ARTÍCULO

Maestro del terror

Crítica, Barcelona
Trad. de Teófilo de Lozoya
896 págs. 28,75 €
 

Los dictadores adoptan muchas formas. Algunos son maníacos religiosos y otros, cínicos absolutos; algunos son niños tímidos y enmadrados con afán de dominio, y otros se ven impelidos por una causa o misión más elevadas; algunos desean ser adorados como dioses, otros se contentan con ser temidos, y la mayoría son probablemente una mezcla de todas estas cosas. Pero todos tienen una cualidad en común: la lucha para conseguir el poder absoluto los relega a un mundo de mentiras. Y uno siente la tentación de suponer que si un dictador como, por ejemplo, Mao Zedong creía realmente lo que decía de él su propia prensa –que era el mayor genio de la historia, el mayor estadista, general, científico, poeta y qué sé yo qué más– seguramente sería un loco.

El Gran Líder Kim II Sung creó una especie de cielo (o infierno) del dictador, donde su cara era virtualmente la única imagen que se mostraba en público, y la política, las artes y la ciencia hallaron cauce en una colección de libros que llevaban su nombre. La historia de su vida, casi enteramente mítica, se convirtió en tema de un culto sagrado. Si pensaba que todo esto no era más que un engaño espantoso que sufrían sus súbditos, su cinismo habría sido tan ilimitado que constituiría también una forma de locura. Y, sin embargo, suponer que estos monstruos están locos es, por regla general, un error.

Joseph Vissarionovich Stalin no era un loco. Pero es cierto que no resulta fácil definir su verdadera naturaleza. Era un cínico, pero también un creyente. Traicionaría cualquier promesa, cualquier ideal, cualquier principio moral o político, o a cualquier persona, incluidos los miembros de su propia familia, para mantenerse aferrado al poder, aunque también parece haberse visto impulsado por un celo milenario cuasirreligioso. Según Andrei Gromyko, el embajador soviético en Washington y más tarde ministro de Asuntos Exteriores de Breznev, Stalin sólo daba rienda suelta ocasionalmente «a emociones humanas positivas». Aunque también podía ser un hombre de gran encanto, y tenía una vena sentimental. No siempre le resultaba fácil condenar a muerte a un viejo amigo pero, ay, era algo que había que hacer. La causa era más importante que cualquier sentimiento humano.

¿Quién fue, pues, este hombre, que envió a decenas de millones –incluidos algunos de sus más íntimos camaradas– a padecer muertes horribles con un simple gesto hecho a sus esbirros, que consumaban la matanza? Se han escrito muchos libros sobre este tema, y aún no lo sabemos realmente. Robert Conquest, cuyo clásico El gran terror (Barcelona, Caralt, 1974) sigue siendo uno de los mejores libros sobre este tema, describe al Vozhd (Líder) como una especie de capo di tutti capi, el jefe de una gigantesca organización criminal. Compara a Andrei Vyshinsky, el juez ejecutor de Stalin, con un «abogado del crimen organizado» y compara al Partido Comunista Soviético con la cosa nostra . Cita, refrendándolo, el veredicto del comunista yugoslavo Milovan Djilas: «Stalin fue, en general, un monstruo que, aunque comulgaba con ideas abstractas, absolutas y fundamentalmente utópicas, en la práctica no tenía otro criterio que el éxito, y esto significaba violencia y exterminio físico y espiritual».

Pero Conquest también concluyó que el lado personal de la personalidad de Stalin «debe de seguir siendo en gran medida enigmático».

El soberbio libro de Simon Sebag Montefiore ofrece un estudio más detallado de este aspecto personal de Stalin y sus principales colaboradoresEs realmente difícil saber cómo llamar a estos hombres brutales, aterrorizados, intrigantes, sin escrúpulos, hambrientos de poder, pero también, en algunos casos, fanáticamente idealistas. No eran ni políticos ni burócratas en el sentido convencional. ¿Qué eran entonces? ¿Cortesanos? ¿Esbirros? ¿Sátrapas? ¿Paladines? Montefiore prefiere «magnates».. De hecho, ningún autor occidental se ha acercado tanto. Ha rebuscado en archivos soviéticos recién abiertos (y a menudo cerrados posteriormente), que hicieron aflorar algunos materiales asombrosos. Más extraordinarias son aún sus entrevistas con los parientes y descendientes de Stalin y su séquito.

