ARTÍCULO

La extraña suerte biográfica de Isabel II

Espasa Calpe, Madrid
440 págs. 25 €
Marcial Pons, Madrid
352 págs. 20,19 €
 

Las conmemoraciones pueden ser crueles. En este caso, la rememoración de la figura de Isabel II con motivo del centenario de su muerte es ocasión para constatar, de manera similar a lo ocurrido hace poco con el comienzo del reinado de Alfonso XIII, el papel esencialmente negativo que la corona ha desempeñado repetidamente en aquellos sistemas constitucionales que le atribuyen importantes funciones políticas. Este centenario ha favorecido la coincidencia editorial de dos publicaciones que analizan esa relación negativa detalladamente, aunque con muy diferente alcance. De hecho, a pesar de estar presentados ambos bajo títulos biográficos y con bellas fotografías de la reina como portada, son libros bien distintos.

En el primero de ellos, Isabel Burdiel se enfrenta al reto de hacer una biografía desde el conocimiento de la especial dificultad y, a la vez, del singular atractivo de este género histórico. Convencida de su utilidad científica pero, sobre todo, sensible al conjunto más amplio de satisfacciones intelectuales que puede proporcionar la reconstrucción de una trayectoria vital, hace una apuesta arriesgada a favor de un enfoque «privado» que compone desde la consideración de la singularidad del individuo biografiado Puede encontrarse una atractiva reflexión teórica en Isabel Burdiel: «La dama de blanco. Notas sobre la biografía histórica», en Isabel Burdiel y Manuel Pérez Ledesma (coords.), Liberales, agitadores y conspiradores. Biografías heterodoxas del siglo XIX , Madrid, Espasa Calpe, 2000, págs. 7-47. . Ni el pretexto de «vidas ejemplares» ni la pretensión de una biografía definitiva son esgrimidos como justificaciones científicas en este trabajo, que, sin embargo, es muy intenso en la oferta de propuestas historiográficas densamente elaboradas.

Si el alcance de sus aportaciones para el conocimiento del reinado de Isabel II y del liberalismo español sólo es valorable al final de una lectura deliciosa y falsamente fácil, la capacidad de Burdiel para exprimir las posibilidades de este particular género, la seriedad y la habilidad con las que para ello hace uso de las fuentes y de la bibliografía, y la calidad de la narración, son evidentes desde el primer momento. Como biografía histórica, el relato consigue conectar lo individual con lo colectivo con una habilidad que asombra en los primeros episodios, pero que aún alcanza engarces más logrados –en relación con la pertinencia del enfoque biográfico– en los capítulos dedicados al matrimonio y, sobre todo, a la creación del adulterio de Isabel II como arma de combate político. Además, y en un constante esfuerzo por hacer práctica la reflexión en torno al alcance y los límites de la acción de los sujetos históricos, la referencia a las causas y los efectos de las actitudes de los protagonistas difícilmente puede ser más rigurosa: refleja el buen conocimiento de toda la época, se apoya en la bibliografía más relevante sobre cada cuestión y, en algunos casos, como en el de la articulación de las ambiciones de María Cristina de Borbón y los intereses partidistas de los moderados, son el horizonte explicativo en el que la autora deja caer, como si no tuvieran mayor importancia, comentarios plenos de productividad, como el que alude a la anticipación organizativa del moderantismo y el consiguiente discurso «antipartidista» de progresistas y radicales (pág. 102).

Más allá de esta precisa conexión entre la historia individual y la historia colectiva, lo social está muy presente en una biografía que deja explícita constancia del papel del «pueblo»-«opinión»-«nación» como protagonista de la ruptura liberal de los años treinta y cuarenta. Son ejemplo de ello las referencias a la guerra civil como escuela de movilización política, la atención a la geografía humana del movimiento juntista o la voz del sargento Gómez en La Granja, que expresa el significado popular de la libertad. Burdiel es, por sus trabajos anteriores, buena conocedora de los actores sociales del liberalismo de esa época y eso permite que su presencia en el escenario de este libro no sea la de un falso telón de fondo, sino convincentemente real. Lo más notable es que esta difícil capacidad no obstruye una aún más rara sensibilidad para entender las razones privadas –emociones, prejuicios y miedos– de los seres humanos singulares de los que trata, ya sea Isabel II, ya sean otras voces fuertes de esta historia, como María Cristina de Borbón o su marido, Fernando Muñoz.

