Le Corbusier
ARTÍCULO

Breve informe sobre la lectura

Lumen, Barcelona
Trad. de Eduardo Hojman
624 pp. 50 €
Alianza, Madrid
Trad. de Patricia Quesada
400 pp. 30 €
 

A muy temprana edad, por propia iniciativa, Goethe se pone a estudiar hebreo en su Fráncfort natal. Bajo la tutela de un profesor particular que responde al freudiano nombre de Herr Rat, y con el apoyo de varias traducciones alemanas e inglesas, el voluntarioso adolescente se enfrenta nada menos que a la Biblia. Pronto las dificultades léxicas le hacen desistir del empeño. El trabajo, sin embargo, rinde un dividendo inesperado: al leer el Antiguo Testamento con la atención puesta en los laberintos del idioma y no en los sucesos narrados, se impregna de una historia que, sin saber cómo, le permite comprender la relación existente entre lo que hasta entonces ha acumulado en su corta trayectoria vital: lo que ha leído, oído, visto y sentido, lo elevado y lo trivial, en suma, las nociones aprendidas o, en palabras de san Agustín, «las imágenes de las cosas sentidas», como en una revelación, se estructuran y adquieren la razón de ser que constituyen la personalidad y la vivencia intransferible del autor Johann Wolfgang von Goethe, Poesía y verdad, Libro IV. El hecho de que en tiempos de Goethe pocas personas tuvieran acceso a la lectura no hace al caso. Goethe representa hoy el individuo culto con el que podemos identificarnos..
Si, como se desprende del episodio descrito, es el relato lo que construye el discurso, no cabe duda de que la lectura constituye un factor esencial en el conjunto de vivencias que conforman al individuo, incluso al individuo que no lee, en la medida en que su imaginario participa del imaginario de la comunidad en que se integra. No obstante, y fuera de algunos círculos especializados, sobre la lectura perviven nociones tópicas, tan bienintencionadas como inconsistentes. Este juicio no se aplica, por supuesto, a los cuatro libros que aquí se comentan, aunque vale la pena adelantar que los cuatro abordan la lectura desde ángulos muy diferentes, de un modo más o menos periférico al fenómeno, con la salvedad del de Nora Catelli. Todos ellos, sin embargo, contribuyen a plantear la cuestión en sus términos correctos y a determinar su naturaleza y sus límites.
No el leer, sino el saber leer, es hoy tan común, al menos en el mundo occidental, que la capacidad de lectura nos parece algo innato al ser humano, y, en consecuencia, consideramos el acceso al material escrito poco menos que una opción personal. Es decir, que el que no lee es porque no quiere. Por supuesto, no es así. Por el contrario, el acto aparentemente trivial que denominamos lectura es una operación tremendamente compleja que exige «para llevarla a cabo con éxito, la coordinación de cien habilidades distintas [...], un proceso en el que participan no sólo la vista y la percepción, sino la inferencia, el juicio, la memoria, el reconocimiento, la sabiduría, la experiencia y la práctica» Alberto Manguel, Una historia de la lectura, p. 80. , un proceso que participa de la mecánica óptica y también de las relaciones entre el cerebro y el lenguaje.
Esta operación no sólo responde a factores neurolingüísticos, sino a una variada gama de elementos externos, unos estrictamente materiales, como el soporte de los signos y códigos que constituyen el lenguaje escrito (tablilla, pergamino, página o pantalla) o la concepción social de la lectura. «No hay una manera "esencial" o "natural" de leer y escribir, [...] los significados y las prácticas letradas son el producto de la cultura, la historia y los discursos» Virginia Zavala, citado por Daniel Cassany, Tras las líneas, p. 21. .
Otra idea común, e igualmente errónea, es que el lenguaje escrito es una mera codificación del lenguaje oral. Cassany: «Todavía hoy muchas personas creen que leer consiste en oralizar la grafía, en devolver la voz a la letra callada. Se trata de una concepción medieval, que ya hace mucho que la ciencia desechó» Daniel Cassany, op. cit., p. 21., aunque perdura, por ejemplo, en la porfiada creencia en la fidelidad de la transcripción literal de una exposición oral o de un diálogo.
