ARTÍCULO

Desconcertante, discutido e imprescindible

San Pablo, Madrid
414 pp. 21 €
Planeta, Barcelona
Trad. de Patricia Antón, Celia Filipetto y Fernando Meler
610 pp. 22,54 €
Plaza y Janés, Barcelona
Trad. de Patricia Antón, Jofre Homedes y Elvira Heredia
1.312 pp. 17,73 €
Espasa Calpe, Madrid
644 pp. 24,90 €
Planeta, Barcelona
Trad. de Emilio Muñiz y Enma Fondevila
248 pp. 19,23 €
 

Nos faltan líderes en un mundo complejo como el nuestro», constituye una conclusión generalizada en análisis, tertulias y columnas de opinión.Muchos estudiosos señalan, por su parte, que uno de los indicios que descubren la mediocridad de los tiempos actuales consiste en la falta de espesor de quienes marcan nuestra época y cautivan a nuestra gente. Juan Pablo II, el papa recién desaparecido, fue, por el contrario, una personalidad recia, atrayente, que a nadie dejaba indiferente, que deslumbró a personas de toda fe, cultura e intereses, y que, también provocó rechazos pasionales igualmente sorprendentes. Su funeral congregó a los líderes políticos y religiosos de todos los países –en un grado probablemente nunca antes conocido en la historia– y provocó movimientos de masa desconcertantes y un interés mediático sorprendente. Los libros y artículos escritos sobre él son literalmente innumerables y, más allá de su persona, abarcan cuestiones de toda índole –social y cultural, política y religiosa–, si bien, como suele suceder, son de un valor y un interés muy desiguales. Resulta imprescindible elaborar una descripción que dé cuenta de los aspectos más destacables de su personalidad, de sus actuaciones más llamativas, del origen de interpretaciones tan contrapuestas, para situar así más adecuadamente tan ingente bibliografía.

El pontificado de Juan Pablo II, desde el 16 de octubre de 1978 hasta el 1 de abril de 2005, se ha traducido en grandes números, en novedades y récords, en actuaciones realizadas, en una y otra ocasión, «por primera vez». Ha sido un pontificado eminentemente volcado hacia fuera, hacia el exterior, que no significa, necesariamente, hacia el exterior de la Iglesia: más de ciento treinta países visitados, más de un millón ochocientos mil kilómetros en ciento cuatro viajes fuera de Italia en veintiséis años; el papa que más cardenales y obispos ha nombrado; catorce encíclicas, catorce exhortaciones, diez constituciones, cuarenta y dos cartas apostólicas escritas, constituyen el prolífico magisterio de este papa que, por otra parte, es, seguramente, el ser humano que más se ha dirigido públicamente a tanta gente en tantos y tan diversos contextos culturales, hasta el extremo de que muchos analistas consideran que su consecuencia más vistosa ha sido la abolición del magisterio por inflación, según una consideración no desdeñable de que la multiplicación de palabras puede hacerlas efímeras.Tantos discursos y encíclicas satisfacen durante unas semanas, pero terminan olvidados en las estanterías de las librerías.

