ARTÍCULO

Las reinas y los molineros, o para qué sirven las biografías

 

El prefacio de uno de los libros de historia más influyentes del siglo XX comenzaba así: «Antes era válido acusar a quienes historiaban el pasado de consignar únicamente las "gestas de los reyes". Hoy día ya no lo es, pues cada vez se investiga más sobre lo que ellos callaron, expurgaron o simplemente ignoraron». Venticinco años después de la sentencia de apertura de El queso y los gusanos, de Carlo Ginzburg, el consenso al respecto es tal que, en este cambio de siglo, escribir sobre reyes y reinas, intentar sus biografías o discutirlas, parece requerir una justificación previa que asegure su interés. Un interés que, paradójicamente, suele implicar más de una pregunta acerca de su representatividad –su identidad como «personaje común»– que una valoración de los atributos de poder extraordinarios que se les supone en la afirmación del historiador italianoC. Ginzburg, El queso y los gusanos, Barcelona, Muchnik, 1981.

La obsesión por la representatividad implica, sin embargo, tantos riesgos como peligros trata de evitar. Huyendo del desprestigio asociado a las biografías clásicas de los grandes personajes, tratando de soslayar la acusación de una vuelta a la «historia desde arriba», la opción aparentemente más segura es la de sumergirlos en un entramado más o menos complejo de determinaciones históricas que les definen, les limitan y, en última instancia, les convierten en históricamente intercambiables. El fantasma de la biografía personalista y/o hagiográfica es sustituido por la despersonalización extrema de los sujetos en análisis convirtiendo de paso, e inadvertidamente, la empresa biográfica en irrelevante.

Bien entendidas, sin embargo, las historias de aquellos a los que un día se les supuso el pleno poder de callar, expurgar, o simplemente ignorar, no hacen sino llevar al extremo el dilema metodológico clásico entre individualismo y holismo y, con él, los problemas constantes de la escritura histórica. En este sentido, quizás, las reinas y los reyes (y mucho más las primeras que los segundos) deberían ser tratadas de forma similar a cómo Ginzburg trató al molinero Menocchio: como casos límite, seres excepcionales normales que suscitan, intensamente, el problema del alcance y los contornos de la libertad y la racionalidad de los agentes socialesComo descubrió, por ejemplo, Jacques Le Goff al escribir sobre Saint Louis, París, Gallimard, 1996.

I. La obra de Flora Fraser sobre la reina Carolina de Brunswick –esposa de Jorge IV de Inglaterra– constituye un inteligente ejercicio de virtuosismo narrativo en el más rancio estilo de la «alta biografía» británica. Una tradición larga y sólida, arropada por un público lector entusiasta y por una adhesión inquebrantable al individualismo como principio rector de la autorrepresentación británica. La oportunidad de su publicación –en pleno frenesí popular ante la muerte de Diana de Gales, respecto a cuya trágica vida privada y favor público los lectores quisieron encontrar estrechas similitudes– convirtió esta obra en un fenómeno editorial en el mundo anglosajón.

Sin embargo, la obra merece la lectura por diversas razones. Entre ellas no es la menor su capacidad para soslayar brillantemente algunas de las «ilusiones biográficas» más frecuentes en obras más cómodamente instaladas en la respetabilidad académica. Nada hay de predeterminado y necesario –coherente y unitario– en el magnífico relato de Fraser del proceso de conversión de una inexperta y poco educada princesa alemana –casada a los diecinueve años con un príncipe de Gales bígamo, corrupto y libertino– en una hábil manipuladora de la opinión pública y de los intereses políticos encontrados de la corte y el Parlamento británicos en la agonía del mundo de los Hannover. Una mujer que, al negarse a asumir el papel de esposa sumisa y casta, resignada a las legítimas veleidades y brutalidades de su marido, se convirtió en el centro de atención –la excusa, pero también la ocasión histórica– para la más grande movilización popular del período postnapoleónico en Inglaterra.

