ARTÍCULO

Naufragios

Ollero & Ramos, Madrid
413 págs. 2.800 ptas.
 

En el sórdido y decadente espacio del Café Hugo se da cita a diario un abigarrado grupo de parroquianos, un muestrario humano en el que se resume, bajo el común estigma del fracaso, la naturaleza ética y sentimental de una capital de provincias de la que, al parecer, ha sido desterrada toda posibilidad de salvación. Sin embargo, es una noche muy concreta (la que transcurre entre el 7 y el 8 de marzo de 1966) la que interesa al narrador, quien de este modo acota de manera muy precisa tiempo y espacio para ofrecer una imagen caleidoscópica y, a la vez, mural de los personajes. Para ello, lejos del discurso fragmentario o caótico al que acuden muchas novelas contemporáneas de similares aspiraciones, aquí encontramos un disciplinado (tal vez en exceso) desarrollo de los acontecimientos, ya que es un narrador de privilegiada omnisciencia quien va enlazando los sucesos de esa noche de marzo con la peripecia anterior (e incluso la ulterior) de los personajes. El resultado es la transformación del espacio físico del Café Hugo en un sumidero alegórico donde va a encallar una variopinta cofradía de náufragos.

De acuerdo con este esquema de partida, se deduce fácilmente la naturaleza simbólica que García Ortega ha pretendido transferir a la fábula. Junto con la búsqueda de una imagen metonímica de la condición humana (propiciada por la elección de estos personajes cautivos), existe una serie de motivos que apuntalan la orientación alegórica de la novela: el esperado regreso de Raúl, hermano de la propietaria del Hugo, Victoria Luezas, supone un acontecimiento de tintes épicos (aunque al final desemboque en el desengaño) que conecta con otra espera, la del raro eclipse que, con todas sus connotaciones apocalípticas, esperan presenciar al día siguiente los frecuentadores del café. Además, ese mismo siete de marzo, la ciudad ha recibido un oscuro mensaje del tiempo a través de la trágica muerte de un niño, ensartado por la aguja de un reloj de sol. Todo lo cual viene a culminarse con el fuego –en gran medida redentor– que acaba devorando el Café Hugo. Ahora bien, la disposición de estas y de otras claves simbólicas demuestra una notable ambición que, desafortunadamente, resulta fallida. El problema reside, precisamente, en la excesiva y reiterada explicitud con que el narrador, directamente o delegando en los personajes, desvela el sentido totalizador de la fábula, como si su propio decurso y naturaleza no tuvieran per se la fuerza necesaria para generarlo. El resultado es, por ello, poco estimulante, ya que lo que aspiraba a erigirse en metáfora acaba agotándose en sí mismo de manera peligrosamente similar a la novela de tesis.

Café Hugo es, por lo demás, una obra excesiva, no por sus legítimas aspiraciones alegóricas, sino por el abultado saldo de páginas prescindibles que arroja la práctica de una omnisciencia narrativa demasiado exhaustiva. El prurito de detallar la trayectoria biográfica de cada personaje, el férreo control de sus recovecos psicológicos, junto con una tendencia agobiante al inventario descriptivo acaban por agotar la atención lectora, fundamentalmente porque no se jerarquizan objetos y anécdotas con criterios que propicien una dirección unitaria de la narración. Por otro lado, el afán por no dejar sin resolver explícitamente ni una sola parcela de la ficción dificulta la posibilidad sugeridora de lo ausente, esa potencia semántica de los silencios narrativos. Incluso un narrador demiúrgico, como el de la novela decimonónica, conocía y practicaba ese lenguaje del ocultamiento. Y además ponía un exquisito cuidado a la hora de delimitar la voz narrativa de la de los personajes, a fin de que la novela –como sí ocurre en muchas páginas de la que nos ocupa– no acusara esa artificial impostación que genera una retórica uniforme.

01/10/1999

 
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