ARTÍCULO

Calderón explicado por Domingo Ynduráin

 

La vida es sueño es quizá la comedia más conocida y difundida en la actualidad, no sólo de Pedro Calderón de la Barca, sino de la ingente cantidad de obras que conforman el legado de nuestro teatro clásico español, entre los siglos XVI y XVII. Desde la primera edición aparecida en 1636, el texto calderoniano ha sido publicado en multitud de ocasiones. El propio Domingo Ynduráin había editado La vida es sueño en 1989 (Madrid, Alianza). Sin embargo, al comparar la edición de 1989 con la publicada quince años después, podemos comprobar que se ha llevado a cabo una revisión completa de la misma, si bien existen líneas de continuidad entre ambas. Como se sabe, el profesor Ynduráin es un reconocido especialista en Calderón, sobre el cual ha publicado varios trabajos fundamentales. Si recorremos su bibliografía calderoniana en orden cronológico, destaca primero la edición de El gran teatro del mundo (Madrid, Istmo, 1974), reelaborada años más tarde (Madrid, Alhambra, 1981) y luego refundida por John J. Allen para la colección de Biblioteca Clásica (Barcelona, Crítica, 1997). En 1989, el mismo año en que aparece la edición citada de La vida es sueño de Alianza, publica también en esta editorial la tercera de las obras maestras de Calderón, El alcalde de Zalamea. Las ediciones han ido acompañadas por varios artículos sobre el teatro calderoniano y por el estado de la cuestión incluido en el volumen tercero de la conocida Historia ycrítica de la literatura española (Barcelona, Crítica, 1983). Calderón es uno de los autores sobre los que Ynduráin ha trabajado de manera más asidua, a lo largo de su trayectoria como filólogo e historiador de la literatura. Aunque una simple reseña de La vidaes sueño no sea la coyuntura más favorable para ponderar en detalle la importancia que adquiere el conjunto de la obra escrita por Domingo Ynduráin dentro del hispanismo, no quiero dejar de señalar el alcance de sus publicaciones, especialmente sobre la Edad de Oro, pero también sobre el resto de las épocas pertenecientes a la literatura española. Sin duda, su obra maestra es Humanismo y Renacimiento en España (Madrid, Cátedra, 1994). El vasto panorama dibujado en este monumental estudio, la cantidad de datos de primera mano sobre los que sustenta la investigación, la trascendencia de las principales tesis que sostiene en el medio centenar de páginas y, en fin, la novedad de su argumentación bastarían para elevar este opus maior a la altura de las dos o tres obras fundamentales que existen en el ámbito de la filología española actual. Por otra parte, junto con el análisis de movimientos literarios desde el Clasicismo al Romanticismo, destaca en la bibliografía del profesor Ynduráin el interés particularizado por varios autores, como es el caso de Calderón. Otros grandes escritores a los que ha prestado atención especial en sus publicaciones son ValleInclán, Galdós, Espronceda, Antonio Machado, Quevedo, San Juan desde luego; pero también Berceo, el Arcipreste de Hita, La Celestina, Lazarillo, Cervantes, Lope de Vega, Baroja, etc. En realidad, no se trata de traer a colación el catálogo completo de los autores y obras estudiados en su bibliografía. Tan solo pretendo subrayar que, aunque son textos bien conocidos y glosados por la crítica especializada, el análisis de Domingo Ynduráin sobresale siempre por la «agudeza» de sus interpretaciones, en palabras de Fernando Lázaro Carreter, quien añade: «Como ocurre en los muchos textos literarios por él estudiados, sus ojos aciertan a ver y a detenerse donde otros han pasado antes sin sorpresa». Todo lo anterior se ve confirmado en la edición aquí reseñada de La vida es sueño, que destaca por la originalidad de su planteamiento, en varios aspectos. Para empezar, podemos aducir la elección del texto base que, según aclara el propio editor, «no es lo más aceptado en estos momentos» (pág. 60). Efectivamente, podrá parecer discutible publicar La vida es sueño a partir del texto cuidado por Vera de Tassis; pero justifica su elección porque las variantes «en ningún caso afectan al sentido ni al desarrollo de la obra y, en general, Vera comprende o modifica el texto con buen sentido y lógica» (pág. 60). Este criterio, a contracorriente de las ediciones actuales, contiene una serie de implicaciones desde el punto de vista de la filología, bien entendido que, según señala el propio Ynduráin, «lo que aquí se ofrece no es una edición crítica» (pág. 61), pues no recoge de manera exhaustiva todos los problemas textuales, sino tan solo aquellas variantes que alteran el sentido del texto o que suponen cambios estilísticos importantes. Efectivamente, en las notas que acompañan el texto calderoniano a pie de página, explica el editor las diferencias de lecturas que observa entre las ediciones antiguas de La vida es sueño siempre que pueden esclarecer el sentido de los versos. En algunos pasajes, la «agudeza» de la que hablaba Lázaro Carreter le lleva a Ynduráin incluso a descubrir incongruencias textuales que no han sido resueltas por completo, dentro de la común tradición ecdótica. Como no podía ser de otra manera, establece un diálogo continuo con