Los medios de comunicación fueron sus aliados más poderosos. Las nuevas tecnologías de la comunicación, antes de él poco más que toleradas en la Iglesia, fueron integradas en la misión pastoral de este pontífice. Indirecta, pero conscientemente, el papa convocó a los profesionales de los medios para dar plenitud a su proyecto. Buena parte de este éxito se debió, sin duda, a su carisma personal, a su capacidad de intrigar y sugerir a unos medios que, por tantos motivos, no podían ser partidarios del significado y del mensaje pontificio. De hecho, debemos tener en cuenta que la gran paradoja de este pontificado consistió en que los mismos medios que crearon, una y otra vez, una imagen distorsionada del papa fueron sus grandes heraldos. Esta contradicción o equívoco se ha producido en diversos ámbitos y ocasiones a lo largo del prolongado pontificado. Las masas que ocuparon las calles de Roma y las numerosas delegaciones de los países e instituciones han demostrado que su popularidad en el mundo no tenía precedentes. Los jefes de Estado y de gobierno no habrían participado en el funeral si no hubieran tenido la sensación de que su ausencia habría sido criticada por la opinión pública de sus países, pero esto no significa, ciertamente, que se haya producido en el mundo, ni siquiera en el catolicismo, un renacimiento religioso acorde con la popularidad del pontífice. Entre el papa y buena parte de los fieles que han asistido conmovidos a su funeral se había producido una afinidad aparente y una diferencia sustancial. Juan Pablo II conquistó a las masas y ha sido extraordinariamente popular. Su estilo paternal, sus batallas en favor de la identidad nacional-religiosa de los polacos y de otros pueblos, su desconfianza por ciertas formas de capitalismo, su sensibilidad por el tercer mundo y sus batallas en pro de la paz durante la guerra de Irak le aseguraron afecto y simpatía. Pero este papa moderno, capaz de usar los grandes instrumentos de comunicación y de interpretar los grandes sentimientos de los pueblos, ha sido en muchas ocasiones más conservador y autoritario que sus predecesores inmediatos. Rechazó inapelablemente algunas tendencias y convicciones que se habían impuesto en parte del clero y de los laicos durante los años precedentes y se mostró cerradamente intransigente ante algunos de los temas presentes y seriamente debatidos en el cristianismo contemporáneo: celibato de los sacerdotes, sacerdocio femenino, uniones homosexuales, control de natalidad, fecundación asistida, células estaminales. De hecho, parece que una gran parte de los cristianos de Europa se ha construido una religión acorde con las propias exigencias, de forma que cada fiel decide libremente qué esta permitido o prohibido. Es decir, nos encontramos con un culto masivo y reverente por la memoria de Juan Pablo II, pero, al mismo tiempo, su doctrina parece ser ignorada, difuminada y aparcada por una parte considerable de quienes sienten por él una sincera veneración.

Esta aparente contradicción, presente desde el principio en los análisis de este pontificado, es fruto de una personalidad y de un modo de actuar y dirigir, pero, también, de la situación general de los católicos en la sociedad moderna y en el período posconciliar, un catolicismo menos pasivo y más autónomo, y menos convencido de la validez universal de algunos principios morales o, al menos, de su imposición sin un debate serio y generalizado entre los obispos, los teólogos y los creyentes.

EL HOMBRE QUE VINO DEL ESTE

En una Iglesia históricamente identificada con el mundo latino-occidental, Juan Pablo II era el primer papa eslavo; en un mundo en plena guerra fría, Juan Pablo venía de un país comunista; en pleno período posconciliar, fue elegido un papa polaco, es decir, de la Iglesia más reticente ante los numerosos cambios conciliares. Se trataba, ciertamente, de un cambio, pero no del todo calibrado, porque los cardenales desconocían, de hecho, qué marchas utilizaba el nuevo elegido, de forma que su actuación no siempre coincidió con lo que esperaban sus grandes electores.

El sorprendente e inesperado hundimiento del comunismo tiene muchas causas, pero todos los analistas incluyen el nombre de Wojtyla entre ellas. Naturalmente, su influjo fue peculiar y tuvo que ver con el carácter católico del pueblo polaco y con la fuerza inescrutable del sentimiento religioso de los pueblos. Meses después de su elección, en su primer viaje a su patria, el nuevo papa lanzó una proclama religiosa que resultó un auténtico bumerán político: «Cristo no puede ser excluido de la historia de la humanidad en ninguna parte del globo, en ninguna latitud o longitud de la Tierra. Excluir a Cristo de la historia del hombre constituye un pecado contra la humanidad».