Montefiore los localizó en Moscú, Tblisi, Europa occidental, los Estados Unidos o dondequiera que estuvieran, y grabó sus relatos, que a menudo le contaban como excusas y justificaciones, aunque no por ello son menos terroríficos, grotescos o execrables. Montefiore, un escritor excelente, utiliza centenares de viñetas para meternos en harina. Reserva algunas de las mejores para sus notas a pie de página. Así, nos enteramos de que a Stalin le encantaba asistir a representaciones de su ópera predilecta, Ivan Susanin de Glinka, «pero sólo esperaba hasta la escena en que un ruso atrae a los polacos hacia un bosque, donde mueren congelados. Luego salía del teatro y se iba a casa». O de que Stalin, el mariscal Voroshilov, Anastas Mikoyan y otros miembros del Politburó se daban festines de comer, bailaban toda la noche y cantaban baladas cosacas mientras millones de personas morían de hambre en las hambrunas –por causas humanas– de 1931. O de que Stalin le hizo remedar a su guardaespaldas, Karl Pauker, para regocijo del Vozhd y sus amigotes, las patéticas súplicas de Grigory Zinoviev, un miembro del Politburó que fue ejecutado por orden de Stalin por deslealtad. O de que todas y cada una de las más destacadas familias bolcheviques contaban con su propio «eliminador», generalmente uno de los niños, cuya tarea era purgar los álbumes de fotos familiares de retratos de amigos y parientes que habían sido arrestados y ejecutados como enemigos del pueblo. Y así van sucediéndose las escenas horrendas, una tras otra, que solían tener lugar en la atmósfera cargada, puritana, burda y, sobre todo, paranoica de las numerosas casas de campo de Stalin, donde el aburrimiento extremo de los divagantes monólogos del Líder podían tornarse en pánico en un segundo ante la más mínima insinuación que le desagradara.

Montefiore ve a Stalin más como un malévolo sumo sacerdote de un culto siniestro que como el jefe de unos gángsters. El hecho de que Stalin fuera en su día estudiante en un seminario de Georgia le parece significativo. «Criado en una casa humilde controlada por un sacerdote, sufrió los daños de la violencia, la inseguridad y la sospecha, pero también la inspiración de las tradiciones locales de dogmatismo religioso, las contiendas de sangre y el bandolerismo romántico». Montefiore subraya una y otra vez el fanatismo de los primeros bolcheviques. El celo de Stalin, escribe, era «cuasiislámico», y esto era algo «característico de los magnates bolcheviques». Montefiore señala que la mayor parte de los viejos bolcheviques «procedían de entornos devotamente religiosos». Stalin, Yenukidze y Mikoyan fueron seminaristas. Voroshilov fue un niño cantor. Kaganovich procedía de una devota familia judía y la madre de Beria era tan piadosa que murió en una iglesia. «Odiaban el judeocristianismo», escribe Montefiore, «pero la ortodoxia de sus padres se vio sustituida por algo incluso más rígido: una amoralidad sistemática». Nadezhda Mandelstam observó: «Esta religión –o ciencia, como la llamaban modestamente sus adeptos– inviste al hombre de una autoridad divina [...]. En los años veinte, muchas personas establecieron un paralelismo con la victoria del cristianismo y pensaban que esta nueva religión duraría mil años».

Cuando Stalin estaba a punto de ordenar el asesinato de cientos de miles de personas en el Gran Terror de 1937, les dijo lo siguiente a algunos de sus colaboradores más antiguos que estaban a punto de ser eliminados en las purgas: «Quizá pueda explicarse por el hecho de que habéis perdido la fe». Aquí, escribe Montefiore, «se hallaba la esencia del frenesí religioso de la futura matanza». En este orden de cosas, Vyshinsky era más un gran inquisidor que un abogado del crimen organizado. Una vez más, por tanto, los dos papeles no son incompatibles.

