ARTÍCULO

Borges contrabandista

Gedisa, Barcelona, 1998
Trad. de Alberto L. Bixio
382 págs.
Alianza Editorial, Madrid, 1998
 

Triste y glacial inmortalidad la que otorgan las efemérides, los diccionarios y las estatuas; íntima y cálida la de quienes perduran en las memorias, en el comercio humano, protagonistas de anécdotas cariñosas y de frases felices.

BORGES , prólogo a Retorno a Don Quijote, de Alberto Gerchunoff.

El 24 de diciembre de 1938, Borges subía las escaleras de un edificio de Buenos Aires con la intención de recoger a una amiga para ir a comer cuando, en un descansillo, se golpeó con una ventana en la cabeza. Recién pintada, la ventana estaba seguramente abierta para secarse en el húmedo verano de Buenos Aires. Llegado al piso al que se dirigía, Borges se pasó la mano por el pelo y la retiró llena de sangre. Por la noche tenía fiebre y deliraba: la herida mal lavada le había provocado una septicemia. Es la única ocasión de su vida en que estuvo enfermo, Borges vaciló un mes entre la vida y la muerte.

Recuperado el sentido tras la larga fiebre, un día se echó a llorar. Su madre le preguntó por qué y él contestó: «Porque comprendo», pues había temido haberse vuelto loco, o peor, imbécil. Y como temía, pese a todo, comprobarlo en la escritura de aquello que hasta el momento había sido su medio, el ensayo, la poesía, eligió un terreno en el que una confirmación de sus temores no fuera tan dolorosa. Escribió su primer cuento. Fue Pierre Menard, autor de El Quijote (luego recogido en Ficciones).

De modo que así, por el azar de una ventana abierta en una escalera de Buenos Aires, se produjo una de las primeras grandes transformaciones de un autor que terminó paseándose por las convenciones de la escritura, sin respetar fronteras, como por un solo y único jardín. Y eso es lo que se puede apreciar con nitidez en la Biblioteca Borges de Alianza Editorial que, coincidiendo con el centenario del nacimiento de Borges, el próximo 24 de agosto de 1999, incorpora algunos nuevos textos que no por ser los últimos dejan de ser particularmente significativos. La Biblioteca aporta, no la novedad de la edición, pues más o menos todo Borges figura ya en algún sitio, sino su accesibilidad y manejabilidad. (Y un bello diseño a partir de El Bosco.)

Es cierto que, para cuando escribió Pierre Menard tras el incidente de la ventana –que en el célebre comienzo de El Sur él sitúa en 1939–, Borges ya padecía de cierto aburrimiento ensayístico que le había hecho escribir los textos de Historia universal de la infamia, en los que se respetan los grandes trazos de las biografías de legendarios criminales, pero con ligeras modificaciones: obsérvese al paso que, seguramente para risa de Borges, no son otros los presupuestos de ciertas variantes del llamado Nuevo Periodismo.

Nueve años después del incidente de la ventana, en 1947, el peronismo recién llegado al poder nombró a Borges inspector de pollos y conejos en un mercado de Buenos Aires. Podía hacerlo porque Borges, que ya aparecía en las enciclopedias, trabajaba desde hacía una década como funcionario en una humilde biblioteca municipal. La razón es que el escritor había sido aliadófilo en una Argentina principalmente germanófila durante la II Guerra Mundial, y sobre todo no había ocultado su antiperonismo, movimiento que en última instancia consideraba una excrecencia local del nazismo. Tímido hasta el punto de que un amigo tuvo que leer alguna vez sus palabras en un acto en su honor, a Borges no le quedó más remedio entonces que convertirse en conferenciante –al principio tenía que atizarse una copa de ginebra para poder entrar a la sala–, género en el que, como queda justificado en algunas conferencias ahora editadas (Borges oral), pronto adquirió una vasta reputación.