Lo que en ese momento tenía lugar en la plaza de la Victoria de Varsovia era una apertura hacia horizontes desconocidos. Juan Pablo II no pronunció una sola palabra que pudiera llevar a una confrontación directa entre la Iglesia y el Estado, entre el Partido y los creyentes cristianos, pero lo que dijo marcó el comienzo de un giro completo para la Iglesia de Polonia, en la Europa del Este, en la Unión Soviética, en los asuntos mundiales. La Iglesia estaba reclamando un nuevo papel, ya no pedía un mero espacio en el que existir. A través del papa exigía respeto tanto a los derechos humanos como a los valores cristianos, respeto para cada hombre y mujer y autonomía para el individuo. Estas exigencias representaban un atentado directo contra las pretensiones universales de la ideología marxista, que por entonces se había convertido en una cáscara vacía en los países bajo influencia soviética.

En 1979 el papa no pensaba seguramente en el derrocamiento del sistema comunista, pero emprendió una política personal de presión al régimen con el fin de obtener un cambio radical en la naturaleza de su gobierno. Su propio programa se basaba, en parte, en los mismos principios de igualdad y justicia que el Partido había defendido en teoría, pero no en la práctica, y en la demanda de que la Iglesia tuviera un papel social a la hora de lograr tales objetivos universales. No pocas de las actuaciones más llamativas y más apoyadas por el pueblo de este pontífice han surgido de esta viva conciencia del papel social de la Iglesia en la vida de los pueblos. Ha sido un papa que no ha dudado en tomar partido, en comprometerse en el curso de los conflictos políticos. Su rechazo de la guerra del Golfo y de la posterior guerra de Irak tienen, también, este origen, aunque su rechazo de la guerra preventiva, como un factor de desestabilización permanente fuera del marco del derecho internacional y de las instituciones establecidas para su correcto funcionamiento, se relaciona con su defensa a ultranza de la paz, la negociación, el multilateralismo, la supremacía de la diplomacia sobre las soluciones militares, tan propia de sus últimos años.

El magnífico libro de Carl Bernstein y Marco Politi, dos periodistas bien conocidos y respetados por su seriedad y objetividad, Su Santidad. Juan Pablo II y la historia oculta de nuestro tiempo constituye una crónica segura y apasionante de este tema, con materiales de primera mano, sobre todo, norteamericanos. Por otra parte, un libro que señala lúcidamente la personalidad del cardenal Casaroli, respetado y escuchado secretario de Estado durante muchos años y que aborda, al mismo tiempo, la autonomía del papa en la dirección de los asuntos eclesiales, es el de Alceste Santini, Agostino Casaroli, hombre de diálogo (Madrid, PPC, 1993).

LA DOCTRINA SOCIAL

¿Cómo definir a alguien que no ha desaprovechado ninguna ocasión de disparar contra la utilización de las personas, contra el consumismo, contra la globalización y contra la avidez del capitalismo? Sus palabras eran objetivas, no respondían a intereses de parte y fueron bien acogidas por los sindicatos y las instituciones sociales. Especialmente en la encíclica Centessimus annus, de 1991, y en sus viajes por la Europa ex comunista, Juan Pablo II criticó «la alienación» del trabajo organizado en beneficio exclusivo de la empresa y la «propiedad privada» si es ociosa o puramente especulativa. La Iglesia, reiteró el papa, no propone ningún modelo, sino que defiende su derecho de crítica.

La perspectiva más abarcadora del magisterio social de este papa ha sido la defensa constante de la «dignidad humana» mediante el anuncio de los derechos humanos y la condena valiente de cuantos ataques se han producido contra ellos. En sus encíclicas pidió que los derechos humanos se convirtieran en el principio fundamental del esfuerzo en favor del bien y la seguridad del hombre, anunciando que la democracia sólo se consolidaría mediante una atención decidida y una preocupación constante por los derechos humanos y por los «derechos de las naciones». Ha clamado sin desfallecer, en todos los foros, contra la «globalización del lucro y de la miseria» y en pro de la «globalización de la solidaridad». Esta cruzada, lanzada en nombre de los derechos de la libertad, tuvo amplio eco en Latinoamérica, donde el clero, animado por el mensaje del papa, se puso de hecho a la cabeza de los movimientos de reivindicación de la multitud de pobres, con la ilusión de repetir en esa parte del mundo el milagro que se había producido con la caída del comunismo. Por otra parte, creo sinceramente que no conocemos todavía las claves últimas de la condena de la llamada teología de la liberación que, en principio, no contradice lo afirmado anteriormente.