Es probable, no obstante, que en sus inicios la lectura sí consistiera precisamente en este oralizar a que se refiere Cassany. Un texto «escrito» es, por definición, un objeto material, por lo que está sometido a todos los condicionamientos de la materia. También es un sistema convencional que se desarrolla a partir de unos orígenes muy rudimentarios. Las primeras muestras de escritura son unos signos elementales, apenas vagas representaciones torpemente impresas en un material no tan duro que no se pudiera grabar, ni tan blando que no conservara indefinidamente lo grabado. A pesar de los constantes progresos en el terreno de los signos y en el de su soporte físico, durante siglos las dificultades de la lectura fueron tales que la interpretación del contenido de los signos escritos estaba reservada a unos pocos especialistas. Desde luego, distaba mucho de ser un placer. Para los persas, leer era una función de esclavos, como lavar la ropa. Hasta hace relativamente poco, la lectura de un simple texto era tan difícil como lo es hoy para un profano la interpretación cabal de un análisis de sangre. Y, del mismo modo, debía someterse a la mediación de un experto que tradujera los signos al lenguaje oral.
Confieso una especial debilidad por los inventos anónimos, probablemente colectivos, que se difunden sin que se sepa cómo ni cuándo. La escritura abunda en este tipo de avances, aparentemente simples, pero trascendentales; y aunque ninguno resulta novedoso ni sorprendente, la lista pormenorizada y sistemática no puede menos de mover al lector a reverencia y gratitud. De la arcilla a la tabla, del papiro al pergamino hasta llegar al papel (un invento chino, como tantos otros), por no hablar de la imprenta, a la que me referiré más adelante, son pasos de gigante en el aspecto material. Otros, más admirables, corresponden al ámbito estricto del ingenio humano. Un signo que trata de representar un objeto genéricamente entra en el terreno de la pintura. Si a este signo se le añade otro que lo modifica por el mero hecho de su yuxtaposición, estamos en el terreno de la escritura. Pero todavía en sus inicios. Pronto el signo se convierte en ideograma, de tal modo que significa el objeto representado y también su abstracción: el dibujo de un toro representa un toro y, además, la fuerza; una serpiente es un reptil, un río y la sabiduría. Poco a poco los ideogramas se convierten en jeroglíficos, elementos que, combinados, adquieren significados que sólo remotamente guardan relación con lo que representan. Pero el paso decisivo lo constituye sin duda la aparición del alfabeto, que describe así Frédéric Barbier en su Historia del libro:
«Los primeros indicios de la invención de la escritura alfabética se manifestaron en el Mediterráneo oriental a partir del II milenio a.C. [...]. Los fenicios emplearon, en Biblos, un sistema de escritura cuyos veintidós signos designaban cada uno una consonante, de tal manera que la combinación de consonantes permitía reconstituir, de alguna manera, el esqueleto de la palabra [...]. La adopción del sistema fenicio por parte de los griegos, que venían utilizando el lineal B, significó una transformación decisiva. Pero las lenguas indoeuropeas –y, por tanto, la griega– presentan a veces grupos de consonantes cuya complejidad las hace imposibles de representar por medio de una escritura puramente consonántica, siendo así que es la flexión de la palabra, en general una simple terminación vocálica, la que indica su función en la frase, haciéndola inteligible» Frédéric Barbier, Historia del libro, pp. 1920..
Así pues, de la adaptación de un sistema ajeno a las necesidades propias de la lengua surge el alfabeto griego, que combina consonantes y vocales. El alfabeto griego dio origen a los alfabetos de la Europa oriental, como el actual alfabeto ruso o cirílico, mientras que en Roma se adaptó el alfabeto etrusco al alfabeto griego, de donde surgió el alfabeto latino en que está escrito este texto. Pero no del mismo modo.Todavía había que introducir muchas novedades en la escritura para llegar a algo tan sencillo como lo que tiene usted ante sus ojos.
Para cuando los respectivos alfabetos quedaron establecidos en Oriente y Occidente, el soporte de la escritura ya era, por lo general, un volumen, es decir, un rollo de papiro cuya lectura exigía ir desenrollándolo y enrollándolo al mismo tiempo, lo que no permitía, entre otras cosas, trabajar con varios rollos a la vez (un texto y su comentario) ni tomar notas.
