ARTÍCULO

Camus... ¿franco-español?

Planeta, Barcelona
348 pp. 24 €
 

Lo mejor de este libro –es de justicia consignarlo de entrada– reside en su condición de trabajo honesto, limpio, que no trata de engañar a nadie, como pone de manifiesto tanto el título rotundo como el sumario que en la misma portada hace de pormenorizado subtítulo, con esa más que discutible aseveración de que «el compromiso que ligó a Albert Camus a la España que sabía “eterna” no tiene precedente», seguida por la no menos controvertida proclama del exilio español: «Es uno de los nuestros». Pero antes de entrar propiamente en materia, permítaseme insistir en lo primero, en la limpidez de la obra –cuestión no ociosa en estos tiempos de escaparate y puro márketing–, máxime cuando este reconocimiento debe hacerse extensivo a la editorial, que ha diseñado una bella portada en un blanco y negro granuloso con el protagonista sentado, serio, aparentemente absorto en su trabajo, y detrás de él, de pie, risueña, una juvenil María Casares que se inclina para fisgonear las notas que lee o escribe el autor. Si se tiene en cuenta, como se dice en varias ocasiones en el interior (por ejemplo, en las páginas 17, 146 y 190) que, para Albert, María era España, hemos de convenir que el lector tiene de entrada en los encabezamientos y la iconografía, antes incluso de abrir el libro, una adecuada síntesis del contenido del mismo.
Porque después, en efecto, cuando se adentre en él, no va a encontrar sorpresa alguna: las escasas trescientas páginas de texto constituyen un recorrido convencional por las huellas de España y lo español –con frecuencia, aunque no siempre, en su sentido más estereotipado– en la vida, pensamiento y obra del célebre filósofo y literato. No estamos, por tanto, ante una biografía propiamente dicha (digamos, de paso, que el lector español dispone de estudios sólidos en esta vertiente, como los volúmenes de Lottman y ToddHerbert R. Lottman, Albert Camus, trad. de Amalia Álvarez, Javier Muñoz e Inés Ortega, Madrid, Taurus, 2006; Olivier Todd, Albert Camus. Una vida, trad. de Mauro Armiño, Barcelona, Tusquets, 1997., entre otros). Las vicisitudes concretas del Camus de carne y hueso tienen obviamente un papel muy relevante, pero están supeditadas a lo que verdaderamente importa, es decir, a rastrear el rasgo hispano en cualquiera de sus modalidades y manifestaciones en la trayectoria personal e intelectual del Nobel francés. La propia titulación de los capítulos es bien elocuente y me exime de mayores especificaciones: empezamos por un «España madre», seguido de un «Dolor» y un «Amor de España» (capítulos segundo y tercero, respectivamente), para llegar a un «Combate por España» que culmina en el capítulo quinto y último con «España mito».
La alusión anterior al estereotipo hispano no se dirigía contra Figuero, sino que concernía más bien al propio Camus, que parece en muchas ocasiones incapaz de trascender la España mítica, heroica y quijotesca que tanto encandila a muchos extranjeros. Bien es verdad, para decirlo todo, que en este ensayo que comentamos no se encontrará un explícito distanciamiento crítico de ese postulado, sino más bien lo contrario, una contención rayana en el respeto, cuando no un indisimulado deslumbramiento por el genio. Pero, no lo olvidemos, lo que toca considerar aquí no es la magnitud, sagacidad o vigencia de la producción ensayística y literaria de Camus, sino su concepción de España. Su «amor de España» –ciertamente incuestionable, aunque luego diremos algo sobre su peso específico en la cosmovisión camusiana– se basaba en un relativo buen conocimiento de algunos hitos de su literatura –Siglo de Oro, Edad de Plata–, el impacto de algunos autores –Unamuno, Ortega, Lorca– y, por encima de todo, la conmoción de la Guerra Civil y la solidaridad con los republicanos españoles. Aspectos todos ellos, y en especial los dos últimos, que no eran ni mucho menos privativos de Camus, sino de un amplísimo sector de la intelectualidad europea y, especialmente, de la francesa. Pero, dejando ahora al margen esa cuestión, lo que hay que ponderar es si la existencia en nuestro autor de todos estos rasgos –que convergían en una estimación trágica de España– autorizan a hablar, como antes adelanté, de «uno de los nuestros» (p. 304) o, incluso, como llega a decirse en alguna ocasión, de un Camus español.
