ARTÍCULO

El gran embrollo americano

 

QUÉ NOCHE LA DE AQUEL DÍA


El derecho romano está lleno de discusiones esotéricas como la de la insula in flumine nata. Qué hacemos cuando en medio del río que separa dos fundos se forma un islote; se lo adjudicamos a Ticio, el dueño de la orilla oeste, o se lo llevará Moebio, su vecino del otro lado. Y a mi qué demonios me importa, dirá con razón el lector avisado, quién en sus cabales puede interesarse por cuestión tan baladí.

Ya. Pero, ¿y si sucede que en la afamada isleta refulge el anillo del Nibelungo, aparece sobrecogedor el santo Grial o, más sustancioso, brota un potente chorro de petróleo? Ahora sí que me interesa, especialmente si soy descendiente de Ticio o de Moebio. Lo que, si nos ponemos filosóficos, es lo que suele suceder con la experiencia diaria. El mundo cotidiano está hecho de certezas o, al menos, así nos lo creemos. Dentro de un rato saldré a la calle, compraré el periódico en el quiosco de la esquina, desayunaré un café con porras y me enteraré de que ha vuelto a perder el Atleti. Quien haya vivido el día siguiente de una catástrofe natural sabe, empero, de lo precario de esas certezas. De repente, los más firmes puntos de referencia han desaparecido. En Miami, en 1992, tras la devastación causada por el huracán Andrés, tardé varias horas en encontrar mi casa, de la que había sido evacuado el día anterior. Los indicadores de las calles no estaban más, los árboles yacían desarraigados y a los semáforos se los había llevado el viento, mientras que, como Scarlett O'Hara camino a Tara, yo no sabía si los muros seguirían en pie.

Otras certezas más solemnes no están exentas de sorpresas. Por ejemplo, sabemos que cada cuatro años, el primer martes después del primer lunes de noviembre los americanos acuden a las urnas y eligen un presidente. Con los resultados de la votación, cada estado envía a un Colegio Electoral un número de compromisarios igual al de su representación en el Congreso, es decir, a la suma de sus miembros en la Cámara de Representantes, variable según la población de ese estado, más sus senadores, que siempre son dos. Según el típico principio anglosajón de que el ganador se lo lleva todo los compromisarios pertenecen todos ellos al partido del candidato ganador de la elección en cada estado. El Colegio Electoral, en sesión que se celebra antes de Navidades, emite sus votos y el candidato que obtenga al menos la mitad más uno de ellos (270 con la composición actual del Colegio) es designado presidente. Normalmente este proceso se produce sin sobresaltos. Uno de los candidatos gana en el número de sufragios populares emitidos y se lleva también los votos de la mayoría del Colegio Electoral. El miércoles siguiente al primer martes de noviembre, los ciudadanos de Estados Unidos y los del mundo saben quién va a gobernar el país más poderoso por los próximos cuatro años. Pero el pasado 7 de noviembre la rutina se vio bruscamente alterada. Durante todo el mes de octubre y singularmente en los últimos días de campaña, las encuestas de opinión habían advertido de que no existía un ganador claro y de que la elección iba a ser muy apretada. En la noche electoral, no se ganó para sorpresas.

Contaré mi caso, que es lo que a todos nos gusta. Un compañero de departamento universitario me había invitado a su casa para seguir los resultados electorales por televisión junto a un grupo de amigos suyos, profesionales acomodados, bien informados, en su mayoría judíos liberales y, por tanto, abiertos partidarios de los demócratas. A las ocho y media de la tarde había alborozo general. Con Pensilvania, Michigan y, según acababa de anunciar la cadena ABC, Florida en el casillero de Gore, la elección estaba sellada. Poco antes de las diez me fui a casa tras felicitar al anfitrión, cortesía innecesaria, pues su felicidad, con el éxito electoral y el vino que se había descorchado en el entretanto, difícilmente podía ser más completa. Una vez en casa, sobre las diez y media, prendo la televisión y me entero de que Florida ya no está segura para Gore, aunque poco antes Dan Rather, uno de los más conocidos periodistas políticos, había advertido en CBS que las proyecciones de votos de su cadena podían depositarse en el banco de seguras que eran. Lo cual que me engolfo en la nueva pugna y contemplo cómo Bush equilibra en el Sur del país y en el Midwest la ventaja que Gore le había sacado en Nueva York y Nueva Inglaterra, para sobre las dos de la mañana ver que todas las grandes emisoras proyectan que, finalmente, Florida está en sus manos. Ya hay presidente y me voy a la cama.

A la mañana siguiente, las cosas han cambiado de nuevo. El papel de la CBS, NBC, CNN y ABC baja más rápido que el Nasdaq. Florida sigue sin coronar a un candidato. El triunfo de Bush había sido tan leve (en aquel momento, unas tres décimas de punto porcentual entre seis millones de votos emitidos) que la ley electoral del estado imponía un recuento de oficio y no permitía certificar el triunfo de ninguna de las candidaturas. Empiezo a notar una sensación de profunda irrealidad y me acuerdo de Thomas Dewey. En 1948, Dewey se fue a la cama en la noche electoral cuando todos los sondeos le daban ganador; al día siguiente, el presidente electo era Harry Truman. Dewey cuenta que pensó estar muerto y ya en el ataúd, aunque preso de una extraña perplejidad en el trance: «Si estoy vivo, qué demonios hago aquí. Y, si estoy muerto, por qué tengo ganas de pasar al cuarto de baño».

Cuando la incertidumbre altera nuestras certezas provisionales, hay un punto en que parece que toda seguridad ha desaparecido y todo lo que hasta entonces era normal comienza a resultar sospechoso o, por lo menos, oscuro. En toda elección, especialmente cuando afecta a cien millones de personas, hay peripecias a barullo. Como con la insula in flumine nata, esas cosillas nos salen por una higa. A veces, alguno de esos episodios colea un poco más porque se presenta una reclamación electoral. Pero, al cabo, las anécdotas no afectan a la elección pues las diferencias de votos entre los candidatos suelen ser claras. Pero póngase lo que ha pasado, que Bush ganase en el primer recuento por ese margen de 1.800 votos de entre los seis millones emitidos en Florida y añádase que, de aceptarse ese triunfo, los veinticinco votos electorales del estado le iban a convertir en presidente. Ahora los errores y las irregularidades técnicas se salen de madre, pues la corrección de cualquiera de ellos puede dar la vuelta a los resultados y, de paso, a la elección en todo el país. Si además resulta que, según los resultados de aquel momento, Gore había ganado por unos doscientos mil votos populares a Bush, los medios se ponen a salivar incontrolablemente, los picapleitos ven una nueva ocasión de hacer su agosto, Wall Street se sume en la melancolía, Fidel Castro echa su cuarto a espadas (para elecciones democráticas, tú sabes, las de Cuba, chico) y el personal, como Thomas Dewey, no sabe si todavía está sumido en un sueño.

