ARTÍCULO

La elocuencia de la piedra

Bermingham, San Sebastián
65 págs. 3.500 ptas.
Bermingham, San Sebastián
99 págs. 4.000 ptas.
 

En septiembre de 1992, Carlos Aurtenetxe visitó una exposición antológica de la obra de Chillida que estaba a punto de clausurarse en el Palacio Miramar de San Sebastián. La conmoción que le causaron las obras del escultor le llevó a componer en unos días los versos que integran La casa del olvido. Cuando Chillida los conoció al poco, se sintió a su vez llamado a trazar unos dibujos, respuesta gráfica a las palabras del poeta. Los versos y algunos de los dibujos se publican ahora, tras una demora incomprensible de varios años, seguidos al poco de otro volumen de idéntico formato que recoge los poemas escritos por Aurtenetxe a partir de su contacto de décadas con la personalidad arrolladora y la obra de Oteiza, acompañados también de dibujos de éste.

La hechura de los dos libros es en apariencia idéntica: ambos combinan los versos de Aurtenetxe y creaciones gráficas de cada uno de los dos escultores. Pero responden a experiencias e incluso modos de escritura diversos. La casa del olvido es el eco múltiple de un encuentro, fruto, por consiguiente, de un arranque creativo instantáneo, fulgurante, que se dio desde un principio en esa forma unitaria, tanto para el poeta como para el artista. Jorge Oteiza, la piedra acontecida surge como libro de la decisión de reunir los resultados poéticos de muchos encuentros o, más bien, de la relación establecida con Oteiza a partir de un primer encuentro, hace casi tres décadas.

Ambas vivencias y ambos modos de composición comportan modos de significar diversos. Eslabona los versos arrebatados de La casa del olvido, a menudo desarticulados, una sintaxis indecisa, mediante la que un poeta propenso a la reflexión trasluce su ánimo sobrecogido aún por la impresión reciente de una creación rotunda. En los poemas de Jorge Oteiza, la piedra acontecida, en cambio, abundan las referencias a momentos, fechas y lugares concretos; los articula más de una vez la sombra de una narración; los estructura la insistencia de algunos sintagmas, como el que da título a la obra. Oteiza es en ellos, a menudo, personaje: sirven de espejo al creador tanto como a su obra. Aurtenetxe les antepone además un texto que reconoce en el escultor la misma confianza en el milagro que sustenta a su entender la tarea del poeta.

Pero las dos obras coinciden en más de un aspecto. En ambas, los versos se distribuyen por el espacio de la página, como buscando representar visualmente los volúmenes y los vacíos de las esculturas que los suscitan. En ambas, Aurtenetxe prescinde casi por sistema de la puntuación. Tales opciones expresivas remiten, claro está, a las fórmulas desarrolladas a comienzos de siglo por las vanguardias. Pero, como en la derivación de éstas que representan las creaciones de los dos artistas, un vocabulario en que insisten sombra y luz, aire y piedra, tierra y mar, arraiga los versos en los signos primordiales de una tierra y en los sentidos arrancados a ésta por la labor de los creadores. En los materiales forjados por Chillida, Aurtenetxe percibe el esfuerzo que alzará esa casa del olvido compuesta de nueve arcos, entre los que cuenta «el arco de las aguas de los días / el arco de la música del viento en los pinares / el arco dorado de tu sueño / [...] el arco del silencio de tu voz diciendo el hombre / el arco de seda del adiós / el arco de tierra del reposo». En la piedra trabajada por Oteiza, la espera de quien la viva: «y aquella piedra aguarda hasta el final del tiempo / el acto que la viva / al final del vacío / el gesto / la palabra la voz que la despierte // y aquella piedra un día despierta de sus rasgos / y acontece».

El fulgor del instante en que reconoce maravillado el logro del artista o la iluminación persistente que deriva de toda su andadura permiten al poeta expresar, de dos maneras complementarias, la misma fe en las virtualidades de la creación y en las de la poesía, desvelar la elocuencia de la piedra muda. Carlos Aurtenetxe es poeta de escritura tenaz pero que ha padecido siempre una desdicha editorial encarnizada. Cuando en 1990 recogió su obra en Palabra perdida, diecinueve de los veintiún poemarios reunidos en aquel volumen eran inéditos. Una década después, sus versos vuelven a la letra impresa en libros de formato generoso y acompañados de un Chillida insólito y de las masas expresivas de Oteiza. Acaso la publicación de ambos diálogos, igualmente sustanciosos aunque tan diversos, sea ocasión propicia para que nuevos lectores atiendan a esa escritura, siempre distraída y contracorriente.

01/09/2000

 
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