ARTÍCULO

Bolaño póstumo

Anagrama, Barcelona
470 pp. 20 €
Anagrama, Barcelona
184 pp. 16 €
 

Cuando muere un escritor, nace una obra completa. El proyecto de una vida se convierte en su archivo y el archivo en testimonio. Quedan a menudo reseñas, borradores, entrevistas, periodismo incidental, literatura de viajes y ensayos no recopilados que acaso iluminan una estética subterránea. Para los lectores dedicados, según la frase célebre del semiólogo Charles Pierce, «todo es signo». Es precisamente la noción de obra, sin embargo, la que entra en conflicto con esta expansión póstuma. En teoría, la periferia de papeles importa porque hay un sólido centro creativo; pero con las nuevas adiciones el valor del centro se vuelve incierto, como en esas ciudades que se extienden hacia los suburbios hasta que éstos resultan más atractivos que el casco histórico.
En el caso de Roberto Bolaño, que murió en la cumbre de su productividad, las publicaciones póstumas vinieron a confirmar su estatura, pero también a modificar su lugar en el paisaje de la narrativa contemporánea. El último libro que Bolaño publicó en vida, El gaucho insufrible, lo mostraba como cuentista avezado y austero; se trataba de su veta conocida, aunque lo conocido fuera muy bueno. La recopilación de los artículos periodísticos de Entre paréntesis nos reveló a un autor más informal y versátil, gran lector y provocador. Pero fue, sin duda, la publicación de 2666 lo que realineó la perspectiva. La novela era tan ambiciosa como Los detectives salvajes y al menos el doble de larga. Bolaño, a diferencia de tantos escritores que se inclinan hacia la mesura en la madurez, se adivina en ella más inflexible que nunca: 2666 es una novela desesperada, imbuida de nihilismo, en la que el autor y los personajes se debaten para encontrar una ética viable. Fundamentalmente, es una novela que aspira a decirlo todo y que corona a Bolaño como un gran escritor panorámico, tan latinoamericano como europeo.
Si el desarrollo literario del autor tiene un final nítido y rutilante, el arco que lo precede podría resumirse así: de poeta que fue en sus comienzos, Bolaño pasó a escribir cuentos, ocupó sin problemas el terreno difícil de la nouvelle y al final escribió la gran novela prometida. Pero esta descripción es sin duda demasiado simplista. La universidad desconocida y El secreto del mal, dos libros muy distintos, situados en los extremos opuestos de la carrera de Bolaño, ayudan a completar el cuadro. El primero es mayormente un documento de su aprendizaje literario; el segundo, un conjunto de ideas en las que Bolaño se encontraba trabajando al final de su vida y que quedaron, como explica el editor Ignacio Echevarría, incompletas en los archivos de su ordenador.
La universidad desconocida reúne casi toda la poesía que el autor escribió desde su llegada a España, en 1977, hasta mediados de los noventa, cuando «fijó el material acumulado» en un «grueso volumen mecanoscrito», listo para su publicación. El volumen es un florilegio de iné­ditos y textos conocidos, entre los cuales se incluye entero, por ejemplo, el libro de poemas en prosa antes publicado con el título de Amberes. Son poemas sobre la soledad, la pérdida, la pobreza y la deriva autobiográfica. En uno de los textos de Entre paréntesis, el autor dice: «Casi nadie lee mi poesía, lo que probablemente esté bien». Disentir sería difícil. Bolaño llegó a ser un gran escritor del fracaso, pero en sus comienzos españoles no fue un buen escritor fracasado. Más allá de cómo la oscuridad, el exilio o la falta de recursos lo afectaran personalmente, el problema estriba en que estas carencias aparecen reflejadas en una poética de lo banal que no se eleva sobre aquello que describe. Considérense estos versos: «Es de noche y estoy en la zona alta / de Barcelona y ya he bebido / más de tres cafés con leche». O: «Escucho a Barney Kessel / y fumo fumo fumo y tomo té / e in­tento prepararme unas tostadas». ¿Qué son sino un simple registro del aburrimiento?
En otras oportunidades se alude a la depresión, pero es la poesía la que parece deprimida. El poeta se refiere tediosamente al acto de escribir, perpetrando a veces verdaderos melodramas: «Dice el saltimbanqui: éste es el Desierto. / El lugar donde se hacen los poemas. // Mi país». Nótense los curiosos recursos gráficos y sintácticos, desde la estridente mayúscula de «Desierto» hasta los quiebros de puntuación y el remate cursi de «Mi País». Estamos frente a una poesía inmadura. Mirándola por el lado positivo, no hace sino mejorar con el tiempo. También es interesante notar que mejora cuando Bolaño abandona el verso en favor de la prosa. En el apartado «Gente que se aleja» (Amberes), escrito en prosas breves, hay más concentración de significado que en la mayoría de los versos precedentes. Y, una vez que Bolaño empieza a escribir prosa, hasta el verso gana impulso. Los «Poemas perdidos» que cierran el volumen son sin duda los más logrados. En uno de ellos, se dice, irónicamente, «así éramos los [poetas] Neochilenos / Pura inspiración / Y nada de método». Pero ahora el método guía la inspiración con firmeza.
En otro de los textos tempranos se lee: «La violencia es como la poesía, no se corrige». Parece en principio una comparación extraña (¿la poesía no se corrige?), pero no lo es tanto si se piensa en los surrealistas y en William Burroughs, referentes permanentes del autor. Bolaño conocía mejor que nadie la utopía de la escritura automática, pero extrajo de ella una ética de trabajo: no corregir es respetar una urgencia. Los textos de El secreto del mal son, en este sentido, un valioso testimonio. Y más aún por haber quedado en su mayoría inconclusos. Según Ignacio Echevarría, toda la narrativa del autor «parece regida por una poética de la inconclusión». Al mismo tiempo, admite la posibilidad de no concluir, sugiere que toda conclusión es una ficción artística, una licencia. En los textos de El secreto, Bolaño toma una idea cualquiera –V. S. Naipaul en Buenos Aires, una foto del grupo Tel Quel, una película de clase B– y escribe alrededor, le da vueltas, se aproxima y aleja hasta que las combinaciones ganan cuerpo. Probablemente, así haya compuesto las grandes novelas, que trabajan menos el argumento lineal que las resonancias internas. Uno no puede sino preguntarse, al leer estos borradores, qué estaría escribiendo Bolaño si aún viviera. Pero la mejor respuesta la encierran no tanto sus papeles dispersos como las novelas mismas, por las que empiezan los lectores y a las que sin duda cabe volver.

01/08/2007

 
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