ARTÍCULO

Cartas de seducción

Destino, Barcelona
Eduardo Chamorro (ed.)
896 pp. 30 €
 

Para los estudios históricos el valor documental de las cartas es indudable hace largo tiempo, pero sólo desde ayer mismo forman parte integrante de cualquier legado literario y aportan datos para la historia y el análisis de los textos, las ideas o las circunstancias de nuestros escritores. Ello ha dado lugar a una reciente fortuna editorial de los epistolarios, que tan solo unas décadas atrás hubiera parecido quimérica. Probablemente la avivan los singulares modos de relación del escritor con el género epistolar: los literatos usaron de modo habitual las cartas en un siglo XX propenso a desecharlas, a menudo tendieron a atesorarlas y, al cabo, les endosaron con su firma valor literario y documental.
Camilo José Cela es ejemplo paradigmático de dicha relación con el texto epistolar, pues su archivo guarda unas noventa mil cartas, entre las recibidas y las copias de las que él envió. Correspondencia con el exilio reúne una muestra elocuente de ese fondo documental, más de 800 mensajes intercambiados con trece ilustres exiliados: María Zambrano, Rafael Alberti, Américo Castro, Fernando Arrabal, Jorge Guillén, Max Aub, Emilio Prados, Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre, León Felipe, Corpus Barga, Francisco Ayala y Ramón J. Sender. El libro reúne, pues, trece epistolarios distintos, de dimensiones y características diversas, desde el más extenso, el intercambiado con Américo Castro, que suma 327 misivas, hasta las sólo ocho cruzadas con León Felipe; desde las cartas concisas, cuando no secas, de Cernuda a las verbosas y divagatorias de Corpus Barga. Cada conjunto reúne las cartas de Cela y las de su corresponsal, a las que se suman ocasionalmente las de familiares o colaboradores que contribuyen a la relación. Excepción es el epistolario con Max Aub, que sólo recoge las cartas de Cela y no las 46 que él recibió de aquél, cuya edición no autorizaron los herederos. Tres de dichos epistolarios, los cruzados con Prados, Cernuda y Altolaguirre, así como algunas cartas sueltas de otros, ya habían sido editados antes. Pero ello no resta interés al todo, que se lee como testimonio de la relación que Cela buscó con los autores del exilio.
La mayor parte de las cartas están datadas entre finales de los cincuenta y primeros años sesenta. El año 1957 es punto de arranque de varios epistolarios. La razón se llama Papeles de Son Armadans: Cela busca colaboración de eminentes escritores exiliados en su revista y seguirá solicitándosela luego para otros proyectos, como el de una antología «a distancia» del 27, con ocasión de llegar varios poetas del grupo a sus 60 años en 1958 (p. 640), que finalmente no llevó a cabo, o el de las conversaciones poéticas de Formentor. La petición insistente es una de las constantes de las cartas de Cela, que a veces la orienta a proyectos amplios como los mencionados y a veces busca sin tregua alguna colaboración concreta, caso de la de Alberti en un homenaje a Picasso. Dicha finalidad declarada da lugar a mensajes coincidentes y en buena medida simultáneos y suscita, sobre todo, un tono sostenido. La recopilación en un solo volumen de tantos epistolarios permite leer de seguido mensajes dirigidos a varios destinatarios y desvela las estrategias y los modales del corresponsal común, al que el lector ve así embarcado en una sistemática y pertinaz campaña de seducción. La recompensa había de ser la colaboración en sus empresas literarias del exilio y, con ella, la convalidación de éstas y, por ende, de su figura de escritor en todo el mundo hispánico.
El modo de presentarse y de presentar Papeles de Son Armadans define en parte la empresa epistolar de Cela que dibuja este libro. Dice a Cernuda haberse impuesto la tarea de «ser la cabeza de puente —y a veces, la cabeza de turco— de lo que creo más auténtico y sano de los españoles de nuestro amargo tiempo» (pp. 716-717); a Francisco Ayala declara su «patriótica pretensión de dar a conocer los españoles a los españoles» (p. 816). Se presenta, en suma, como enlace posible entre las dos Españas desgajadas por la guerra. En cuanto a la revista, subraya siempre que puede, como en carta a Rafael Alberti, su «riguroso carácter de independencia» (p. 101), que nace ajena a cualquier apoyo o atadura institucional, es decir, sin complicidad con o de la dictadura. Pues Cela es bien consciente de que ha de lidiar con las muy arraigadas desconfianzas del desterrado. Las revela, por ejemplo, una breve nota en la revista del exilio Ibérica en noviembre de 1957 que supone intención y contenido político a una breve visita de Américo Castro a Mallorca por sus «entrevistas» con Cela (p. 192). La nota, que Castro comunica a su corresponsal, le preocupa largamente. En su primera carta a Sender, Cela se queja del «lamentable resentimiento del español desarraigado» (p. 847).
Los proyectos literarios de Cela y su cosecha de colaboradores prestigiosos se enfrentan, por el otro lado, con los azares de la censura franquista. Algunos de los pasajes más jugosos de sus cartas son aquellos en los que sugiere a sus interlocutores, con amplio alarde de veneración literaria y respeto por sus deseos, los «sacrificios» necesarios para evitarla (por ejemplo en pp. 108, 541 u 821), tildándola al mismo tiempo de recurso lamentable de un régimen que no da para mucho.
Pero la habilidad retórica de Cela en estas cartas se muestra sobre todo en la lógica general de su correspondencia, que es la de la seducción. Como trata a cada autor de primero y principal en su aprecio, promete a todos prontitud en la edición de sus colaboraciones, siempre saltándose los turnos, y empeña en asegurar la relación una notable agilidad epistolar. Pero la presión de una campaña múltiple y sostenida conduce sin remedio a retrasos en las respuestas y a las consiguientes excusas aduladoras para paliarlos. La estrategia da excelentes resultados, pues le gana la confianza de casi todos, con la excepción notable de Cernuda, que lo despide a la postre de modo tajante.
Correspondencia con el exilio ofrece un complejo retrato de una ambición literaria única y de sus manifestaciones, tropiezos y logros. La laboriosa tela de araña de sus trece epistolarios refleja la tensa convivencia de varias generaciones de escritores españoles maltratados por la historia de su país y el papel principal que Cela quiso asumir en ella.

01/09/2009

 
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