Todo esto es perfectamente plausible. Puede que sea precisamente su sinceridad la que permite que los asesinos en masa utilicen cualquier medio para lograr los fines que desean. Y Stalin era sólo el jefe de los asesinos. Sus magnates tenían poderes ilimitados en sus propios dominios. Montefiore cita algo que dijo Khruschev, que fue responsable de incontables muertes en Ucrania, sobre un agrónomo a su servicio que lo contrarió durante el Terror: «Bueno, por supuesto que podría haber hecho lo que quisiera con él, podría haberlo destruido, podría haberme encargado, ya sabe, de que desapareciera de la faz de la tierra».

Pero como la más ligera sospecha de duda o disentimiento podría conducir incluso a los colaboradores más cercanos de Stalin directamente a las cámaras de tortura, había que tener cuidado de creerse cualquier opinión que se expresara. Los grandes jefes del partido, como Khruschev, Vyacheslav Molotov, el ministro de Asuntos Exteriores de Stalin, Sergei Kirov, el jefe del partido en Leningrado, e incluso Beria, al frente de la policía secreta de Stalin, el NKVD, vivían en medio de un temor más o menos constante. Si el Líder les decía que bailaran, bailaban; si les golpeaba en la cabeza con su pipa y decía que sus cráneos estaban huecos, como hizo Stalin con Khruschev en público, le reían la gracia; y si les pedía que mataran a miles, mataban a miles, o a cientos de miles, o lo que hiciera falta para mantener contento al Vozhd y que los dejara en paz.

Tenían toda la razón al tener miedo. A Pauker, el bufón de la corte que entretenía a su amo burlándose de las súplicas de Zinoviev para que no lo mataran, le pegaron un tiro por saber demasiado. La esposa de Molotov fue deportada por su presunto libertinaje sexual y por formar parte de una conspiración judía. Kirov fue asesinado en Leningrado, en 1934, muy probablemente por orden del NKVD. En 1938, Nikolai Bukharin, que mostró su desacuerdo por la guerra de Stalin contra los campesinos, fue condenado a muerte en un juicio amañado y propagandístico acusado de ser un espía trotskista, un destrozador, un terrorista y un conspirador para asesinar a Lenin. Su primera mujer, lisiada, fue interrogada y luego ejecutada. Su segunda esposa pasó dieciocho años en el Gulag. Montefiore defiende que Bukharin no fue torturado. Esto encaja con la conclusión de Robert Conquest en sus anteriores ediciones de El gran terror. Pero en la edición revisada de su libro Conquest escribe que se utilizaban realmente «métodos de influencia física» y que fue amenazada no sólo la esposa de Bukharin, sino también su hijo, que era sólo un niño.

Incluso los carniceros más feroces de Stalin, los jefes de su policía secreta, nunca se sintieron a salvo, y de nuevo con motivos sobrados: todos los jefes de la policía secreta sabían demasiado, y esto los convertía en peligrosos. Genrikh Yagoda, que había creado el NKVD, fue juzgado y ejecutado en 1938 por derechista y espía trotskista. Nikolai Yezhov, conocido como «El enano» por su baja estatura, y el arquitecto del Terror, era un hombre que sentía un placer especial por golpear a alguien hasta matarlo, pero fue arrestado y ejecutado en 1940 bajo la acusación de ser un espía británico y de conspirar para asesinar a Stalin. Su sucesor, Lavrenti Beria, con un gusto tan voraz como el de Yezhov por el uso de métodos de influencia física, sobrevivió a la muerte de Stalin, pero fue liquidado por Khruschev.

¿Cómo podían creer estos antiguos peces gordos las absurdas acusaciones esgrimidas contra los demás? ¿Y qué pensaban los magnates cuando desaparecían sus mejores amigos? Yezhov, que había obtenido mediante torturas las confesiones más estrafalarias de numerosas personas, no era obviamente un espía británico, y de hecho se negó a confesar, pero es posible que al menos algunos incondicionales del Partido, traicionados por la misma causa a la que habían servido, siguieran creyendo que el Partido y su Líder eran infalibles y, por tanto, que sus sentencias de muerte tendrían que ser en algún sentido merecidas. Éste es uno de los temas subyacentes en la novela de Arthur Koestler Oscuridad a mediodía. Pero Koestler también señaló que al menos algunas personas «fueron silenciadas por el miedo» y que «algunas esperaban salvar su cabeza; otras salvar al menos a sus mujeres o hijos».

