ARTÍCULO

Caudillo romántico

 

«Pregunta.– Decid el credo progresista. Respuesta.– Creo a pie juntillas en todo lo que cree el excelentísimo señor don Juan Prim y Prats y creo que todo lo que hace este caballero está perfectamente hecho; en primer lugar, porque sí y en segundo lugar, porque también». Este pequeño fragmento del «Catecismo progresista» en versión del célebre semanario barcelonés La Flaca constituye, aun en su manifiesta clave satírica, una magnífica caracterización de cuál era el ascendiente ideológico, la capacidad decisoria y el poder –a secas– del dirigente liberal después de la Revolución de 1868 que destronó a Isabel II. En ese pequeño lapso de poco más de dos años, entre la Gloriosa y el atentado que le costó la vida en diciembre de 1870, llega a su culminación político-militar una de las carreras más fulgurantes y espectaculares de nuestro agitado siglo XIX . Los que desde una u otra perspectiva nos hemos asomado a ese período histórico contábamos con un conjunto no desdeñable, en términos relativos, de estudios que, sin ser estrictamente biográficos en buena parte de los casos, se ocupaban extensamente del personaje. No faltaban, por otro, lado biografías clásicas, como las muy antiguas pero muy completas de Giménez Guited (1860, 1871) y Orellana (1871-1872), y la muy documentada y mucho más reciente (1952, 1975) de Olivar-Bertrand. Pero lo que sí faltaba obviamente era una actualización, una puesta al día, y ahora el renacimiento del género biográfico posibilita, una atención renovada hacia la figura sugestiva de Prim: no uno, sino dos estudios aparecen ahora en las librerías. Una coincidencia que constituye, ocioso es decirlo, un auténtico regalo para el público interesado, con el morbo de poder comparar los distintos parámetros con los que se juzga al héroe desde Madrid (Emilio de Diego) y desde Cataluña (Pere Anguera). En contraposición a otras grandes figuras de nuestra historia, que han sido recientemente defendidas o reivindicadas en las páginas (numerosas, por cierto) de estos dos libros vamos a encontrarnos con el Prim clásico, el soldado de honor y gloria tal como ha quedado en la memoria histórica, libresca y popular: jefe de un acusado magnetismo personal, solidario con sus compañeros de armas, valiente y arrojado hasta la temeridad, sensible ante la llamada de su tierra natal, ardiente defensor de la libertad, estadista prudente cuando llega la hora, ambicioso siempre, masón, brutalmente racista (sobre todo durante su mandato en Puerto Rico), intrigante, oportunista, cruel, seductor, bon vivant, pagado de sí mismo... Se puede hallar una acusada impronta de Prim en cualquiera de sus actividades o en casi cada etapa de su vida, de modo que no es raro que carácter tan marcado terminara siempre generando, allá donde fuere, sentimientos tan extremos como contradictorios, desde la fascinación a la repugnancia. Por otro lado, a nivel formal, los dos libros que comentamos tratan de sujetarse básicamente a los patrones clásicos de grandes biografías que, al socaire de la exitosa estela anglosajona, ha hecho también fortuna en nuestros lares: una exposición rigurosamente ordenada desde el punto de vista cronológico, sin saltos en el vacío o digresiones que despisten; descripción del momento histórico a grandes rasgos, y mediante eficaces y oportunas pinceladas, con una atención preferente en este caso, dadas las características del biografiado, hacia el ámbito político; y un lenguaje claro y accesible para todos, que no está reñido con la utilización de un amplio bagaje bibliográfico que se manifiesta en múltiples notas, a pie de página (De Diego) o al final del libro (Anguera). Esas disposiciones no hacen más que traducir o concretar los nuevos aires que soplan en el ámbito de las ciencias historiográficas, en el que las habituales referencias a las estructuras, clases y grandes magnitudes como elementos explicativos esenciales han sido sustituidos por la atención a las personas concretas, el protagonismo de la voluntad humana y la iniciativa individual. En consonancia con ello, la atención al contexto no llega