ARTÍCULO

Vida de mujer

Alianza, Madrid, 760 págs.
Trad. de MIguel Martínez-Lage
 

Alrededor del libro apasionante que tenemos entre las manos flota continuamente una pregunta apenas expresada: ¿qué sentido tiene escribir una biografía extensísima y extensamente documentada sobre la esposa de un famoso escritor? No cabe duda de que Véra fue una mujer muy especial: una joven judía rusa escapada con su familia de la revolución bolchevique, enamorada en el Berlín de entreguerras de un joven poeta ruso que escribía con el seudónimo de V. Sirin, cruzando el Atlántico con un marido y un hijo en dirección al nuevo continente, transformada en la secretaria y la mecanógrafa de un gran escritor en ascenso y más tarde en la implacable y temible agente literaria de un autor mundialmente famoso, terminando sus días en un gran hotel suizo al borde de un lago, en cuyas habitaciones se dedicaba a revisar las traducciones de su autor favorito... Pero no es menos cierto que el joven poeta Sirin, el marido, el escritor en ascenso, el autor mundialmente famoso y el autor favorito son todos una y la misma persona: Vladimir Nabokov, Volodia en la intimidad, marido de Véra y autor de novelas como Pálido fuego, Lolita y Ada o el ardor, porque la vida de Véra es absolutamente inseparable, que no indistinguible, de la de su esposo. Stacy Schiff comienza su obra con unas páginas muy hermosas donde muestra de qué forma ambos VN, Vladimir y Véra, se funden en las páginas de su correspondencia, cómo compartían una misma pluma para escribir, cómo cada uno respiraba y vivía en las anotaciones del otro, y llega a sugerir que una biografía de Véra habrá de ser también, necesariamente, una biografía del matrimonio. Afortunadamente, no es esto lo que sucede en su libro.

Véra dedicó toda su vida a su marido, y lo hizo con una dedicación y una intensidad que nos traen a los labios palabras como «esclavitud» o «inmolación». El hecho de que entre ambos esposos existiera una relación enormemente estrecha y que estuvieran los dos profundamente enamorados el uno del otro hasta el fin de sus días sirve, quizá, para ilustrar estas palabras, no para matizarlas.

Véra fue una esclava, una esclava gustosa, orgullosa, convencida, enamorada, pero una esclava. Gracias a ella, a su trabajo constante, a su dedicación absoluta, a su casi ubicuidad y a su infinita adaptabilidad para desempeñar las más variadas tareas, Nabokov pudo ser el Nabokov que todos conocemos, ese ser quimérico compuesto de versos de poetas antiguos, alas de mariposas y reflejos de sol en las praderas del pensamiento. Gracias a ella tuvo tiempo para escribir su obra, silencio, espacio, paisajes, camisas limpias, borradores limpios. Hacia el fin de sus días Nabokov solía decir que su esposa era su memoria: en labios de un novelista, esta afirmación parece un gran halago; en labios de un marido, sin duda una declaración de amor. Lo cierto es que Véra fue para Nabokov mucho más que su memoria.

Era Véra la que se ocupaba de todo, la que corría aquí y allá para tener siempre todo listo. Era ella la que sacó un carné de conducir, la que compró un coche y la que lo condujo. Era ella la que contestaba las cartas, los centenares, miles de cartas, muchas veces en su propio nombre, muchas veces en nombre de Vladimir, a veces confundiéndose los dos en la incertidumbre de los pronombres personales. Cuando iban a la compra, era ella la que cargaba las bolsas en el maletero del coche, en cuyo interior Vladimir esperaba cómodamente sentado. Era ella la que se ocupaba de las cosas prácticas, de la burocracia, de los alquileres veraniegos, de los numerosos traslados, y Schiff pinta una escena, muy nabokoviana por cierto, en la que vemos a Vladimir entrando en una casa nueva con un ajedrez y una lámpara de mano seguido de Véra que arrastra dos enormes maletas. Era Véra, a quien el profesor Nabokov presentaba a menudo como su «ayudante», la que recibía a los alumnos en el despacho de Vladimir durante las horas de atención al alumnado, era ella la que vigilaba los exámenes, la que los corregía y la que ponía las notas. Era ella la que se ocupaba de negociar los contratos con los editores y de buscar las triquiñuelas legales que les permitieran pagar menos impuestos. Boyd, el respetuoso biógrafo de Nabokov, explica que el gran hombre nunca limpió la escarcha de los cristales del coche ni la nieve de la entrada, pero no dice quién lo hacía. Por supuesto, la encargada de rascar el parabrisas helado era Véra.

Para ser una vida en la que apenas sucede nada, la de Véra resulta fascinante del principio al final, quizá porque es una vida feliz, quizá porque es una vida dedicada íntegramente a la literatura; a las bambalinas de la literatura, es cierto, al taller de atrás de la literatura, pero a la literatura de todas formas. El libro de Stacy Schiff, que ha merecido a su autora un premio Pulitzer, se lee con sumo agrado, y establece un contrapunto realmente apasionante con la magnífica biografía de Nabokov escrita por Brian Boyd hace unos pocos años. Creo que muy pocos nabokovianos auténticos resistirán el placer de comparar los muy abultados índices analíticos de ambas obras.