El vasto sustrato documental del trabajo se va revelando a lo largo del relato, de tal manera que la cita de los materiales no sólo fundamenta con exactitud lo que se afirma sino que, en muchas ocasiones, aporta un extra de inteligibilidad que consigue que el lector se sumerja, divertido, en el trasunto histórico y humano de lo narrado, como al imaginar a esas infantas –las cuñadas de Fernando VII– discutiendo en la mesa y diciéndose, al igual que manolas, «claridades como puños» (pág. 49). Aunque un extenso esfuerzo investigador convoca como sustento documental del texto una amplia gama de materiales (publicística de la época, informes de las oficinas de exteriores de Inglaterra o Francia, fondos privados de políticos y escritores), el soporte fundamental lo constituye el interesante archivo que María Cristina construyó para custodia de su propia imagen histórica y que incluye la correspondencia privada de las voces fuertes que la autora señala en esta historia coral. La feliz disposición de las citas documentales es sólo una de las virtudes formales de una escritura de gran calidad, que, muy trabajada, conduce de la mano al lector con aparente facilidad desde el primer capítulo –de especial atractivo en su factura literaria– hasta la última página. La autoexigencia de Burdiel en cuanto a la calidad de la narración se manifiesta especialmente en el uso de la ironía: la lectura del libro merecería la pena sólo por gustar de comentarios como el de la oportunidad del «gran teórico de la derecha española» –ese Donoso Cortés con el que la autora parece jugarse un personal ajuste de cuentas– «para enamorarse de la hermana de Muñoz y pedirla en matrimonio» (pág. 349). Es precisamente esta figura, espléndidamente reconstruida en su orgullosa conciencia de superioridad, con su descarada fusión de ideología e intereses, su bravuconería política y su obscena visión de las debilidades ajenas, otra de las voces fuertes de esta biografía. No es frecuente disfrutar de la lectura de un libro de historia como se hace con éste.

Aunque la calidad formal del texto facilita su apertura a un público amplio, sus propuestas y conclusiones exigen a los especialistas revisar visiones acuñadas sobre el liberalismo histórico español a la luz de algunas ideas sustancialmente nuevas y otras ya adelantadas por la autora en anteriores publicaciones. En este sentido, es evidente que su ambición interpretativa supera la declaración de intenciones inicial (averiguar dónde estaba el poder efectivo y a qué intereses sirvió, indagar en la relación negativa liberalismo-monarquía en el contexto de la postrevolución europea y contextualizar todo ello en la difícil pregunta de «los contornos de la capacidad de acción y representación de los agentes sociales» (pág. 22). Al final del epílogo sobre la revolución de 1854, Burdiel indica que, a lo largo de las trescientas y pico páginas anteriores, la biografía de Isabel II le ha servido para analizar cómo la cultura de la corte y la actuación política del partido moderado fabricaron según sus distintos intereses –a veces enfrentados, a veces coincidentes– una reina y una monarquía que luego sirvieron también como explicación de sus fracasos. Así, junto a la reina, su madre, o el marido de ésta, esta historia tiene también dos protagonistas colectivos muy concretos, a partir de los cuales la autora explica la instauración del liberalismo en la España isabelina.

Las conclusiones sobre las actitudes del primero de estos protagonistas, la corte –sus distintos círculos, la familia real, la cultura que dibuja su horizonte de acción–, resultan, en mi opinión, especialmente logradas. Y obligan a releer la agitada etapa de la regencia desde la consideración de que el enfrentamiento entre el absolutismo (no el carlista, sino el instalado en la corte madrileña) y el liberalismo fue algo más que una tensión retórica: fue una lucha real y larga que no tenía por qué resolverse necesariamente a favor de este último. La persistencia de la vieja mentalidad aristocrática en el entorno cortesano y su peso en la (des)educación de Isabel II son tan importantes en este sentido como la actuación de la regente María Cristina, iniciando o apoyando frecuentes intentonas involucionistas: su rechazo al plan reformador moderado en 1834, su juego con el carlismo («política de familia» al fin y al cabo, siempre preferible al progresismo en el poder), o el intento de marcha atrás en 1839 –con los ayuntamientos como pieza maestra–, ilustran una acción entorpecedora que fue prácticamente constante. Aun en esta esfera de la cultura de la corte, todavía me parece más relevante la conexión que Burdiel reconstruye entre el círculo formado por el entorno de María Cristina y el sector más reaccionario englobado en el partido moderado. El antiliberalismo del marido (y cancerbero político) de la regente coincide con el visceral autoritarismo de Donoso Cortés, otro protagonista de esta clientela, e ilustran bien el talante de un grupo que, incorporado al partido moderado, dificultó desde dentro la acción y la definición ideológica del moderantismo más auténticamente liberal.

