Le Corbusier
ARTÍCULO

Bradomín en Roma

Universidad de 
Santiago de Compostela/
Diputación de Pontevedra, 
Santiago de Compostela
668 pp. + CD-Rom 35 €
 

 En los años sesenta se modificó sustancialmente la valoración de Valle-Inclán en el canon español del siglo xx. Desde entonces, su bibliografía secundaria ha crecido enormemente: pocas reúnen tantos títulos de mérito relevante; casi ninguna tiene tantos y tan variados ítems. Incluso la biografía del escritor –un rubro que no es muy frecuente en nuestra historia literaria– ha conocido aportaciones de relieve: destacan recientemente la excelente síntesis de Robert Lima, Valle-Inclán. El teatro de su vida (1995), y el exhaustivo (y también desmesurado) acervo de Valle-Inclán. Biografía cronológica y epistolario (cuatro volúmenes, 2006-2007), de Juan Antonio Hormigón. La activa Cátedra Valle-Inclán, de la Universidad de Santiago, ha creado una importante colección dedicada a publicar análisis y documentos que suelen tratar los aspectos menos conocidos, que todavía los hay. A la interesante monografía de Amparo de Juan y Javier Serrano, Valle-Inclán, candidato republicano, se suma ahora este libro, que firma un grupo de investigación dirigido por Margarita Santos Zas e integrado por Francisca Martínez, Carmen Vílchez, Catalina Mínguez, Cristina Villarmea, Sandra Domínguez y Rosario Mascato. Ellas se han encargado de compilar, catalogar, transcribir y anotar todo cuanto se refiere a la estancia del escritor en Italia. Ya en 2005 dieron un suculento adelanto (en la revista Anuario Valle-Inclán) y ahora lo publican íntegro en dos volúmenes: uno, impreso, recoge fundamentalmente la documentación del Ministerio de Asuntos Exteriores (entonces, de Estado) y la de la Academia Española en Roma, entre otras cosas; un segundo volumen viene en un CD-Rom anejo, donde el lector puede ver reproducciones facsímiles de toda la documentación transcrita y no transcrita.

