ARTÍCULO

Buscando a Dios

 

Persona, Creador, trascendente o inmanente, Dios nunca se desprende de la actualidad, pese a los reiterados intentos de certificar su muerte o arrojarlo al desván de los cachivaches inútiles. La interpretación de Dios como Amor no ha resuelto el problema del Mal ni el conflicto entre fe y razón. El pensamiento cristiano explica el Mal como un efecto indeseable de la libertad. La dignidad del hombre está determinada por su capacidad de escoger. Dios creó el mundo y lo dejó ser. Ahí reside su grandeza, según Hans Jonas. Nietzsche acusó al Dios cristiano de fomentar el desprecio hacia el cuerpo, pero el Dios cristiano es el Dios que se hizo hombre para dignificar la carne y compartir el dolor que aflige a la condición humana.
La pregunta que encabeza esta obra responde a la voluntad ecuménica del Concilio Vaticano II. Enrique Miret Magdalena (Zaragoza, 1914) reconoce la autoridad de las encíclicas de Benedicto XVI, pero repudia el rigor teológico que se aleja de la sencillez evangélica o que no reconoce el Evangelio de Tomás, donde supuestamente se recogen máximas auténticas de Jesús. Miret Magdalena nos recuerda que la apertura iniciada por Juan XXIII («un cristiano en el trono de San Pedro», de acuerdo con la expresión de Hannah Arendt) recupera el espíritu paulino, que incluye a judíos y gentiles, hombres y mujeres, esclavos y ciudadanos («no­so­tros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo», Romanos, 12, 5). Ni siquiera el ateísmo queda fuera. El Dios predicado por los catecismos es tan inconsistente como los prejuicios contra una ética laica. La experiencia religiosa es un ejercicio de responsabilidad frente al mundo. La inquietud estética, moral, científica o ecológica surgen del mismo impulso. Según Miret Magdalena, lo religioso implica hacerse cargo de los otros, cuidar la naturaleza, ampliar los límites de la ciencia y la creación artística, construir e impugnar valores. Dios es «una experiencia de apertura hacia todo y hacia todos».
Miret Magdalena reconoce esa misma disposición en el budismo. Es lo que se llama karuna: simpatía universal hacia cualquier forma de vida. Esa actitud no debe aplicarse tanto sólo hacia lo otro, sino que también debe proyectarse hacia uno mismo. Miret Magdalena recurre a uno de los aforismos del evangelio apócrifo de Tomás para fundamentar la síntesis entre cristianismo y budismo: «Si no os conocéis a vosotros mismos, estáis sumidos en la pobreza y sois la pobreza misma». En la misma línea, Miret Magdalena encomia la meditación budista, que nos enseña a desprendernos del yo. La mirada hacia Oriente no se agota en lo ético, sino que se extiende hacia lo epistemológico. No es posible conocer a Dios por medio de conceptos. Dios trasciende los conceptos. No es una categoría del entendimiento, sino un vínculo que nos religa al mundo y a los otros. Es el sentido de totalidad, que nos permite rebasar nuestra finitud. Estar afincado en Dios es la manera de ser hombre que nos libera de las pasiones subjetivas, donde el otro deviene en objeto. Lo epistemológico y lo ético están fuertemente entrelazados. Miret Magdalena justifica su planteamiento con unos fragmentos de Wittgenstein: «Hay algo problemático en el mundo que llamamos su sentido [...]. Podemos llamar Dios al sentido de la vida, esto es, al sentido del mundo [...]. Pensar en el sentido de la vida es orar» (Diarios filosóficos). La pregunta por el sentido, asiente Miret Magdalena, es la raíz de la experiencia religiosa e implica necesariamente una posición ante el mundo.
Puede objetarse que Miret Magdalena confunde religión y ética, pero su discurso no se limita a establecer analogías, sino que más bien avanza hacia una ética mundial, con un horizonte semejante al que ya perfiló con más rigor Hans Küng. Es imposible la paz sin el diálogo religioso, pero no deben mezclarse política y teología. Mientras crece el laicismo en Europa occidental, Estados Unidos y Oriente Próximo conocen un renacer del fundamentalismo religioso. No obstante, me parece completamente injusto asociar la política exterior norteamericana con una cruzada, ignorando que, por el contrario, Irán, las milicias de Hamas, Hezbolá o Muqtada Al Sáder sí utilizan la religión para justificar sus acciones o movilizar a sus partidarios. Más que en el terreno de la especulación teórica, las religiones han adquirido protagonismo como fuerza social que ha permitido reconstruir las identidades de países en crisis, como Estados Unidos, potencia declinante, o las teocracias de Irán o Arabia Saudí, acosadas por la modernidad. Nada más lejos de la integración moral y teológica preconizada por Miret Magdalena.
¿Dónde está Dios? es un estudio comparado del fenómeno religioso en sus diferentes manifestaciones. Católico de espíritu abierto y crítico, Miret Magdalena se mueve en el terreno de la divulgación, pero eso no significa que en esta obra no haya una intención política y religiosa, que encuentra su expresión en las palabras de Ben Arabi, teólogo musulmán del si­glo xiii, según el cual «Dios no está encerrado en ningún credo ni religión». Miret Magdalena entiende que lo esencial de la experiencia religiosa se limita a «un pequeño núcleo de verdad». Lo más original del cristianismo hay que buscarlo en sus pensadores heterodoxos, como Orígenes, que escribió que «Dios no puede padecer, sino compadecer». La Pasión de Cristo no debe interpretarse como una exaltación del dolor, sino como el encuentro crucial entre lo sobrenatural y lo humano.
Nostálgico de Juan XXIII, antes Buen Pastor que Sumo Pontífice, Miret Magdalena no responde a la pregunta que plantea en el título de su libro, pero, sin aportar nada esencial en el campo teológico, sí actualiza los planteamientos de Karl Barth o Dietrich Bonhoffer, arrojando cierta luz sobre una actualidad rebosante de incertidumbres. Es difícil juzgar la incompleta y vastísima Dogmática eclesiástica de Barth, pero la trayectoria intelectual de su autor nos enseña la necesidad del compromiso con la libertad frente a los ídolos políticos o religiosos de cada época. El integrismo nacionalsocialista no es menos peligroso que el fanatismo islámico o independentista, donde el exterminio del otro se justifica mediante el mito o la tradición. El «cristianismo sin religión» de Bonhoffer nos proporciona una enseñanza cívica más elaborada. En un mundo adulto, Dios no puede ofrecer cobijo ante la injusticia o el miedo a la finitud. La única referencia es Cristo en tanto que «hombre para los otros». El valor de lo religioso se mide por su actitud ante los problemas de la vida temporal. La experiencia de la vida en Cristo sólo puede consumarse en el marco de la realidad humana. La trágica muerte de Bonhoffer, asesinado por una orden directa de Hitler el 9 de abril de 1945, muestra en este caso la solidaridad entre doctrina y vida.
Los que lean este libro buscando a Dios experimentarán cierta frustración, pero tal vez descubrirán que en el siglo xxi sólo puede concebirse lo religioso como una vivencia de apertura hacia el otro. Por el contrario, la teología atestada de dogmas conduce hacia lo inhumano, hacia la inmolación de los otros en nombre de Absolutos que están malogrando la posibilidad de un nuevo orden internacional basado en la democracia, la libertad y los derechos humanos. 

01/02/2007

 
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