ARTÍCULO

Ensayo sobre el deseo de perderse

Siruela, Madrid
Trad. de Rosa Pilar Blanco
340 pp. 24,95 €
 

En el caso de muchos autores, su obra literaria existe paralelamente a su biografía sin que nos urja conocer esta última. En cambio, hay escritores y escritoras cuya vida parece estrechamente ligada a su creación, lo cual confiere a su trayectoria un aura que nos atrae. La lucha por alcanzar las condiciones de escribir, la renuncia a la seguridad material, el sacrificio de tiempo, salud y felicidad en favor de la pasión por la escritura: todo esto vincula de tal manera la vida a la obra que se nos antoja imprescindible conocer las circunstancias a las que debemos los textos que nos conmueven. Así nos pasa, por ejemplo, con Friedrich Hölderlin, Franz Kafka, Ingeborg Bachmann y –para hablar ya del libro en cuestión– con Robert Walser. El autor suizo parece haber sometido toda su existencia al servicio de su obra singular, al margen de cualquier corriente literaria.
Walser nació el 15 de abril de 1878 en Biel como el séptimo de ocho hermanos y falleció solo el día de Navidad de 1956, internado en la clínica psiquiátrica de Herisau. Para lograr la libertad que consideraba imprescindible buscó la soledad, ejerció diferentes oficios humildes sin permanecer mucho tiempo en ellos, cambió su domicilio –habitaciones amuebladas– con una frecuencia vertiginosa y no poseía más que una pequeña maleta de ropa. Aunque le fuera negado el deseo juvenil de convertirse en actor de teatro, no abdicó del juego con las identidades. Lo practicó en la vida real, adoptando diferentes roles sociales, en los heterónimos de sus novelas, tan apreciadas por Franz Kafka, y en el estilo paródico de su abundante prosa breve sin género clasificable. Fue así hasta el momento en que se le agotó la energía y hasta que, al parecer, el emergente nacionalsocialismo le hizo dudar del lugar que su literatura podría ocupar en aquel mundo desfigurado. De hecho, fue en 1929 cuando Robert Walser ingresó en el sanatorio de enfermedades nerviosas de Waldau, para ser trasladado en 1933 a Herisau, donde permaneció hasta su muerte sin publicar nada más. A Carl Seelig, su tutor, editor y biógrafo de aquellos años (Paseos con Robert Walser), le confesó en 1944: «Los nazis destruyeron mi mundo. Los diarios donde publiqué se hundieron; sus redactores fueron echados a la calle o murieron. Casi me he convertido en un fósil».
No cabe duda de que todo el misterio que Robert Walser creó alrededor de su vida y obra despierta nuestra curiosidad. Sin embargo, ¿no resulta paradójico escribir la biografía de un hombre que siempre procuró no dejar rastro y cuya relación con el mundo exterior era tan fugaz como para que W. G. Sebald iniciara su lúcido ensayo dedicado al promeneur solitaire con la observación: «Las huellas que Robert Walser dejó en el trayecto de su vida fueron tan ligeras que casi se las llevó el viento»? Jürg Amann (Winterthur, Suiza, 1947), periodista y crítico literario, además de galardonado novelista y dramaturgo, resuelve el dilema de manera elegante y convincente. En lugar de narrar la vida del escritor de forma épica y lineal, opta en su Biografía literaria por la segmentación en trece aspectos clave, hábilmente unidos por un leitmotiv. Este hilo conductor nace del drama familiar de un niño que, eclipsado por la multitud de hermanos y huérfano de madre a los dieciséis años, extraña atención y ternura. El adolescente Robert lo plasma en una secuencia de escenas tituladas El estanque [Der Teich]. Su protagonista finge haberse ahogado. Escondido en el bosque, disfruta al imaginarse la pérdida que supone para los demás. Al anochecer vuelve finalmente a casa, donde la madre lo recibe como si fuera el hijo pródigo de la Biblia. A partir de la fantasía del joven Walser, Jürg Amann varía el tema «En busca del hijo perdido» en cada uno de los capítulos de su biografía, sin abusar del mismo como explicación psicoanalítica. Arranca con el descubrimiento de que uno puede inventarse lo que echa de menos, incluso una infancia feliz. A continuación, el tema resuena en el intento fallido del joven entusiasta del teatro por realizar su vocación como actor. El deseo de perderse aparece como fondo de los múltiples empleos que Walser desempeña, en la vida nómada que lleva, en los largos paseos que propician enamoramientos pasajeros. En Suiza, Robert Walser es el hijo perdido cuando, en 1913, vuelve de Berlín, ya como autor de tres novelas más un poemario, mientras que en su país natal nadie lo conoce. Walser se esconde en la humillación voluntaria del trabajo como sirviente en un castillo de la Alta Silesia, así como en la insolencia frente a sus editores. Permanece de manera anónima entre el público mientras otra persona recita sus textos. Finalmente, tras haber entrado en el «reino del lápiz» –más suave y provisional que el de la pluma–, tras haber empequeñecido su caligrafía hasta el diminuto tamaño de los Microgramas, se recluye en el silencio hasta el día en que su corazón deje de latir y lo abata en la nieve, su elemento preferido, que borra el mundo. Pese a todo, lo encuentran. «Y finalmente hallado», reza el último capítulo.
