ARTÍCULO

Zubiri y sus misterios

 

Con excepciones notorias, vista desde fuera, la existencia de los filósofos parece aburrida. Al sentir como un estorbo para su pensamiento cualquier cosa que les saque de su rutina, los intelectuales –salvo que, junto a su vocación intelectual, experimenten una fuerte inclinación política o una gran ansia de celebridad– gustan de huir de protagonizar aquellos acontecimientos que constituirán después los lances que colorean la narración de una vida. Por eso el empeño de escribir una voluminosa biografía de Xavier Zubiri, modelo de hombre de estudio, recluido tanto como pudo en su gabinete y en sus meditaciones, que atienda, además de a la evolución de su doctrina, a la sustancia de su vida personal, tejida, como la de cualquiera, de afanes, alegrías, miedos, logros y fracasos, se nos antoja de entrada una tarea absurda, tan paradójica como el subtítulo de la obra, La soledad sonora.
Sin embargo, la antítesis del título, recogida, acaso a través de Juan Ramón Jiménez, del comienzo del Cántico espiritual de san Juan de la Cruz, se vuelve comprensible gracias a la explicación de los autores. Partiendo de textos del propio Zubiri, observan que, únicamente cuando uno se ha quedado solo, las voces de los amigos y el sonido de las realidades habituales toman su verdadero cuerpo y resuenan en toda su amplitud para colmar la soledad de sonoridad. Del mismo modo, según avanza la lectura, cobra pleno sentido el objetivo que se proponen Corominas y Vicens, ya que esta biografía nos convence de que cualquier vida, bien narrada, desde su comienzo hasta su fin, interesa siempre y que el pensamiento del intelectual aparentemente más aislado está impregnado hasta su médula por sus vicisitudes personales y sociales. Ya escribió Zubiri, al hablar de la fe, y con mayor razón puede aplicarse a toda personal concepción global del mundo, que ésta es siempre concreta por estar configurada por las dotes de la persona, su biografía, su historia, su inserción social, su estructura psicológica, etc.
Pero en la misma medida en que la exposición del desarrollo de una doctrina personal no debe excluir la remisión a los avatares vitales de su creador, la biografía de un intelectual tampoco puede prescindir de la exposición pormenorizada de la evolución de su pensamiento. Los autores, sin duda buenos conocedores de la obra del pensador vasco, han embridado el amplio saber que atesoran de su filosofía y se han limitado a una descripción de su doctrina claramente insuficiente para el experto e incluso para el lector asiduo de los textos zubirianos (es evidente que no estamos ante una biografía intelectual de Zubiri, como se reconoce en el prólogo), pero sí muy apreciable, gracias a la claridad con que está expuesta, para aquel que apenas conozca sus enseñanzas.
El libro muestra su mayor originalidad en la aportación de noticias sobre las vicisitudes experimentadas por Zubiri en su larga vida. Muchas de estas informaciones eran ya conocidas, pues formaban parte del repertorio común de anécdotas en el que algunos profesores han convertido esa extraña disciplina denominada Filosofía española, pero ahora se nos ofrecen bien contextualizadas y sustentadas por las oportunas referencias obtenidas mediante el escrutinio de numerosos archivos, sobre todo el de la Fundación Zubiri, al que han unido la recopilación de testimonios orales de quienes trataron personalmente al filósofo. Pero, como subraya Erasmo, apoyándose en Homero, sólo el necio se conforma con los meros hechos: se requiere su interpretación. Y es al intentar esbozar explicaciones que den sentido a ese cúmulo de hechos cuando los autores se muestran más titubeantes. Así, el capítulo de la secularización de Zubiri, espléndidamente narrada y bien explicada en cuanto a sus componentes jurídicos, llevada a cabo por la Santa Sede a petición del interesado, en dos etapas –la reducción del estado eclesial al laical y, posteriormente, en muy poco tiempo, la obtención del permiso de contraer matrimonio canónico–, ambos muy difíciles de conseguir en los años treinta, deja pendiente para una investigación ulterior las razones íntimas que movieron a su protagonista a dar ese paso. La hipótesis sustentada en el libro es probablemente más atractiva que convincente. Se sugiere que Zubiri se ordenó sin fe, al menos sin una fe ortodoxa, ya que el joven filósofo se identificaba plenamente con el modernismo. Fundan esta interpretación en textos del mismo Zubiri, muchos de ellos