Las semanas siguientes han sido un duermevela que tampoco ha permitido salir de la irrealidad. Los resultados finales han dado a Gore ganador en voto popular con una distancia de unos 330.000 votos; Bush, por su parte, ganó lo que importaba, 271 votos en el colegio electoral, un regalo cortesía de la mayoría republicana en la Corte Suprema de Estados Unidos. Podría decirse que la inicial mayoría de Bush en Florida, que no ha hecho sino menguar y menguar cada vez que se producía un recuento, se ha tornado en una victoria por un voto, pongamos el de William Rehnquist, presidente de esa Corte Suprema federal. Ni los más ancianos de la localidad habían vivido nada semejante, pues la última vez que se produjo una disparidad similar entre voto popular y número de compromisarios fue hace más de un siglo. Los republicanos obtuvieron también la mayoría en el Congreso, con 220 votos en la Cámara de Representantes frente a los 212 de los demócratas (hay dos escaños más en manos de independientes y uno aún por resolver a la hora de cerrar este artículo) y el Senado amaneció empatado a 50-50. Sin embargo, dado que el vicepresidente de Estados Unidos, en este caso el republicano Dick Cheney, tiene voto de calidad en las deliberaciones senatoriales, aunque no tenga voz en sus debates, los republicanos contarán también con mayoría en el Senado.

Se ahorrarán los vericuetos legales y de relaciones públicas que, por sí solos, dan para un libro. Al final de la jornada, sin embargo, conviene recordar algunas cosas. La primera, una amarga realidad para sus partidarios, es que en ningún momento Gore consiguió superar a Bush en los limitados recuentos llevados a cabo en Florida. Los márgenes de victoria de Bush en el estado fueron enormemente estrechos, 537 o 154 votos en la certificación final, según se adopte la cuenta de la secretaria de Estado de Florida, Katharine Harris, el 26 de noviembre o la del Tribunal Supremo del estado el 8 de diciembre, pero han sido suficientes para la victoria. Todo muy precario y sucinto, pero, en definitiva, una base de poder bastante más importante de la que tendrán los demócratas. Los hechos se han encargado a menudo de recordar que lo de las derrotas dulces y las victorias amargas no es más que una bobada de poca enjundia.

Pero Bush también ha salido trasquilado. Alentado por el candidato, su equipo ha recurrido a todas las chicanas legales posibles, como si impedir a cualquier trance un recuento objetivo de todos los votos resultase más importante que oír la voz de los electores. En esa empresa ha contado con la inestimable colaboración de la mayoría republicana en la Corte Suprema federal. Como quien se alza vencedor en la batalla legal por una finca lastrada con una fuerte hipoteca, Bush tendrá que afrontar en los próximos cuatro años su cuotaparte de dudosa legitimidad. El mes largo de indecisión, por otra parte, ha expuesto algunos de sus flancos más débiles. Su capacidad de liderazgo dentro del republicanismo parece escasa. El equipo de gobierno que ha esbozado está ya muy visto. Es el de su padre ocho años más viejo, con menos energía y creatividad, y el nuevo príncipe de Dinamarca parece más interesado en lavar viejas afrentas que en ganar la mano de Ofelia. Los periodistas más sagaces hablan de una nueva administración Cheney, en la que a Junior se le reserva el papel estampar su firma en las decisiones ajenas, cual redivivo fainéant merovingio.

En cualquier caso, lo importante es que, a pesar de los crujidos, los mecanismos de la vieja democracia americana han seguido funcionando; que las elecciones han sido limpias aunque se haya hecho notar la necesidad de enviar al taller para una revisión muchos procedimientos obsoletos; y que no ha habido ningún tipo de fraude. Es comprensible la frustración de muchos ante el espectáculo en apariencia caótico de que una gran democracia tenga un sistema electoral tan descentralizado, sin una única papeleta electoral. Más llamativa aún es la desigualdad, en la cuna de la informática, de medios técnicos entre distritos electorales, con algunos de ellos utilizando máquinas de recuento de votos inicialmente diseñadas hace más de sesenta años. Pero conviene subrayar que la única cuestión ha sido si los votos fueron bien contados y recontados o no. Durante todo el período, por su parte, la vida cotidiana ha discurrido sin sobresaltos.

La lectura convencional es que la elección ha sido el espejo de una sociedad dividida en dos partes iguales. Pero tal vez eso de dividida hay que modificarlo con un casi antepuesto. El adverbio es obligatorio porque los resultados sólo cuentan qué hicieron los votantes. Sin embargo, el número de abstenciones ha sido tan alto como el de sufragios (49 por 51%). No es fácil explicar el fenómeno de la abstención, ni se va a intentar a renglón seguido, aunque uno se sienta tentado de apuntar que, en esta elección, la lucha electoral entre dos retoños de familias patricias, graduado uno en Harvard y el otro en Yale, generaba tanta expectación entre muchos americanos como la regata que enfrenta a los remeros de ambas universidades una vez al año. Sólo gentes con nombres de pila como Averell o Prescott se interesan por cosas así. Pero el proceso político continúa más allá de las elecciones y los abstencionistas se hacen oír como parte de la opinión pública.

