ARTÍCULO

Personaje de sí mismo

 

A Charles Bukowski (1920-1994) le enfurecía que al público, a «la muchedumbre», le interesaran más los cotilleos de las vidas de los escritores que lo que escribían. Con su característica mezcla de irreverencia, lucidez, humor y resentimiento, ataca el mito de Hemingway en su reseña de 1967 del libro Papa Hemingway, «Un viejo borracho al que se le acabó la suerte», uno de los numerosos ensayos rescatados en este volumen. Bukowski analiza, muy acertadamente, la razón de ser de Papa Hemingway (escrito por A. E. Hotchner). Hemingway se rodeó de «chupópteros» que se le «pegaron como lapas» y la consecuencia es que la imagen de «Hem» fue «inflada desproporcionadamente con respecto a su talento». Hotchner (al que apoda «Hotch») supo sacar partido a «Hem» y viceversa.
Cuando se publicó esta reseña, Bukowski todavía trabajaba en una oficina de correos en Los Ángeles y acababa de empezar a escribir su columna para la revista underground Open City. Después de dejar de escribir durante diez años –hastiado de que una editorial tras otra se negara a publicarle–, había retomado la pluma, pero seguía actuando en un relativo anonimato. La gran ironía es que el escritor que tachaba a «Hem» –al que admiraba más que a otros– de celebridad o vendido, acabaría alcanzando su propio estatus de icono cultural ante la «muchedumbre». Su estilo de vida –putero, alcohólico, callejero– llegó a mitificar a Bukowski ante muchos que ni siquiera pensaban en él como escritor, sino como vividor. En su momento superó incluso a Hemingway como mito popular –cenaba con Norman Mailer, salía con Sean Penn y Madonna–, en parte gracias a la película semiautobiográfica Barfly (El borracho) de 1987, protagonizada por Mickey Rourke, presentada por Francis Ford Coppola y dirigida por Barbet Schroeder.
La película, sus borracheras ante los medios de comunicación, sus mil y una novias: todo contribuyó a la fama del autor, pero, ¿alguien lo leía? ¿Y qué escribía? ¿Era otra imagen inflada desproporcionadamente, o detrás se escondía un escritor de verdad? Además de su imagen de figura de culto outsider, Bukowski dejó medio centenar de libros que nunca han llegado del todo a ser aceptados por los literatos profesionales en Estados Unidos (aunque, como otros maudits norteamericanos, fue y es venerado en Francia). En el contexto de su legado polémico, hay que dar la bienvenida a este volumen de fragmentos (publicado por City Lights Books en 2008) que recoge cuarenta y seis años de escritos –la mayoría publicados en su momento en revistas poco conocidas–, acompañados de un cuidado prólogo del editor, David Stephen Callone.
Un hilo conductor a lo largo de los años y temas varios presentados en el Cuaderno es el afán de Bukowski por despotricar. Entre sus blancos predilectos se encuentran el conformismo estadounidense, la guerra (cualquiera), las modas, la pretensión y la falsedad en todas sus encarnaciones, sobre todo la literatura que él veía como antiliteraria. El tono de marginalización, con el cual es casi imposible no simpatizar, queda perfectamente establecido desde el primer relato (publicado en 1944), «Consecuencias de una larga nota de rechazo». Aquí cuenta, con una buena dosis de metaficción, sus principios como escritor, y su lucha por formar parte, como diría Groucho Marx, de un «club» que no lo quería como socio. El «club» estaba formado por autores que publicaban relatos anodinos y aburridos en revistas «serias» (por ejemplo The New Yorker), mientras que él se ve relegado a las revistas underground. Lo que esperaba es que se le hiciera un hueco entre los escritores con apellidos convencionales anglosajones: «Los Brown y los Smith son buenos escritores, pero los hay a puñados y todos escriben igual. América quiere la difusa negrura, las meditaciones idealistas y los deseos reprimidos de un europeo del Este» (Bukowski nació en Alemania, aunque sus padres se fueron a vivir a Estados Unidos cuando él tenía tres años). Si no le gustaban los escritores que él considera burgueses, tampoco aceptaba a los defensores de las causas, sobre todo si son chaqueteros, y es en estos términos como critica a Steinbeck, Dos Passos y Koestler. Tampoco tenía piedad con los profesionales universitarios de literatura: «mientras escucho a Rachmáninov en la radio que mañana tengo que empeñar, te digo que somos todos locos e inadaptados y los funcionarios de la universidad que enseñan poesía desde las ventanas de campus tranquilos y polvorientos nada saben de estas paredes ni de las caseras del sur de Hollywood ni de los rostros destrozados en los callejones donde las palabras de Rimbaud o Rilke no valen ni cinco centavos» (pp. 67-68).
