ARTÍCULO

Leer ajedrez

Debate, Madrid
Trad. de Eduardo G. Murillo
384 pp. 19,50 €
Turner, Madrid
Trad. de Miguel Martínez-Lage y Carlos Pranger
320 pp. 24 €
 

Hace cosa de quince años, en una conversación con Antonio Gude, un enamorado del ajedrez que ha sido editor de varias revistas especializadas, además de autor, traductor y librero ocasional, se lamentaba de que en España no se leía sobre ajedrez. Los que aspiraban a dedicarse en serio al juego-ciencia estudiaban con ahínco las partidas recientes para estar al día y esperaban con impaciencia la llegada de la publicación yugoslava Informator con la selección de partidas del semestre profusamente comentadas. También de revistas rusas, como Shajmaty, con «recetas» que, aplicadas en Occidente, podían valer una victoria fácil. Los simples aficionados se afanaban con los trebejos y devoraban aburridos libros de aperturas para mejorar su preparación y sorprender al adversario. Ahora Internet ha cambiado los hábitos, y tenemos acceso casi en tiempo real a partidas jugadas en torneos de élite en cualquier lugar del planeta, así como potentes programas de juego y análisis. Sin embargo, no hay, por ejemplo, una cultura de los clásicos, pese a que abundan las recopilaciones de partidas de grandes jugadores del pasado, o tratados escritos por los mismos, y siempre se ha dicho que estudiar las partidas de Capablanca y leer a Reti o Nimzowitsch es preceptivo, aunque son más los que conocen de oídas sus libros que los que los han estudiado realmente. Con todo, siempre ha habido en España unas pocas editoriales de literatura ajedrecística, por lo general libros técnicos, o colecciones dedicadas a ella, como la añorada Escaques, de Martínez Roca, con la que crecí. Más raro era, y es, encontrar libros de ajedrez en editoriales y colecciones de carácter general (en su día Hijo del cambio, de Kasparov, lo editó Planeta), como los dos que aquí se reseñan.
El enfrentamiento por el campeonato del mundo de ajedrez de 1972 entre el estadounidense Robert James Fischer y el soviético Boris Spassky marcó a toda una generación. Escenificó como pocos otros eventos deportivos la Guerra Fría, la confrontación entre el individuo, un lobo solitario, héroe de un país inmerso en el pesimismo generado por la guerra de Vietnam, y la poderosa maquinaria de un régimen comunista decidido a demostrar su superioridad deportiva e intelectual sobre el capitalismo (el campeonato del mundo había estado en manos soviéticas desde 1948). Asimismo, señaló el boom del ajedrez a escala planetaria, con récords de juegos vendidos y libros publicados. George Steiner supo ver su importancia: obtuvo permiso de The New Yorker, se desplazó a Reikiavik para seguir el encuentro y contó su visión del mismo en Campos de fuerza (Madrid, La Fábrica, 2004). En Bobby Fischer se fue a la guerra, Edmons y Eidinow, periodistas de investigación de la BBC (Edmons es autor de El atizador de Wittgenstein, Madrid, Península, 2001), trazan con certera concisión los perfiles biográficos y la carrera de ambos jugadores hasta llegar al «Enfrentamiento del siglo» (Spassky como defensor del título conquistado en 1969, Fischer como aspirante), y analizan sus personalidades dispares señalando los puntos de encuentro, en los que casi nunca se repara: Fischer era excéntrico, inculto, obsesionado con el ajedrez, un «asesino psicológico» que sólo pensaba en la victoria y disfrutaba viendo desmoronarse el ego del adversario; Spassky, un caballero, educado, instruido, con otros intereses además del juego, pero también emocionalmente inestable y un individualista que continuamente desairaba al régimen soviético, al que no quedaba otra que mimar, irritado, a su rey. Extensamente documentado, apoyándose en materiales desclasificados años después de los hechos, como los informes del FBI sobre la madre de Fischer, en entrevistas con los protagonistas del acontecimiento (casi todos menos Fischer), Bobby Fischer se fue a la guerra narra, con precisión de entomólogo y ritmo e intriga de buena novela policíaca, los prolegómenos del enfrentamiento, las largas negociaciones, los desvelos de los desbordados organizadores islandeses, que tanto se jugaban en el encuentro, ante las constantes exigencias de los abogados de Fischer, las amenazas de cancelación de las autoridades soviéticas, la encrucijada en que se encontró la Federación Internacional de Ajedrez ante la incomparecencia del aspirante en la ceremonia inaugural, la intervención de Henry Kissinger pidiendo a Fischer que jugara. Asistimos igualmente al desarrollo del enfrentamiento entre bambalinas, a las partidas, las enconadas disputas entre el equipo de Fischer y Chester Fox, propietario de los derechos para televisión, las sospechas soviéticas ante el bajo rendimiento de su campeón en el primer tercio del campeonato (drogas, hipnosis, utilización de aparatos electrónicos, espionaje, filtraciones), la amistad entre Bobby Fischer y su guardaespaldas. En el último capítulo los autores repasan la vida de ambos contendientes después del enfrentamiento. No se recoge, obviamente, la inesperada muerte de Fischer en su exilio islandés en enero de 2008. Bobby Fischer se fue a la guerra es, además, el apasionante retrato de una época, la del fin de la Guerra Fría, del escándalo Watergate, del Bloody Sunday, del grupo Septiembre Negro o de los siete oros olímpicos de Mark Spitz. La traducción de Eduardo G. Murillo es buena en general, pero hay algunos errores, no sólo en términos y cuestiones técnicas. Por ejemplo, en la página 114 se menciona a un personaje llamado «Latvian», cuando se trata del «letón» Mijail Tal, campeón del mundo en 1960. En la página 242 se dice: «no pudo impedir que los peones de Fischer asediaran a la reina», cuando debería decir «coronaran». Alguno de los errores están en el original, como los «peones triplemente aislados» (p. 271) que son, en realidad, «doblados».
