáticamente en un segundo plano en casi todos los acercamientos a la saga de los Baroja, eclipsada por los otros nombres (siempre hombres), como en estas primeras líneas de presentación se vuelve a ver confirmado. Ahora, en una edición cuidadosísima de Amparo Hurtado (conciso y esclarecedor prólogo, notas muy ajustadas y un práctico índice onomástico), se pretende rescatar esta figura como escritora, artista e investigadora, mujer inserta en la cultura del 98 en suma, con tantos derechos como el que más a participar en la nómina, como explícitamente se manifiesta en el propio título.

Bien está la revisión del pasado en clave feminista y en la órbita de lo políticamente correcto, de la misma manera que nada puede haber objetable (¡naturalmente, todo lo contrario!) en el intento de recuperar las confidencias de un personaje que, por razones familiares, ha vivido tan de cerca unos interesantes episodios de la cultura española de este siglo. Pero de ahí a reivindicar esta figura como una representante más del esplendor intelectual del momento, media un abismo. Dicho de otra manera y de un modo abrupto, para que el lector potencial no se despiste con una presentación editorial más que discutible: difícilmente puede aceptarse, como se afirma en la solapa del libro, que nos encontremos con un documento de «indudable calidad literaria», ni tan siquiera «un testimonio de primera mano de la vida política [?], cultural y literaria de la primera mitad del siglo XX ». Hay que decirlo así, porque el que vaya buscando todo esto, va a encontrarse pronto defraudado. No es eso lo que esta obra proporciona. En castizo, no se pueden pedir peras al olmo.

Todo, absolutamente todo, en el fondo y en la forma, desde el contenido al tono, es en este libro mucho más modesto. Para el que lo sepa hallar, ahí reside su encanto. Lo que se pone continuamente de manifiesto a lo largo de sus páginas es ese pulso y esa sensibilidad que convencionalmente se ha dado en llamar femenina (una delimitación, dicho sea de paso, menos discutible entonces que ahora, por las inmensas diferencias sexistas en la educación): la atención al envés de la vida, el gusto por los pequeños detalles, el peso de los quehaceres cotidianos, el ámbito cerrado, doméstico, en el que un espíritu inquieto se asfixia (en contraposición –¡y envidia!– de la libertad masculina), etc. Es la propia autora la que lo expresa en varias ocasiones con una contundencia brutal: «No tuve derecho [antes y después de casada] más que a hacer mis labores domésticas y llevar la carga de muchísimas cosas» (pág. 45). El peso de ese rol femenino, asumido por las buenas o por las malas, llega hasta tal punto que incluso cuando organiza charlas en el Lyceum Club, la pobre Carmen sale corriendo hacia casa, una vez acomodado el conferenciante, porque «Rafael [su marido], si no estaba para la hora de cenar, que solía ser muy temprano, se ponía hecho una furia» (pág. 91).

Baste lo dicho para colegir que la realidad que percibe la autora poco o nada tiene que ver con la historia externa, aparencial, la imagen tradicional que todos tenemos de aquel ambiente literario: cafés, viajes, tertulias, conferencias, debates, improvisación, brillantez... Ella, que tiene dos eximios representantes de aquella farándula bajo el mismo techo, sólo encuentra en Pío y en Ricardo, egoísmo, frialdad, indiferencia y hasta «roñosería». Los demás no salen por lo general mejor parados: un Azaña tosco y mezquino, el vacuo señorito Ortega y Gasset, Marañón dominado por su señora...; Gómez de la Serna, «ridículo y amargado»; Solana, «uno de los hombres más brutos que he conocido»; «un gamberro, que creo que también hacía versos y se llamaba Domenchina»... En realidad, sólo sus padres y sus dos hijos, Julito en particular, se salvan de la quema general. Carmen Baroja, cuando mira a ese mundo externo inalcanzable, ansiado y repudiado a un tiempo, sólo alcanza a ver mezquindad, hipocresía, vacuidad y egoísmos.

No puede dejar de pensarse que esa imagen es, por encima de todo, el reflejo de la propia frustración de la autora. Sensación de fracaso porque no puede completar su educación, resentimiento por sentirse permanentemente tutelada, desengaño permanente, tristeza sobre todo, monotonía... Esa es la condición femenina, la marginación perpetua por el solo hecho de ser mujer. La vida aparece así como «un camino recto, seguido, largo, aburrido, larguísimo, monótono, siempre igual, con desgracias de vez en cuando y apenas una pequeña sonrisa». ¿Cuántas veces se repetirá en estas páginas la palabra tristeza? Hay una identificación plena entre ésta y todo retrato del entorno: «Días bajos, hundidos, en donde el pasado se ve lóbrego, el presente triste y el porvenir incierto».

Sólo levemente y durante un breve lapso de tiempo –los años que preceden a la República, el corto período de ésta– Carmen Baroja encuentra la posibilidad (aunque con serias limitaciones) de integrarse en la dinámica cultural del momento: son los años del Mirlo blanco, la fundación del Lyceum Club a imagen de los modernos clubs feministas, etc. Pronto la guerra rompe ferozmente aquella efervescencia cultural. Es la vuelta al pasado, o aún peor, pues a la nueva reclusión obligatoria en el ámbito doméstico acompañan ahora el exterminio del disidente, la represión y la miseria. Carmen Baroja termina de escribir sus memorias en el Madrid del año 46, cuando cuenta sesenta y tres años de edad y sólo le quedan otros cuatro de vida. Es difícil no ver a esas alturas en los últimos párrafos algo muy parecido a la rendición absoluta: «No quiero nada, no aspiro a nada, no ambiciono nada».

01/04/1999

 
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