El famoso «affair de la reina Carolina» –suscitado por el intento de Jorge IV de anular los derechos de su esposa y divorciarse de ella acusándola de adulterio– ha mantenido perpleja a la historia social británica hasta la actualidad. Aquella extraordinaria agitación política –que aunó en favor de la reina a whigs y radicales, a las clases medias reformistas y a los líderes del incipiente movimiento obrero– fue calificada por el menos condescendiente de los historiadores, E. P. Thompson, como un «disparate que es mejor ignorar», el episodio más embarazoso de la historia del radicalismoE. P. Thompson, La formación históricade la clase obrera en Inglaterra, Barcelona, Crítica, 1989, vol II. págs. 309-310. Al reseñar el trabajo de I. Prothero, Artisans and Politics in Early Nineteenth-Century London, Londres, Folkestone, 1979, Thompson rectificó en lo relativo a la absoluta irrelevancia del «affair» pero siguió considerándolo un movimiento disparatado..

Sin embargo, a partir de entonces, nada fue igual en la percepción de la capacidad de control de la monarquía por parte de la ciudadanía británica. Al insertar en pleno debate constitucional y social –un año después de la «masacre de Peterloo»– la discusión pública de la vida privada de los reyes, aquel «disparate» contribuyó decisivamente a forzar la aceptación por parte de la monarquía –como luego demostrarían Guillermo IV y sobre todo la reina Victoria– de su papel como institución simbólica, despojada de poder político efectivo y situada críticamente en los intersticios entre lo público y lo privado.

Flora Fraser estudia ese proceso desde arriba y desde dentro. El enfoque plenamente aristocrático del personaje no permite proporcionar claves analíticas sustanciales sobre la red de relaciones y suposiciones en torno a la identidad femenina, el papel de la familia y los límites del poder monárquico, que unieron brevemente a la reina Carolina con la multitud interclasista que la apoyó. En este sentido, sus limitaciones metodológicas son evidentes. La vieja tesis de la manipulación de la opinión pública (compartida por cierto por la historia social «desde abajo») se explica en términos de la identificación entre los motivos de descontento y rebeldía populares y los de una mujer ultrajada por un rey que representaba todos los vicios de la «vieja corrupción». Fraser, sin embargo, es sumamente eficaz al describir esos vicios en su concreción cotidiana, ofreciendo un fresco insustituible del carnavalesco mundo de la corte inglesa de principios del siglo XIX ; un mundo conmovido por el fantasma revolucionario y por el acelerado cambio social que reacciona compleja (y perplejamente) ante la pérdida, no sólo de poder político, sino también, y sobre todo, de independencia personal, de un estilo de vida que ya no podía sentirse ajeno a las normas, los valores y la crítica de la sociedad moral de clases medias que se asentaba entonces. La excepcional historia de la reina Carolina refracta espléndidamente ese mundo en decadencia, las condiciones posibles de su subversión y los límites personales y colectivos de la misma.

II. Como dijo un contemporáneo, la reina Victoria heredó un trono ocupado sucesivamente «por un imbécil, un libertino y un bufón»Cfr. Dorothy Thompson, Queen Victoria.the Woman, the Monarchy and the People, Nueva York, Pantheon, Books, 1990.. Su coronación se produjo en medio de oscuras intrigas familiares, cuando el prestigio de la monarquía estaba en su punto más bajo y cuando confluían en torno al movimiento cartista buena parte de las corrientes radicales agotadas en la década de los veinte. Estas precarias condiciones iniciales no impidieron que, a su muerte, la monarquía británica ofreciese al mundo la imagen de una institución sólidamente asentada «en el corazón de sus súbditos», capaz de facilitar el tránsito ordenado hacia un parlamentarismo liberal pleno e incluso, desde él, hacia la democracia. Para entonces, la reina tenía menos poder político que nunca y, sin embargo, el día de su entierro, hasta las prostitutas de Londres se vistieron de lutoLas verdaderas intenciones de aquella señora, en un día que podía ser especial y morbosamente proclive a su comercio, no vienen al caso. Sí, en cambio, la valoración del espectáculo social en que se había convertido la monarquía británica, y la propia reina Victoria, a principios del siglo XX . Ver, por ejemplo, A. Munich, Queen Victoria's Secrets, Columbia University Press, 1996..