Juan Pablo II no deseaba probablemente la caída del comunismo social y soñó con sociedades capaces de superar el masivo y prepotente consumismo, ejerciendo con libertad un estilo de vida austero y solidario. Luchó denodadamente para convertir la interdependencia en solidaridad. En este sentido, Polonia y las sociedades poscomunistas no respondieron a sus anhelos y cayeron en las mismas tentaciones a las que habían sucumbido las sociedades capitalistas. En Occidente se mantenían con una cierta acritud las fronteras de la «secularización», el «materialismo y el «hedonismo», fronteras que, también, atraían a los pueblos orientales a pesar de la neta advertencia pontificia: «No debemos subestimar el peligro –dijo a los checos– que puede traer consigo la libertad recientemente conseguida para relacionarse con Occidente. Desgraciadamente, no todo lo que Occidente ofrece a través de la visión teórica o de los estilos de vida prácticos refleja los valores del Evangelio. Por consiguiente, es necesario preparar defensas inmunitarias contra determinados valores como el laicismo, la indiferencia, el consumismo hedonista, el materialismo práctico y el ateísmo formal, que tan ampliamente difundido está hoy». En su último libro, Memoria e identidad (Madrid, La esfera de los libros, 2005), encontramos su reflexión sobre el uso de la libertad. En ella aparecen expresadas muy sugerentemente algunas de las ideas filosóficas que más han influido en su pensamiento.

Juan Pablo II ha dejado un recuerdo de dignidad que ningún desacuerdo con sus manías o sus fobias puede disipar. Quizá no logró imponerse en el exclusivo club de la Iglesia, cuyas discordias internas nunca fue capaz de dirimir, ya que siguen vivas entre unos creyentes con tanta dificultad para afrontar la modernidad y la fatalidad que la ciencia nos plantea.Tuvo como tarea principal la vela y defensa de la no mundanización del cristianismo, tarea que le acarreará contradicciones, sufrimiento, incomprensión y ruido, pero se le escapó en parte esa parte de la Iglesia que ha luchado hasta la extenuación por lograr una presentación de la fe más acorde con la sensibilidad y las convicciones actuales. No creo que haya sido un papa contradictorio –una manera monótona de encasillarlo por parte de sus detractores–, sino paradójico. No ocultó un estilo exigente en defensa de la ortodoxia de la doctrina, y es acusado por un sector de la Iglesia de «restauracionista» por sus firmes posturas en moral sexual, por sus decisiones frente a la investigación teológica, la teología de la liberación y otras corrientes consideradas como progresistas dentro de la Iglesia. Ha sido admirado y venerado por un sector del mundo católico, al tiempo que resultaba casi imposible comprenderle cabalmente desde una óptica secularizada y posmoderna occidental. La revista Time, por su parte, lo nombró a comienzos de 1995 «Hombre del año», y sus redactores, después de sentarse a su mesa, aseguraron: «Hay algo en él que está por encima de su carisma y personalidad. No tienes que ser católico o incluso creer en Dios para percibir algo de místico en su presencia». Este tema resulta recurrente en todas las biografías y estudios que se le han dedicado, incluso en los medios no cristianos. A pesar de su dominante personalidad pública, se insiste en su sentido más estrictamente religioso y en su carácter y gestos manifiestos de una espiritualidad sincera y profunda. Aunque no son los más interesantes, señalo los dos últimos libros aparecidos en nuestras fronteras sobre este perfil estrictamente espiritual: Consejos de vida (Bilbao, Mensajero, 2005) y Vete en paz (Bilbao, Mensajero, 2005).

