ARTÍCULO

Estragos de la logorrea

Espasa Calpe, Madrid, 1998
269 págs.
 

Las primeras novelas suelen ofrecer indicios sobre las futuras entregas de su autor. En el caso de la de Juan Bonilla, Nadie conoce a nadie, había al menos dos facetas que suscitaban expectativas de muy diversa naturaleza. Por un lado, estaba la indudable facilidad de su escritura, el ingenio de sus símiles, de sus juegos y guiños más o menos literarios, que si no certificaban el talento del autor, sí alentaban su promesa. Pero, por otro lado, el verbo florido (demasiado florido) de aquella primera obra no ofrecía una coartada de peso que le confiriera razón de ser: personajes, sentido e incluso planteamientos narrativos, todo parecía convocado arbitrariamente o como excusa para el lucimiento de la pluma, y siempre sin ánimo de decir, en realidad, nada.

En Cansados de estar muertos no sólo no se ha producido la necesaria depuración de los vicios que lastraban la primera novela, sino que el autor parece haber encontrado en su explotación sistemática una cómoda plataforma de trabajo. El gran problema tal vez resida en que no se sabe muy bien qué contar ni cómo son los personajes. Esto ya ocurría en la primera novela, pero como al fin y al cabo había en ella un elemento de intriga, la apariencia de continuidad narrativa creaba un espejismo de coherencia. Ahora no hay tal: se trata de plantear las zozobras de un puñado de personajes solitarios y angustiados que se reúnen en la cantina de un tanatorio para «velar el cadáver de la ciudad muerta». Como de lo que se trata es de realizar una serie de radiografías (o autopsias) de esos personajes, de sus frustraciones y desesperanzas, el punto de vista se traslada de uno a otro con la ambición de crear un mosaico de tono existencial.

La realidad, sin embargo, tiene más que ver con el humor. La tendencia de Bonilla al efectismo, a la frase o la anécdota epatantes, propician la construcción de unos personajes inverosímiles que son sólo eso, un cúmulo de peculiaridades y ocurrencias sin sustrato psicológico ni ideológico. Sus comportamientos y decisiones, por tanto, están claramente dictados por el narrador y no por una necesidad interna. Éste, el narrador, los transporta de un lugar a otro sin que sepamos muy bien por qué ni para qué, provocando una anarquía en el espacio y el tiempo del relato que no tiene nada que ver con la angustia vital, sino con la inexistencia de un plan narrativo definible. En fin, si alguien quiere contrastar con la realidad lo que se viene diciendo sobre los personajes, no tiene más que acudir al final de la novela, donde asistirá a una de las muertes más descabelladas e hilarantes (aunque no lo pretenda) que pueda ser relatada por mortal.

¿Qué es entonces Cansados de estar muertos? No se sabe muy bien: quizá crónica de varios personajes en la zozobra, historia de amor otoñal e imposible entre el protagonista, Fausto Urpí, y la hija de su amor adolescente, o tal vez mapa de una ciudad habitada por difuntos, o metáfora del mundo; quién sabe. Sólo hay una cosa cierta y comprobable, y es que todo el libro es un túmulo de perifollo verbal (que no dice nada) dispuesto para deslumbrar al incauto. En esa incontinencia del narrador sucumben personajes, estructura y visión del mundo, asfixiados por la solemnidad hiperbólica de una prosa que, curiosamente, a veces cede a la incursión en la cursilería: «No es que fuese la chica más hermosa que hubiera visto en su vida, pero desde el preciso instante en que la vio supo que era especial» (pág. 25). No son deslices de éste jaez los que impiden que la novela llegue a buen puerto, pero sí constituyen un indicador bastante exacto de hasta qué punto el narrador parece actuar bajo ese criterio literario que, a falta de un nombre mejor, se resume en una máxima parbularia: «Que quede bonito».

01/02/1999

 
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