Incluso después de haber alcanzado la forma de libro paginado, la lectura seguía presentando dificultades que hoy nos resultarían insuperables. La escritura era, obviamente, manual, tan regular y clara como permitían la habilidad, las condiciones de trabajo y la buena voluntad del escribiente; la ortografía era errática y, por añadidura, ni los párrafos ni las oraciones, y ni siquiera las palabras estaban separadas entre sí.Tampoco existían los signos de puntuación, que fueron incorporándose a la escritura paulatinamente. Por todo lo cual, aunque la lectura ya se había convertido en un acto individual, la comprensión de lo escrito requería un gran esfuerzo y, por lo común, la lectura en voz alta. Es conocida la admiración que san Agustín manifiesta hacia su maestro, san Ambrosio, al verlo leer en voz baja y sin mover los labios, «pasando la vista por encima de las páginas, penetrando su alma en el sentido sin decir palabra ni mover la lengua») San Agustín, Confesiones, VI, 3. Utilizo la traducción de Ángel Custodio Vega en la Biblioteca de Autores Cristianos..
La anécdota no es trivial, y el propio Agustín así lo entendía al decir que el lector leía «penetrando su alma en el sentido». Sólo la lectura silenciosa confiere a lo escrito una condición ajena al mundo exterior, un espacio habitado por el cerebro del lector, que genera, a partir de la lectura, sus propias imágenes e ideas. A este momento fundacional dedica Manguel un hermoso capítulo titulado «Los lectores silenciosos».
En el año 1400, para producir un cambio trascendental en esta historia, nace en Maguncia Johann Gensfleisch zur Laden, apodado Gutenberg. Orfebre por tradición familiar, obtuvo notables éxitos profesionales en la especialidad que hoy llamaríamos «diseño». En 1438 lo encontramos creando y fabricando unos espejitos engarzados mediante una avanzada tecnología y destinados a los peregrinos que acudían a Aquisgrán por decenas de millares. Al parecer, los espejitos «servían para captar las bendiciones de las reliquias durante su recorrido por la ciudad». De regreso a su ciudad natal, Gutenberg prosiguió sus investigaciones, mitad científicas, mitad comerciales, hasta llegar no a la prensa de imprimir, que ya existía, «sino [a] la máquina de fundir junto con la técnica metalúrgica de la multiplicación de caracteres tipográficos», hechos de una aleación de plomo, estaño y antimonio. En 1455 salió de su taller la famosa Biblia de Gutenberg, en cuya composición intervinieron, según se cree, seis tipógrafos y una docena de prenseros. Esta Biblia no fue, sin embargo, el primer trabajo procedente del taller de Maguncia. Antes ya había publicado un manual para aprender latín y varios formularios de indulgencias, que la Iglesia expendía a cambio de donativos. Como estas indulgencias eran nominativas, se necesitaban muchos impresos para que el beneficiario pudiera anotar su nombre. La Historia del libro, que ofrece un relato pormenorizado y fascinante de las andanzas e invenciones de Gutenberg, añade que esta venta escandalosa de indulgencias, aparte de incentivar el desarrollo de la imprenta, fue el detonante de la Reforma luterana (pp. 97-100). En el terreno de la escritura, poco más ha sucedido hasta el día de hoy.
De los cuatro libros que aquí se consideran, dos se refieren específicamente a la historia del libro esbozada en los párrafos precedentes. La historia del libro, de Frédéric Barbier, responde exactamente a su título. Aunque es, en esencia, un libro de consulta, su lectura resulta amena e interesante, ya que abunda en datos, fechas, cifras, mapas y muchas ilustraciones oportunas. Una estadística, por ejemplo, muestra la producción de libros en Holanda entre 1500 y 1590, especificando cuántos eran católicos y cuántos protestantes, lo que pone de manifiesto hasta qué punto en aquella época el grueso de la producción editorial era de contenido religioso. Otra estadística nos informa de la producción de periódicos y diarios en la Italia de 1873, desglosada por ciudades. Un mapa muestra la red de representantes de una librería de Viena el año 1855.Y así sucesivamente. Son elementos, en definitiva, de la pequeña historia de los pueblos y, por lo tanto, de extraordinaria importancia. No faltan datos curiosos, como el momento en que se estableció la costumbre de hacer constar en la portada del libro el nombre del editor, y al final la marca del impresor, como se continúa haciendo en la actualidad; o el hecho de que la primera feria del libro se celebrara en el siglo XVI, como no podía ser de otro modo, en Fráncfort.