Al discutir los índices de abstención cabe también anotar el abierto rechazo que entre muchos americanos genera el creciente río de dinero que oscurece las posibilidades de juicio independiente entre los votantes y conjura una nube de sospecha sobre las actividades de los futuros gobernantes. Las elecciones del 2000 han sido las más caras de la historia, con un costo estimado de 3.000 millones de dólares, un 50% más que lo gastado en las elecciones de 1996. En contribuciones directas, Bush ha recaudado más de cien millones para su campaña. A mediados de octubre, el dinero blando o incontrolado se había desbocado. El GOP había recaudado unos 211 millones de dólares para la elección presidencial y los demócratas 199; los ingresos demócratas para los escaños al Congreso fueron cinco veces mayores que en 1996. Algunas elecciones, en especial, han tenido un costo disparatado. El escaño de senador por Nueva York que se disputaron Hillary Clinton y Rick Lazio subió a 60 millonesPara desolación de sus adversarios, Hillary Clinton se llevó de calle esta elección recogiendo 55% de los votos por un 43% para su rival. Hillary ha sido, a lo largo de los ocho años de la presidencia de su marido, un personaje odiado por los conservadores y, también, por ciertos sectores feministas. Los primeros le han acusado de todo, desde de ser la mano negra de la Casa Blanca, pasando por acciones delictivas en Whitewater y en el llamado Travelgate, hasta haber causado la muerte de Vincent Foster, un abogado que se suicidó en Washington DC. Sin embargo, los largos años de investigación de Kenneth Starr y su sucesor Robert Ray desembocaron en el reconocimiento de que no había nada en su contra. Por su parte, algunas feministas atacaron su aceptación del papel tradicional de la mujer engañada pero sumisa a su macho que, según ellas, había adoptado tras el asunto Lewinsky. Para quien no comparta esas posiciones sin matices, la figura de Hillary ha ido ganando con el tiempo. Es, dicen, muy ambiciosa. Pero uno se pregunta por qué este rasgo de carácter, que tan bien sienta a los políticos masculinos se ha de convertir para algunos (cf. Peggy Noonan, The case against Hillary Clinton, Harper Trade, Nueva York, 2000) en la peor acusación cuando se trata de una mujer.y la lucha por el distrito electoral nº 27 de California en el que se enfrentaban James Rogan (uno de los acusadores constitucionales de Clinton en 1998) y Adam Schiff ha sido la más cara de la historia con un costo de 10 millones. Jon Corzine se ha gastado 57 millones de su patrimonio personal en un exitoso esfuerzo por ser elegido Senador por Nueva Jersey. Jane Fonda se retrató con dos cheques por valor de 12 millones para contribuir a los esfuerzos de uno de los grupos que defienden el derecho al aborto y en California Tim Draper, un empresario de capital riesgo en Silicon Valley, puso 20 millones de su peculio para apoyar una iniciativa popular a favor de los bonos escolaresRuth Marcus, «Costliest Race in US History Nears End», The Washington Post, 06/11/00. No es de extrañar que una parte de la opinión pública opte por la abstención tras haber visto frustradas las expectativas de una financiación limpia que levantara John McCain en las primarias.

Más allá, sí, la gran división. Los trazos gruesos los aportan los resultados finales pero por debajo empiezan los detalles interesantes. El primero es el mapa electoral. Gore se ha llevado los estados del nordeste con la sola excepción de New Hampshire, más la mayoría de la zona de los Grandes Lagos, más la costa oeste. Son los estados más industrializados y los más volcados a las nuevas tecnologías. Gore ha contado con el voto urbano en una proporción de tres a uno. Bush se ha llevado de calle los estados del sur y los del interior del país. En las áreas rurales y en las pequeñas ciudades, Bush ha obtenido un 60% de los votos. Pero los habitantes de los suburbios, atentos testigos del síndrome gris de Lester Burnham en American Beauty, han votado partidos por la mitadDavis S. Broder, «Voter's Views Sharply Divided», The Washington Post, 08/11/00. Uno sentiría la tentación de concluir que estamos ante un enfrentamiento entre nueva y vieja economía, entre áreas urbanas vibrantes y zonas rurales sumidas en el atraso, pero sería una hipótesis en exceso simplista. En el sur ha aparecido en años recientes un archipiélago de islotes de la nueva economía. Nissan, Toyota y BMW han instalado fábricas en Tennessee, Kentucky, Alabama. En muchas ciudades del sur va creciendo la compleja combinatoria de intereses tradicionales y modos de vida modernos que ha descrito Tom Wolfe en A Man in Full. Más que ningún estado sureño, Florida, donde se ha jugado el mayor drama electoral, es una encrucijada de distintos tipos de economía, diversidad étnica y estilos de vida contrapuestos. Las encuestas a pie de urna del Voter News Service reflejan una indudable división a lo largo de todos los demás vectores de estratificación social. Gore le ha sacado a Bush doce puntos de ventaja en el voto femenino, pero el republicano ha ganado el de los hombres con una diferencia de nueve puntos. Como ha apuntado alguien, los hombres serán de Marte, pero las mujeres son de Suecia, es decir, más favorables al mantenimiento de los programas sociales. El voto femenino por Gore, sin embargo, ha sido inferior al obtenido por Clinton en 1992 y 1996.

Se supone que la clase media agrupa a quienes ingresan entre 25.000 y 60.000 dólares anualesTom Zeller, «Calculating One Kind of Middle Class», The New York Times, 12/11/00y el mapa de su distribución es muy parecido a la geografía electoral de Gore, nuevamente con la excepción del sur, donde hay muchos hogares de clase media y donde se ha votado mayoritariamente a Bush. Entre los demócratas ha habido un largo debate en los últimos años sobre su estrategia respecto de este sectorVer, entre otros, Stanley Greenberg y Theda Skocpol (eds.), The New Majority, Yale UP, New Haven, 1997, y R. Teixeira y Joel Rogers, America's Forgotten Majority, Basic Books, Nueva York, 2000.. Lo cierto es que muchos de los votantes con rentas inferiores a 50.000 dólares se han pasado a la abstención, lo que le ha costado caro a Gore. En 1996 representaron un 61% del electorado, mientras que en el 2000 sólo han sido un 46%. Los negros, por el contrario, le han votado de forma aplastante, un 90% del voto en este sector. Los latinos, unos siete millones de votantes en esta ocasión, también han seguido su pauta de votar mayoritariamente a los demócratas, pero un 35% ha votado a Bush, catorce puntos más de los que le habían dado a Bob Dole en 1996. Un 60% de los blancos, como era de esperar, se ha ido con BushPaul A. Gigot, «Two Countries, One System», The Wall Street Journal, 09/11/00., quien ha conseguido también avanzar entre los católicos, con un 51%, amén de entre los cristianos conservadores que tan callados han estado a lo largo de la campaña, por si alguna estridencia llevaba el agua al molino de los defensores del derecho de las mujeres a elegir. A pesar de la intensa campaña pro Gore de estos últimos, más de un cuarto de los votantes que se muestran favorables al aborto votaron por BushRobin Toner y Janet Elder, «An Electorate Largely Split Reflects a Race So very Tight», The New York Times, 08/11/00.. La pirámide de edad también se ha mostrado dividida por igual. La afiliación política, por su lado, jugó lógicamente a favor del candidato de cada partido y los porcentajes de fidelidad entre sus votantes llegaron al 90%. El voto de los independientes se dividió en dos mitades casi perfectas. Los que echaron el resto fueron los sindicatos. La participación de los hogares en que uno de sus miembros estaba sindicado subió del 23% en 1996 al 26% en el 2000 y las tres quintas partes de este segmento apoyaron a Gore.

