ARTÍCULO

La tentación de la diferencia

 

Como señala el propio autor del libro, la obra de Derrida suele suscitar adhesiones de cuño sectario o intransigente defenestración, extremos ambos que impiden una evaluación equilibrada de su filosofía y de su valor intrínseco en el panorama intelectual de la segunda mitad del siglo XX, en el cual Derrida ocupó, quiérase o no, un puesto privilegiado. Esto es precisamente lo que trata de hacer David Mikics, profesor en la Universidad de Houston, quien en su juventud profesó el credo de la deconstrucción para luego distanciarse del mismo, pero no en razón de una de aquellas conversiones intelectuales que producen ánimos inquisitoriales en quien las experimenta. Who Was Jacques Derrida? es una biografía intelectual que sigue el desarrollo de la filosofía de Derrida desde sus inicios como comentarios a la obra de Husserl hasta las últimas incursiones en filosofía moral bajo la égida de Lévinas, sin dejar de lado sus controvertidas defensas de Heidegger y del crítico literario y amigo suyo, Paul de Man, ambos vinculados al nazismo.
Algo en el espíritu de los tiempos tiene que haber contribuido al ascenso de una filosofía de cuño escéptico y eminentemente retórico como la de Derrida. El libro de Mikics se centra no tanto en las circunstancias sociales o culturales que hicieron posible su ostentosa expansión, sobre todo en Estados Unidos, como en los ejes principales de su pensamiento, que consiste en buena medida en lecturas sesgadas de otros filósofos, clásicos o contemporáneos. Esta elección es sensata y concede dirección y unidad a su trabajo, pero empobrece en cierta medida el alcance del libro y algunos lectores acostumbrados a más ingentes biografías de otros filósofos, como las de Ray Monk sobre Wittgenstein o las de Safranski sobre Heidegger, por citar sólo algunas, quizá la lamentarán. De otro lado, el libro está escrito en el lenguaje claro y conciso a que nos tiene acostumbrados el mundo anglosajón, y la estructura del libro es nítida, siguiendo el orden de los libros y conferencias más importantes de Derrida, y centrándose sobre todo, como ha quedado dicho, en las principales lecturas que este filósofo realizó de los pensadores que apelaron a su fervor hermenéutico.
Aunque Mikics no presta en general mucha atención a pormenores anecdóticos, sí se detiene, sin embargo, en las circunstancias que marcaron el comienzo de su vida, pues considera que su niñez y primera juventud en la Argelia natal, como miembro de una minoría discriminada, la comunidad judía, fueron esenciales para moldear su talante filosófico. Este punto ocupa buena parte del comienzo del libro, pero deja de influir sobre la exposición posterior, o no lo hace tanto como promete al inicio, algo que quizá se eche de menos. El propio Derrida afirmaría en más de una ocasión la importancia de su condición de judío, y no dejó nunca de referirse a los difíciles años de su niñez, con la amenaza perenne del ostracismo y aun de la muerte. Esto le inclinó a sentirse siempre, con razón o sin ella, excluido de los centros de poder, hasta en sus momentos de mayor éxito, y a buscar los márgenes hermenéuticos y las desestabilizaciones semánticas. Le inclinó también, sugiere Mikics, a la máscara y a la sofística.
Lo primero, por su renuencia a conceder a la psicología lugar válido alguno en el discurso filosófico, dada la inestabilidad de la conciencia y su esencial opacidad, elaborándose para sí mismo, sin embargo, una identidad profética y oracular que lo protegía de la crítica; y lo segundo, por su irreprimible gusto por la pirueta verbal y la paradoja, presentados por Derrida como elementos necesarios de un programa emancipador de la tiranía de la razón discursiva y la metafísica de la presencia, pero en los que es fácil percibir un gusto por escandalizar al burgués y llamar la atención en el mundo filosófico, en lo que comparte actitud con varios filósofos o artistas del siglo pasado.
Dado su rechazo a la psicología, quizá pueda resultar comprensible que Derrida se sintiera atraído por la eminente figura de Husserl, quien en la época de comenzar sus estudios en los años cincuenta era uno de los filósofos más renombrados de Europa. Husserl también quiso desterrar la psicología de los predios de la filosofía pero, al contrario que su lector francés, lo hizo en nombre de la universalidad fenomenológica, no del escepticismo. Derrida opera ya con Husserl como lo haría con casi todos los pensadores que abordaría durante su carrera: creándose un adversario a su medida, y prestando una atención exagerada a aspectos marginales de sus teorías o textos, en el proceso de lectura y análisis subversivo que llama deconstrucción (del que jamás pudo ofrecer una definición). Es cierto que la historia de la filosofía es en no poca medida la historia de las subsiguientes lecturas que hacen los filósofos de sus predecesores, lecturas sesgadas siempre, y aun tendenciosas; pero las lecturas de Derrida llevan la distorsión hasta la caricatura, y por razones no siempre comprensibles.