Aunque La historia del libro es, como queda dicho, una historia descriptiva, ajena a consideraciones ideológicas, por fuerza ha de ocupar en ella un lugar destacado y permanente el control estatal y eclesiástico sobre lo que se publica y se difunde. Es una lástima que un libro de estas características y de este nivel carezca de índice y más aún que adolezca de una traducción algo descuidada en el léxico y en el criterio de traducción de los nombres propios. A título de muestra, la palabra ayuda-memoria (p. 55) es un calco innecesario del francés; tampoco existe un personaje histórico llamado Felipe el Ardí (p. 85), sino un rey de Francia llamado Philippe le Hardi o Felipe el Temerario. Son detalles sin importancia, pero resultan enojosos, distraen sin necesidad y pueden inspirar desconfianza sobre el resto de la traducción.
El libro de Alberto Manguel también relata la evolución de la lectura a través de las sucesivas transformaciones materiales de su soporte, pero lo hace de un modo menos sistemático. Aunque el título de la obra es Una historia de la lectura, no se trata tanto de una historia como de un apasionado elogio de la lectura, que se inicia con una serie de consideraciones valiosas sobre el acto de leer y luego repasa algunos momentos decisivos de la historia de la lectura, pero ahí se mezclan episodios que pertenecen al campo de la tecnología con otros de naturaleza sociológica, y otros emparentados con la historia de las ideas, entremezclados con momentos de la creación literaria. La impresión final es la de haber leído con agrado una recopilación de escritos dispersos sobre el tema general de la lectura visto desde distintos ángulos, con el único hilo conductor de los momentos felices que la lectura ha proporcionado a su autor.
Alberto Manguel es hombre de probada solvencia en este campo, al que ha dedicado varios libros En el bosque del espejo (2001), Vicios solitarios. Lecturas, relecturas y otras cuestiones éticas (2004).. El que ahora nos ocupa fue publicado en España en 1998, y ahora se reedita en un formato más aparatoso, casi en forma de libro-objeto, con muchas ilustraciones directamente relacionadas con la lectura, la escritura o el libro, pero no con el texto. No obstante, son agradables de mirar, y el conjunto resulta ameno, simpático y de un entusiasmo contagioso que lo pone a salvo de todos los reproches, aunque pueden hacérsele algunos.
Quizás el principal, a mi modo de ver, es que sólo considera la lectura desde el punto de vista recreativo, como una fiesta del espíritu. No es que eluda los aspectos intelectuales o morales que lleva implícita la actividad lectora, pero la propia efervescencia del planteamiento hace que el peso de la argumentación se decante hacia una complicidad que roza la autocomplacencia.Tampoco me parece exacta la reiterada afirmación de que la lectura lleva a la rebeldía social, por lo que constituye en sí un acto casi subversivo, contra el que han actuado siempre los poderes terrenales. En general, un buen lector es a menudo un individuo intelectualmente inquieto, pero su actitud es más bien dócil. Las ideas, expresadas por escrito o de viva voz, articulan movimientos de rebeldía provocados normalmente por situaciones de injusticia o de opresión, de los que la literatura se limita a dejar testimonio. Sobre todo ello actúan las fuerzas represoras sin demasiados matices, lo que puede llevar a confusión respecto del poder real de la lectura. Otra cosa es la supuesta influencia nefasta de la literatura en las costumbres, tema al que dedica buena parte de su libro Nora Catelli.
Aunque en el de Manguel abunden las citas y referencias a momentos de su recorrido personal por la literatura, éste resulta en definitiva algo arcaico y monocromo. No falta la mención y el reconocimiento de algunos autores fundamentales del siglo XX (Joyce, Proust, Kafka, Mann), pero da la impresión de que el autor se encuentra más a gusto entre cuidadas ediciones de los clásicos o en la evocación nostálgica de sus lecturas de infancia y adolescencia. No seré yo quien se lo reproche, pero es una actitud parcial en un libro cuyo enunciado es la historia de la lectura. Bien es verdad que el título incluye el artículo «una», lo que constituye una eximente.