los editores que lo han precedido al publicar la obra. Aunque señala las deudas inevitables con la tradición filológica, también se pone de manifiesto la audacia de Domingo Ynduráin al proponer interpretaciones novedosas de pasajes de La vida es sueño en los que resulta muy difícil, a la vista de los problemas textuales, establecer una solución definitiva. La lectura de las notas es muy sugerente, no sólo por lo que se refiere a los pasajes conflictivos. En la mayoría de las ocasiones, quedan perfectamente esclarecidos los aspectos léxicos, literarios e ideológicos del texto calderoniano. La anotación se ha realizado pensando en el lector actual, pero sin traicionar el sentido histórico de la obra editada. El trabajo para editar y anotar La vidaes sueño, desde una perspectiva filológica, culmina en la magistral introducción que elabora Domingo Ynduráin en unas páginas esenciales y concisas que plantean las principales cuestiones en torno a la ideología de Calderón y a su manera de entender la creación literaria. Sin otros prolegómenos, aborda directamente la interpretación del género, concebido «como las tragedias clásicas» (pág. 12) para purgar las pasiones de los oyentes o espectadores mediante la catarsis. A lo largo del argumento, la soberbia caracteriza el comportamiento de los principales personajes, como Segismundo y Rosaura, que pretenden imponer su voluntad sobre los demás. Claro que el final de la obra supone la restauración del orden, al que deben someterse las pulsiones de los individuos. Resulta muy significativo el paralelismo que establece Ynduráin entre la ideología que deduce al explicar La vida essueño y algunos rasgos estilísticos manifiestos en el texto estudiado, como el de la «diseminación y recolección» y como el llamado «trueque de atributos». El carácter sistemático de ambos procedimientos está relacionado de manera directa con la visión jerárquica y ordenada del universo calderoniano, que se refleja también en el ámbito social. Por otra parte, desarrolla el significado filosófico y religioso que adquiere la fábula de Segismundo, en tanto que historia ejemplar: «Y la conclusión no es otra sino que el hombre posee una dimensión trascendente, trascendente porque trasciende la vida material y pervive después de la muerte» (pág. 31). Es verdad que sustenta la explicación en los antecedentes del tema que han sido estudiados por la crítica, pero sorprende la coherencia con la que Ynduráin va desde las ideas abstractas a las convenciones literarias, y viceversa. De este modo, el lector puede hacerse una idea completa de los problemas filosóficos, religiosos, políticos y sociales que están implicados en la mentalidad calderoniana, y que explican el comportamiento de los personajes como entes de ficción, así como la estructura de la pieza teatral en su contexto histórico. Por último, la reseña de esta edición que acaba de aparecer va ligada emotivamente a la memoria de Domingo Ynduráin. En todos los episodios de su vida académica y universitaria de los que he sido testigo, a lo largo de los últimos veinte años, puedo afirmar que estaba guiado por una amplitud de miras poco común cuyas consecuencias no siempre eran fáciles ni agradables para él mismo. Hemos compartido muchas opiniones y discusiones, completamente abiertas, que me han servido de continuo acicate intelectual. También he tenido el privilegio de conocer antes de ser llevados a la imprenta numerosos trabajos suyos, como La vida es sueño de Biblioteca Nueva, publicada de manera póstuma. Al leer la edición reseñada, así como ocurre con las restantes publicaciones del profesor Ynduráin, debemos reflexionar sobre la importancia de su legado filológico. En este sentido, quiero reproducir aquí el párrafo, verdaderamente esclarecedor, con el que se abre la introducción: «Cuando se trata de leer e interpretar hoy una obra del Siglo de Oro, se hace inevitable que el lector realice un esfuerzo para poder instalarse en la mentalidad y en las convenciones de la época, para adaptarse al género de que se trate y, en fin, para aceptar las convenciones de esa sociedad y de su literatura. Esto es algo que se aprende y que, en ocasiones, resulta difícil, como también resulta difícil aceptar que lo que dice una obra es lo que efectivamente dice, no lo que podría o debería haber dicho. Sin embargo, las interpretaciones posmodernas y las lecturas creativas no aceptan la reconstrucción histórica, es decir, el sistema de valores, implicaciones y sentidos que una obra posee en un tiempo, en un momento determinado de la historia. En consecuencia, la búsqueda de unos valores, si no inmanentes, actuales, lleva a modificar la obra, a leerla adaptándola al gusto de hoy, en lugar de procurar que el lector se adapte a la mentalidad del siglo XVII, es decir, a la convención literaria que la obra propone» (pág. 11). Merece la pena detenerse en la lectura de la cita, toda una declaración de principios en estos tiempos de incertidumbre para los studia humanitatis. El párrafo puede ser útil para cualquier lector interesado en nuestros clásicos, debe serlo también para futuras investigaciones.

01/09/2004

 
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