La obra de Margaret Homans se inscribe en la llamada «nueva historia cultural» anglosajona (deudora, en buena medida, de la metodología de Ginzburg), así como en la más reciente historiografía feminista ocupada en superar la vieja historia de denuncia de la opresión, la subordinación y la pasividad forzada de las mujeres. Su objetivo consiste en la valoración cruzada de los efectos socioculturales de la imagen construida en torno a la reina Victoria y el papel desempeñado por la propia reina en su fabricación. Es decir, el grado de responsabilidad e intencionalidad que cabe atribuirle, como sujeto individual, en la estabilización de la monarquía británica a través de su adecuación a los valores burgueses de moralidad, autocontrol, razón y mérito. Valores tan ajenos a las vidas privadas de los últimos Hannover como centrales en la definición de la monarquía y de las mujeres victorianas. Como dijo el Daily Telegraph en 1868, ambas debían proyectar a través de la reina una imagen «consistente en la más completa pasividad y neutralidad». De esta forma, su vida privada podía convertirse en un valor político y actuar como caja de resonancia de dos discursos aparentemente disociados: el de la feminidad y el monárquicoNo es necesario recurrir a la teoría feminista para llegar a esta conclusión. Ya lo hizo –aunque sin extraer todas sus consecuencias– Walter Bagehot en The English Constitution (1867). Merece la pena utilizar la edición de Fonatan Press de 1993 con introducción de Richard Crossman.

Desde este punto de partida, la obra de Margaret Homans –al tiempo que ilumina la política y la cultura victorianas– permite reflexionar sobre la esencia misma de la biografía como género a través de su capacidad para suscitar todas y cada una de las preguntas relevantes (y concretas) sobre el carácter construido y al tiempo intencional y potencialmente transgresor de las identidades sociales, sobre los espacios de intersección entre necesidad y libertad, sobre las formas (concretas y posibles) de configuración de las experiencias, identidades y acciones de los agentes históricos; y entre ellos de las reinas. Se evita, así, la manida (e inútil) consideración de la reina Victoria como un mero epifenómeno de su tiempo, un icono cultural (que también lo fue) sujeto a representaciones y cambios sobre los que, en el mejor de los casos, no tuvo más capacidad de control que una subordinación interesadaEn su reciente síntesis en castellano sobre la era victoriana, Esteban Canales, confirma esa opinión muy generalizada concluyendo, demasiado rápidamente, que el balance final del reinado de Victoria «tuvo menos que ver con la actuación de la soberana que con la fuerza de cinscunstancias más allá de su control», La Inglaterra victoriana, Madrid, Akal, 1999, pág. 215..

Al tratar de rescatar a Victoria de la condescendencia de la historia, Homans lleva hasta el extremo los límites de una interpretación que, en ocasiones, depende más de su poder de persuadir que de su capacidad de demostrar. El análisis sintomático de la cultura victoriana, y de la propia reina, comparte con la historia del molinero Menocchio la audacia y los riesgos de una mirada que tensa en exceso la suspensión de la incredulidad del lector. Por ejemplo, cuando establece parecidos de familia tan improbables (excepto al nivel más alto de abstracción) como el postulado entre la poetisa Elizabeth Barret Browing y la reina; o cuando atribuye a ambas el recurso (tan femenino) de aceptar activamente su impotencia y, desde ella, alcanzar una apariencia de poder que, forzando la paradoja, acaba convirtiéndose en poder efectivo. En ese juego de apariencias, la reina Victoria y sus ocultas intenciones, recuerdan a esas muñecas rusas cuya última figura es prácticamente irreconocible. Un pedazo de madera desdibujado que nos decepciona al compararlo con las facciones, aun toscas, de otras muñecas más evidentes y menos ansiosamente esperadas.

