ARTÍCULO

Recuerda a tu caníbal

 

En los orígenes ctónicos del universo, cuando aún estaba todo muy oscuro, Cronos devora a sus hijos: es el primer soberano del mundo garantizándose un dominio sin rivales. Y, es, también, el primer caníbal. La sombra de aquella acción se ha prolongado milenios: desde el comienzo de los tiempos la antropofagia se convirtió en una probable –y abominable– seña de identidad de la otredad, de nuestro enemigo desconocido. Desde entonces, el (temible) extraño que llega a nuestro territorio puede ser un devorador de hombres: cinocéfalo –como las extrañas criaturas que dijeron haber avistado Marco Polo y el mismo Colón, y cuya existencia quedaba relegada en los antiguos mapamundis al más allá inexplorado–, o con apariencia humana, se alimenta con nuestra carne y, a la vez, nutre nuestros miedos. Los restos hallados en las cuevas del lejano Sinanthropus Pekinensis y de nuestro más cercano primo Neandertal del sudeste francés confirman las más odiosas sospechas: fuimos caníbales hace tiempo. Y quien tuvo, retuvo: la cultura (popular o no) se ha alimentado del mito. Desde los apólogos medievales –el mismo San Vicente Ferrer estuvo a punto de degustar las tiernas carnes de un recién nacido– a Hannibal Lecter, pasando por el shakespeareano Titus Andronicus, late el mismo nervio de espanto por lo que una vez fuimos.
Si lo fuimos ocasionalmente –porque hacía frío y teníamos hambre y no había otro modo de conseguir proteína (canibalismo de supervivencia)– o porque formaba parte de nuestras más antiguas costumbres e instituciones (canibalismo cultural, canibalismo aprendido), todavía no está universalmente claro. De vez en cuando nos siguen llegando noticias del primero: el espanto se recubre de desazonada comprensión cuando se piensa en los jugadores de rugby del Stella Maris perdidos en la nieve de los Andes y supervivientes a cuenta de la carne de los cuerpos congelados de sus compañeros fallecidos en el accidente. Desde la epopeya de la balsa de la Medusa, que tan bien plasmó Géricault, el naufragio es un ámbito propicio a la antropofagia: sobrevivir es la primera obligación del ser humano. Menos comprensión y un mohín de asco arranca el canibalismo «vicioso»: la historia tremenda de Armin Meiwes y su víctima voluntaria Bernd Brandes –que aceptó por Internet la invitación del primero a servirle de alimento y probó trozos de su propio pene salteados en una cazuela– estremeció a la gente que, poco antes, y en la pura ficción cinematográfica, había contemplado con inocua repulsión cómo el exquisito gourmet Hannibal Lecter cocinaba en una sartén los sesos del tedioso inspector Krendler (Ray Liotta), que también los saboreó con deleite. La Naturaleza, una vez más, plagiando al Arte.
La creencia de que ingiriendo partes del cuerpo del semejante –enemigo o no– el caníbal se apropia también de algunas de las prendas (físicas o espirituales) que le habían adornado, es algo que también apunta Freud siguiendo una tradición naturalista. Hubo quizás, en el nacimiento del Estado y en la institucionalización de las religiones, asesinatos (y banquetes caníbales rituales) del padre a cargo de los hijos (la réplica a la ordalía de Cronos), así como fundacionales teofagias olvidadas. Quizá la creencia –dogma desde Trento– en la Transubstanciación sea la más reiterada reminiscencia antropológica de nuestra primerísima religiosidad: a través del pan comemos cuerpo, a través del vino bebemos sangre.
Un importante libro recientemente traducido al inglés, An Intellectual History of Cannibalism (Princeton University Press), del rumano Catalin Avramescu, reconstruye las diferentes etapas de la historia del canibalismo para centrarse en su importancia como concepto, algo que tuvo la máxima vigencia en los tres siglos siguientes a la época de los grandes descubrimientos y que, posteriormente, fue perdiendo significación en el instrumental teórico de filósofos, teólogos y pensadores políticos de la modernidad. A Avramescu le tiene sin cuidado la existencia real o no de los caníbales: lo que le preocupa es lo que esa presunta existencia suscitó en los grandes debates en torno a la ley natural, de la que la ley civil presuntamente derivaba. Si la moralidad es innata, ¿cómo se explica el caníbal? ¿Quizá como la más feroz representación de la hobbesiana guerra de todos contra todos, antes de la fundación de Leviatán?
Hasta llegar a nuestro actual relativismo antropológico (ya apuntado en Montaigne y en algunos pensadores del Barroco), epílogo sin gloria de la historia intelectual del caníbal, la antropofagia (real o supuesta) de los pueblos salvajes se convirtió en la piedra de toque de las políticas imperiales. Si los caníbales, ignorando las leyes que la naturaleza ha dictado a los seres humanos, participan de la naturaleza amoral de las bestias, su conquista, sometimiento y esclavitud –y la confiscación de sus tierras y posesiones– están plenamente justificadas. Lo que dio origen a prácticas denostadas por algunos de los más brillantes teólogos españoles –Vitoria, Las Casas– y cuyo eco resuena incluso en las reflexiones de un personaje de ficción como Robinson Crusoe, quien, a pesar de su espanto ante la antropofagia de los salvajes de la tribu de Viernes, resuelve no proceder contra ellos, argumentando para sí mismo –con la inequívoca pasión antiespañola de Defoe– que si los atacaba «estaría actuando con la misma barbarie con la que se habían comportado los españoles en América, al aniquilar a millones de salvajes» ignorantes del terrible significado de sus acciones y que, por tanto, no habían podido sufrir «el reproche de la conciencia ni la reprobación de la inteligencia».
Avramescu se lamenta de la extinción (a partir de finales del XVIII y el ascenso del romanticismo) del canibalismo teórico, que tanto había servido como acicate para los grandes debates de nuestra primera modernidad. Respecto a si hubo o no alguna vez canibalismo «cultural», no es un asunto que le preocupe. Más llamativa en este sentido resulta la no mención –salvo en la bibliografía– de una obra fundamental en el revisionismo antropológico poscolonial de los años ochenta del siglo pasado: me refiero al libro de William Arens The Man-Eating Myth, en el que se ponía en cuestión la existencia del canibalismo histórico argumentando la carencia de testimonios verdaderamente fiables. Para Arens la ideología del canibalismo fue un mero constructo intelectual al servicio del colonialismo.
Pero –más allá de la patología y de la excepción de la supervivencia– la ciencia y la arqueología demuestran que aquí y allá hubo antecesores nuestros caníbales, lo que nos confirma en nuestra sospecha más interiorizada. Y cuyo horror recorre subterráneamente nuestra cultura convirtiéndolo en el último gran tabú de una civilización que, a estas alturas, se lo ha perdonado casi todo.

01/10/2009

 
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