nunca a difuminar a quien ahora es el auténtico protagonista, hasta el punto de que puede decirse que las menciones al ambiente se hacen sólo en la medida en que resultan imprescindibles para entender la conducta del personaje. No es éste lugar para consideraciones más pormenorizadas en este sentido: entiéndase tan sólo como una constatación. Todo lo expuesto no implica, sin embargo, como el lector agudo barruntará, que estemos ante dos obras básicamente coincidentes. Ya desde el principio, un buen observador habrá reparado en la significativa disparidad de subtítulos, que nos dan una pista importante para ver por dónde van los tiros. En efecto, y para no citar más que uno de los múltiples matices posibles, el «conspirador» que aparece como concepto clave en la portada del libro de Anguera y que luego se reafirma rotundamente en el interior («la biografía de Prim es la de un conspirador», pág. 8) no puede ser aceptado sin más por De Diego, que ve en el de Reus a un auténtico estadista que, en todo caso, juega la carta de la conspiración cuando no le queda más remedio por tener cegada la vía pacífica de acceso al poder (págs. 259, 264). En consonancia con este retrato, De Diego termina implicándose ardientemente en defensa del personaje (modelo de pragmatismo, moralidad y autocontrol, pág. 332), en tanto que el profesor catalán mantiene una actitud mucho más distanciada y circunspecta (véase, por ejemplo, la valoración del Prim represor de 1843, págs. 160-161). De hecho, digámoslo ya abiertamente, el Prim de Anguera no es precisamente un modelo de ética política, sea cual sea la óptica desde la que se le aborde: «chaquetero», oportunista, ambiguo, contradictorio o acomodaticio serían adjetivos que cuadrarían con su talante y trayectoria (pág. 398), si bien es cierto que el biógrafo apenas utiliza esos calificativos ni realiza por lo general valoraciones explícitas, procurando siempre que los acontecimientos hablen por sí solos. Visto más de cerca, el hombre de carne y hueso no mejora a la figura pública: aficionado a la ostentación, con una ambición sin límites, cruel en el campo de batalla, asiduo de los prostíbulos y, al final, cazador de una buena dote (págs. 42-45, 276-277). Por el contrario, De Diego nos presenta a un hombre valeroso y de principios, leal con sus amigos y amante de su familia; una personalidad desbordante, que se compromete con la causa de la libertad pero sabe igualmente mantenerse firme contra la desmesura y la demagogia de los radicales; un político sereno y flexible, patriota desinteresado y, en fin, un modelo de estadista responsable (págs. 320-321, 399). Mientras que Anguera destaca siempre que puede la catalanidad de Prim, De Diego subraya que su catalanismo fue indisociable de su españolismo y, en este sentido, como repite en varias ocasiones, sigue siendo un ejemplo a imitar. En tanto que el primero pone de relieve sus contradicciones, el segundo detecta, pese a ocasionales zigzagueos, una gran coherencia de fondo en su trayectoria política. Para no hacer interminable el cuadro de matices diferenciales, digamos en definitiva que el tono minucioso y frío, casi notarial, del profesor catalán se trueca en el libro del madrileño en concisión, proximidad y empatía: la biografía de éste, menos prolija, más dirigida hacia el gran público, ocupa casi la mitad de páginas que la otra. Podemos hablar por tanto de distintas tonalidades, dos Prim no coincidentes, aunque sería exagerado decir que contrapuestos o irreductibles. Nada extraño si se tienen en cuenta las pasiones encontradas que ya despertó en su momento el «gran plebeyo de ayer, gran aristócrata de hoy, que principió por aprender a ponerse los guantes y ha concluido por vivir en palacios», según reza el libelo que recoge Anguera (pág. 608). O, para terminar como al principio, con una andanada de La Flaca recogida por De Diego (pág. 394), Prim podría ser el autor del libreto de El arte de conspirar, obra en dos partes, «El criminal» y «El héroe»: ambos papeles serían desempeñados por el mismo autor.

01/03/2004

 
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