Ya se ha dicho que este libro fue publicado en España en 1998. Dos años antes se había publicado en Canadá (A History of Reading,Toronto, Knopf, 1996) y en inglés, lengua en la que fue escrito, como se deduce del minúsculo copyright de un traductor, Eduardo Hojman. Ambos datos no saltan a la vista y todo hace sospechar un intento de ocultar que se trata de un libro traducido, lo que sería poco respetuoso con el lector y con el traductor, que en esta ocasión ha hecho una labor muy satisfactoria.
Sin pasar totalmente por alto las cuestiones ya mencionadas, los otros dos libros del cuarteto que aquí se reseña abordan el tema de la lectura desde otro ángulo. Cuando leemos, ¿qué entendemos? A partir de esta pregunta, común a ambos, los dos libros emprenden caminos divergentes: el de Catelli reflexiona sobre la forma en que el relato es incorporado a experiencia del lector pasando por el filtro de su imaginación, sus conocimientos y su entorno. A Cassany le preocupa más la comprensión misma del significado del texto y, por extensión, la posibilidad de manipular el contenido de lo escrito.Tanto Cassany como Catelli proceden del mundo académico, pero sus obras van dirigidas al lector no especializado.
En el extremo opuesto a Manguel, Cassany estudia la lectura como fenómeno psíquico y el mecanismo de comprensión del texto en función del soporte tecnológico (del papiro al chat), de la naturaleza del texto (no leemos del mismo modo un poema, una sentencia judicial o las instrucciones de uso de un electrodoméstico) y de los elementos socioculturales e ideológicos del que escribe y el que lee. «No leemos textos ni comprendemos significados neutros; leemos discursos de nuestro entorno y comprendemos datos que nos permiten interactuar y modificar nuestra vida. Leer un discurso es también leer el mundo en el que vivimos» Daniel Cassany, op. cit., p. 68..
Esta conciencia de la inestabilidad del discurso escrito lleva a Cassany a una actitud crítica no exenta de suspicacia, que se hace patente en el título mismo del libro. «Tras las líneas» significa lo que el texto oculta y alude también a la labor del agente infiltrado en las filas del enemigo. Esta actitud, unida al tono didáctico, confiere en ocasiones a este estudio, por lo demás interesante, el aire de un libro escolar o de un manual de autoayuda. Por contraste con el entusiasmo de Manguel, el análisis de Cassany va acompañado de consideraciones salpicadas de tópicos progresistas e impregnadas de una desconfianza profunda hacia una sociedad ávida de poder y de control. «Todos quieren convencernos de su verdad» (cursiva en el original). No le falta razón, pero la insistencia en la desconfianza como elemento predominante en la lectura le aproxima peligrosamente al dirigismo que trata de combatir. En un pasaje encabezado por el epígrafe «Veintidós técnicas», se nos ofrece una lista de recomendaciones o guía de lectura que vale la pena reproducir parcialmente: «1. Identifica el propósito, 2. Descubre las conexiones, 3. Retrata al autor, 4. Describe su idiolecto, 5. Rastrea la subjetividad, 6. Detecta posicionamientos, 7. Descubre lo oculto, 8. Dibuja el "mapa sociocultural"».Y más adelante: «Si decidimos hacer algo tan complejo y costoso como escribir es para conseguir beneficios: convencer, informar, responder, emocionar, ganar dinero, influencia, hacer reír, etc. En nuestra sociedad pacífica, el discurso es el arma usada para conseguir nuestros deseos. Así resulta útil adivinar el deseo, la intención o la motivación que hay detrás de cada discurso» Ibidem, pp. 116 y 117.. Sin incurrir en falsedad, el hilo argumental de Cassany recuerda los antiguos cursillos prematrimoniales dedicados únicamente a resaltar los sinsabores de la vida en común y el peligro de las enfermedades venéreas.