III. Durante veinte años, la reina Victoria e Isabel II ocuparon el trono simultáneamente. A diferencia de lo ocurrido en Inglaterra, el capital simbólico aportado por la reina de España a la estabilización de la monarquía constitucional fue, en el mejor de los casos, nulo y en el peor negativo. Sus atribuciones políticas, mucho más extensas que las concedidas a la reina Victoria, no resultaron en el reforzamiento del poder monárquico sino en su creciente deslegitimación e impotencia. En ese proceso desempeñó un papel fundamental, y escasamente valorado, la manipulación pública de la escandalosa vida privada de la reina que, en ningún momento, se adecuó a los valores que le eran supuestos como mujer y como madre en un momento en el que, tampoco en España, ni siquiera las reinas podían escapar al ideal de «ángel doméstico» que tan bien representó la reina Victoria.

José Luis Comellas, tras añadir al nombre propio de Isabel II el subtítulo de «una reina y su reinado» advierte que su obra trata de cubrir un doble objetivo: «Encerrar en una visión homogénea una generación completa, y tratar de explicar la personalidad humana e histórica de Isabel II a la luz de su época, y la historia de la época a la luz de la personalidad de Isabel» (p. 10).

El primer objetivo es cumplido con creces: mucho más que una generación es encerrada en una visión homogénea y consistente con la ya desarrollada en obras anteriores del autor. En este sentido no cabe esperar nada nuevo respecto a su visión de la España isabelina cuyo fracaso político queda resumido en fórmulas como la siguiente: «El maniqueísmo romántico hacía muy difícil la puesta en práctica del pluralismo inherente a la naturaleza del régimen liberal; y por eso el liberalismo isabelino tuvo siempre un poco o un mucho de falso» (p. 323).

¿Cuál fue el papel de Isabel II en aquel fracaso y de qué manera la personalidad de la reina refracta la historia de su época y su época la de Isabel? Por lo que respecta a la primera pregunta, la respuesta de Comellas rechaza, por simplista, la explicación que enfatiza el partidismo excluyente de la reina a favor de los moderados y trata de convencer al lector –con una base documental muy poco explícita– de que, en realidad, fue el sectarismo de la oposición el que impidió fórmulas de recambio pacífico. Isabel II prefería sin duda, a los moderados, por razones básicamente religiosas, pero «llegó un momento» (¿a partir de la crisis de la Unión Liberal?) en que tendió su mano a los progresistas cuya opción por una política de retraimiento fue, a su juicio, «la clave decisoria» del fracaso del turno pacífico en el poder.

Todos y cada uno de los mecanismos institucionales, legislativos y represivos empleados por el moderantismo –incluido el sistemático falseamiento electoral y la utilización constante del amplio poder de la Corona– no parecen merecer en Comellas otra explicación que una supuesta unidad de familia y de procedimientos entre todos aquellos (falsos) liberales que compartían un mismo cinismo y un mismo «aire de época». La disruptora y constante manipulación de las clases populares por parte de agitadores profesionales, escasamente representativos y animados por intereses exclusivamente partidistas, cuando no personales, completa el cuadro general. Nada nuevo, repito, y por lo tanto nada especialmente reseñable.

