ARTÍCULO

La ciudad de Glass

Anagrama, Barcelona
Trad. de Benito Gómez Ibáñez
312 pp. 18 euros
 

En La noche del oráculo (Anagrama, la editorial que ha publicado en español el resto de los libros de Auster citados en esta reseña), la anterior novela de Paul Auster (Nueva Jersey, 1947), el escritor John Trause le sugiere a su amigo, Sidney Orr, un escritor sin inspiración, que se aproveche de una historia que relata Dashiell Hammett en El halcón maltés: la de un hombre con una vida convencionalmente feliz que se marcha de casa, tras sobrevivir a una muerte que le parecía destinada, para acabar teniendo otra vida convencionalmente feliz y una familia casi idéntica en otro lugar. El escritor enfermo se muestra en principio escéptico, pero al comprar un cuaderno portugués en la papelería de un extraño chino empieza a escribir febrilmente inspirado por el relato de Sam Spade: un editor se enamora de la heredera de Sylvia Maxwell, una escritora de los años veinte que dejó inédita una novela, La noche del oráculo, y cuando una gárgola cae a su lado y sale ileso decide acabar con la vida cómoda que lleva.
En Brooklyn Follies, el protagonista, Nathan Glass, también ha sobrevivido a una muerte que parecía inminente, un cáncer, y también decide que tiene que cambiar de vida: por eso se marcha a vivir a Brooklyn tras cobrar la indemnización que le corresponde después de una vida dedicada a los seguros.Y si el comienzo es una prolongación más del mundo habitual de Paul Auster, el resto de la novela no le va a la zaga. Hay metaficción: el protagonista, Glass, gran lector de novelas, está empeñado en escribir un Libro del desvarío humano: su sobrino,Tom, intentó redactar una tesis doctoral sobre los sueños utopistas de Edgar Allan Poe y Henry David Thoreau, y está realmente obsesionado por la vida de Franz Kafka; un tal James Joyce vive en la calle Carroll; el jefe de Tom, el librero y antiguo presidiario Harry, quiere endosar un manuscrito de La letra escarlata, que desapareció desde su primera impresión, a un comprador... Paul Auster quiere estrechar sus vínculos con Nathaniel Hawthorne desde hace tiempo; editó uno de sus diarios, Veinte días con Julian y Conejito, centrado en las relaciones paternofiliales; hablaba de él en El libro de las ilusiones: el mal y sus símbolos tienen mucho que ver con esa atracción.
Hay historias que se multiplican dentro de la trama principal, menos rígida que en otras ocasiones, y muchas de ellas recuerdan a las que él mismo recogió de los oyentes de su programa de radio en Soñé que mi padre era Dios. Como la del chico que está en un banco de esperma para ganarse unos dólares y en la revista erótica que le proporcionan para estimularse se topa con unas fotografías de su hermana, a la que hace tiempo que perdió de vista.
Hay, cómo no, una herencia, que en esta ocasión funciona como deus ex machina para resolver felizmente los enredos de los personajes, al menos los de casi todos. En La música del azar, la herencia era el motor de la acción: el bombero Jim Nashe sale a recorrer el país en su nuevo BMW. Hay muchas referencias al cine mudo, y una especie de hotel temático sobre el género. El libro de las ilusiones era una recreación espectral, y monográfica, de esa época de Hollywood, pero es una fascinación que viene de antiguo, por lo menos desde que Paul Auster escribió su obra de teatro Laurel y Hardy van al cielo (incluida en A salto de mata).
Hay teorías sobre el orden desordenado del movimiento, como en Ciudad de cristal (incluida en Trilogía de Nueva York). Hay llamadas telefónicas accidentadas; hay coleccionismo; hay encierros forzados y encierros voluntarios; hay conversaciones sobre béisbol; hay casualidades; hay coleccionismo; hay una hermosa descripción del barrio de Nueva York en que vive Paul Auster, Brooklyn, aunque no tan hermosa como la de la película Smoke, cuyo guión, también publicado por Anagrama, escribió para Wayne Wang... Sin duda, Brooklyn Follies es una novela de Paul Auster. Perfecta para los que vean sus ficciones como un pasatiempo lleno de túneles, de comunicaciones, de conexiones, de metarreferencias. Ideal para quienes deseen realizar un trabajo académico, una tesis doctoral. El mismo Paul Auster realiza un esbozo de tesis doctoral, bastante sugerente, por cierto, en las propias páginas de Brooklyn Follies.
Pero dentro de este país de ficción que está inventando Paul Auster, cada vez más grande, hay piezas que funcionan más eficazmente que otras. La noche del oráculo era, evidentemente, un paso hacia delante, con un protagonista que no correspondía al habitual perfil de buen chico y con una trama muy violenta.Y, antes, El libro de las ilusiones había sido un paso atrás, lleno de retóricas descripciones de filmes inexistentes e inanes de un tal Hector Mann. Y, un poco antes, Creía que mi padre era Dios había sido un rotundo coro cuyas voces era capaz de conjuntar Paul Auster, y probablemente sólo él.
Y Brooklyn Follies no funciona. Comienza con buen ritmo, y la voz de Nathan Glass, a pesar de resultar tan familiar, es sugerente, pero rápidamente la historia languidece. Ninguna de las muchas direcciones en que avanza la trama engancha: bastantes acciones de Brooklyn Follies están forzadas y se eternizan, más en función del juego metanarrativo que de la propia historia.Y parece que las mejores historias son las que se ocultan, como las que vivió Glass como agente de seguros, que traen a la memoria las peripecias de los personajes de James M. Cain, un escritor que late al fondo de esta novela.
Fatigosamente, se llega al final, donde Paul Auster vuelve a recuperar la tensión, gracias a un golpe ideológico y moral. Los deseos de Glass de contar «el desvarío humano» se transforman en el anhelo de que todo el mundo tenga derecho a tener su propia biografía, el relato de una vida, si bien ese cierre reparador, al que se suman varios amores estupendos, no es suficiente ante la inminente destrucción, en el tiempo de la acción de Brooklyn Follies, de las Torres Gemelas.

 

01/05/2006

 
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