En cierta ocasión cité superficialmente la descripción que hace Koestler de los verdaderos creyentes a Leo Labedz, el brillante intelectual polaco que ayudó a fundar la revista Encounter. Labedz me recordó que la mayoría de las personas dirían cualquier cosa en cuanto sus cuerpos y sus espíritus se vieran quebrantados por la tortura. E incluso aquellos que murieron como bolcheviques confesos lo hicieron probablemente de este modo, por decirlo así, faute de mieux. Conquest cita el último ruego de Bukharin en 1938:

Durante tres meses me negué a decir nada. Entonces empecé a testificar. Porque mientras estaba en la cárcel hice una reevaluación de todo mi pasado. Porque cuando te preguntas: "Si has de morir, ¿por qué estás muriendo?". Entonces se yergue ante ti una vacuidad absolutamente negra con una asombrosa intensidad. No había nada por lo que morir si uno quería morir sin arrepentirse [...]. Y cuando te preguntas, "Muy bien, supón que no vas a morir; supón que por algún milagro vas a seguir vivo. Y de nuevo, ¿para qué?". Aislado de todos, un enemigo del pueblo, una posición inhumana, completamente aislado de todo lo que constituye la esencia de la vida.

De todos los adláteres de Stalin, Beria fue quizás el más despiadado, pero también el más lúcido. Montefiore lo resume de este modo: «Este hábil intrigante, tosco psicópata y aventurero sexual también habría cortado gargantas, seducido a damas de compañía y envenenado copas de vino en las cortes de Gengis Kan, Solimán el Magnífico o Lucrecia Borgia». En los primeros años de su ascenso a las más altas instancias, Beria «veneraba a Stalin». «La suya era la relación del monarca y el señor feudal». Trataba al Líder «como un zar en vez de como el primer camarada». Y Beria pasó a tener «con el paso del tiempo menos devoción por el marxismo».

Nada más morir Stalin en 1953, Beria propuso liberalizar el régimen y liberar Alemania del Este, lo que muestra que incluso los monstruos pueden tener políticas acertadas. Montefiore escribe que el nuevo entusiasmo liberal de Beria alarmó tanto a los magnates que Khruschev hizo arrestarlo y ejecutarlo rápidamente. Pero también era difícil que Khruschev, que tenía probablemente más de auténtico creyente que Beria, actuara únicamente por idealismo. Estaba librándose un juego de poder en la cosa nostra soviética. Los magnates conocían a su hombre: no corrieron riesgos y cogieron a Beria antes de que él pudiera cogerlos a ellos. Pero esto sigue dejando sin contestar la pregunta del propio Stalin: ¿jefe de gángsters, zar o gran patriarca bolchevique?

A menudo se ha comparado a Stalin con Hitler. Es algo que tiene cierta lógica. El estalinismo fue en muchos sentidos una inspiración para el Führer, y el Vozhd se sentía fascinado por Hitler. Montefiore vuelve a ofrecer una anécdota reveladora. Después de que Hitler hubiera asesinado a potenciales rivales en la Noche de los Cuchillos Largos, Stalin le comentó a Mikoyan: «¿Has oído lo que ha pasado en Alemania? [...] ¡Menudo tipo ese Hitler! ¡Espléndido! ¡Eso es algo para lo que hace falta habilidad!».

Pero en cierto sentido Stalin tenía más en común con Mao. Ambos eran provincianos que se las daban de pensadores. Estaban fascinados por artistas e intelectuales, y sospechaban profundamente de ellos. Stalin, al igual que Mao, era un lector voraz, con un gusto especial por la historia (su nieta afirmó que lo vio leyendo a Balzac y que «adoraba» a Zola). A Mao le gustaba identificarse con el emperador Qin, un salvaje tirano del siglo II a.C. que se hizo famoso (en la medida en que podemos saber algo con seguridad) por quemar a eruditos confucianos, además de sus libros. Stalin, nos informa Montefiore, se consideraba alguien al estilo de Iván el Terrible, su «maestro». «El pueblo ruso –decía,– es zarista». «El pueblo necesita un zar a quien puedan venerar y por quien puedan vivir y trabajar». Cuando no era Iván quien le servía como modelo histórico, su papel lo ocupaba Pedro el Grande, o Alejandro I, o los shahs de Persia.