Cada una de las trece partes del libro se compone de la escueta interpretación de una etapa biográfica, de una tabla de los datos correspondientes, de numerosas fotografías, así como de un apartado de citas recopiladas de conformidad con el motivo tratado, selección no sujeta estrictamente al criterio de la cronología. Estamos, pues, ante el caso extraordinario de una biografía que otorga más voz al escritor que a su biógrafo. Gran parte de la labor –nada fácil, por cierto– consiste en la elección y estructuración de las fuentes literarias, mientras que el texto propio constituye una extrapolación de aquéllas. El resultado es una narración empática que, sin explicitarlo, obedece a un principio de Rousseau según el cual nadie puede escribir la vida de un hombre excepto él mismo porque sólo él conoce su manera interior de ser, su verdadera vida. Dicha introspección es capaz de descubrir el peligro que acecha bajo la superficie despreocupada: «Sólo el movimiento mantiene su astro en el cielo. Si se moviese más despacio, acabaría precipitándose. No dentro de fosas cavadas para él en la tierra, sino en el abismo que él mismo arrastra consigo. Así pues, la fuerza centrífuga le ayuda a mantenerse justo en el borde».
Sin embargo, surge la pregunta de si es lícita una lectura tan directamente biográfica de los textos de ficción. Tanto el método como el estilo –en ocasiones demasiado sentencioso– corren el riesgo de perder de vista la oscilante actitud irónica de Robert Walser frente a todo lo que le ocurre. Por otro lado, la mayoría de lo narrado corresponde a hechos biográficos, como sostiene Robert Mächtler, autor de Das Leben Robert Walsers (1966), temprana «biografía basada en documentos». Lo cierto es que la decisión de circunscribirse al corpus literario excluye informaciones provenientes de otros documentos que podrían matizar algunas manifestaciones. Por ejemplo, con motivo de la estancia de Walser en Berlín se lee: «Le agrada visitar y alentar con frecuencia a pintoras conmovidas hasta la médula por sus cumplidos». En realidad, las visitas a las pintoras –aquí teñidas de frivolidad– obedecían a la ocupación del escritor como secretario de la asociación de pintores de la llamada Berliner Sezession, presidida por Paul Cassirer, mecenas de Robert Walser y hermano de su editor Bruno Cassirer. La biografía de Jürg Amann, literaria en el sentido de basarse en los textos de Walser y también en el de presentar su vida de forma literaria empleando el punto de vista del autor, tiene que renunciar a la perspectiva exterior del documentalista. A cambio logra un objetivo primordial: el de orientar al lector en la obra oceánica de Robert Walser dejándole abierta la posibilidad de descubrimientos propios en los textos citados. En la versión castellana contribuye a este fin la experta traducción de Rosa Pilar Blanco, que ya había cosechado méritos como traductora –junto a Juan de Sola Llovet– de los MicrogramasVéase mi recensión «Humildad rebelde», en Revista de Libros, núm. 111 (marzo de 2006), p. 44.. El original alemán del ensayo (Robert Walser. Eine literarische Biographie) se publicó por primera vez en 1985. En 2006, conmemorando el cincuentenario del fallecimiento del autor, se reeditó en Zúrich la versión ilustrada en formato apaisado con un cuidadoso diseño gráfico. Siruela opta en su adaptación por el formato habitual, más manejable, prestando igual atención a la presentación estética del libro. Tampoco falta el índice que refiere la procedencia de los textos, donde se cita hasta la página exacta la traducción de la que se extrajo, siempre que existe. A pesar de que Siruela se empeñó en publicar, uno tras otro, libros de Robert Walser a lo largo de los últimos quince años, incluida la biografía de Carl Seelig, la traductora se halló ante muchos fragmentos de obras no vertidas al castellano. Esto significa que el lector hispanohablante de la presente publicación conocerá textos hasta ahora inaccesibles en su idioma. Finalmente, lejos de encasillar al autor de las múltiples caras, la biografía contribuirá a consolidar el prestigio que el propio autor nunca tuvo por seguro, según confesó en 1927 a propósito de un recital de sus textos: «Sin extenderme en demasiados detalles, para no fatigarle, debo aclararle en sentido figurado, someter a su consideración el hecho de que mi nombre no constituye en modo alguno un escudo, una casa sólida, un castillo, pues de vez en cuando tengo que volver a ganarme con decisión mi trocito de prestigio».

01/02/2011

 
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