ARTÍCULO

La fragilidad de la existencia

Alfaguara, Madrid, 328 págs.
 

Conocido por su larga actividad en el mundo del cine, donde ha tocado todos los palos (guionista, actor, director, productor, profesor y presidente de la Academia), José Luis Borau (Zaragoza, 1929) presenta su primer libro de relatos, este Camisa de once varas, que ya desde el título muestra el gusto por la ironía y la ambivalencia. Once son los relatos que componen el volumen, y en camisa de once varas, parece sugerir el autor, es donde él se ha metido al presentarse a estas alturas como narrador (bien que ya hubiera publicado algunos cuentos de modo disperso).

Precisamente por ese carácter de setentón neófito del autor, quizá convenga empezar por decir algo a ese respecto. Vivimos tiempos en que la narrativa parece al alcance de cualquiera. La descarada búsqueda de la comercialidad por parte de algunas editoriales, el peso de los medios de comunicación de masas, la propia voracidad de la industria editorial española, hacen que advenedizos de todo tipo (periodistas, políticos, banqueros...) se atrevan con un arte que debería merecer un mayor respeto, lanzando al mercado productos indignos de ser calificados de literarios. Pues bien; frente a esa desagradable tendencia en auge, hay que decir, a la vista de este libro, que su autor es un escritor serio, en los antípodas del oportunismo. No es ya que la suya sea una vocación sincera (a lo mejor también aquella presentadora de televisión se sentía con vocación de novelista, y, por otra parte, tener vocación de algo no implica tener aptitudes para ello), sino que Borau demuestra conocer los recursos y herramientas del oficio.

Uno de los aspectos más interesantes y atractivos de este conjunto de relatos, el último de los cuales tiene dimensiones y características de novela corta, es la mezcla de clasicismo y experimentación. Lo primero es bien perceptible en el lenguaje; lo segundo, en la estructura y la técnica empleadas. En cuanto al lenguaje, muestra un gusto (¿exagerado?, deliberado en todo caso) por giros y expresiones populares: desde el «corriente y moliente» de la primera línea a «hacer de tripas corazón», «arte de birlibirloque», «a pachas», «de chiripa», «pasarlas canutas», «moco de pavo», «disfrutar de lo lindo», «entre pitos y flautas» y unos cuantos más que recorren el conjunto dándole un tono concreto. Ese gusto por frases hechas y refranes lo han tenido grandes autores de nuestra narrativa, como Carmen Martín Gaite, con la que precisamente Borau escribió la serie televisiva Celia, o una poeta no por poco conocida desdeñable, como Isabel Escudero (Coser ycantar). Es, sin duda, también una marca generacional. No sólo por recoger un modo de hablar en progresivo desuso, sino por lo que tiene de falta de afectación («no te encumbres, que toda afectación es mala», aconsejaba Cervantes), de gusto por la sencillez y claridad. El lenguaje de estos cuentos es de extraordinaria limpidez, nada chirría en él (apenas una confusión –reiterada, eso sí-entre el deber y el deber de, y el siempre antipático hacer acto de presencia, que se le escapa una vez), lo que no le impide atrapar por completo al lector, que se deja subyugar por esa transparencia y por unos diálogos de gran viveza, nada acartonados.

Junto a esas virtudes del lenguaje, está la tensión interna de los relatos, prácticamente todos con alguna carga de profundidad dentro. Porque éste es el segundo aspecto llamativo de estos cuentos, a los que su autor califica de «probatinas». Todos tienen alguna complejidad, alguna sorpresa, algún doble fondo, algún pliegue escondido en el que se agazapa el sentido profundo de la historia. Varios relatos suscitan interrogantes en número suficiente para requerir una segunda lectura, que es más de lo que se puede decir de tantos títulos de aluvión como se publican.

El humor no es el ingrediente más destacado del conjunto, pero resulta muy efectivo en dos o tres relatos. En «Ratones sin remedio», en que la ternura y el disparate van de la mano, recuerda el tono de algunas comedias de Ruiz Iriarte o José López Rubio. En «So long, pequeña» conviven la ironía sutil y el disparate resultante de algunas situaciones y de salpicar de términos castizos una aventura hollywoodiense.

Escritos a lo largo de muchos años, según advierte su autor, no tienen un claro denominador común con el que etiquetar el volumen. Pero sí hay algunas constantes que le dan un cierto tono particular. La más destacada es la fragilidad de la existencia humana. La vejez solitaria y desahuciada es el tema de tres relatos, y en más de la mitad del total mueren los protagonistas. Frente a una breve historia optimista de iniciación sexual, hay varios casos de parejas rotas. Y no deja de ser curioso observar el carácter débil y dado al llanto de bastantes de los personajes masculinos de estos cuentos. Su lectura, sin embargo, no deja ningún poso de tristeza en el lector. Al contrario, la mirada amable, compasiva del autor despierta el sentimiento agridulce de saber que «el mundo es ansí».

En resumen, un libro más que estimable, merecedor de llegar al público amplio al que va destinado.

01/06/2003

 
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