El mero índice del contenido y el apabullante número de páginas (y notas) que desplaza pueden dar al lector desconfiado la impresión de un ejercicio de microscopía ociosa. Quien lo lea no sustentará esta actitud ni por un segundo. Detrás de la prosa administrativa y de los conflictos que nunca se resuelven, de la tozudez de unos y la hipocresía de otros, late, ¡y de qué forma!, la contradictoria personalidad de un Valle-Inclán empecinado y quejicoso, baladrón e ingenuo pero, sobre todo, la vida de un hombre gravemente enfermo, acosado por una economía doméstica que nunca supo controlar, que estaba recién divorciado de una mujer que no iba a perdonarle un céntimo y que no se había repuesto de la quiebra de la editorial –el consorcio CIAP– a la que había confiado sus Opera omnia. En el fondo, este Valle-Inclán –que a veces nos irrita– batallaba por su dignidad de escritor, como advertimos cuando escribía a Salvador de Madariaga (carta del 4 de mayo de 1934, casi idéntica a otra que dirige al ministro) que la Academia romana era «una merienda de negros, ¡pero de negros cimarrones!» y le pedía «¡Sáqueme de este purgatorio!», añadiendo que «no haría esta confesión a otro que no fuese del Cabildo de las Letras. Pero somos una hermandad, usted sabe que al continuar mi obra literaria cumplo las obligaciones de mi destino y sirvo a España». Y tenía toda la razón, aunque en Roma no añadiera ni una línea a El Ruedo Ibérico, pese a sus repetidas declaraciones al propósito: seguramente le fue imposible. Con humor malévolo, el embajador Gómez Ocerín informaba a su ministro Pita en las mismas fechas que «el señor Valle-Inclán vegeta melancólicamente en la Academia y se pasa el día en la cama o deambulando por las galerías del viejo caserón». Y añadía con alivio: «No ha cometido en estos meses ninguna falta o extravagancia grave que aconseje su destitución fulminante».
Se trataba de dos formas de ver las cosas. ¿Fue un propósito vano el de «convivir con los alumnos en íntima compenetración. Nada de separación rígida y jerárquica entre ellos y yo», como había visto en la madrileña Residencia de Estudiantes y declaraba a la periodista Josefina Carabias? ¿Era realmente tan desastroso y humillante el estado de la vivienda del director? ¿Es cierto que «como un patricio romano privado del fuego» debía hacer las comidas fuera de su residencia, tal como escribía al ministro Leandro Pita Romero? ¿Le resultaba imprescindible tener un coche e intentar pasar la nota de gastos de chófer y combustible a la embajada? ¿Podía Valle-Inclán exigir que se cumpliera la legislación que impedía a los becarios residir con sus esposas, cuando él se llevó a Roma a cuatro hijos (aunque hablaba siempre de cinco: Concha –que estaba casada– residía en España y Carlos-Luis pasaba la mayor parte del año en un internado español), una institutriz y dos criadas? ¿Era tolerable que los becarios a los que no quería renovar 
–Eduardo Chicharro y Gregorio Prieto– lo pusieran de vuelta y media en sus cartas privadas al embajador?
Valle había llegado a Roma en virtud de la reiterada decisión de remediar sus cuitas económicas, asumida como deber de Estado por el gobierno de Azaña: en septiembre de 1931 le hicieron conservador del Patrimonio Nacional; en enero del año siguiente, director del Museo de Aranjuez; el 8 de marzo de 1933, el nombramiento como director de la Academia en Roma pareció una solución definitiva. La apoyó una carta de un centenar de artistas, instada por Ignacio Zuloaga; la hicieron suya todas las instituciones del Consejo de Cultura (aunque Marañón anduvo reticente y Margarita Nelken apoyaba al escultor Victorio Macho) y la noticia tuvo una significativa repercusión periodística. Pese a que no estuvo mucho tiempo en el desempeño activo de sus funciones (vivió en Roma entre abril y los últimos días de julio de 1933 y entre marzo y noviembre del año siguiente), el nombramiento sobrevivió al cambio de gobierno de finales de 1933 y solo en noviembre de 1934 Valle presentó una primera dimisión, cuando se le obligó a devolver unos fondos de representación. La definitiva renuncia tuvo fecha de noviembre de 1935, cuando ya estaba internado en la clínica santiaguesa del Dr. Villar, para tratarse el enconado cáncer de vejiga que le amargó la vida desde 1920 (el embajador Gómez Ocerín recordó a la superioridad que el 1 de abril de 1936 expiraba el mandato del director; no lo llegó a cumplir, pues Valle falleció el 5 de enero).
La narración circunstanciada de todo esto es un capítulo fascinante de la prehistoria de España como «Estado cultural» (noción que honra a la República pero que, en justicia, también tuvo que ver con el sector liberal de la monarquía de Alfonso XIII) y forma parte importante de la historia no escrita de las relaciones de literatura y poder en las letras nacionales de los dos últimos siglos. De paso, también nos proporciona algunas perlas que añadir a nuestro conocimiento de Valle-Inclán. Más que sus tenaces y previsibles elogios a Mussolini (a Valle siempre le gustaban los políticos autoritarios y demagogos), nos conmueve la queja escrita que dirige al embajador Gabriel Alomar y al rector de San Pietro in Montorio, la preciosa iglesia de Bramante, aneja a la Academia y propiedad del gobierno español. Ha visto que la visitan a menudo «taifas de peregrinos», españolas que profieren «befas a la República» y exhiben «banderas de la infausta monarquía», y amenaza con hacerlas expulsar por sus criados. Gregorio Prieto describe el mismo episodio como parte de la «actitud pintoresca y fantástica» de Valle-Inclán, pero resulta difícil no dar la razón a quien todavía tenía arrestos de Bradomín republicano: genio y figura. Leemos con cierta melancolía la nota del secretario Olarra que relaciona los bienes de Valle-Inclán que quedaron a su muerte en la Academia: incluye no muchas pertenencias personales (un chaqué, por si acaso), aquel coche «Itala» que se había comprado a plazos y la edición en veintidós volúmenes de las Memorie del caballero Casanova con las que debió de satisfacer algún ensueño juvenil en estos años tristes y finales. 

01/10/2011

 
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