ARTÍCULO

Lecciones de novela corta

Alfaguara, Madrid
174 págs. 2.100 ptas.
 

Escribe Muñoz Molina en el pórtico a su última obra que «la novela corta es tal vez la modalidad narrativa en la que mejor resplandece la maestría». Y a los títulos que brinda para ilustrarlo podrían añadirse otros de Zweig, Wassermann, Kafka, Steinbeck, Pavese, Moravia, Green, Sábato, Melville, Huxley, Kawabata, Hesse, Simenon, Gide, Camus, Conrad o García Márquez. Pero en mi recuerdo, ninguno necesitó en su día de una introducción especial, lo que hace suponer que o bien el género vive hoy en crisis, lo cual es falso, o que el lector medio de Muñoz Molina debe ser adoctrinado aún en las excelencias de tan preciada modalidad. Al margen de su loable defensa genérica, el prólogo a Carlota Fainberg se nos antoja así un preludio moteado de interferencias, tan esclarecedoras para un público novel como redundantes para cualquier lector que peine canas y guarde –como sin duda Muñoz Molina guarda– bella memoria de las grandes novelas cortas del pasado. No es el caso de ésta, que incumple alguna de sus reglas de oro y que tampoco aporta innovaciones sustanciales para proyectar dicho género al siglo XXI . En primer lugar, porque más que una maquinaria perfecta como las evocadas en el prólogo, nos hallamos ante dos cuentos largos, dos historias radicalmente disímiles que se obstinan por obra del autor en encajar al conjuro de un nombre de mujer. Y ello pese a un planteamiento argumental estimulante: dos viajeros españoles coinciden por azar en una terminal de tránsitos en el aeropuerto de Pittsburgh; el primero, Claudio, es profesor de literatura en una universidad de Pennsylvania y viaja a Buenos Aires para participar en un congreso sobre Borges; el segundo, Marcelo, es un ejecutivo especializado en localizar para su empresa algunos hoteles extranjeros al borde de la quiebra. Enérgico y locuaz, este Marcelo no tarda en contarle a Claudio una turbulenta historia de amor que vivió años atrás en un antiguo hotel de la capital argentina. Luego, Claudio la evocará a su vez para nosotros.

El principal inconveniente de Carlota Fainberg reside precisamente en la elección de ese narrador. Cierto que las mejores novelas cortas suelen cimentarse en el punto de vista, pero eso no es óbice para que alguna de ellas, como es el caso, pida a gritos una mira omnisciente, o al menos una voz conductora menos mediatizada por sus propias obsesiones. Aun admitiendo que el discurso de Claudio permita a Muñoz Molina penetrar la psique de esos lingüistas cartesianos que consumen la vida codificando hasta el maullido de los gatos, su tono topa con dos obstáculos casi insalvables: la ironía no se cuenta entre las mejores bazas del autor, y, a mayor abundamiento, suele estar reñida con las mejores narraciones en la media distancia. En este sentido, Carlota Fainberg se erige por momentos en lo que no debe ser una novela corta... No puede ser nunca un artefacto metaliterario, ni un instrumento de tesis, ni un ejercicio de parodia o caricatura, y menos aún un vehículo de experimentación verbal. Gracias a ello, las joyas memorables del género desprenden siempre el perfume de los mejores cuentos, no el de las grandes novelas.

Lo memorable en Carlota Fainberg es la historia de amour fou de Marcelo, un españolito cuarentón en celo perpetuo que cae en las redes de una femme fatale durante dos noches. Lo memorable es ese Buenos Aires hundido en la inflación galopante de los ochenta, el decrépito hotel Art Déco en el que transcurre la acción, con sus largos pasillos solitarios y sus rancias habitaciones donde aconteció algo ominoso en el pasado. Y aunque esta atmósfera de decadencia oclusiva no sea nueva en nuestra actual literatura –léase cualquier historia de Vila-Matas o La cámara de ámbar, de José Carlos Llop–, Muñoz Molina alcanza grandes momentos en el retrato de secundarios, en la iluminación de espacios, o en el crescendo de la intriga, deudora una vez más de algunas cumbres del cine negro norteamericano. No obstante, el largo cierre de la obra, con un Claudio que sorprendentemente ha reprimido su esquizofrenia idiomática, la posterior visita al escenario de amor del otro y la ambigua solución del enigma en una probable clave sobrenatural en la línea de Vértigo aspiran demasiado tarde a imprimir en el texto un elemento fantástico. La coda en USA tampoco favorece. Porque al vulnerar la ley más sagrada del género, que no es otra que mantener vivo el flujo creciente de intensidad en una sola dirección, se desanda parte del camino. En suma, un Muñoz Molina menor, con llamativos logros parciales, pero que queda lejos de sus novelas de largo aliento, paradójicamente por querer refugiarse a la sombra de ellas.

01/01/2000

 
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