ARTÍCULO

La mirada culpable

Edicións Xerais, Vigo, 1997 Ediciones B. Barcelona, 1998
Trad. del autor.
 


De los novelistas que aquí y ahora están realizando una narrativa seria y coherente conviene no olvidar a Suso de Toro, un hombre que si en la literatura gallega ya tiene un puesto indiscutible tendría que afianzar el que le corresponde entre aquellos autores que, desde perspectivas periféricas, vienen traduciendo su obra al idioma castellano. En el caso de Suso de Toro no sólo a éste; pues otras son las lenguas extrapeninsulares a las que se han vertido algunos de los títulos del novelista santiagués (que no compostelano, lo que no deja de ser un matiz importante). En efecto la denominación Compostela suele asociarse a la poesía, sobre todo a la lírica, mientras que Santiago (recordemos Land Rover o Tic-Tac) implica al mundo popular, procedente del lumpenproletariado incluso, que llena de sentido la novelística de Suso de Toro. Un hombre que desde hace tiempo vive de la literatura –y aledaños– lo que tal vez conlleve alguna irregularidad en sus últimas entregas, pudiera ser que de carácter «alimentario». No parece ser este el caso de Calzados Lola, Premio Blanco Amor, y una narración de amplio aliento en la que, como nunca en Suso de Toro, el sentimiento de culpabilidad (implícito en la cultura occidental desde la implantación del cristianismo, y De Toro abunda en cierta reflexión bíblica a lo largo de su obra, al menos de la más característica) marca al personaje central, un parvenu contra él mismo, un rastacueros transplantado a Madrid desde su Galicia natal. No será desde luego la «mala conciencia» del individuo politizado, este Manuel no lo es en absoluto, lo que le arrastre a la autoflagelación. Manuel, más bien, se considera culpable de haber abandonado el hogar familiar, la madre y la tienda que dan título a la novela, para sobrevivir en un Madrid trazado con dos o tres pinceladas nada costumbristas. Claro que en su circunstancia madrileña desarrolla una complicada relación amorosa con una niña «bien» hija de un individuo «mal» para quien, envuelto en un extraño embrollo que Suso de Toro no termina de explicar, supongo que adrede, trabaja Manuel. Como consecuencia de la muerte voluntaria de Lola éste marcha a Galicia, seguido en otro vehículo de su novia, y en un tercero de dos sicarios de su patrono dispuestos a escarmentar a Manuel por la sustracción de una cinta comprometedora. La espiral de violencia en que se ve metido Manuel incrementará su complejo de culpa (la novela lleva –con propiedad– el subtítulo de «O dano e a absolución»). Semejante argumento podría parecer de novela negra, en la línea Jim Thomson, un autor de quien el propio Suso de Toro se declara deudor, y lo cierto es que el autor santiagués no parece desdeñar el recurso, tan propio de la narrativa contemporánea (al menos en estos pagos) de yuxtaponer en su narración elementos propios de este tipo de novela. Solamente que a Suso de Toro le sobran recursos para no incurrir en la literatura de género. Así lo suyo es ubicarse en territorios urbanos ––como siempre apreciamos en este autor habilidad para reproducir jergas y situaciones, muy en especial aquellas relacionadas con el gremio hostelero– con fórmula próxima al realismo naturalista; si las ciudades (también las vilas gallegas) abundan en violencia, conceptual o física, no es de ello culpable Suso de Toro sino fiel fotógrafo. Por lo tanto, la solución, próxima al realismo mágico, que en Calzados Lola utiliza su autor para desculpabilizar a Manuel de la sangre vertida, sorprende al lector habitual de De Toro, más acostumbrado a otro tipo de procedimientos. Detrás de Suso de Toro, el más genial el de Tic-Tac, esa gran novela no sé si lo suficientemente difundida fuera de Galicia, hay numerosas lecturas, de Shakespeare viene hasta Thompson, pasando por Dostoievski o el propio Cela. Con semejantes maestros Suso de Toro viene creando un mundo autónomo que se transmite a un lector normalmente entregado. Pues Suso de Toro crea, véase Calzados Lola, personajes de verdad –excepto en este caso el patrón de Manuel y su esposa, burdas caricaturas– y una acción que progresa dosificadamente. Si además provoca adicción en el lector, el resultado no será sino satisfactorio.

01/08/1998

 
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