A la luz de estas aportaciones es obligado reconsiderar el liberalismo de los políticos moderados que dirigieron los gobiernos de Isabel II hasta el giro de Bravo Murillo en 1851. Concretamente, y al igual que se propone una lectura del acceso al poder de Espartero en 1841 como logro del liberalismo frente a un potencial proceso de involución, también, aunque con distinto beneficiario político, se interpreta como inequívocamente liberal la alianza que en 1843 desplaza del poder a este militar progresista. La resistencia de los moderados triunfantes frente a las pretensiones de la reina madre y su círculo confirman, según Burdiel, «el carácter netamente liberal, aunque excluyente y autoritario» del régimen a partir de entonces (pág. 193). Pero si la existencia de una cultura política liberal y el mismo liberalismo del partido moderado –o, al menos, de su grupo central– deben ser valorados a la luz de ciertas manifestaciones de vitalidad, lo que no queda claro es el reparto de protagonismos entre políticos moderados y responsables de la corona en la forma concreta en que se instauró el régimen monárquico-constitucional en España. Bajo dominio de María Cristina como regente, la fuerza del personaje hace bascular a su favor la valoración de la capacidad de decisión política: da la impresión de que los moderados llegan al poder casi por azar, aprovechando las brechas abiertas por la regente en su lucha personal, y sin relación con su precocidad organizativa o su apuesta por un proyecto netamente liberal, aunque también conservador. Por el contrario, bajo el reinado efectivo de Isabel II, los moderados aparecen como principales responsables de la deformación del régimen monárquico-constitucional personalizado en una reina débil, secuestrable y secuestrada. Ciertamente la escena de los líderes moderados acosando a la reina hasta conseguir la acusación contra Olózaga, habla de la disposición de estos políticos a esgrimir argumentos de fuerza de todo tipo. Pero queda bastante desdibujada la capacidad perturbadora de una Isabel II dispuesta, por ejemplo, a ofrecer al amante de turno un cambio de gobierno como signo de favor, sólo con que le sea indicado en el teatro con el gesto de pasar las manos por la barandilla del palco. Aunque la voz de Isabel II sea débil en comparación con las presencias fuertes de otros protagonistas, su carácter voluble y caprichoso fue un problema para sus políticos de igual o mayor alcance que la ambición de su madre o la acción chantajista de su marido.