Es verdad que, en la mayor parte de estas páginas, Figuero se limita a consignar lo dicho y escrito por el propio Camus, o a reproducir críticas y valoraciones ajenas (en especial de amigos y colaboradores, aunque también de biógrafos o analistas en general), pero no es menos cierto que, cuando habla con voz propia, da toda la impresión de que asume gustosamente las antedichas apreciaciones. Ya en la primera página traza una genealogía simbólica que no admite equívocos: «Francia, el padre; España, la madre». O, como se dice inmediatamente después, «tuvo [Camus] dos patrias y su obra y su vida fueron la consecuencia». Prosigue Figuero en la misma línea destacando que a Camus le gustaba «ser identificado como «español» desde el aspecto físico», y se recrea en los diversos testimonios que pintan la llama de España en su corazón, «el drama español como una tragedia propia» y hasta una «herencia psico-biológica española» que desemboca en un patetismo de tintes unamunianos (pp. 15-16). Contrasta tanta esencia ibera y tanto ardor hispanófilo con el escaso interés que demostró en visitar el país o pisar la tierra de sus ancestros –una breve estancia en Baleares en el verano de 1935–; pero aún más contrasta la supuesta pasión española con su incapacidad (¿o desidia?) para hablar la lengua, un factor que Figuero reconoce, aunque trata de paliarlo de manera ingenua: «No hablaba castellano ni lo lograría jamás, pero tuvo siempre voluntad de aprenderlo» (p. 66). En otra ocasión se dice: «Por su limitado conocimiento del castellano, nuestro autor» tenía que ser ayudado en las traducciones por María Casares (p. 229).
No vamos a discutir a estas alturas que España, su cultura y, sobre todo, el drama de la guerra impactaron profundamente a Camus, y tuvieron un apreciable reflejo en su obra. Lo discutible no es la influencia española, sino el paso que se avanza en esta obra en el sentido de hacer del gran escritor un hombre de dos patrias. Podría argüir Figuero que fue el propio Camus quien hizo esta declaración en forma explícita en algunas ocasiones y que lo dejó entrever implícitamente muchas otras veces, sobre todo cuando se hermanaba con los exiliados españoles. Pero, frente a ello, no debemos perder de vista la circunstancia del autor, su sinuosa trayectoria vital y su temperamento, factores todos ellos que están bien reflejados en estas páginas, y que llevan a vislumbrar una cierta impostación, una estudiada retórica o, como diría un malintencionado, una pose intelectual muy rentable. Como admite el propio Figuero, Camus tenía por encima de todo un gran amor, que era él mismo. Pero, obviando su personalidad tortuosa, hablando en términos analíticos de su obra, habría que situar a España en el contexto de sus preocupaciones intelectuales, que no fueron pocas, desde el marxismo al existencialismo, desde los imperativos éticos a la solidaridad con los oprimidos de cualquier condición, desde la condena de las dictaduras a la rebeldía individual. Le impresionó mucho la guerra española, sí, pero no menos le conmovió la argelina. Y teniendo tantas causas por las que combatir, Camus nunca se sentía a gusto en bando alguno. Tenía razón en este sentido el ácido Eduardo Haro Tecglen cuando señalaba, poco después de la muerte de nuestro autor, que su vida había sido «una continua lucha por no alistarse en nada, porque todo lo encontraba impuro». 

01/08/2008

 
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