Bukowski se autorretrata como precoz e inoportuno, pero auténtico ante el desfile de modas superficiales. En «El viejo bastardo se confiesa», dice: «Era hippy cuando no había hippies; era beat antes de los beats. Era una manifestación de protesta, yo solo...Y cuando Tim Leary aconsejó “abandonar” veinticinco años después de que yo hubiera abandonado, no pude emocionarme. El gran “abandono” de Leary consistió en perder su cátedra en alguna parte (¿Harvard?)» (p. 150). Aunque tenga su lado mitómano, no es arrogante ni va de víctima. Es tan duro consigo mismo como con los demás. Se enfrenta con las inseguridades que tantos escritores tienen, y con más humildad que la mayoría: «Me sentía, supongo, como debe de sentirse todo escritor fracasado, que en realidad podía escribir y que las situaciones y los entresijos y la política estaban contra mí. A veces lo están, otras veces sencillamente crees que puedes escribir y en realidad no puedes» (p. 299).
Aparte de los manifiestos literarios que desfilan a través de estas páginas, el lector se quedará con el mundo marginal barriobajero de Los Ángeles que tan nítidamente retrata Bukowski. Para él, la sociedad mata y aburguesa la literatura, y de ahí su afán por mantenerse al margen. Lo que crea desde su autoexilio es una visión concreta y detallada de su mundo, una visión que rompe los tabúes de los Estados Unidos de la posguerra, de la guerra fría, y de la supuesta «revolución cultural» de los años sesenta: el hipódromo, la biblioteca pública donde lee todo lo que puede, las calles, prisiones, pensiones, cucarachas, ratas, la dieta de sándwiches y latas de cerveza, mujeres: más o menos apetecibles, pero siempre necesarias. Este es el mundo en que un pobre escritor tiene que malvender su colección de discos de música clásica a un par de monjas para mantenerse a flote. Sus discos, al final, no son más que posesiones que van y vienen –se tienen y se dejan de tener– como los dientes que se le caen por dejadez, o los objetos –la radio e, incluso, la indispensable máquina de escribir– que tienen que empeñarse una vez tras otra.
Debo señalar que los lectores angloparlantes, y probablemente los monolingües también, seguramente discreparán con algunos puntos de la traducción de este libro. El inglés de Bukowski es clarísimo y coloquial en todo momento, y desentona cuando, al leer sus textos en castellano, hay que rascarse la cabeza para desentrañar el sentido. Desde el prólogo ya asoman detalles llamativos: así, la expresión «nostalgie de la boue» (¿quizá retraducida del inglés al francés?) aparece como «nostalgie pour la boue», una deformación de la conocida frase ingeniada por el dramaturgo Émile Augier. Hay que intentar conservar los giros coloquiales del original pero, en este caso, hay algunos que suenan a traducción literal. En castellano no hablamos del «rincón del desayuno» de un apartamento, ni compramos cervezas «altas», ni empeñamos nuestras posesiones en una «tienda de empeño». El «dirty old man» es, de toda la vida, «un viejo verde», no indecente. Puede que, a juicio de alguno, «indecente» suene mejor, pero se aleja innecesariamente de la frase hecha en ambos idiomas. «Try again», que en inglés coloquial significa «Te equivocas», no tiene ningún sentido traducido literalmente: («Vuelve a intentarlo», p. 67), y que alguien diga «Tendré 39» no significa nada. ¿39 qué? «Cumpliré 39» (que imagino que es a lo que se refiere) evita el anglicismo y el lector sabe que está hablándose de años. La mayor parte de la traducción está muy bien, pero señalo estos lapsus porque no faltarán lectores escépticos que piensen a priori que Bukowski es un borracho disparatado, y son estos –y otros– giros extraños que no deben achacarse al autor.
De hecho, Fragmentos no contiene disparates. Como su título indica, es una recopilación de cuentos, ensayos, poesía, ars poetica, pornografía (à la Henry Miller) y dura y, a veces, muy divertida crítica social y literaria. Bukowski seguirá cabreando a muchos: es machista y va en contra de todo lo «políticamente correcto», pero Fragmentos tiene un formato muy fresco por una parte, mientras que, por otra, es un retrato lleno de ambiente, sonido, olores y transacciones del lado cutre y callejero de la vida norteamericana, un equivalente literario a las fotografías de Robert Frank. Bukowski estudió periodismo, y quizás a esto se deba un ojo infalible para enaltecer los detalles más banales del día a día.
En el caso de Bukowski, la fama de su persona (como le sucedió a Hemingway, hasta cierto punto) eclipsó su obra, y en este caso la obra es más importante que la celebridad. Evidentemente, el ser un putero borracho que sale de juerga con Madonna no hace a un escritor, pero Fragmentos demuestra que tampoco lo deshace.

01/09/2010

 
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