Esto parece estar a años luz de las teorías del socialismo científico. Pero Stalin compartía con Mao una convicción que encaja con la lógica del marxismo-leninismo revolucionario, a saber, la creencia de que la sociedad era una tabula rasa, que el hombre podía rehacer, desde cero, dada una voluntad superior y un grado suficiente de crueldad. La naturaleza podía ignorarse tranquilamente. Ese es el motivo por el que ambos parecen haber sido engañados sinceramente por la ciencia descabellada de Trofim Lysenko. El «lysenkismo», o «darwinismo creativo», prometía un nuevo tipo de agricultura en el que se crearían variedades de trigo soviético hasta entonces insólitas que solucionarían todos los problemas de alimentación en el imperio de Stalin. Los experimentos con el trigo soviético fueron tan desastrosos como, pocas décadas después, el trigo chino de alto rendimiento de Mao (plantado en suelos tan absolutamente inapropiados como las tierras altas del Tíbet), pero de estos fracasos se culpaba a los «saboteadores» y a los «científicos burgueses», muchos de los cuales fueron asesinados, a pesar de que las muertes por hambre se produjeran en mayor número que nunca. Estas cosas podrían no haber ocurrido si Stalin y Mao hubieran sido unos escépticos totales. Pero eran crédulos además de cínicos, y por ello hubieron de morir millones de personas.

Lo que hace de un tirano como Stalin alguien especialmente terrorífico es, sin embargo, que nunca se podía estar seguro de lo que pensaba en un momento dado. La realidad, como el hombre soviético, era infinitamente maleable; era lo que el Vozhd decía que era. Stalin también utilizó la volubilidad como un arma política para mantener a sus subordinados en una conjetura constante: las órdenes se invertían de repente; se daba de beber y cenar a hombres y mujeres una noche y al día siguiente se les torturaba; podía alabarse a alguien por hacer algo y a renglón seguido castigarle por ello; a los jefes del NKVD de Stalin, como el egregio Yezhov, se les soltaba como perros salvajes sobre los enemigos, y luego se les pegaba un tiro por haber llegado demasiado lejos. Este capricho tiránico empeoró cuando Stalin sintió el frío de la muerte junto a su propio cuello. En el último año de su vida creía, o decía que creía, que las conspiraciones judeo-crimeoamericanas estaban amenazando su imperio. Se arrestó a poetas judíos como espías estadounidenses. Los médicos judíos fueron torturados por Semyon Ignatiev, el último jefe de la policía secreta de Stalin, por «terroristas» y «saboteadores». Nadie estaba al margen de toda sospecha en este universo enloquecido. A Molotov, cuya esposa era judía, Stalin le puso el sobrenombre de «Molotstein».

Montefiore pregunta: «¿Creía realmente Stalin en todo esto?». Su respuesta: «Sí, apasionadamente, porque era políticamente necesario, lo que era mejor que la simple verdad. "Nosotros mismos podremos decidir", le dijo Stalin a Ignatiev, "lo que es verdad y lo que no"»Esto trae a la memoria al alcalde vienés Karl Lueger quien, cuando le preguntaron por qué tenía algunos amigos judíos, a pesar de su conocida animosidad hacia los judíos, respondió que él decidiría quién era judío.. El resultado, por supuesto, es la paranoia, que no es más que una forma de locura. Un dictador, no menos que sus colaboradores, ha de vivir en un palacio de mentiras que él mismo se construye, donde jamás puede confiarse en nadie. El médico de Mao Zedong, Li Zhisui, observó que en la corte de Mao tanto el presidente como muchos de sus sátrapas sufrían retortijones de estómago crónicos, un síntoma clásico de la tensión nerviosa (Himmler se quejaba de lo mismo, y sólo sabía cómo aliviarlo su masajista, un hombre gigantesco de origen báltico de nombre Kersten, conocido cariñosamente como el Gordo Buda). En el caso de la corte de Stalin, el alcoholismo y los infartos fueron los males más habituales.

