ARTÍCULO

Vida y literatura

plaza & Janés, Barcelona, 1997
157 págs.
 

Parece que en los últimos tiempos le han salido muchos epígonos a cierto tipo de literatura, llamémosla débil, que tanto ha prodigado modélicamente algún que otro expendedor dominical de moralina carmesí, consistente en confundir la vida (por supuesto en su sentido más emotivamente epidérmico) con la literatura (esto es, la transubstanciación iluminadora de la realidad mediante el lenguaje) y que basa toda su estrategia en la trituración de los sentimientos más superficiales, reiterados una y otra vez en busca de un público poco exigente que, al igual que antaño se emocionaba con los seriales radiofónicos presentados con el famoso marbete de «real como la vida misma», lo hace ahora, que somos todos más cultos y leídos, con estas pretenciosas insulseces sobre las que, por otro lado, nada habría que objetar si no pretendieran presentarse bajo el formato de «literatura». Pues es en esa impostación y tergiversación de los valores donde radica la inmoralidad de estos artefactos inanes, no en su derecho a ocupar la mente y el corazón de los lectores en colecciones adhoc, como siempre las hubo, sino en la confusión editorial que produce en el público atento a la actualidad el hecho de que estas «historietas subliterarias» se presenten en formatos que hagan pensar (y comprar, y leer) lo que no son.

El leitmotiv arquetípico es bien sabido: mujer madura (en un sentido amplio) que mantiene una serie de frustrantes relaciones sentimentales o eróticas y que, tras sufrir alguna tragedia radical (muertes, abandonos), un día toma la voluntariosa decisión de cambiar radicalmente de vida y «alzar el vuelo», salir del jardín, vivir su pasión más o menos otomana o descubrir que la soledad era esto: ser auténticas y realizarse como ellas mismas. Los últimos premios Planeta, ciertos decaimientos comerciales de escritores en otro tiempo más incisivos, y una nueva hornada de debutantes, entre las que se encuentra Dulce Chacón, han seguido la senda abierta por tan egregios y comerciales maestros para mostrarnos un pedazo del «eterno femenino», sin ocuparse antes de indagar mínimamente en los pormenores de un género tan delicado y difícil como el de la novela corta.

Lo peor de ésta no es que la historia carezca de interés, que los personajes que se dibujan no tengan la mínima consistencia, ni siquiera que la trama se diluya en tres o cuatro microsucesos (Ulrike y Heine, la separación de Carmela, la doble relación de Blanca con Peter y con José), cuando la exigencia de un relato tan breve habría requerido una mayor concentración en los problemas e indecisiones de la protagonista, o haberse decidido por abordar cada una de esas historias con profundidad, para lo cual habría necesitado el mayor espacio de una novela; lo peor, decía, es la indolencia con que se escribe la historia, como si la famosa verosimilitud aristotélica hubiera periclitado, como si diera igual que las peripecias relatadas, sobre todo aquellas presuntamente dramáticas o más significativas, abochornen al lector, paralizado, y hasta perplejo, por la ridícula ramplonería con que se relatan escenas como la muerte de Ulrike o la seducción de José; o que sonría irónico al descubrir que alguien puede mirarse en un espejo para retocarse los labios en la oscuridad de un cine, no asombrarse de que Blanca se tropiece con José en Holanda «porque el país es muy pequeño», o que sin saber una palabra de alemán asistiera «a la conversación sin entender nada. Le interesaba el tema y era incapaz de comprender». O explicar que la autopista por la que circulan camino de Berlín es la «carretera que poco antes había sido, junto al ferrocarril, el camino de acceso por tierra a la ciudad del muro» (o ya no lo es, o falta el adjetivo «único», o ahora esa carretera es un acceso aéreo o subterráneo). Como explicar la tristeza del abandonado José y decir: «Buscaba a Blanca, y mirando a la gente se dio cuenta de que nadie se parecía a ella». En otro orden de cosas, las reflexiones más profundas adquieren este cariz: «Un mes no pasa pronto. Tarda en pasar el mismo tiempo que dura la espera. Y tarda más cuando se espera algo probable, improbable. Vendrá. No vendrá».

El problema no es encontrar tal o cual gazapo, quién está libre de ellos, aunque en este texto se los tropieza uno en cada página, lo malo es que es la trivialidad quien regenta el armazón de todo lo que se narra en Blanca vuela mañana, una trivialidad, presumo que autocomplaciente, de quien descubre de repente lo «fácil» que es hacer literatura: basta llenar cien folios con sentimientos «vitales». Esta indolencia feliz rige todos los órdenes del relato, desde el estilístico hasta el de la trama, por no hablar de la concepción del mundo que un texto tal puede transmitir. Insisto, nada que objetarle a Blanca vuela mañana como melodrama rosáceo y femenil de larga, y ejemplar, tradición, mi objeción aparece cuando se intenta hacer pasar la gata de la subliteratura por la liebre del arte, y en ello, me temo, son cómplices los editores que contribuyen a la confusión mezclando en la misma colección churras con merinas y los críticos que callan o que juegan al arabesco y la complicidad, acaso por razones extraliterarias. Flaco servicio a la literatura. A este paso harán buena a Corín Tellado. Cuando todo vale, cuando el criterio moral y estético no es el de escribir, sino el de «publicar», entonces es que nada vale. Y si la sintaxis es una propiedad del alma, lo último que deberíamos perder son las formas.

01/05/1997

 
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