El artículo de Pierre Menard fue entregado a José Bianco, entonces secretario de redacción de la revista Sur, la célebre publicación fundada por la millonaria Victoria Ocampo, bautizada por Ortega y en la que Borges perdió sus últimas telarañas local-costumbristas, y Bianco, que dijo no haber leído nunca nada semejante, lo publicó abriendo el número siguiente. Y como de costumbre, lo hizo como se hacían las cosas en Sur: sin advertir de qué se trataba, si poema, ensayo, cuento o cualquier otra convención literaria o periodística, y esa circunstancia casi fortuita de diseño ilustra de modo simbólico otra de las transgresiones del escritor, y quizá la de más largo alcance. Porque con Pierre Menard Borges inauguró uno de los géneros de mayor éxito en la segunda mitad del siglo –e imitado hasta la epidemia–, y que es la ficción disfrazada de ensayo, el cuento que recurre al lenguaje filológico en busca de garantías de verosimilitud. Así comienza: «La obra visible que ha dejado este novelista es de fácil y breve enumeración. Son, por lo tanto, imperdonables las omisiones y adiciones perpetradas por...». Junto con otros contemporáneos del momento, esos cuentos de Borges contribuyen a fundar el realismo mágico antes de que degenerase en fórmulas étnicas o culinarias.

En realidad el género, o por lo menos la otra cara del género, había sido fundado en 1936 con el libro Historia de la eternidad. En uno de sus textos, El acercamiento a Almotasim, Borges había hecho ensayo disfrazándolo de cuento. Y en los ensayos que un año más tarde componían Otras inquisiciones (así llamadas para hacer olvidar Inquisiciones, uno de los tres libros que Borges intentó no haber escrito) se podía ver hasta qué punto su ensayística se encontraba contaminada de imaginación, y al revés.

En unas conversaciones mantenidas con Antonio Carrizo cuando ya tenía ochenta años, Borges señalaba que había dejado definitivamente el ensayo en favor del cuento y la poesía. Eso no era del todo exacto. Del mismo modo que su libro preferido, El hacedor (1960), figura en algunas bibliografías como poesía y en otras como narración, y es las dos cosas, con el tiempo la escritura de Borges alcanzó la ambigüedad que él había ambicionado, y de ahí que sus otros dos libros preferidos fuesen El informe de Brodie (1970) y El libro de arena (1975) (aquellos en que Borges aparece como personaje), precisamente los que la crítica más académica suele postergar en favor de otros libros más puros, más genéricos, desde ese punto de vista más conservadores.

BORGES ANTES DE BORGES

«Mis buenas intenciones no habían pasado de las primeras páginas», dialoga Borges consigo mismo en uno de sus últimos relatos: Veinticinco de agosto, 1983, en La memoria de Shakespeare. Y una vez más enumera: «En las obras estaban los laberintos, los cuchillos, el hombre que se cree una imagen, el reflejo que se cree verdadero, el tigre de las noches, las batallas que vuelven en la sangre, Juan Muraña ciego y fatal, la voz de Macedonio, la nave hecha con las uñas de los muertos, el inglés antiguo repetido en las tardes [...] los falsos recuerdos, el doble juego de los símbolos, las largas enumeraciones, el buen manejo del prosaísmo, las simetrías imperfectas que descubren con alborozo los críticos, las citas no siempre apócrifas [...] la humillación de la vejez, la convicción de haber vivido ya cada día...».

Y queda uno admirado de la fidelidad de un autor a sus obsesiones, pues las que así enumera al final jalonan en efecto la obra y también la vida. Quizá en Borges se confirma que vida y obra son lo mismo. Como cuenta el biógrafo James Woodall en una biografía que destaca por su equilibrio entre las que ya se conocen (aunque acentúa el lado británico del escritor y exagera su europeísmo), ya de niño los tigres eran los animales preferidos de Borges, y no era fácil arrancarlo a su contemplación en un zoo próximo a su casa de Buenos Aires.