Aunque su pontificado ha sido, en gran medida, itinerante, volcado al mundo en general, que le ha escuchado en un grado hasta ese momento impensable, y aunque ha abandonado, en buena parte, el gobierno de la Iglesia en manos de organismos subalternos, con circunstancias, ciertamente, deletéreas, resulta obvio que su pontificado ha repercutido primordialmente en el interior del catolicismo, aunque siempre con repercusiones en otras Iglesias y religiones. Ha exigido una fuerte identidad católica, pero su sensibilidad ecuménica ha sido inequívoca, tal como se puso de manifiesto en el encuentro de Asís por él convocado; ha sugerido la necesidad de replantear el modo de ejercer el rol papal, pero, en la práctica diaria de gobierno, ha mantenido un férreo centralismo y verticalismo eclesial; ha hablado con frecuencia de la colegialidad episcopal, pero todos sus documentos doctrinales han tenido una impronta tan personal que excluían, de hecho, la participación y el compromiso del resto de la Iglesia.

Este es un tema que se ha mantenido con tonos polémicos a lo largo de su pontificado, dado que tras el Concilio Vaticano II parecía que la dimensión comunicativa de masas y el convencimiento de la presencia del Espíritu en los creyentes debía ir acompañada por la voluntad de hallar en la respuesta popular un reflejo auténtico y sincero del protagonismo de los fieles. De hecho, uno podría preguntarse si la firme declaración de su teología moral no ha sido tan férreamente individual que ha constituido el fracaso de la sinodalidad eclesial. A este papa la Iglesia le concedió un respetuoso silencio, pero no el entusiasmo a la hora de abrazar la teología moral. Este deseo falló porque la amplitud de la Iglesia imposibilitó volver a proponer el discurso moral en términos monocolores, a pesar de los esfuerzos del magisterio ordinario y de la infalibilidad en todas sus graduaciones.

Ha escrito con reconocimiento sobre la mujer, pero le ha negado el acceso al sacerdocio. En un mundo en el que nadie pide perdón por sus actos pasados, este papa lo ha hecho con decisión, pero el presente sigue sin ser examinado comunitariamente, en una Iglesia que es comunidad de creyentes responsables. No cabe duda de que ha ejercido una sorprendente fascinación sobre millones de jóvenes –no sólo católicos–, probablemente necesitados de propuestas y de liderazgos atractivos y convincentes. No quiere esto decir que estos jóvenes estuviesen siempre dispuestos a seguirle en sus exigencias morales, pero tampoco los cristianos, en general, se ajustan siempre a los preceptos evangélicos. De todos modos, ante los frecuentes y sorprendentes actos masivos que han acompañado este pontificado y que han llevado, a menudo, a una Iglesia preocupada por su debilidad a buscar su multiplicación, uno se pregunta si los sacerdotes que gastan su vida en la evangelización de minorías no quedan desairados ante la lógica de los eventos de masa.

Esta poliédrica complejidad, tanto del personaje Wojtyla como de la situación eclesial, exige un análisis riguroso y matizado, que implica no sólo una preparación específica sobre las exigencias del cristianismo, sino también un conocimiento detallado de su tortuosa evolución y las diferentes formas de pensamiento y concepción doctrinal. A menudo, la endeblez de tantas publicaciones se debe a la carencia de estas exigencias. No se trata tanto de estar de acuerdo con el personaje o con la institución cuanto de conocer y utilizar las razones objetivas para censurarlo o aprobarlo. En el fondo, se trata de las condiciones mínimas exigidas para toda obra seria. Tenemos a mano dos obras que, reuniendo estas condiciones, expresan con seriedad diversas valoraciones del personaje que nos incumbe: George Weigel, Biografía de Juan Pablo II.Testigo de esperanza, y Pedro Miguel Lamet, Juan Pablo II. Hombre y Papa.Ambos son teólogos y periodistas. El primero ha contado con indudables apoyos dentro del Vaticano y sus páginas demuestran un cierto apoyo oficial, mientras que el segundo, al tiempo que concienzudo y riguroso, señala con libertad diversas interpretaciones de los actos pontificios. Convendría señalar, también, de Alceste Santini, Ellegado de Juan Pablo II, porque completa los anteriores aportando algunas reflexiones propias del italiano acostumbrado a los asuntos vaticanos.