En resumen, los votantes americanos están divididos por mitades en casi todo. A algunos este panorama de división les recuerda las diferencias históricas entre el norte y el sur. Otros, con Fukuyama, se inclinan por pensar que «los verdaderos problemas de la política americana son de índole cultural»Francis Fukuyama, «What Divides America», The Wall Street Journal, 15/11/00.. Más que ante el enfrentamiento entre la vieja y la nueva economía, o entre el norte y el sur se diría que asistimos a la confrontación del cinturón de la tolerancia moral con el cinturón de la Biblia. Es una hipótesis interesante, pero, a mi entender, tan unilateral como la opción estructuralista. Tal vez, antes de formular la pregunta en sus justos términos, haya que dar un rodeo por la campaña electoral de los candidatos.
 

EN EL CENTRO, STALINGRADO

Los republicanos han estado siempre seguros de que su candidato iba a ganar. Es difícil saber la fuente de tanta seguridad inalterable, pero lo cierto es que la han reforzado con un gran montaje profesional. El aparato diseñado por Karl Rove, el estratega de la campaña de Bush, ha funcionado como un reloj. Hacía falta mucha vivacidad para ello, porque los republicanos han tenido que cambiar el guión varias veces, hasta convertirlo en algo así como la escritura de Vanity Fair, con Thackeray modificando el desenlace de la novela a medida que el público respondía a la última entrega.

La producción inicial, Dónde está el cabreo, se inspiró en el título de uno de los libros de William BennettWilliam J. Bennett, The Death of Outrage:Bill Clinton and the assault on American ideals, Simon & Shuster, Nueva York, 1999., escrito durante la historia de Mónica Lewinsky, para zaherir al pueblo americano por no sentirse tan ultrajado por ella como el autor, cosa, por otra parte, nada fácil porque al virtuoso Bennett pocos le aventajan cuando a impulsos de la santa ira hay que ponerse como un obelisco, o un malvavisco, o un basilisco, o lo que sea. Eran aquellos tiempos de la Convención Republicana en Filadelfia a comienzos de agosto, en los que el candidato prometía devolver el honor y la dignidad al despacho oval de la Casa Blanca, testigo de los deliquios clandestinos del presidente. Muchos poncios del partido creyeron entonces que ese grito de guerra, bastaría para enardecer al electorado en su favor, con la misma ingenuidad con que habían esperado que la prosa salaz de Kenneth Starr, el inquisidor particular de Clinton, aseguraría su destitución fulminante. La gente del común, sin embargo, parecía menos radical: con mandar a la tintorería un par de cortinas y cambiar la tapicería de algunos sillones bastaba para limpiar aquello.

El programa doble se completaba con Mr. Bush goes to Town. Como en la película de Capra, el protagonista recibe una herencia inesperada y se va a vivir una nueva vida en la gran ciudad donde será asaltado por una turbamulta de bribones y pícaros que tratarán de hacerle víctima de sus trapacerías. Pero Mr. Deeds, un hombre de carácter, es más listo y consigue hacerles salir trasquilados, lo mismo que iba a hacer Mr. Bush en Washington: plantar cara primero a los mezquinos intereses partidistas para, luego, convocar a la gente honrada de cualquier pelaje político a la tarea común de regenerar el país. Esta segunda película era aún menos taquillera que la anterior. George W. Bush es cualquier cosa menos Mr. Deeds. No es lo que se llama un hombre del pueblo, sino un miembro del establecimiento republicano por genes y por educación. Creo innecesario lucubrar sobre el pool genético paterno, aunque no parece que sea el responsable de esos ojillos excesivamente juntos que exhibe el retoño y que harían las delicias de un neolombrosiano. Cabe recordar que, al igual que Bush padre, se educó en Yale; luego obtuvo un MBA en la Escuela de Negocios de Harvard. En ambos sitios dejó fama de ser un tarambana de familia bien mayormente interesado en disfrutar de la buena vida y en transgredir las más fáciles de las normas sociales. En los fieros años sesenta era un posmoderno que aún no conocía su nombre. Más tarde, en Texas, trabajó en una empresa petrolera que fracasó, no sin antes hacerle cuasi-millonario, cuando vendió sus acciones por unos 850.000 dólares. Luego pasó a gerente de los Rangers, un equipo tejano de pelota base. En 1991, con su padre en la Casa Blanca, consiguió que se construyese un nuevo estadio para el equipo. En 1998 vendió su participación en esta empresa y los 606.000 dólares que había invertido se convirtieron en 14,9 millonesPaul Begala, «Is Our Children Learning?», Simon & Schuster, Nueva York, 2000. Begala es un antiguo asesor del presidente Clinton..

Pero, decían sus partidarios, si no un hombre del pueblo por su cuna, Bush lo es por convicción. Como gobernador de Texas ha sabido incluir a sus adversarios políticos en la dirección del estado, más allá de las naderías que consumen a los políticos de Washington. Es un unificador y no un divisor. Tal vez. Lo que sí parece es una síntesis provisional de las dos corrientes del republicanismo de hoy, el patriciado de posibles y los conservadores sociales que, si no mutuamente excluyentes, están tan distantes entre sí como los bolsistas de Wall Street y los granjeros de Oklahoma. Intelectualmente el presidente electo no es muy brillante. Le hastían los documentos largos y no soporta discusiones que excedan el cuarto de hora. A lo largo de la campaña, los bushismos hicieron las delicias de moros y cristianos. «Hay que hacer la tarta más alta», por más grande, o «los demócratas quieren convertir a la Seguridad Social en un programa federal», que es lo que ha sido desde sus orígenes, o «los remedios farmacéuticos están sustituyendo a muchas de las medicinas que conocemos», son una pobre muestra entre las decenas que saltaban semanalmenteUn almanaque bastante completo puede verse en la revista virtual Slate, «The Complete Bushisms», actualizados diariamente por J. Weisberg, (http://slate.msn.com).. Pero todo ello le amigaba con los sectores de opinión que también han sufrido de dislexia o tienen horror a la letra impresa o manifiestan escasa capacidad de concentración y aprendizaje. Lo malo es que, en el fragor poselectoral, cuando en los primeros días trataba de afirmar su dignidad presidencial, también tenía tiempo para decir cosas como que «ahora mismo hay problemas en Israel de los que estoy deseando enterarme»Bob Herbert, «Fairness for Whom», TheNew York Times, 13/11/00.. En ese momento ya había más de cien muertos en la zona.

En cualquier caso, la expectativa de que las elecciones se iban a decidir en torno a estas cuestiones de la integridad y del carácter pronto dejó el primer plano y los republicanos hubieron de resituarse en un terreno que, en principio, no les favorecía: la discusión de programas políticos. Curiosamente, en este campo minado se movieron con bastante más soltura que en el anterior.