Más interés tiene la discusión de la segunda parte de la pregunta referida al juego de luces propuesto entre Isabel II y su tiempo. En este aspecto, la obra de Comellas (que no es una biografía de la reina, aunque su título comercial quiera sugerirlo) participa con asombrosa ejemplaridad de la más fuerte y actual de las utopías biográficas, la que JeanClaude Passeron ha calificado de «excelencia dóxica». Aquella que tan sólo atribuye significado histórico a una experiencia y una actuación individuales en tanto que éstas repondan a una supuesta norma de ser epocal, previamente definida como tal por el biógrafoJ.-C. Passeron, «Le scénario et le corpus. Biographies, flux, itinéraires, trajectoires». En: Le Raisonnement Sociologique, París, Nathan, 1991. Una obra útil para relativizar lecturas extremas del famoso artículo de P. Bourdieu, «L'illusion biographique», Actes de la Recherche en Sciences Sociales, núm. 62-63; págs. 69-72..

Toda la obra de Comellas está plagada de referencias a «los excesos de carácter» de Isabel II como «producto de su época». De hecho, la misma estructura del libro atrapa a su personaje en la clásica metodología del sandwich: un poco de contexto, un poco de existencia individual y otra capa de contextoAsí la denominó el historiador de la guerra civil inglesa, Charles Firth, cfr. S. Loriga, «La biographie comme problème», en J. Revel, (dir), Jeux D'Échelles. La microanalyse à l'expérience, París, SeuilGallimard, 1996, pág. 229.. El resultado no es sólo tópico (una reina castiza, generosa, apasionada, imbuida de una sincera aunque superficial religiosidad, desviada de su buen natural por las circunstancias y los intereses de su entorno) sino globalmente indiferente, tanto para su historia personal, como para su reinado. La sobredeterminación contextual ocupa el lugar de la reflexión sobre el papel que desempeñaron las características particulares de la reina (en un momento crucial de redefinición del principio monárquico y de las identidades de género) en el proceso de deslegitimación de la primera monarquía constitucional en España. Nada sabemos acerca de cuáles fueron los nexos de unión entre su vida privada y su imagen pública (más allá del esfuerzo por defender causas tan poco relevantes en sí mismas como la paternidad de Francisco de Asís de los hijos de la reina, por ejemplo); qué posibilidades reales de actuación –y representación– ofrecía la cultura política y los valores culturales que rodeaban a Isabel II; qué tipo de relaciones cabría establecer entre las experiencias privadas y públicas de la reina y las de sus súbditos diversos, y diversamente afectados, tanto por el nuevo discurso monárquico como por el referido al papel de las mujeres, y de las reinas, etc.

Si todo esto se soslaya mediante una consideración general de Isabel II como «hija de su tiempo» (¿quién no lo es?) y, además, sobre ese tiempo no se aporta nada nuevo que permita leer la obra como algo más que una reedición de otras anteriores, deja de ser sorprendente encontrar conclusiones globales tan asombrosas en sí mismas como ésta: «La idea de Cánovas, eso está bien claro, consistía en no regresar a los vaivenes alocados e imprevisibles de la revolución, pero tampoco a los tiempos –y a los hombres o mujeres– de la época de Isabel II, cuyo recuerdo perduraba negativamente en la memoria de muchos de los que aceptaron la Restauración como una nueva era de concordia. Y la era isabelina, cualquiera sabía por qué causa, no lo había sido». Después de 355 páginas de lectura, la indudable erudición del autor y la siempre dudosa paciencia del lector no se merecían esto. Ni para esto deberían servir las reinas, o las biografías.

Quizás convenga ya, ante la avalancha editorial de los últimos años y de los que se avecinan, recordar con Jacques Le Goff que lo que está en cuestión no es «la validité mais l'appartenance au genre biographique d'ouvrages souvent de qualité mais où le personnage historique qu'on affecte de mettre au premier plan est noyé dans son environnement. Le titre ou le sous-titre souvent l'indiquent en ajoutant au nom du personnage la mention "et son royaume", "et son époque", etc. Sauf à bien garder à l'individu la place centrale et dominante dans un réseau de relations avec son milieu et son temps, ces ouvrages ne sont pas de véritables biographies»J. Le Goff, «Comment écrire une biographie historique aujourd'hui?», en Le Débat, núm. 54 (marzo-abril de 1989), pág. 50..

01/10/2000

 
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