Más estimulante en este y otros aspectos resulta el libro de Nora Catelli Este libro obtuvo en 2001 el XXIX Premio Anagrama de Ensayo., que trata, en palabras de la autora, de las «representaciones de la lectura dentro de la ficción en los dos últimos siglos». O como aclara más adelante: «En el siglo XIX la sensibilidad moderna se educó en novelas y cuentos que devolvían a los lectores imágenes satisfactorias –nítidas, enfáticas– de los resultados de la educación por los libros [...]. En el siglo XX fuerza y potencia progresivamente desaparecen. De la celebración irrestricta se pasa a la duda acerca del valor individual y social de la lectura».
Testimonios tangibles
abunda en episodios de lectura contemplados bajo este prisma: la lectura compartida en el Werther entre el protagonista y Carlota, las perniciosas ensoñaciones a que induce la lectura en Madame Bovary, la obsesión de Bouvard y Pécuchet. El libro se adentra en caminos que no vamos a recorrer en este artículo dedicado a la lectura. Aquí destacaremos sólo la idea inicial de que en el siglo XIX (y buena parte del XX ) las mujeres no sólo eran las principales consumidoras de literatura de ficción, sino que su visión del mundo estaba hecha de elementos provenientes de las novelas, un género, dicho sea de paso, que menospreciaban los hombres, bien por razones intelectuales, bien por razones morales.
El entusiasmo de Manguel por la lectura no formativa, es decir, por la lectura de ficción o poesía, es un sentimiento moderno al que se ha llegado no tanto por convencimiento como por comparación con los entretenimientos alternativos a la lectura, incluso a la de más baja calidad. Nunca fue así y el consumo de literatura, al igual que el teatro, fue considerado nocivo para el pueblo. Hasta qué punto la literatura era culpable de los desafueros de las mujeres, como se creía en el siglo XIX, es objeto de debate. Catelli nos recuerda que en aquella época las mujeres no leían únicamente novelas románticas, sino una amplia gama de escritos (inscripciones, retratos, cartas, manuales religiosos, poemas y hasta notificaciones judiciales), «sólo que la leían como si fuese una vasta novela romántica» (cursiva en el original) Nora Catelli, Testimonios tangibles, p. 108.. Peor es el caso de Ana Ozores, la Regenta, que no leía novelas, pero convertía «en novela sentimental un amplio contingente de libros serios "de verdadero arte", fábulas griegas, poesía homérica y pastoril clásica» Ibidem, p. 128.. Esto, que Catelli denomina «registros de lectura degradados», no es característico exclusivamente de las mujeres. Catelli recoge una cita de Huyssen que dice: «Existen buenas razones para preguntarse si el adolescente Flaubert leyó estas novelas de manera semejante a como lo hubiese hecho Emma Bovary de haber vivido, como las mujeres reales de la época las leían».
En definitiva, la lectura es un hecho individual y, como dice Félix de Azúa, nada puede hacerse contra «el derecho que todos ejercemos constantemente de leer en las frases aquello que nos pasa por la cabeza cuando las palabras se filtran entre las caprichosas e incomprensibles grietas cerebrales» Félix de Azúa, Esplendor y nada, Barcelona, Leqtor, 2006.. En su libro, Nora Catelli incluye una cita de Robert Darnton que no me parece inadecuada para terminar este repaso: «Leer sigue siendo un misterio, aunque lo hacemos todos los días. La experiencia es tan habitual que parece totalmente comprensible. Pero si pudiéramos entender cómo percibimos el significado por medio de esos pequeños signos impresos en una página, podríamos empezar a penetrar en el profundo misterio de cómo se orienta la gente en el mundo de los símbolos que le ofrece su cultura» Robert Darnton, La gran matanza de gatosy otros episodios de la cultura francesa, trad. de Carlos Valdés, México, Fondo de Cultura Económica, 1987, p. 216. 34 .
En conjunto, los cuatro libros conforman una visión complementaria de este fenómeno cotidiano, en apariencia insignificante y al mismo tiempo inaccesible.Al final, como sucede con todo análisis, surgen más dudas que certezas y más preguntas que respuestas, aunque estas dudas y estas preguntas, y la reflexión que comportan, son el resultado de la investigación y su objeto. No queda, sin embargo, duda de que leer, por más que lleve implícitos peligros y confusiones, es la principal fuente de información y de conocimiento. Creo que fue el doctor Johnson quien dijo que los que no leen están condenados a vivir siempre en el presente.

01/09/2006

 
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