Su primera gran oferta fue un recorte de impuestos. Nada nuevo entre los partidarios de la economía de oferta. Pero el volumen propuesto era considerable, 1,3 billones de dólares en diez años, en realidad, unos 1,6 billones si se cuentan los intereses que la suma podría generar en ese tiempoEl recorte presupuestario fiscal propuesto por Bush, pese a su considerable magnitud, es inferior al que prometía Reagan en 1980. Si se hubiese llevado a cabo en toda su extensión, el recorte Reagan hubiese supuesto alrededor de un 4% del PIB, mientras que la propuesta de Bush equivale a un 1,5% (Richard W. Stevenson, «Beyond the Politics, Complex Questions of Fiscal Health», The New York Times, 26/08/00).. Al parecer, el número no respondía a ningún cálculo preciso, sino a la puja que se produjo en las primarias republicanas cuando el candidato Steven Forbes defendía la tarifa única y hubo que responderle a toda prisa con una contrapropuesta efectiva. Una vez hecha la promesa, ahí se quedó y acabó por convertirse en un banderín de enganche. Bush iba a devolver su dinero a la gente de la calle.

A unos más que a otros. Durante la campaña, distintos observadores apuntaron que el 42,6% del recorte iría al uno por ciento de las familias más ricasEstimaciones del think tank Citizens for Tax Justice, un grupo de tendencia liberal que basa sus proyecciones en las cifras de la Oficina Presupuestaria del Congreso y del Comité Fiscal Conjunto.. A ojo de buen cubero, el millón de hogares de esta categoría tendría una reducción media anual de unos 52.000 dólares, un 25% más al año de los 40.000 dólares que se lleva a casa por todos los conceptos, una familia media. Pero, señalaba el candidato, es lógico que quienes más aportan a las arcas del Estado se beneficien de la reducción impositiva en proporción a su esfuerzo. Bush, de un plumazo, se había cargado la vieja teoría de la progresividad del impuesto sobre la renta y, curiosamente, nadie en el campo demócrata hizo mucho por enmendarle la plana.

Los más escépticos se preguntaban de dónde iba salir el dinero para estas alegrías. Ambos candidatos han asentado sus promesas fiscales en la estimación de la Oficina Presupuestaria del Congreso de que el superávit fiscal para los próximos diez años llegará a unos 4,2 billones de dólares, o 2,2 billones si se excluye la parte que corresponde al excedente de la Seguridad Social. Parece una esperanza demasiado risueña que se basa en crecimiento anual medio del 3% en el PIB y, más importante, en que el gasto público no excederá su proporción actual en el conjunto de la economía. Sin embargo, el presupuesto para 2001, elaborado en plena campaña electoral, ha superado ya esos límites y, según algunas estimaciones, ha comprometido un 40% del previsto superávit fiscal. Pensar, por otra parte, en que la economía de los Estados Unidos, puede continuar creciendo por otros diez años al ritmo previsto se hace difícil. Los argumentos de Bush, empero, parecen haber obtenido creciente atención por parte del público. A comienzos de la campaña pocos votantes decían que la cuestión fiscal fuera importante, pero a medida que se acercaba el desenlace la gente comenzó a colocarla en el segundo lugar de sus prioridades, tras la reducción de la deuda pública.

No es el único campo en que se mostró convincente. En un llamativo cambio de marchas, los republicanos, que en 1994 habían propuesto eliminar el Departamento Federal de Educación, convirtieron la cuestión escolar en el centro de sus preocupaciones. Es un secreto a voces que la enseñanza pública no funciona bien y muchos han concluido que hay una creciente degradación del capital humano en Estados Unidos. La respuesta de Bush era una creciente privatización de la educación. Las escuelas públicas que no alcanzasen un determinado nivel de rendimiento verían recortadas sus subvenciones y, a cambio, los padres de sus alumnos recibirían un bono escolar equivalente a unos 1.500 dólares anuales para enviar a sus hijos a otras escuelas. Este argumento fue bien recibido por las mujeres casadas con hijos pequeños, muchas de las cuales han contribuido a recortar la diferencia por sexos de que disfrutaban los demócratas.

Algo semejante sucedía con la Seguridad Social. Como en casi todos los países desarrollados, el sistema americano de seguridad social se basa en las transferencia de ingresos de una generación a la siguiente. El sistema en conjunto ha funcionado bien mientras el número de trabajadores activos ha sido muy superior al de las personas retiradas pero, con el aumento de la esperanza de vida y la reducción de la natalidad, esa ecuación comienza a dar resultados negativos. No obstante el superávit actual de la seguridad social americana, se calcula que el sistema estará en quiebra hacia 2037 cuando la generación de los baby-boomers haya pasado por completo a la jubilación. La propuesta republicana apuntaba a un cambio en la financiación. Lejos de traspasar toda su contribución al fondo de la Seguridad Social, los trabajadores retendrían para sí una parte equivalente al 15% de su aportación que podrían invertir a su gusto. Quedaba por explicar cómo se iba a financiar la transición al nuevo sistema sin reducir las prestaciones del actual. Pero para muchos asalariados menores de cuarenta años que ven sus futuras pensiones en globo, la oferta de establecer un fondo de pensiones propio era una ocasión de salvar al menos los muebles.

Hay 43 millones de personas sin ningún tipo de seguro médico en Estados Unidos, pero ninguno de los candidatos consideraba que pudiese ser aceptable la propuesta de ir hacia un sistema universal y público de salud. Bush planteaba, por el contrario, un mayor ámbito para la autonomía de los individuos y las decisiones privadas. Medicare, el programa que da relativa cobertura universal de salud a todos los mayores de 65 años, pasaría de ser una prestación única e igual para todos a un sistema que permitiría escoger, previo pago, diferentes coberturas. Igualmente proponía una mayor intervención de las empresas privadas en el mercado farmacéutico. De nuevo, estas propuestas han resonado con fuerza entre muchos sectores de la clase media americana.

Todas estas posiciones le han hecho aparecer como un candidato centrista. Su famoso lema del conservadurismo compasivo estaba destinado, por su parte, a convencer a los sectores independientes de que se había desmarcado de los grupos jenízaros de su partido y de la derecha religiosa y durante toda la campaña Bush se cuidó mucho de evocar temas que le identificasen con ellos. Bush lanzó tanto humo como pudo sobre su postura ante el aborto o los derechos de los gays, sin dar explicaciones claras ni tampoco malquistarse con la mayoría moral de Jerry Falwell a la que sólo de vez en cuando lanzaba el inquietante hueso de que sus jueces preferidos en la Corte Suprema eran Antonin Scalia y Clarence Thomas, dos ultramontanos con toga, en clara indicación de adónde apuntarían sus futuros nombramientos judiciales.