Derrida se sitúa, nos recuerda Mikics, en el eje de la polémica entre la metafísica y el escepticismo, que va a ocupar buena parte de su obra, sobre todo al inicio. El francés se decanta por la opción escéptica y relativista, pero lo hace a la manera del instaurador nietzscheano, esto es, forzando una interpretación novedosa y controvertida de la historia de la filosofía occidental de tinte apocalíptico. Husserl representa una tendencia presente en la filosofía desde sus inicios –nos diría Derrida–, a la que llama logocentrismo, esto es, el deseo de presentar verdades incontrovertibles a la conciencia, de hacer del ser presencia. Esto es una ilusión, insiste una y otra vez Derrida, dado que el significado de las palabras no es nunca estable y está diseminado por todo el sistema lingüístico y cambia con las circunstancias o con la simple mirada del lector. Husserl quiere, no obstante, llegar a la posesión de un lenguaje claro que patentice las cosas en sí mismas. Pero su propia preocupación por el origen europeo de la geometría, por ejemplo, desdice sus fundamentos, pues la verdad sería entonces contingente, anclada en un momento determinado de la historia. Derrida, como hará siempre con otros, busca las contradicciones del pensamiento de Husserl y las hace aflorar como síntomas del carácter inestable de todo su sistema. Mikics analiza este proceder en libros como De la gramatología y Escritura y habla, donde aplica la misma metodología a otros pensadores del lenguaje como Saussure o Austin, a quienes acusa de la misma tendencia logocéntrica y de concebir el lenguaje como meramente instrumental, y el lenguaje escrito como mera representación del habla.
Derrida, como es bien sabido, concibe la curiosa distinción entre escritura y habla, polarización jerárquica que marcaría el destino de toda la filosofía. Según él, la filosofía ha privilegiado el habla por encima de la escritura, que se ve condenada a la suspensión o la supresión. Derrida pretende leer esta distinción en Platón, y para ello llama nuestra atención sobre ciertos pasajes de Fedro o El banquete que probarían esta aseveración, no sin recrear un Platón irreconocible para los especialistas o para quien se haya tomado el trabajo de leerlo sin demasiados prejuicios. El habla representa lo presente, la posibilidad de réplica o diálogo, asegurándose con ello el significado y la comunicación, mientras que la escritura escapa a la intencionalidad de la conciencia y supone la diseminación del significado por la trama total del lenguaje, la difuminación de los contornos semánticos. Toda palabra lo es sólo en virtud de su diferencia con otras y su significado difiere siempre de otros. Derrida pretende devolver a la escritura su estado privilegiado e invertir la subordinación de la escritura al habla.
El libro analiza con cuidado el pensamiento de Platón, con objeto de mostrar hasta qué punto Derrida deforma su pensamiento para acomodarlo a su interpretación. Con menos profusión, hace lo mismo con otros pensadores que analiza, como Rousseau, Nietzsche o Freud. Este último le interesa no por su psicología o sus claras intenciones terapéuticas, que desdeña, sino por su teoría del inconsciente, esto es, de un reino oculto a la conciencia que, no obstante, la dirige y manipula, como el lenguaje habla por nuestra boca más allá de nuestras intenciones personales. Derrida lleva a veces su preferencia por lo marginal por cauces que es difícil seguir sin renunciar a la seriedad, como cuando escoge una nota perdida de Nietzsche, en la que está escrito «Hoy me he olvidado mi paraguas», y pretende hacer de ella una expresión condensada de toda su filosofía, por medio de alambicadas exégesis en las que hay más de inspiración poética que de meditación razonada.
Quizá con quien más justicia interpretativa mostró Derrida es con el pensador judío Emmanuel Lévinas, a quien dedica muchas páginas en distintos momentos de su vida, pero sobre todo en la parte final de su trayectoria intelectual. Mikics cree ver en esta aproximación un intento de Derrida de reconectarse con el mundo y lo concreto, tras una larga carrera de vuelos abstractos y retóricos de difusa conexión con lo real. Durante su vida, aunque siempre se consideró un hombre de izquierdas, Derrida rehuyó el compromiso político del tipo de alguien como Sartre. El extremismo vitalista de Foucault también le merecía poco respeto (de hecho, se había distanciado de Foucault muy temprano en su carrera académica, según Mikics debido a un asunto institucional en el que Foucault no lo apoyó). Más tarde escribiría un libro sobre Marx en el que deconstruye su mensaje para alinearlo con su proyecto emancipador, pero es dudoso que muchos marxistas se reconocieran en sus páginas. Le quedaba, entonces, la vía ética de Lévinas, la interpelación ineludible del Otro necesitado y la infinita responsabilidad que nos impone. De aquí deriva su concepción de la justicia como un imposible en torno al cual, por su misma imposibilidad, gravita nuestra vida ética con fuerza infinita.