Pero seguramente el diferente alcance dado a las voces que personifican el poder monárquico no está escorado por la distinta coherencia de sus sucesivos protagonistas, sino por el único problema de un libro que pone en 1854 fin a una historia que se resiste a ser así parcelada. Parar aquí el relato significa, en relación con el reparto de responsabilidades políticas, desconsiderar los efectos públicos de las obsesiones privadas de una reina que aún continuará catorce años más en el trono, a lo largo de los cuales entorpecerá la acción de sus ministros no sólo según sus inclinaciones amorosas sino también, y cada vez más, según el dictado de sus fantasmas morales y religiosos. El mayor inconveniente de este falso telón final es que, injustamente, limita el alcance explicativo de algunas de las principales conclusiones del trabajo. El secuestro de Isabel II por parte de los moderados, interpretado por la autora como mecanismo de acceso al poder frente a un liberalismo más avanzado de amenazante soporte social, merecería completarse con la incapacidad del progresismo para librarse de la «ilusión monárquica» cuando llega al gobierno o con la presión que el neocatolicismo será capaz de ejercer sobre la corona a partir de los años cincuenta. Se trata, por otra parte, de cuestiones que la misma Burdiel tiene ya trabajadas en este sentido, como manifiesta su reflexión sobre la «ilusión monárquica» progresista ya referida o su comentario sobre una reina que recurre como «último y definitivo cartucho» a la religión en busca de la legitimidad y de la privacidad que no le han proporcionado los moderados Isabel Burdiel, «La tradición política progresista. Historia de un desencuentro», en Carlos Dardé (ed.), Sagasta y el liberalismo español , Madrid Fundación ArgentariaBBVA, 2000, págs. 103-121; e Isabel Burdiel, «La consolidación del liberalismo y el punto de fuga de la monarquía (1843-1870)», en Manuel Suárez Cortina (ed.), Las máscaras de la libertad. El liberalismo español 18081950, Madrid, Marcial Pons, 2003, págs. 100133, cit. pág. 131, respectivamente. . La autora apunta que el trabajo será continuado más allá de este artificial punto final de 1854, pero esa promesa no evita que sea de lamentar que propuestas como las anteriores no sean aprovechadas y desarrolladas en el marco de esta historia, ni disentir de su afirmación de que en esa fecha termina «el primer ensayo de monarquía liberal postrevolucionaria» en España (pág. 23). Como tampoco oculta que este libro es más bien una biografía, ciertamente magnífica, de María Cristina de Borbón.

Aun así, desde la perspectiva de la aportación historiográfica, y aunque algunas explicaciones concretas queden frenadas en su alcance por el corte de 1854, hay propuestas interpretativas completamente cerradas y trabajadas con enorme altura. Me refiero a lo que en mi opinión es lo más conseguido del trabajo de Burdiel y que, por exigir sutileza además de rigor intelectual, resulta especialmente difícil: las explicaciones culturales de la política. La seriedad con que se analizan los procesos de construcción cultural de los modelos políticos es muy distinta al ya habitual recurso a un léxico superficial de lo cultural que las últimas tendencias historiográficas han puesto de moda. Su capacidad para reconstruir los materiales culturales sobre los que se basan los mecanismos de articulación política queda patente en la conexión que establece entre el proceso de fabricación de la identidad femenina, según los nuevos cánones de la cultura burguesa, y la instauración de regímenes monárquicos por parte del liberalismo postrevolucionario, tejido interpretativo en el que la autora va hilvanando las explicaciones sobre cómo el hecho de una Isabel II mujer (y primero niña) afectó a la definición del poder monárquico y del conjunto del edificio político del liberalismo español. Se evidencia, igualmente, en las explicaciones sobre la mentalidad cortesana, esa cultura absolutista que induce a la regente a concebir la política como un juego de salón en el que hacer valer sus encantos simbólicos y personales, y que la inhabilita para entender movimientos sociales amplios como el de 1840. Pero, sobre todo, la habilidad para proporcionar explicaciones culturales de la política se encuentra, y con derroche, en el capítulo final sobre las camarillas, que dibuja una conexión de gran interés entre estos círculos informales de poder y los partidos de notables de la época. Así, las camarillas no serían esos núcleos cerrados, bien definidos, transmitidos por el mito, sino clientelas con distintos niveles de cohesión y, en ocasiones, cruzadas entre sí, en las que participaron los partidos de la época y, en particular, el moderado. La sola descripción de la camarilla de María Cristina (págs. 349-350), en la que una cohorte de hombres de negocios, periodistas y diputados utilizaron de forma combinada medios parlamentarios y extraparlamentarios para la promoción de sus intereses, obliga a mirar de forma nueva el establecimiento del régimen representativo en España, bajo la consideración de que los procesos históricos son tan poco lineales, necesarios y congruentes como lo es una vida singular.