aportados por éste en su proceso de secularización –y por esta razón sospechosos de parcialidad, como se nos advierte expresamente–, si bien los autores los complementan con otros procedentes de diversas fuentes. A este respecto, es especialmente relevante una carta de Zubiri a un antiguo compañero de Lovaina, quien le escribe pidiéndole consejo, acuciado por sus dudas espirituales, y en la que Zubiri se reconoce modernista e intenta justificar su ordenación y el obligado juramento antimodernista desde una peculiarísima concepción del cristianismo. Por cierto, este corresponsal lovaniense, que firma con el seudónimo de Rourix, lo traicionará denunciándolo como un criptomodernista, lo que habla por sí solo del estado de desconfianza y temor que invadió a una parte de la Iglesia durante los papados de Benedicto XV y Pío XI.
Sin embargo, la explicación de su secularización, apoyada en una ordenación sacerdotal sin auténtica fe, suscita dudas. Ante todo, por las escasas fuentes disponibles, que se reducen, a la postre, al propio proceso de secularización y a los pocos documentos que Zubiri guardó porque, como se lee en esta biografía, al regresar a España, nada más acabada la Guerra Civil, Zubiri quemó toda su correspondencia y escritos privados, excepto los que tenían que ver con su secularización: un gesto elocuente tanto de la situación espiritual de aquella España como del temple moral de su protagonista. Pero, además, esta explicación deja sin contestar la cuestión esencial de qué lo lleva a ordenarse sacerdote y mantenerse como tal, pese a su alejamiento manifiesto de su ministerio y de la jerarquía, durante cerca de quince años. Se sugiere que, como ocurre siempre, es un cúmulo de factores los que mueven nuestras decisiones y, a menudo, hasta nosotros mismos desconocemos cuál de ellos es el decisivo. Zubiri se ordena por agradar a su familia, por seguir el tipo de vida trazado por sus primeros maestros marianistas, por inclinación a una vida sosegada de estudio, por emprender una carrera eclesiástica ante el temor de ser llamado a filas para servir en la guerra de África, por creer que con la ordenación cesará su angustia espiritual. ¿Por qué permanece en el sacerdocio? De nuevo está presente el miedo a disgustar a sus padres, pero también el temor al repudio social y a las posibles represalias académicas: «desprestigiado y solo, no sé si aún contaré con el apoyo de Ortega y Cía». Tampoco resulta del todo claro el papel de las mujeres en su época sacerdotal. En este libro se relata cómo le pesa al joven Zubiri el traje talar y la satisfacción que experimenta al poder prescindir de él en el extranjero. También se cuenta el aprecio –y no sólo intelectual– con que lo miran las jóvenes alumnas. Se subraya el trato preferente que dirige a María Zambrano, con la que mantiene una relación equívoca. Zambrano guardará siempre una foto de Zubiri donde escribió en su reverso: «Al final él no se decidió». Y se describe su enamoramiento, todavía sacerdote, de Carmen Castro, la hija del historiador y embajador de la República en Alemania, a la que conoce en Múnich. Es inevitable preguntarse hasta qué punto fue decisivo su deseo de casarse con Carmen para solicitar la anulación de su ordenación.
Otro de los puntos que han constituido la leyenda de Zubiri es su familiaridad con algunos de los grandes científicos del siglo pasado, muy bien documentada en esta obra y, sobre todo, su relación con Heidegger, al que escuchó en Friburgo durante algo más de un año. En cuanto a lo primero, está fuera de discusión que se trató con Einstein y con varios de los creadores de la física cuántica, además de mantener una larga amistad con Severo Ochoa. Otro tema muy distinto, en el que esta biografía apenas se adentra, es en qué medida comprendió profundamente sus teorías. En lo que respecta a Heidegger, se reproducen grandes fragmentos de la conocida –en lo relativo a su existencia, no tanto a su contenido– carta de Zubiri a Heidegger al marcharse de Friburgo, dolido por la escasa atención que le había prestado el autor de Ser y tiempo,y se intenta también reconstruir la entrevista a la que dio lugar entre los dos filósofos.
También atraerá la curiosidad del lector la relación de Zubiri con Ortega. Ésta pasa de la franca admiración, propia del discípulo joven que fue Zubiri respecto del gran catedrático, a la rivalidad encubierta entre dos pensadores maduros. Asimismo, se deja entrever el disgusto de Zubiri ante Julián Marías, al que acusa en privado de tomar sus ideas, expuestas en los famosos cursos propiciados por la Sociedad de Estudios y Publicaciones, para presentarlas como propias en sus libros.