Derrida tuvo un gran éxito académico y mediático durante su vida. Pero un episodio en particular afectó seriamente a su reputación y expuso algunos de los peligros a los que filosofías del tipo de las de Derrida son proclives, por su propio carácter profético, su ampulosa retórica y su tendencia irracionalista. Mikics trata el tema con mesura, aunque no puede evitar que cierta vergüenza ajena se transparente en sus páginas. Me refiero al episodio de su amigo Paul de Man, uno de los adalides del deconstruccionismo estadounidense y uno de los responsables principales de su firme inserción en su país de acogida. Paul de Man fue un escritor belga que se estableció en su nueva patria unos años después de la Segunda Guerra Mundial. Tras su muerte, salieron a la luz los artículos que había escrito durante la ocupación alemana para un periódico local, en los que apoyaba sin reservas al ocupante. Es más, llegó a escribir que la cultura europea no sufriría en lo más mínimo de llevarse a cabo la eliminación de los judíos del panorama europeo. Que esta eliminación podía adoptar la forma que adoptó no lo escribe, pero, dados los tiempos que corrían, la afirmación es ominosa. Para cualquier lector neutral de sus textos, Paul de Man fue en su juventud un simpatizante nazi que logró ocultar su pasado hasta después de su muerte y crearse una nueva identidad como crítico literario y discípulo de Derrida. Pero Derrida no era un lector cualquiera y Paul de Man había sido su amigo, por lo que se embarcó en una insensata defensa que le hizo escribir algunas de las páginas más retorcidas de su vida, rayanas en lo ridículo. Paul de Man no había sido un filonazi, escribió Derrida, sino todo lo contrario, un rebelde que tuvo que utilizar toda su sutileza intelectual para contrarrestar el discurso oficial del nazismo. Al negar la contaminación de la cultura o literatura europea por la influencia judía, se oponía en realidad al discurso nazi, lo subvertía desde dentro. Paul de Man, además, tenía que haber sufrido enormemente todos aquellos años, mientras se libraba en su interior la lucha interna que le llevó a resistir tan sibilinamente al opresor, y más tarde también, ya en Estados Unidos, sabedor de su pasado y, sin embargo, consciente de su inocencia, manteniendo siempre, como atestiguan sus amigos, un carácter alegre y honesto (que incluso le llevó a no acostarse jamás con sus alumnas, apostilla Mikics, no sin ironía). Y más cosas por el estilo. Derrida, quien se había negado siempre a la posibilidad del conocimiento de la conciencia individual, le inventaba ahora una a su amigo a fin de salvar su reputación. Ni siquiera el comedido tratamiento que Mikics confiere al tema podrá evitar en el lector sin lealtades deconstruccionistas la aparición de sentimientos que me imagino irán desde la lástima hasta la abominación.
Pero Derrida ocupó un terreno intelectual abierto por las condiciones espirituales de la época, que incluyen, entre muchas otras cosas, la crisis de la representación, rápidos cambios sociales y tecnológicos, una constante necesidad de novedad, un gusto extendido por el juego y lo superficial, un universo de palabras deslavazadas, huérfanas de referente o concepto, en el que podía llamarse gato a un pato y viceversa, y donde todo era, en suma, posible. Es nuestra cultura la que le dio cabida y, querámoslo o no, Derrida encarnó una forma de hacer filosofía que había estado gestándose quizá desde hacía siglos, con el inicio de la modernidad, o al menos con su puesta en entredicho. Ha servido de inspiración a muchas disciplinas, sobre todo las literarias y sociales, y seguirá haciéndolo. La lectura del libro de Mikics es una buena manera de apreciar su desarrollo y, quizá, salvaguardarnos de sus excesos. Bien visto, su libro es más crítico que apologético, y tal vez no responda del todo a la pregunta que constituye el título del mismo sobre quién fue realmente Jacques Derrida, pero sí ofrece la posibilidad de una reevaluación desapasionada de los mejores momentos de su obra, lo cual no es poco. Es de esperar que una traducción adecuada lo traiga a nuestras orillas.

01/11/2010

 
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