Al calor de este centenario, Juan Sisinio Pérez Garzón ha editado un libro muy distinto, pues si Burdiel se atreve con la tensión entre la irreductible singularidad de cada vida individual y la pretensión científica de aportar conocimientos relevantes sobre procesos históricos colectivos, el editor de Los espejos de la reina, que relaciona la «específica individualidad» de cada persona con la diferente vivencia de conflictos e intereses que «no se desarrollan ni se viven del mismo modo en un obrero que en un burgués, [...] ni en un hombre que en una mujer» (pág. 19), afirma explícitamente que este libro no se plantea como biografía de la reina (a pesar de ello, el estudio que abre esta obra colectiva atiende a la relación entre la reina y sus políticos desde un enfoque biográfico interno que, aunque altera el planteamiento editorial, resulta particularmente productivo). El objetivo declarado del libro es la reconstrucción de los procesos de fabricación de unas imágenes que se entienden como «símbolo de las formas, tensiones, herencias y novedades en las que se desenvolvieron los grupos» dominantes (pág. 20), y que se prometen como espejos que, a la vez que reverberan la imagen de la reina, aportan luz sobre los colectivos a los que afectó su existencia como tal. Para ello, Pérez Garzón convoca a una serie de especialistas en la historia del siglo XIX , encargados de sintetizar distintos ámbitos de la vida política, económica y cultural isabelina, y ofrecer así al lector las representaciones de la reina fraguadas desde una extensa nómina de protagonistas sociales.

Pero si la calidad de los análisis está en correspondencia con el hecho de que la mayoría de los autores abordan su cometido desde el bagaje de años de estudio, la atención a las imágenes colectivas que formarían «los espejos de la reina» no resulta cabalmente cumplida. En algunos casos, la presencia de Isabel II es meramente anecdótica, encajando sólo forzadamente en los análisis ofrecidos. En otros, como en los espejos negativos creados por el carlismo y el republicanismo, de gran interés por su potencial función movilizadora, la imagen de la reina se duele de la comparación con la dibujada por Burdiel (en el caso del republicanismo, quizá porque su papel en la deslegitimación de la corona no fuera tan importante, paradójicamente, como la destrucción de su capital simbólico por parte del liberalismo doctrinario).

Si Isabel II quisiera buscar espejos donde mirarse debería hacerlo en los tres artículos en los que se utiliza un enfoque cultural para analizar distintos aspectos sociales del reinado: el de Carasa, que, al examinar el tema de la pobreza y de la asistencia social, nos ofrece una imagen de la reina apegada a una vieja cultura de la caridad, coincidente con los patrones populares a la vez que obstaculizadora de la responsabilidad pública; el de Villacorta Baños, que en su aproximación a la sociabilidad lúdica de la época, completa esa imagen de una reina presa voluntariamente en espejos antiguos, al confluir sus gustos personales con la tradición aristocrática cortesana y la representación popular de la majestad; y, sobre todo, en la atractiva reflexión de Mª Dolores Ramos sobre las identidades femeninas y el poder. En una época en que se estaban fraguando los nuevos ideales de feminidad, además de señalar sus efectos sobre la reina y su capacidad de decisión política, Ramos nos ofrece otras imágenes alternativas: así, junto a algunas heterodoxas de élite, que fueron capaces de forzar los límites de la nueva ideología de la domesticidad para desarrollar su acción pública, reconstruye otras voces femeninas en las que el estereotipo del «ángel del hogar» quedó cuestionado con mayor resolución. Además de una imagen colectiva sobre la reina, hay aquí un verdadero juego de espejos que Isabel II tuvo a su alcance para ayudarse a repensar su privilegiada relación con el poder y sus posibles usos. Mucho más irregular es el grupo de artículos que aborda el estudio de productos culturales especialmente relevantes para rastrear la construcción de representaciones colectivas y sus efectos públicos; sólo el interesante análisis de la fotografía de la reina nos enfrenta a algo similar al espejo prometido, con la inteligente observación sobre su limitado y tardío uso oficial por parte de la corona.

Si no cabe duda de que este centenario ha dado lugar a la publicación de trabajos de calidad científica y, en algunas ocasiones, de aportaciones innovadoras presentadas con gran atractivo intelectual, parece que, sin embargo y de momento, Isabel II tendrá que conformarse con unos espejos en los que frecuentemente perderá su reflejo y una magnífica biografía de su madre puesta a su nombre. Quizá la mujer triste y la reina desengañada captada en esas bellas fotografías de portada no merezca mayor fortuna biográfica: las conmemoraciones son así de crueles.

 

01/12/2004

 
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