ARTÍCULO

La lucidez triste del desarraigo

Lengua de Trapo, Madrid, 158 págs.
 

Es una pena que la primera y muy interesante incursión narrativa de Cristina Sánchez-Andrade (Santiago de Compostela, 1968) pasara prácticamente desapercibida para una crítica quizá en exceso atenta sólo al empuje de los grandes grupos editoriales y a las caras conocidas de la sociología literaria y la fanfarria de los medios de comunicación: lástima que muchos lectores inocentes y fiados (como en otro tiempo del cura y su hoja parroquial) de las recomendaciones de su «suplemento» no sólo tomen por literatura lo que no es sino mercadotecnia feble y de papel cuché, sino que pierdan la oportunidad de indagar en nuevos nombres de nuestra joven narrativa, a mi juicio bastante más sugerentes y dotados que esos otros que usan la literatura como una pasarela de moda o confesionario terapéutico de hacer dinero con las vísceras emocionales de la superficialidad posmoderna.

Tal es el caso de Cristina Sánchez Andrade, una voz temperada, imaginativa y original, literatura en estado puro, mejor o peor lograda, ese será otro cantar, a tenor de estas dos novelas que ahora comentamos. En la primera, y la mejor, Las lagartijas huelen a hierba, una excelente nouvelle construida con diálogos centelleantes, secuencias breves, transiciones de certero y surreal lirismo y el inquietante mundo del terror infantil de los mejores cuentos «para niños», su autora da muestras de un notable talento, poseer un mundo propio, sabiduría y registros para contar historias heladoras de espanto con la inocencia (ese es su indudable acierto) de quien se coloca en la mirada del niño, en este caso ese Luisito, el negrito, el huérfano, el hermanastro de Fernanda, la muchacha que, en el límite de la adolescencia, se niega a superar esa edad peterpánica y cruel donde el sueño y la realidad aún coquetean a no distinguirse bien. Los personajes de las dos viejas (y no pienso adelantar nada de una historia sorprendente y poética en su maldad y desvalimiento torpe y acuciante) son un verdadero hallazgo, incluida la sabia y medida gradación delirante de la pesadilla, con el contrapunto de las figuras del párroco, del ricacho rijoso, del perrillo Job y, ya lo creo, esa lagartija que, como el diablo meridiano, se presenta a rendir cuentas a quienes han coqueteado con el extravío del Otro Lado.

Una sorpresa verdaderamente literaria en la que las leyendas galaicas y el terror metafísico de Meyrink o Kafka se concitan en un texto que, insisto, pasó sin pena ni gloria y que merecería ser tenido muy en cuenta por ese público lector de paladar cuidadoso, que busca literatura y acaba engullendo fast food mediática, a veces no por culpa propia.

Más ambiciosa y, quizá por eso mismo, más destartalada es la segunda novela de Sánchez-Andrade, Bueyes y rosas dormían. Mantiene en ella lo mejor de la primera, el estilo lírico, el mundo onírico e hiperrealista a un tiempo, sin transiciones, en la mejor estela, acaso, del Valle-Inclán expresionista o del genial Cunqueiro, la prosa cencida, lírica a trancos, descriptiva y muy visual, que intenta la originalidad sin estridencias ocurrentes, las secuencias breves y bien dosificadas, en este caso de un mundo más amplio, con más personajes, la familia desquiciada, la criada negra, las monjitas transparentes, el enano de la sangre, el alcalde botarate, la ballena blanca varada en la playa, los gatos ciegos, las cebollas dulces, el olor durmiente de los bueyes y las flores del mes de abril, personajes y situaciones que recuerdan a ratos, y excesivamente, anécdotas sustraídas de un realismo mágico, otoñal y cantábrico que, en mi opinión, bordean, esta vez sí, la mera ocurrencia: la prohibición de morirse, la demencia de la lúcida abuela Idalina enterrada en el fango (loca voluntaria como conjuro sabio a la locura fatal de la existencia) o del yerno, con su paraguas roto y su agustiniana reflexión sobre el tiempo, el desdibujamiento de personajes como la niña Puz, la hermana rampante (que da la impresión a veces que se le olvida a Lucas, el narrador), los pasquines en el lomo de la ballena, el embarazo de Blanca, la hermana inocente y puta, los melindres sexuales de las monjas y, sobre todo, el desacierto de la elección del punto de vista: la alternancia de la primera persona de Luquitas (personaje más que borroso, evanescente) con la omnisciencia lírica de un narrador externo no ayuda a ensamblar los elusivos argumentos sino, al contrario, a disolver una trama ya de por sí en exceso poco tensa, que se comienza con interés, atraídos por la inicial originalidad marina y aldeana de las secuencias y, sobre todo, por la mirada de un estilo muy sugerente, que es el principal pertrecho de la autora, pero que, poco a poco, va diluyendo la atención hasta un punto que puede lindar con el tedio de lo que no acumula sentido sino, sólo, imaginación poética: la parábola sobre el amor, la soledad, la locura, la felicidad y el tiempo se queda, al cabo, en un rompecabezas bien escrito que no acaba de atrapar al lector en ninguna de sus, ahora sí, ocurrencias. Y es una lástima, porque si algo trasluce esta valiente y original novela es, otra vez, el talento de su autora.

Y sin embargo, digamos antes de terminar que, a pesar de estos inconvenientes técnicos, fruto sólo, me parece, de un exceso de ambición o de medida, Bueyes y rosas dormían es una propuesta sugerente y original muy por encima de lo que la narrativa actual joven o adulta, masculina o femenina, meridional o septentrional nos viene ofreciendo. De ahí que la valoración final y de conjunto de estas dos novelas no pueda ser sino positiva, confiando en que la inteligencia narrativa y el rico mundo interior de Sánchez-Andrade se pondrá al servicio de sus futuras imaginaciones literarias y no al revés.

01/12/2001

 
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