La paranoia, pues, quizá más que el sadismo, explica por qué Stalin necesitaba constantemente orgías de sangre, tanto en el conjunto del país como entre aquellos que se apiñaban a su alrededor. Stalin le dijo a Beria que «un enemigo del pueblo no es únicamente alguien que hace sabotaje, sino alguien que duda de la corrección de la línea del Partido. Y hay muchos y debemos liquidarlos». Como Stalin hacía y deshacía constantemente la línea del Partido, esto se traducía en que las liquidaciones no tenían fin. Si alguien perturbaba la imagen de la realidad que tenía Stalin en un momento dado, había que matarlo. No sólo había que asesinar a quienes dudaban, sino también a quienes podían potencialmente dudar. Se trata, en la práctica, de una forma de persecución religiosa, y a manos de un Dios vengativo y caprichoso. Montefiore cuenta una historia de una vieja histérica de Kiev que reconocía a los enemigos del pueblo con sólo mirarles a los ojos. Sus denuncias públicas provocaron la muerte de miles. Stalin la ensalzó.

Millones de ciudadanos soviéticos hubieron de pagar un precio terrible por la paranoia del Líder, no sólo en forma de terror y purgas, sino también de los errores garrafales cometidos por Stalin. Antes de que las tropas alemanas avanzaran majestuosamente por la Unión Soviética en 1941, Stalin había recibido varias advertencias de que era algo que estaba a punto de ocurrir. Pero desdeñó todos los informes de la inteligencia como mentiras y provocaciones. Porque había decidido que Hitler no atacaría nunca a la Unión Soviética y, por tanto, que cualquier información en sentido contrario –que los barcos de guerra alemanes estaban apiñándose en torno a Riga, o que los planes de guerra alemanes revelaban una invasión inminente– era una mentira maliciosa. Cuando un comunista de Berlín desertó de la unidad de su ejército alemán para informar a los soviéticos de las órdenes alemanas de atacar, Stalin hizo que lo ejecutaran «por su desinformación».

Ha pasado a ser habitual la atribución a Stalin de su victoria definitiva sobre los nazis. Pero si hubiera dedicado más tiempo a preparar la invasión alemana y menos a torturar y condenar a muerte a sus mejores generales por criticar el estado de las defensas soviéticas, seguramente se habrían salvado incontables vidas. Las tropas de Hitler fueron derrotadas en última instancia no tanto por el genio de Stalin como por la inmensidad de la tierra que había que conquistar, la tenacidad de los soldados y ciudadanos soviéticos, los terribles errores tácticos de Hitler y el crudo invierno soviético.

Los magnates de Stalin, el verdadero tema de Montefiore, pagaron un precio especial por la paranoia de su líder, aparte de ser ejecutados. Demasiado aterrorizados para contradecir a Stalin, la mayoría trató desesperadamente de consentirle todos sus caprichos. Esto le permitió al Vozhd practicar todo tipo de diversiones con ellos: hacerlos bailar juntos u obligarlos a beber hasta que se desplomaban; el tipo de cosas con que disfrutan muchos hombres fuertes y monarcas cuasimachos. Pero es probable que en la espantosa soledad de su trono despótico Stalin supiera que su poder se asentaba en una sarta de mentiras, y aunque exigiera su sumisión ciega, despreciaba a sus cortesanos más leales justamente por ello. Si es que no lo hizo ya, esto era un motivo suficiente para detestar a la humanidad.

En algún momento de la década de 1930, Stalin le contó este chiste a un hombre que había sido torturado. «Arrestaron a un chico –dijo Stalin–y lo acusaron de escribir Eugene Onegin. El chico intentó negarlo [...]. Unos días más tarde, el interrogador del NKVD se topó con los padres del chico: "¡Enhorabuena! –dijo–. Su hijo ha escrito Eugene Onegin"». A Stalin y sus gerifaltes esto les parecía hilarante. De todas las historias que nos cuenta Simon Sebag Montefiore en su sombrío y excelente libro, esta es seguramente una de las más desconcertantes.

 

Traducción de Luis Gago.
© Copyright: Ian Buruma, 2004.
Cedido por The Wylie Agency (UK) de Londres.

01/08/2004

 
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