Bush puso así el dedo en algunas de las llagas de los programas sociales americanos y consiguió erosionar la coalición demócrata.Quienes renuncien a entender esto y se limiten a señalar sus indudables conexiones con el mundo de las altas finanzas y de los intereses especiales corren el peligro de pensar que la mitad de los electores americanos forman parte de esos círculos, lo que dista mucho de la realidad, o que se han dejado engañar por un espectáculo televisivo digno del ilusionista David Copperfield, lo que es todavía menos cierto. Como el general Zhukov en Stalingrado, Bush ha luchado a la bayoneta por mantenerse en el centro.

Al otro lado, estaba Gore resuelto a lo mismo, pero su campaña fue poco feliz. Es difícil entender que un candidato que contaba con la gran ventaja del excelente estado de la economía, el paro más bajo en treinta años o la notable reducción de la criminalidad pudiera verse en tamañas apreturas. La explicación convencional lo ha achacado a su carácter y a la autoimpuesta necesidad de apartarse lo más posible de Clinton. Sobre esto resulta difícil pronunciarse a quienes, por toda su importancia, ven en estas cuestiones asuntos de menor cuantía y participan de la opinión de que los votantes americanos, como cada quisque, se orientan en última instancia de acuerdo con sus intereses.

Lo segundo es más complicado. En la Convención Demócrata de Los Ángeles, Gore hizo saber a quien quiso oírle que ahora era su propio hombre. En las diez semanas de campaña siguientes, Clinton estuvo en la perrera, obligado a callar y sólo autorizado a abandonarla una sola vez cuando se empezó a ver que las cosas en Arkansas, su estado natal, se habían puesto chungas. Quienes tomaron la decisión de mantenerle en confinamiento solitario suelen citar en su favor las encuestas a pie de urna. Dos tercios de los votantes expresaban la convicción de que la economía del país estaba en el camino correcto y, entre ellos, Gore ganó a Bush por 27 puntos. Por el contrario, entre el 60% que creían lo contrario del estado de su moral colectiva, la ventaja de Bush llegó a 30 puntosR.W. Apple Jr., «Voters Remain Divided, to the Very End», The New York Times, 08/11/00.. Clinton, dicen los partidarios de esta tesis, era una rueda de molino al cuello del candidato. Nunca sabremos qué hubiera pasado si Clinton hubiera entrado en campaña. Sí, por el contrario, que la decisión de Gore de aparecer completamente desligado de él ni convenció a sus adversarios irreductibles, ni confortó a las bases demócratas. Como tantas otras cosas, por ejemplo, la sordina puesta al debate sobre las armas para evitar que los cazadores votasen a Bush o al del libre comercio, por si se enfadaban los sindicatos, los intentos de Gore por ocupar todo el centro no parecen haber dado fruto.

Lo que se ve reforzado si vamos al programa. Como el abominable empollón que es, Gore largó al público un tocho lleno de letra pequeña. No es que fuera desafortunado en esencia, pero asustaba hasta a los académicos. Sus propuestas parecían las abstrusas instrucciones de la declaración de la renta. Su reducción impositiva (unos 500 millones de dólares en diez años) no era general, sino graduable según la capacidad adquisitiva de los contribuyentes. Era, sí, más equilibrada que la de su adversario, pero, al tiempo, hacía prácticamente imposible responder con sencillez a lo que los electores querían saber: cómo iba a afectarles individualmente. Más en general, por cada problema Gore proponía crear varios programas y tanta sabiduría abrumaba al personal.

Adicionalmente, sus respuestas a los problemas de la política social no destacaban por su imaginación. A algunos votantes les parecía que dedicar aún más dinero a unas escuelas públicas poco eficaces o reclutar más profesores era otra forma de alimentar al monstruo y, de paso, ceder ante los intereses de los potentes sindicatos de la enseñanza pública. La financiación de la Seguridad Social seguiría como hasta el momento en lo fundamental. Por un lado, tras el pago en su totalidad de la deuda pública, podrían obtenerse recursos adicionales para el sistema (las tortuosas medidas conducentes a tal fin son difíciles de explicar aun para los expertos) y así se conseguiría alargar su insolvencia hasta 2054. Por otro, los trabajadores de menores rentas podrían invertir parte de su dinero en cuentas de ahorro adicionales a la Seguridad Social y libres de impuestos. Lo malo es que quienes más podrían beneficiarse de esta innovación tenían rentas disponibles tan bajas que difícilmente iban a encontrar el dinero para hacerla funcionar. Finalmente, con algunos retoques, el sistema de salud pública seguiría como hasta la fecha. Todo ello parecía una cauta reacción ante la travesía sin cartas marinas que Bush proponía iniciar, con Gore repitiendo aquella salida de Eugenio d'Ors, los experimentos, joven, con gaseosa. Pero la percepción de su programa por muchos votantes acabó por coincidir con los deméritos que la campaña contraria le asperjaba. Al Gore no era más que otro demócrata liberal dispuesto a gastarse el dinero ajeno sin pensarlo dos veces. Más aún, todas sus propuestas tenían un tufillo intervencionista que iba a obligarle a aumentar las dimensiones del gobierno federal. Más impuestos y más funcionarios. Si tal era el resúumen, no por completo injustificado, de su programa, muchos electores preferirían a quien les prometiese exactamente lo contrario. ¿Acaso hay alguien capaz de embridar los deseos de experimentación de los jóvenes alocados? Para su desdicha, Gore aparecía como el candidato del statu quo y en esta batalla por apoderarse del centro terminó, como Von Paulus, a la defensivaPor este flanco le salió el grano de Ralph Nader y el Partido Verde. Nader es, desde hace muchos años, un hombre con una misión. Variable según los acontecimientos, pero misión al fin. En esta ocasión, bueno es él para dejarse engañar, en seguida se olió la tostada. Los dos partidos americanos, como Tweedledum y Tweedledee, son dos clones de un mismo establecimiento político y económico o Estado-empresa. Cuando algunos críticos de este matizado análisis le señalaban que, de ganar Bush, muchas cosas caras a sus seguidores empeorarían más aún, Nader avanzaba un poco su reflexión. Bueno, decía, pero para el despertar de la izquierda americana tal vez sea más eficaz que gane el original y no la copia. Si se veía todavía un poco más apurado apuntaba pragmático que su verdadera misión consistía en obtener un 5% de votos para que el Partido Verde pudiese optar a la financiación federal en las próximas elecciones. Es difícil argüir con los misioneros en sus propios términos de cuanto peor, mejor; más vale medirlos por el rasero de sus acciones. Su 2% de votos en Florida le ha dado la elección a Bush, pero el escaso 3% conseguido en el resto del país mantendrá a los verdes en el mismo confinamiento que hasta ahora. Todo un éxito. Pero, al cabo, ¿quién se preocuparía por perder el mundo entero cuando lo que está verdaderamente en juego es la cura de las almas?.