Tampoco queda claro el credo político de Zubiri. Su participación en la Revista de Occidente y, más plenamente, en Cruz y raya, promovida por su querido amigo José Bergamín, junto a su cercanía con el clero más partidario de la República, el cardenal Vidal i Barraquer, el carmelita catalán Xiberta, residente en Roma, su amistad y colaboración durante la guerra con Luis de Zulueta, embajador republicano ante la Santa Sede, y su expulsión de Italia por orden de Mussolini, indican un alineamiento con el gobierno republicano. ¿Qué lo lleva, pese a todo, a manifestar su adhesión por escrito, como aquí se documenta, a la Junta Nacional de Burgos en 1937? De nuevo parece que la influencia de la familia es determinante. Sin embargo, jamás su acercamiento a la España franquista será entusiasta y nunca intentará ganar méritos especiales para hacerse perdonar su proximidad a notorios republicanos y su secularización. Siempre renuente a tomar una posición pública, sin embargo, llega a firmar, en un par de veces, manifiestos de protesta como, por ejemplo, el escrito con motivo de la destitución de Ruiz Jiménez o, posteriormente, ante la expulsión de varios catedráticos de la universidad en 1965.
A lo largo de las páginas de esta biografía se hace cada vez más palpable la importancia que Zubiri concede a la amistad. Con su auténtico maestro y quizás el amigo más entrañable de todos, Zaragüeta; con Bergamín e Ímaz, amigos de juventud que rompen con él al no entender su ambigua posición política. Posteriormente con Pedro Laín y el grupo de falangistas no plenamente adictos al régimen, encabezado por el que fue rector de la Universidad Complutense, que intentó, sin éxito, la vuelta de Zubiri a su cátedra. Con Juan Lladó, personaje esencial no sólo en la vida de Zubiri, sino en la historia intelectual de la época franquista, como gran impulsor, gracias a los fondos de la familia Urquijo, de la Sociedad de Estudios y Publicaciones, que tanto ayudó a jóvenes investigadores a iniciar su carrera al margen de los cauces oficiales. Y, posteriormente, su amistad con una generación mucho más joven de investigadores: Ellacuría, Diego Gracia, Pintor Ramos, que lo veían como el maestro que no encontraban en la universidad oficial. Los amigos de Zubiri fueron los que hicieron posible su obra, porque no olvidemos que, si dejamos a un lado Naturaleza, Historia y Dios, una recopilación de escritos breves, no publicó más que forzado y animado por la Sociedad de Estudios y Publicaciones y, después de su segundo libro, Sobre la esencia, siempre ayudado por el reducido círculo reunido en su seminario privado.
Otro de los aspectos que intenta aclarar esta biografía es el traslado de Zubiri a la cátedra de Historia de la Filosofía de Barcelona, tras el regreso a España, después de la guerra y una vez secularizado, que parece exigencia más del Ministerio de Educación que de la Santa Sede y su abandono, sin aviso ni justificación al cabo de un año, de esa cátedra. En este punto es donde la explicación de Corominas y Vicens parece menos documentada. Se insinúa poco a poco a través de varios capítulos, creando así una cierta intensidad narrativa, que el enamoramiento de Zubiri por una sobrina suya fue la razón de que dejara Barcelona para asentarse en Madrid. Sea como fuese, una vez instalado en la capital de España, la vida de Zubiri se sosiega y, respaldado económicamente por la familia Urquijo, por los dólares que le aporta su suegro, Américo Castro, y por traducciones y colaboraciones de prensa de su mujer, puede ya dedicarse con sosiego a la composición de su obra. Tampoco esto fue para él sencillo. Lo vemos luchar con los problemas metafísicos y con la expresión precisa de su pensamiento. «Bienaventurados los que tienen pluma fácil, de ellos será el reino de las publicaciones», se queja a menudo Zubiri.
El libro concluye con una utílisima bibliografía cronológica de los escritos de Zubiri, de la que hasta hoy no se disponía, buenos índices temáticos y onomásticos, y treinta y ocho fotos que ayudan a evocar una época que irremediablemente, con la desaparición de sus protagonistas, va cayendo en el olvido. Todo ello enriquece esta obra que será, sin duda, referencia obligada para cualquier futuro estudio del pensamiento de Zubiri. 

01/10/2007

 
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