ARTÍCULO

Voces de la infancia

Espasa Calpe, Madrid, 227 págs.
 

El matriarcado. Hombres pueriles, indecisos, sin destetar. Hombres que viven al amparo de la madre, de sus mujeres y de sus hermanas. Viven para ellas en atención a los amores dispensados, porque ya se sabe: nadie mejor que una mujer para subir el ego y nadie mejor para dejarlo por los suelos. El matriarcado tiene mucho de chantaje emocional, ellas se agarran al primigenio recuerdo del pezón materno para maniatar el corazón de los vástagos. Aseguran así su posición en la familia, se hacen con las riendas de la casa y manejan los sentimientos en la dirección que convenga sus deseos y caprichos. Pero se paga un alto precio: la libertad del alma individual. Bombones de licor es eso, el matriarcado en su expresión más dura, a menudo cruel. Todas las pasiones, odios, amores, locuras y tiranías que favorece un régimen basado en la anulación del hombre y la rivalidad femenina.

El peso de la narración lo lleva Sara, una niña que empieza a conocer las pesadumbres y complejidades del mundo a través de los entresijos de su propia familia. Las escenas se nos muestran a través de su visión inocente y curiosa, como si mirásemos un álbum antiguo vamos entrando en los rincones del Buen Pastor, la vieja hacienda que ha visto amar y odiar a los Heredia. Los ambientes domésticos, el cocinero, la nani de siempre, esa gorda refunfuñona y fiel que trajinaba en la cocina, las frases misteriosas del universo adulto, las palabras que nos abrían el mundo, los yayos y yayas. Todo viene a completar el cuadro; bueno o malo, se respira el hogar. Es lo mejor de la novela, lo que le da empaque y pelea por salvarla. Por superar sus faltas.

Y es que muy pronto comenzamos a percibir algo molesto que no podemos determinar. La escritura es aparentemente perfecta y no parece haber motivo para el desasosiego que sentimos. Es el ritmo de la prosa, que pausado hasta lo monótono, insistente, tardo, nos atrapa en un redoble del que es difícil abstraerse. Con el paso de las páginas acaba por desaparecer, pero la sensación de claustrofobia rítmica dejará huella en los sistemas sensibles.

Bombones de licor crece muy despacio, sólo al final toma medida de sí mismo y se demuestra convincente en su propósito más claro: compartir la memoria. Lo malo es que para entonces lleva demasiado lastre. Dos son sus problemas principales. Por un lado la escasez del argumento, remolón e indefinido, no cuaja con una trama dispuesta en torno a multitud de personajes. Sólo impide que la novela se convierta en una narración susceptible de intrigas y sorpresas, resultado para el que sí estaba provista. Desgraciadamente tampoco opta de un modo directo por la llana remembranza, si no que se establece en medio de ambas posibilidades consiguiendo que la lentitud se apodere de ella. El segundo y más grave descuido consiste en la incapacidad de hacer creíble el tono predominante. Si es poco lo que está ocurriendo y poca es por tanto la implicación del lector con los actores, no encajan las emotivas sensaciones que se nos trata de imponer. Si el asunto es grave el tono no puede ser agudo, y no se logra turbar el ánimo cargando de inusitada intensidad cuatro frases. Ya que los personajes habitan en el recuerdo se hacía preciso un rápido transcurrir de las evocaciones para favorecer los sentimientos del lector, pues al fin y al cabo, nadie hace amigos por obligación. En cambio, Labordeta presupone una cercanía que desde fuera no se comparte, y por tanto nos excluye. Sobre todo al final de cada capítulo los efectismos poéticos y las exaltaciones repentinas nos colocan en primera línea de un encuentro entre desconocidos. Quizás la autora no acertó a distanciar los propios sentimientos y la emoción convirtió las esquinas del libro en su pañuelo de lágrimas (probablemente Bombones de licor sea una versión novelada de su infancia). Lo cierto es que con demasiada reiteración se explicitan odios y amores que no corresponden con lo realmente transmitido en el transcurso de las páginas. Otros méritos como el buen trato de escenas, decorados y ambientes, terminan por venirse abajo ante esa falta de criterio formal.

La última parte cobra un interés mayor. La lectura resulta más fluida y por fin se comienza a sentir y vivir más de cerca a los personajes. Es entonces cuando la familia Heredia se desvela como el recuerdo común de tantas sagas, y el lector conecta con su propia memoria para recibir aquellas voces de la infancia. Según la propia sensibilidad el efecto ha de ser más o menos intenso, sin embargo ya es tarde para recibirlo sin las dudas que ha generado el trazado de la novela.

01/02/2001

 
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