Las cosas se ven un poco distintas desde el punto de vista de Véra, queremos decir, desde el punto de vista de Stacy Schiff, que desde el punto de vista de Nabokov y su biógrafo Brian Boyd. Hay algunas ausencias curiosas: las amistades de Nabokov aparecen en la biografía de Véra mencionadas casi de pasada, y no hay la menor mención a la famosa polémica en que Vladimir se engarzó con Edmund Wilson. Más curiosa todavía resulta la forma en que se diluye el personaje de Dimitri, el hijo de ambos, a quien en la biografía de Boyd veíamos crecer, acompañábamos al colegio, seguíamos, junto con sus preocupados padres, en sus peligrosas aficiones de hombre joven (alpinismo, coches de carreras) y que se ve reducido aquí a una especie de presencia espectral. Tampoco es posible seguir, siquiera rudimentariamente, la carrera literaria de Vladimir desde las páginas de la biografía de su esposa, con excepción, por supuesto, del formidable escándalo que supuso la publicación de Lolita . Da la impresión de que Stacy Schiff ha querido escribir sobre Véra y sólo sobre Véra, o bien que se ha sentido tan fascinada y absorta por su personaje que ha llegado a olvidarse del resto del mundo que la rodeaba. O quizá que, por muy unidos que estuvieran los dióscuros VN y VN, las vidas de ambos fueran en realidad mucho más distintas de lo que ninguno de los dos habría nunca llegado a sospechar.

Desde la perspectiva de Schiff vemos a un Nabokov algo distinto a esa especie de santo laico que, quizá inconscientemente, se dedicó a pintar Brian Boyd en su biografía. Le vemos ausente de los problemas, encantado consigo mismo, enfurruñado en más de una ocasión, y Stacy Schiff le hace una (al menos una) jugada sucia, al incluir en el material gráfico la foto de una voluptuosa jovencita llamada Katherine Reese Peebles, en cuyo pie leemos que la muchacha se encontraba, sentada como está en una húmeda pradera y muy ligera de ropa, «en óptima situación para atestiguar que a su profesor de ruso "le gustaban las jovencitas, no sólo las niñas"». No es que tenga mucha importancia enterarnos de que Nabokov tonteaba con sus alumnas de Wellesley y de que entre Katherine Reese Peebles y él hubo numerosos «besos y caricias» (o al menos eso es lo que la propia Peebles, ya septuagenaria, le contó a Stacy Schiff); lo que nos sorprende es la malevolencia de presentar la foto de la muchacha casi como si hubiera sido tomada por un Vladimir de manos temblorosas, de equiparar implícitamente la imagen de una joven universitaria mayor de edad con la de una «nínfula» (ya que una nínfula, no lo olvidemos, es una niña) y, sobre todo, la perversa implicación de ese «no sólo», que es ostensiblemente una cita directa de Peebles pero deja un hueco de ambigüedad bastante incómodo y de todo punto injustificado. Parece claro que, al menos en este rincón de su libro, Stacy Schiff, que muestra por lo general una objetividad admirable, no ha podido resistirse a la tentación.

Tímida, altiva, inteligente, tenaz, muy culta, más férrea todavía que su marido en sus convicciones políticas y estéticas, dotada de una lengua afilada, implacable con las personas que no estaban a la altura de su altísima exigencia, ya fueran amigos íntimos o familiares cercanos, respetuosa con las convenciones sociales, muy consciente de su apariencia física, con una elegancia ascética compuesta del blanco luminoso de sus cabellos y el negro habitual de sus ropas, en abierto contraste con las ropas de colores pastel y los chalecos de fantasía de Volodia, Véra termina por convertirse, en las páginas de la biografía de Stacy Schiff, en una presencia de casi agonizante intensidad. «No se relajó jamás», dice Stacy Schiff en algún rincón de su libro. Aunque es injusto reducir una vida a una frase, esa es la que se ha quedado conmigo después de la lectura. Y no sólo esa frase, sino la sensación de una lucha interminable, incesante, no sólo con caseros, automóviles que no arrancan o editores tacaños sino, sobre todo, con las palabras: con las palabras de su marido, transcribiéndolas, pasándolas a limpio, traduciéndolas, corrigiéndolas, aprendiendo idiomas remotos para poder corregir nuevas traducciones; con las palabras propias, negando sistemáticamente haber dicho lo que notoriamente había dicho; con las palabras de los millones de cartas que recibió, leyó y contestó en su vida, cataratas de correspondencia que se convertían en cordilleras de correspondencia en cuanto sufría un resfriado o tenía que coger un avión para arreglar algún asunto editorial de su marido. No se relajó jamás frente a la inmensidad de las palabras, con su carga de indiferencia, olvido, vaguedad, mentira. En no menor medida que su marido, aunque en un reino distinto, se convirtió en una guardiana de las palabras, en una obsesa de la precisión imposible. Su deseo de desaparecer, de no ser jamás mencionada, esa «pasión del desmentido» de que habla Schiff que le llevó, por ejemplo, a negar haber dicho todas las cosas que le había dicho a Brian Boyd y que él transcribe entre comillas, el deseo de borrar sus huellas documentales, la «petición personal» que le hizo a John Updike de que quitara toda mención a su persona en el prólogo que el escritor escribió para el Curso de literatura europea de Nabokov indican, como no podía ser de otra manera, una desconfianza casi enfermiza a las palabras. Terminar así, perdida entre las páginas de un libro y convertida en objeto de una biografía, le habría parecido un destino más que curioso.

01/01/2003

 
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