La campaña, pues, no arrojó un vencedor claro. Las dos mitades del electorado, más que un estado de división inconciliable entre alas extremas, parecen precisamente un reflejo de la indecisión del centro. Gore arrolló en sus victorias en las dos costas y Bush se llevó de calle el cinturón fundamentalista. Pero, estados como Pennsylvania, Michigan, Missouri o Florida que han sido el verdadero Stalingrado de estas elecciones todavía se movían en la incertidumbre en los momentos finales de la batalla electoralEditorial, «The Count and the Map», TheNew York Times, 20/11/00.y es en ellos donde hay que buscar las claves del futuro.

POR QUÉ NO SUENA EL DESPERTADOR, CARIÑO

Un ensalmo tiene hechizados a los conservadores americanos; es el fantasma de Ronald Reagan. Los republicanos, en especial los jenízaros de su flanco derecho, alimentan la ilusión de que su espíritu puede volver a la escena política; más aún, que, en realidad, nunca la ha abandonado. A su manera, es el reverso de otro fuego de San Telmo, acariciado esta vez por el conjunto disjunto al que se suele conocer como izquierda en Estados Unidos: que la era Reagan fue tan sólo un largo y decepcionante programa doble felizmente digerido sin dejar huella.

Las elecciones de 1980 y, sobre todo, las de 1984 fueron testigos de un sismo de regular intensidad: el estallido de la coalición social que forjara F. D. Roosevelt. Parte del tradicional electorado demócrata se pasó del lado de los conservadores y la deserción se produjo especialmente en los estados del Midwest y en la clase media baja. La nueva coalición reaganiana de neoliberales, clases medias hastiadas de las luchas de los setenta y fundamentalistas religiosos coincidía, con firmeza variable, en un programa de limitación del sector público, apogeo del mercado y conservadurismo social. Era una coalición heteróclita y contradictoria, llamada por ende a una corta vida, pero no todo el mundo lo veía así. Más aún, su sola puesta en marcha fue interpretada por los ideólogos conservadores como la definitiva conquista de la ciudad sobre la colina desde la que ellos podrían proyectar sus deseos sobre la realidad.

Quienes comparten esta visión salvífica de la historia americana reciente jamás han querido entender la era Clinton. Clinton y sus partidarios encarnan lo peor de Estados Unidos, un relativismo moral que no respeta la familia, ni la religión, ni la patria, ni las buenas costumbres, por lo que sus éxitos carecen de explicación racional. Marshal Wittman, un analista del conservador Hudson Institute, resumía el sentimiento de muchos de sus colegas persuadidos de que «se hubiera producido un ascenso conservador de no haber sido por la venalidad del dúo Clinton-Gore»Citado en Thomas B. Edsall, «Rage Sharpens Conservative Rhetoric», The Washington Post, 22/11/00.. Así pues, no se trata sólo de lamentar las debilidades personales del presidente, sino de deslegitimar por venales aquellas ideologías y prácticas políticas que no cuenten con su beneplácito, aun cuando sean aceptadas como una opción legítima por la mayoría de los americanos.

Es una peligrosa deriva hacia la intolerancia y, al abandonarse a ella, los conservadores han dejado atrás el mundo de lo razonable. Sin categorías analíticas ni voluntad para entender otras alternativas, acaban por pintar a sus adversarios en la guisa de ángeles del mal. Humillar al presidente saliente, que tantas veces les ha ganado en la arena política, se ha tornado para ellos en una ridícula obsesión. Una de las primeras declaraciones de Karen Hughes, la directora de comunicaciones de Bush, tras la noche electoral fue para recordar que su candidato había obtenido más votos que Clinton en 1992 o 1996, como si el expresidente fuera aún su verdadero adversario. La misma renuncia a razonar les ha llevado a considerar que un candidato tan flojo como Bush va a ser capaz de recoger el manto de Reagan, de inspirar a un país que clama por la vuelta de un legítimo heredero y de sacarles del mal sueño que, según ellos, han sido los ocho últimos años. Como los Borbones, algunos republicanos ni olvidan ni perdonan.

Este sector de los conservadores, su ala jenízara, no se contenta con la batalla política por la Casa Blanca, sino que quiere imponer un programa máximo, algo que ellos mismos definen como un nuevo despertar. La historia americana ha conocido algunos de esos grandes despertares o épocas de renovación de las energías espirituales de la nación que, según creen los jenízaros, han coincidido con los mejores tiempos de la vida americana. Recientemente al menos tres pensadores conservadores de nota han alentado esta esperanza. Robert Fogel ha contado tres grandes despertares y profetiza un cuartoRobert Fogel, The Fourth Great Awakeningand the Future of Egalitarianism, The University of Chicago Press, Chicago, 2000, pp. 236 y ss.. Gertrud Himmelfarb no le va a la zagaGertrud Himmelfarb, One Nation, Two Cultures, Alfred Knopf, Nueva York, 1999, p. 146.y Robert Putnam propone lo mismo.

En qué consistirá este nuevo amanecer que, al parecer, está despuntando. Himmelfarb considera la posibilidad de algo semejante a lo que se produjo en Inglaterra bajo la reina Victoria, donde se hizo tabla rasa de una previa etapa de decadencia moral y religiosa. ¿No le convendría a esta mujer leer un poco a Lytton Strachey? Putnam es más preciso. Para él, el más serio problema que hoy afronta Estados Unidos es una creciente pérdida de capital social o, lo que es lo mismo, la progresiva desaparición de sus tradiciones comunitarias. Putnam riñe mucho a los americanos por su desmedida tendencia al consumo y, sobre todo, por las largas horas que pasan ante la televisión, ese verdugo de la vida en común. Una vez convictas y confesas las causas de tan indeseable situación, Putnam, que es hombre práctico, formula una serie de metas a alcanzar por medio de un amplio consenso nacional. Entre ellas, «[buscar] la forma de que en 2010 los americanos pasen menos tiempo de ocio sentados pasivamente frente a las pantallas multicolores y más en conexión activa con sus conciudadanos», o «asegurar que en 2010 un número significativamente mayor de americanos participe [...] en actividades culturales tales como bailes colectivos, festivales de la canción, teatro comunitario o festivales de rap»Robert Putnam, Bowling Alone. The Collapse and Revival of American Community, Simon & Shuster, Nueva York, 2000, pp. 409-411..