En contra de la acusación recurrente de que Juan Pablo II rechazó en su proceso personal interior y en sus actos el Vaticano II, creo que debe afirmarse que fue indudablemente un hombre del Concilio Vaticano. Aunque no cabe duda de que ha permanecido indiferente a la reforma de las instituciones de comunión y de gobierno que tuvieron tanto peso en el concilio,Wojtyla perteneció a la mayoría que reformó entonces el catolicismo, y en su modo de ser y actuar (siempre muy personal, pero consciente de la necesidad de contar con el apoyo y el consejo de los obispos) influyó sin duda la experiencia extraordinaria de la universalidad eclesial, fruto de la convivencia de los obispos de todo el mundo, que ejercieron con tanto provecho la libertad de escuchar y hablar. Uno de los historiadores italianos más importantes del momento,Andrea Riccardi, publicó con motivo de los veinticinco años de pontificado del papa Wojtyla un libro enormemente sugestivo sobre este importante tema, Governo carismatico (Roma, Mondadori, 2003), que irritó a los aduladores y devotos, mientras que resultó demasiado apologético para los críticos.

Muchas de las notas características de este pontífice están relacionadas con la historia y el carácter de su patria polaca. Especialmente con la confusión entre política y religión típica de un país para el que la fe católica ha estado íntimamente ligada a una combativa tradición nacionalista. Y también con el misticismo sufriente propio de un pueblo de historia patética que dio sus mejores pruebas artísticas en la era romántica. El influjo de su carácter eslavo en sus relaciones con la ortodoxia oriental aparece con claridad en Aldino Cazzago, Cristianesimo d'Oriente e d'Occidente in Giovanni Paolo II (Milán, Jaca Book, 1996), influjo que, probablemente, ha resultado, al mismo tiempo, provechoso para la comprensión eclesial de otras realidades más allá de las latinas y contraproducente en la relación con aquellos países, como Rusia, dolorosamente involucrados en la historia polaca.

Sólo la gran y multiforme personalidad de Karol Wojtyla tuvo éxito en la tarea de representar al mismo tiempo a la Iglesia de la tradición y de la innovación, al Dios de los ejércitos y al Dios de la misericordia, la apertura conciliar y el centralismo curial, la lucha contra el comunismo y la crítica incesante al capitalismo, la mano tendida a los «hermanos mayores» judíos y la sintonía con el islam; y también la atención dirigida a los no creyentes y la reiterada condena a la civilización de las luces y la autonomía de la razón. Consideró todo el mundo tierra de misión y lo recorrió en toda su longitud y latitud, desafiando indiferencias, extrañezas, hostilidades, exponiéndose a la violencia de los que quisieron atentar contra él, predicando por todas partes la hermandad y la paz. De una manera apologética y, a menudo, excesivamente epidérmica, aunque suficientemente rigurosa y analítica, encontramos esta faceta primordial de este pontificado en el libro de Domenico del Rio, KarolWojtyla. Historia de Juan Pablo II.

Juan Pablo II ha logrado de manera extraordinaria y sorprendente despertar y mostrar la pujanza de la Iglesia en el mundo. Ha sabido resaltar la notoriedad y la contribución de esta comunidad religiosa, señalando sus aportaciones a la historia de la humanidad y recordando que los valores que defiende siguen siendo imprescindibles si se desea conseguir y mantener con pujanza una humanidad más justa y solidaria. En una visión de conjunto, conviene tener en cuenta, sin embargo, la queja de no pocos cristianos de que una parte de su mensaje ha dejado atrás, en la marginación y el silencio, posiciones profundamente cristianas que recuerdan la necesidad del diálogo con amplios sectores de la comunidad católica que, por distintos motivos que convendrá tener en cuenta, no han podido lograr respeto, aceptación ni comprensión en la curia romana. Este mismo tema fue planteado desde otro punto de partida por uno de los autores más documentados y más sensibilizados con los mecanismos de gobierno utilizados por la curia romana: Giancarlo Zizola, El sucesor (Madrid, PPC, 1995), un libro que, a pesar de los años transcurridos, no ha perdido un ápice de su interés.

01/11/2005

 
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