ARTÍCULO

Coqueteo con el cine

Seix Barral, Barcelona
190 págs. 1.800 ptas.
 

Estamos en 1960. Muchos jóvenes españoles tuvieron la suerte o el privilegio de respirar otros aires viajando a Europa para observar y conocer otra realidad distinta de la suya, por aquel entonces cerrada en sus fronteras culturales a causa de la dictadura. Uno de ellos era Billy (Guillermo), el protagonista de esta novela, que pasó un curso como lector de español en la Grammar School de una ciudad de Escocia. No fue Billy, por lo que se cuenta, un profesor satisfactorio para la institución en que enseñaba, pues impartía sus clases, cuando lo hacía, con gran indolencia, ni sujeto de referencias recomendables, de acuerdo con los ambientes y las compañías que frecuentó. Contaba veinticuatro años (los mismos que Carlos Pujol en esa fecha) y un presente incierto. Del futuro nada se sabe, y tal vez mejor. Lo que pudo ser para nuestro personaje una estancia grata, y sobre todo provechosa, se convirtió de pronto en una pesadilla. Sus vagabundeos por la ciudad, sus relaciones con la gente de la pensión en que se hospedó, las personas que conoció, la chica de la que se enamoró o la policía que lo vigiló sin tregua ni descanso, contribuyeron (unos de modo inconsciente y otros, por el contrario, con premeditación) a tejer una tela de araña a su alrededor (fraguada a raíz de una serie de desapariciones y de asesinatos de los que él resultó siempre el principal sospechoso) hasta convertirlo, al menos en el desarrollo de la novela, en una especie de cabeza de turco sin salvación ni salida posibles.

Como puede verse, el tiempo y el espacio parecen determinar el fondo ideológico y el marco histórico de la novela, pero nada más. La peripecia que cuenta Carlos Pujol, un enredo de intriga policíaca y espionaje, digámoslo ya, no responde por sí misma a una posible crítica ideológica, aunque se pretenda apuntar de pasada, ni entronca necesariamente con el período histórico elegido, cuando la juventud española miraba a Europa casi como a un paraíso prometido. Las alusiones al franquismo funcionan de hecho y a la postre como elementos referenciales prescindibles. Por otra parte, la historia podría haber sucedido en otro espacio (el español, y no el escocés, por ejemplo) y en otro tiempo (el actual, sin ir más lejos), ya que podrían ser intercambiables.

A Carlos Pujol no le interesa en principio, creemos, una visión ideológica o política de la situación histórica o del personaje inmerso en esa situación. Billy es, en efecto, un cabeza de turco, pero lo es por casualidad, ya que en ningún momento presenta los caracteres de un buscavidas marginal, tal y como lo suelen recrear las novelas sociales que representan la realidad, sino los de un héroe novelesco de medio pelo que es al mismo tiempo réplica, no de la realidad, sino de tipos habituales en la literatura y el cine de suspense e intriga.

El novelista va urdiendo en torno al protagonista una trama con sucesivos momentos de suspensión, que espolean al lector a seguir leyendo para saber qué pasará después, mediante recursos muy conocidos: muertes y asesinatos repentinos, desapariciones inexplicables, irrupción de personajes enigmáticos, conexiones con el espionaje, intervenciones de la policía, casualidades y encuentros fortuitos, indagaciones y sospechas inculpatorias. Es decir, un montaje de piezas, en principio inconexas porque no se ofrecen las justificaciones oportunas, que parece encajar por obra y gracia del azar y que sin duda resultaría de todo punto inverosímil si no fuera porque al final se descubre que la trama, aun con algunas fichas sueltas, ha sido un juego peligroso maquinado con unos objetivos concretos (no es este el momento ni el lugar de desvelar por quién) a espaldas del protagonista.

Entre estas dos líneas argumentales, el tímido enfoque ideológico y social por un lado y el juego de intriga por otro, discurre, por tanto, la novela. Ambos constituyentes acaban, no obstante, defraudando: primero, porque, como ya se ha dicho, el carácter social está impostado sin razón suficiente; segundo, porque el suspense no mantiene su tensión y se desinfla de golpe a causa de un juego que, si se toma como tal, resulta absurdo, y si se toma como broma, ni siquiera llega a suscitar el humor.

01/09/1999

 
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