ARTÍCULO

Bizancio y sus héroes

 

Cuando don Francisco de Quevedo escribió su soneto dedicado al conde Belisario, general de los ejércitos del emperador Justiniano, hacía ya más de cien años que el nombre de Bizancio había pasado a la leyenda y la historia. Lo que queda de Bizancio, aún hoy, es un fabuloso legado para la imaginación: Constantinopla, la segunda Roma, ha dejado un rastro de heroísmo crepuscular que han seguido historiadores como Gibbon a lo largo de cientos de páginas. Quizá el nombre de Belisario haya ejemplificado mejor que ningún otro aquel mundo azaroso en el que la rueda de la Fortuna podía convertir a una saltimbanqui en emperatriz y a un general en mendigo, como recuerda Quevedo: «Viéndote sobre el cerco de la luna / triunfar de tanto bárbaro contrario, / ¿quién no temiera, oh noble Belisario, / que habías de dar envidia a la Fortuna?». Afortunadamente para los amantes de este mundo tan sugerente se acaba de publicar –cuando se cumplen quinientos cincuenta años de la caída del imperio– un libro que reúne tres poemas bien diferenciados bajo el título Poesía heroica bizantina. El libro, de hermosa factura, supone un viaje por cuatro siglos de poesía griega medieval. Antes de sacarlo del anaquel y abrirlo tal vez sea bueno hacer memoria de dos fechas que marcaron la edad heroica bizantina. La primera, el 20 de agosto de 636. A orillas del río Yarmuk, se decidió la suerte del Imperio Romano de Oriente cuando las tropas del emperador Heraclio, tras rechazar a los persas, sucumbieron ante un nuevo poder que emergía en la frontera oriental: los árabes. Desde entonces el imperio se mantuvo en estado de permanente defensa durante los ocho siglos que le restaban de vida. La segunda fecha que hay que recordar es el año 838: la toma de la ciudad de Amorio, cuna de la dinastía «amoriana», a manos del califa Mutasim supuso un golpe durísimo para los romanos de Oriente. Y este es el marco de la épica bizantina, alejada de la fría crónica oficial, llena de vida y heredera de pleno derecho de los poemas homéricos. No en vano se habla de la poesía «akrítica» o de fronteras (akrai) como el segundo ciclo heroico griego, tras el de Troya. (El tercer ciclo, el «cléftico» –por klephtes, «ladrón»–, surgirá ya bajo dominación otomana y cantará las hazañas de los bandoleros griegos.) Los poemas «akrítica» son un canto en honor de los héroes fronterizos que, como nuestro Cid, viven en los márgenes y guardan la tierra de nadie que separa a cristianos y árabes. La edad épica de Bizancio se sitúa entre los siglos IX y X , cuando las tensiones políticas en el imperio oscilan entre la capital y la periferia. A un lado de la balanza pesa la perla del Bósforo, Constantinopla, con su pompa y sutileza, sus intrigas palaciegas y teologales entre los gritos de las facciones del hipódromo; al otro, los márgenes del imperio, criadero de duros hombres de frontera, que, como Digenís, «de doble estirpe», representan la fusión entre dos mundos. Pero volvamos a los poemas abriendo el libro en cuestión. Comienza éste por la Canción de Armuris, una creación del primer milenio con todo el empuje guerrero de esta tierra sin ley. Tras la catástrofe de Amorio, el imperio ha de reaccionar o morir. Y lo hace con la pujanza del joven Armuris, que emprende sus andanzas emulando a sus ancestros. El héroe simboliza, en palabras de Óscar Martínez García, traductor de la obra, al «hijo de los más de cinco mil griegos a los que los árabes hicieron cautivos en el saco de la ciudad». Así, con este espíritu de revancha, empieza lo que queda escrito de la épica bizantina. Digenís Akritas es el canto a su héroe por excelencia: en sus muchas vidas, versiones y reescrituras –en prosa y verso, en lengua culta y popular, en griego, árabe o eslavo– este hombre de frontera, hijo de un emir y una griega, encarna como ningún otro el complejo mundo bizantino, encrucijada de griegos y bárbaros, cristianos y paganos. Digenís es un paladín que se enamora de su dama, pero que no duda en secuestrarla; un campeón que vence a la amazona Maximo, luego la viola y, avergonzado, la mata. Un héroe brutal y religioso, de espada fácil y corcel polvoriento. Un héroe cuya última preocupación antes de morir es que su esposa vaya a escuchar lo que de él dirá la posteridad. Así será también la muerte de Bizancio siglos más tarde, un eterno eco de hazañas improbables. Por último, el Poema de Belisario es una recreación tardía de las aventuras del legendario general que reconquistó África de los vándalos e Italia de los godos, permitiendo soñar a los romanos, aunque brevemente, en convertir de nuevo el Mediterráneo en un mare nostrum. El tiempo que media entre el siglo VI , siglo de Belisario, y el XV , fecha de la refundición literaria que nos ha llegado, desvirtuó los hechos históricos que devinieron en pura leyenda. De la vida y hechos de Belisario, la «flor de los romanos», sabemos por historiadores como Agatías o Procopio de Cesarea. Pero es fama que el general acabó sus días cegado y mendigando a causa de la envidia de un emperador celoso. «La fe de Belisario vale para él más que cincuenta Italias y cien Áfricas», dice Robert Graves en El conde Belisario (1938): su lealtad al emperador se convirtió en legendaria. Y leyenda es también su figura en este poema: no es ya el África vándala del rey Gelimer la conquistada, sino nada menos que la lejana Inglaterra. El anónimo poeta añora aquella época gloriosa, al ver la amenaza turca ya a las puertas de la ciudad, y achaca a la envidia todos los males de Bizancio. Qué mejor ejemplo para un imperio ya agonizante que el recuerdo, incluso imaginado, de su mayor esplendor. En cuanto a esta nueva traducción española –pues estos tres poemas ya fueron vertidos al castellano en 1981, 1983 y 1994–, hemos ganado una versión muy ajustada y de calidad literaria que recrea el brillante mosaico de lo que fue Bizancio: un híbrido entre la tradición de la Grecia clásica, el cristianismo y la barbarie. La afortunada elección de estas tres teselas nos dan buena idea de la variedad de registros del medioevo griego. En resumidas cuentas, este libro que ahora cerramos propone un recorrido por la edad heroica de un imperio en eterna pero gloriosa decadencia. La Canción de Armuris y su sobrecogedor comienzo («Hoy otro es el cielo, hoy otro es el día / hoy los jóvenes señores saldrán a cabalgar»), el Digenís Akritas, flor de la literatura bizantina y reflejo de una sociedad de eterna frontera y, por último, el crepuscular Poema de Belisario, conforman un conjunto de gran valor y fuerza estética, un panorama ciertamente completo de Bizancio y sus héroes.

01/02/2004

 
ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
2 + 2  =  
ENVIAR
 
 
OTROS ENSAYOS DE DAVID HERNÁNDEZ DE LA FUENTE
RESEÑAS

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
RESEÑAS
Iberdrola
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
  Patrocinadores RdL