Y esa misma «forma que desde hace siglos habita la imaginación de los hombres» protagoniza Tigres azules, uno de los cuatro cuentos, los últimos, que conforman el volumen La memoria de Shakespeare, reunido por Alianza para integrarlo en la nueva Biblioteca; incluye también La rosa de Paracelso, cuyo comienzo figurará algún día en una antología de comienzos: «En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso le pidió a Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía».

Es sabido que Borges renegó siempre de tres libros escritos en la década de los veinte –suyos y del siglo–: Inquisiciones, El tamaño de mi esperanza y El idioma de los argentinos, hasta el punto de que rastreaba las librerías de lance de Buenos Aires para destruir los ejemplares que aún quedaran (en la moderna industria editorial no se hubiese tenido que preocupar). Y cuenta su viuda, María Kodama, en una Inscripción a la nueva edición de El tamaño de mi esperanza, que en 1971 un estudiante de Oxford rompió la ilusión de Borges de haber destruido toda la edición al contarle (entusiasmado) que podía estar tranquilo porque quedaba un ejemplar en la Bodleiana, la envidiable biblioteca redonda de Oxford. «¡Qué vamos a hacer, María, estoy perdido!», cuenta Kodama que dijo Borges «con una sonrisa».

Los tres libros malditos y sin embargo publicados de Borges por deseo de sus albaceas enriquecerán sin duda el viejo debate de si es legal y leal publicar lo que el escritor no quiso en vida, y no es este el espacio para dirimirlo. Sí conviene recordar que en el libro ahora reeditado Prólogos con un prólogo de prólogos, en el relativo a La metamorfosis Borges escribe: «Desoyendo la prohibición expresa del muerto [Kafka], su amigo y albacea Max Brod publicó sus múltiples manuscritos. A esa inteligente desobediencia debemos el conocimiento cabal de una de las obras más singulares de nuestro siglo». Y en una nota añade: «Si éste [el muerto] hubiese querido destruir su obra, lo habría hecho personalmente». Bien es verdad que Borges no tenía posibilidad de destruir lo que ya había sido impreso.

Se puede comprender, aunque tal vez disintiendo, que Borges haya querido destruir esos libros. El tamaño... no desmerece de otros ensayos posteriores y aporta un par de ellos reveladores sobre problemas de escritura, pero está escrito en un argentino a menudo forzado que Borges, según Kodama, rebuscaba en diccionarios. Tiene además una dedicatoria –«a los criollos les quiero hablar [...], no a los que creen que el sol y la luna están en Europa»– que quizá ruborizara luego al Borges ciudadano del mundo. Este patriotismo criollo, también presente en Fervor de Buenos Aires que inaugura la publicación de la poesía en tres volúmenes –«los años que viví en Europa son ilusorios / yo estaba siempre (y estaré) en Buenos Aires»– va perdiendo gas en El idioma de los argentinos e Inquisiciones, que son igualmente textos arqueológicos de Borges. Quizá convenga leerlos para comprobar el prodigio de la depuración de un autor.

Novedad también para los no especialistas es un Borges oral que recoge cinco lecciones de 1978 en la Universidad de Belgrano. Todas son magistrales, pero destaca la primera, El libro. Al igual que los prólogos y, también, la Biblioteca personal, contribuyen a configurar un divulgador que a mi juicio no ha sido valorado en lo que merece. Pues más allá de la teoría, difícilmente discutible desde la simple selección de la Biblioteca, incluso si es personal (en los prólogos hay inevitablemente alguna concesión a la amistad), de estas piezas se desprenden a veces pequeñas e intensas lecciones esenciales para entender a su autor. Como por ejemplo en el prólogo a La invención de Morel, de su amigo Bioy Casares, cuando recuerda que «en español, son infrecuentes y aun rarísimas las obras de imaginación razonada», y expone dos o tres grandes intuiciones sobre la escritura deliberada (la suya, la de Bioy) frente a la tradición naturalista.

01/01/1999

 
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