David Shenk ha condensado mil cuatrocientos años de historia del «juego por excelencia de las naciones civilizadas» (Benjamin Franklin), desde su aparición en la India (el chaturanga) hasta la era de los ordenadores capaces de vencer al ser humano, en La partida inmortal, libro excelentemente estructurado y escrito con ritmo y oficio narrativo. Son trescientas páginas de lectura amena repletas de información, curiosidades y anécdotas. Shenk, jugador mediocre, como él mismo reconoce, que ha pasado por etapas de intensa dedicación al juego y de abandono del mismo (aquí me siento plenamente identificado con el autor), elige como pilares de su historia la fascinación y la perdurabilidad del ajedrez. Fascinación como la que ejerció sobre Marcel Duchamp, el gran innovador del arte del siglo XX que se retiró en la plenitud de su fama para dedicarse obsesivamente al ajedrez, llegando a formar parte del equipo de Francia en las Olimpiadas de Ajedrez. La partida inmortal traza la evolución de las reglas del juego (parece que la introducción de la poderosa reina fue una idea de ajedrecistas valencianos como homenaje a la poderosa Isabel de Castilla), la relación del ajedrez con la galantería, la caballerosidad y la educación, el nacimiento de la especialización, de las grandes competiciones, de las máquinas y programas de juego que, en los albores del siglo XXI, derrotaron al campeón del mundo Gary Kasparov en un encuentro de gran resonancia mediática.
El título original, The Immortal Game, puede traducirse por «el juego inmortal» o «la partida inmortal», ambigüedad que se pierde en castellano. Entreverados con los capítulos de historia hay otros en los que se analizan los movimientos de la célebre «partida inmortal», una de las más brillantes de todos los tiempos, un encuentro amistoso entre el alemán Adolf Andersen y el francés Lionel Kieseritzky, que se celebró en el Simpson’s Grand Divan (el local aún existe en The Strand, convertido ahora en un próspero pub y restaurante) de Londres el 21 de junio de 1851. En estos capítulos, que oportunamente nos desvían del tema central para tratar en paralelo otros asuntos, más relacionados con la práctica del juego, Shenk se centra en el drama humano que significa una partida de ajedrez y reflexiona sobre aspectos como el talento y la ambición o el ajedrez como arte. El libro gana en interés al alcanzar el siglo XX, con notables incursiones en la relación del ajedrez con las ciencias cognitivas, los desórdenes mentales (a la luz de las teorías freudianas), los totalitarismos (este último una espléndida panorámica del sistema y la escuela soviéticos y la significación del enfrentamiento Fischer-Spassky) y la inteligencia artificial. Los tres jugosos apéndices están dedicados a las reglas del juego, a la «partida inmortal» en imágenes, con un diagrama por movimiento, y una selección de cinco grandes partidas de todos los tiempos, y al artículo «La moral del ajedrez», de Benjamin Franklin, publicado en 1786, que se reproduce íntegro.
El manejo de fuentes es abrumador. Hay veintitrés páginas de notas, y en casi todas una cita o referencia. Trenzando con maestría la historia del juego, la partida inmortal y la historia de su antepasado Samuel Rosenthal, judío polaco emigrado a Francia, donde se convirtió en el mejor jugador del país en el último tercio del siglo XIX, Shenk evita la aridez de obras académicas, como la monumental A History of Chess de Harold J. R. Murray (Oxford, Oxford University Press, 1913), para construir una atractiva novela del ajedrez, en la línea del reciente El ruido eterno de Alex Ross (Barcelona, Seix Barral, 2009), espléndida novela de la música del siglo XX. La correcta traducción de Miguel Martínez-Lage y Carlos Pranger hace agua cuando el libro toca aspectos técnicos, tanto de ajedrez como de matemáticas o informática. Así, a lo largo del libro se habla de «variaciones de apertura», en lugar de «variantes». En la página 219 leemos «descomposición primaria», donde debería leerse «descomposición» (mejor aún «factorización») «en números primos». En la página 228 se habla de los «circuitos integrados en silicona», como si fueran prótesis mamarias, en lugar de traducir correctamente «silicio». Los «billions» ingleses son traducidos por «billones», en vez de «mil millones», que es lo correcto en español. Son errores irritantes que no deben alejarnos de este excelente libro, demostración de que la cultura es de Letras y que el analfabetismo científico es tolerado. Peor aún es el que se muestra en la contraportada. Tras las palabras «Guerra Fría» leemos: «(¿quién no recuerda a Karpov y Kasparov?)».

01/06/2010

 
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