Tal vez hablen en serio, pero las propuestas de esta gente tienen un lado involuntariamente cómico. No sólo por la melancolía que despierta tener que volver a las verbenas cuando finalmente creíamos habernos librado de ellas o que canturrear los éxitos de Snoopy Doggy Dog a coro con otros ganapanes. De tanto leer a Tocqueville, los conservadores han acabado por creer que si cierran los ojos y lo desean con intensidad, los volverán a abrir en la América de granjeros, menestrales, pequeños tenderos, concejo abierto y campana tañida que en 1831-1832 visitara el egregio prócer gabacho. Pero la plaza del pueblo está hoy dominada por los arcos dorados de McDonald's y una horda de turistas que compran en las tiendas franquiciadas, al tiempo que la campiña en que las gentes sencillas holgaban en las fiestas de guardar ha sido convertida en un mall.

Es posible que, como quieren los conservadores radicales, su causa fundamental sea de índole cultural o, en su jerga, venga avalada por un déficit en religión y en buenas costumbres, pero en ese razonamiento hay algo que no encaja. Será lamentable, pero a muchos de esos valores no se los ha llevado por delante el relativismo moral de los tiempos, sino la propia evolución de la economía y la sociedad americanas hacia la civilización post-industrial. Tomemos el caso de la familia nuclear americana, cuyo diagnóstico, bastante extendido, es que se halla en una crisis rampanteEntre 1970 y 1995 el porcentaje de hogares formados por personas casadas con hijos ha pasado de un 40% de la totalidad a un 25%. Dos tercios de los nacimientos entre las mujeres negras suceden fuera del matrimonio y entre las madres blancas ese porcentaje está cercano al 20%, con la diferencia de que si el crecimiento de las madres solteras negras parece haber llegado a una relativa estabilidad, el de las blancas se ha triplicado entre 1960 y 1994 en una desbocada carrera hacia adelante. Cf. Julio Aramberri, El gran puzzle americano, El País-Aguilar, Madrid, 1999, pp. 220 y 362.. No parece claro que esos y otros fenómenos similares se deban tan sólo a la relajación de las costumbres, a la ambigüedad moral de muchos padres o al hedonismo consumista.

A lo largo de su historia, la economía americana ha crecido a medida que crecía el mercado de trabajo a impulsos de la inmigración y, desde los sesenta, de la vertiginosa incorporación de las mujeres. Esa necesidad económica, sumada a la innovación tecnológica de los anovulatorios y otros métodos anticonceptivos, parece pesar bastante más en la paulatina disolución de la familia nuclear. Por un lado, muchas mujeres tienen sus propias fuentes de renta y pasan, de grado o por fuerza, sin un proveedor masculino; por otro, el uso generalizado de los anticonceptivos ha reducido hasta casi cero los riesgos del sexo recreativo, permitiendo a las mujeres adoptar un papel mucho más activo en el manejo de sus cuerposNuevos trucos y ejercicios para esos músculos amatorios que nunca supiste que tenías,o «Bésame ahí». Lo más sexy cuando su boca se desliza hacia el sur o Aprende a besar de maravilla. Nuestros besos, incluyendo el colibrí celestial, le harán adicto a tus labios, no son capítulos de Sopa de pollo para cortesanas, sino respectivos artículos de portada, tomados al azar, de Glamour (diciembre 2000), Cosmopolitan (diciembre 2000) y Woman's Own (enero 2001), todas ellas revistas para mujeres mayormente solteras de 18 a 35 años. Si una de las preocupaciones básicas de millones de americanas jóvenes es el dominio del ars amandi y no la imitación de santa María Goretti, ya nos contarán los catones de la derecha cómo cambiar esa orientación sin reintroducir, por ejemplo, la censura de prensa. En eso andan algunos. Himmelfarb apunta que es posible y conveniente legislar la moral (cit., pp. 59 y ss.). Tal es la piedra en que tropiezan irremisiblemente los conservadores, pues ni la familia nuclear ni sus supuestos valores pueden recomponerse como ellos quisieran sin comprometer la independencia de las mujeres y, al tiempo, sin afrontar la ira de los empresarios que verían en su vuelta al hogar una injustificable reducción del mercado de trabajo. ¿De dónde, sino de esa contradicción, ha surgido el persistente hiato entre votantes masculinos y femeninos y el deterioro de la alianza entre los medios financieros y empresariales y los conservadores culturales que ya marcó la presidencia de Bush padre? Pero no saltemos a conclusiones precipitadas. La sola evolución de las necesidades de las mujeres y de las empresas no da cumplida cuenta de la división entre el electorado americano. Tiene una función importante, sin duda, que es la de trazar una divisoria clara entre la dura realidad y las quimeras pasadistas. Si algún sueño dogmático necesita hoy de un nuevo despertar es el de esos conservadores que añoran la época victoriana. Pero, allende esa raya, no es el futuro un libro abierto. Los americanos dudan sobre el camino a tomar en la siguiente encrucijada y sopesan los costes y beneficios de las propuestas alternativas, sin decidirse claramente por ninguna de ellas, al tiempo que, en su mayoría, consideran legítimas otras opciones que no coinciden con las propias. La división que han reflejado las elecciones del 2000 refleja la incertidumbre de muchos ante los medios, no un deseo de imponer nuevos fines. Es la división de un centro que espera el momento de precipitar en una coalición social cuyas lindes siguen en disputa.

En términos de política inmediata, los republicanos deberían estar gozosos. En lenguaje hípico, se han sacado una trifecta. Tienen la presidencia y el control de las dos cámaras del Congreso, lo que no sucedía desde 1952, en los lejanos tiempos de Eisenhower. Pero el triunfo electoral es precario, con un presidente que no ha recibido la mayoría de los votos emitidos en el país, una Cámara de Representantes en la que tienen una exigua mayoría de ocho o nueve escaños y un Senado empatado entre republicanos y demócratas que obligará al vicepresidente a una guardia permanente para dirimir las votaciones comprometidas. No es lo que se llama un mandato popular para desarrollar una política conservadora.

Paradójicamente, una presidencia Bush tal vez acelere la división dentro del GOP. Mario Cuomo, un antiguo gobernador demócrata de Nueva York, decía que las campañas electorales se hacen en verso y en prosa la política diaria. Pero si Bush aspira a un segundo mandato o, más modestamente, a evitar una completa parálisis legislativa, más le conviene cultivar la forma epitalámica con la que se ha pavoneado durante su campaña, es decir, buscar apoyos en la oposición, aligerar su actuación de elementos doctrinarios, renunciar a convertir la Corte Suprema en la corte de los milagros, gobernar, en suma, desde el centro por el que tanto ha luchado. ¿Podrá la derecha republicana soportar tamaña desolación?

01/01/2001

 
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