ARTÍCULO

Romain Gary y la crítica literaria

 

Myriam Anissimov acaba de publicar en Francia una biografía exhaustiva de Romain Gary (Romain Gary, le caméleon, Denoël, 2004). De esta autora se había traducido al castellano una notable biografía de Primo Levi (Primo Levi o la tragedia de un optimista ) y la de ahora, dedicada a Gary, ilumina muchas de las sombras que el novelista había querido dejar tras de sí. La literatura y la vida de Gary encierran una buena parte de la tragedia del siglo XX . Avatares que el escritor vivió intensamente, pero hay un episodio en la vida de Gary que lo caracteriza y, lo que resulta más interesante, pone en evidencia las miserias de la crítica literaria en un país tan significativo como Francia.

El rechazo de El gatopardo, del que fue responsable Elio Vittorini, gran gurú de las letras «progresistas» italianas en los años cincuenta (la obra de Lampedusa se publicó después de la muerte del autor, gracias a la generosidad y buenos oficios de Giorgio Bassani), o la no admisión por Seix Barral de Cien años de soledad , de Gabriel García Márquez, palidecen ante la metedura de pata de toda la crítica francesa, que cayó en la trampa para elefantes que en los años setenta preparó el escritor cuya vida se glosará a continuación. La obra y también la vida de Gary (1914-1980) son de un extraordinario interés. No es que Gary fuera un aventurero, pero su vida fue toda una aventura.

El novelista Romain Gary, un prolífico y magnífico escritor, es poco conocido en nuestro país, pues sus libros apenas han sido traducidos al castellano, a pesar de sus intensas relaciones con España. Tenía una casa, «Cimarrón», en Puerto Andraitx (Mallorca) y su único hijo, Diego, cuya madre fue Jean Seberg, estuvo siempre a cargo de la española Eugenia Muñoz y por eso la lengua «materna» del muchacho fue el castellano. El escritor nació en Vilnius (Lituania) dentro de una familia judía. Se llamaba en realidad Roman Kacew (hijo de Mina y de Arieh). Tras la separación de sus padres, su madre y él se instalaron en Niza, donde tenían parientes. El padre de Gary abandonó a la madre del futuro escritor en 1925 para irse a vivir con Frida Bojarki, una mujer que era diecisiete años más joven que Mina. Cuatro años más tarde, en 1929, los padres de Gary se divorciaron legalmente. En Niza estudió Gary el bachiller y en Aix-en-Provence y París su licenciatura en Derecho. Un oficio que nunca ejerció.

Gary cumplía el servicio militar en el Ejército del Aire francés cuando, en septiembre de 1939, los nazis invadieron Polonia. En 1940, después de que el mariscal Pétain firmara la rendición y formara en Vichy un gobierno colaboracionista, Gary se dispuso a pasar a Inglaterra siguiendo el llamamiento del general De Gaulle (18 de junio de 1940): «Debo precisar que mi madre me instó a continuar combatiendo ya unos días antes» (La promesse de l'aube). El 5 de julio de 1940, Gary y varios compañeros de la milicia estaban en Casablanca intentando saltar a Inglaterra. Al fin lo consiguieron en un carguero que, tras diecisiete días de navegación y ser bombardeado por la aviación alemana, llegó al puerto británico de Greenok.

Después de entrar en la RAF como bombardero, Gary pasó, en septiembre de 1941, a formar parte del grupo n. o 1, «Lorena», dentro de las fuerzas aéreas francesas libres. Pronto serían enviados al norte de África: «Mi intención era establecer en los confines del Chad y de Libia un teatro de operaciones, esperando que más adelante estas fuerzas francesas pudieran alcanzar el Mediterráneo» (De Gaulle, Memorias).

El 30 de julio de 1940, la escuadrilla de Gary recibió la orden de unirse en Jartún a las tropas británicas que se disponían a desalojar a los italianos de Abisinia. Un viaje que duró once días. Sin apenas víveres (Gary llevaba consigo sólo unos botes de compota), tuvieron que vivir de la caza. Al verse obligados a beber en los ríos que encontraron a su paso, se infectaron de tifus. La fiebre tifoidea se le reproduciría gravemente a Gary en diciembre de 1941, cuando la escuadrilla estaba ya en Damasco. «En 1942 fallé al tirar sobre un submarino italiano en el Mediterráneo. Quizá salvé así un poema, una canción o una carta de amor. Es posible que aquel fallo represente lo mejor que haya hecho en mi vida», escribiría en 1980, pocos días antes de morir.

En septiembre de 1942, Gary, ascendido ya a teniente, y sus compañeros de escuadrilla fueron enviados de vuelta a Inglaterra en barco, lo que resultó otra aventura peligrosa (sesenta y ocho días en el mar, acosados por los submarinos y la aviación alemana). En su nuevo destino iba a continuar la guerra, jugándose la vida en cada misión. «Herido y sabiendo que su piloto estaba también herido, él efectuó el bombardeo ordenado por el mando y retomó la formación hasta conseguir salir de territorio enemigo», dice el parte que le valió a Romain Gary la cruz de guerra y la cruz de la Liberación. El 16 de mayo de 1944, recién salido del hospital, fue destinado como jefe de la cancillería en el Estado Mayor del general Corniglion-Molinier. Este general lo había escogido por ser licenciado en Derecho y, sobre todo, porque hablaba y escribía perfectamente el inglés, el ruso, el alemán y el polaco.

Durante su estancia en Londres, aún tuvo tiempo de conocer a muchas mujeres (nunca pudo vivir sin tenerlas a su alrededor), y entre ellas a Lesley Blanch, una periodista y escritora inglesa con quien se casó antes de que terminara la guerra. Poco después, el 16 de junio de 1945, fue ascendido a capitán y nombrado caballero de la Legión de Honor por méritos de guerra. «Las bombas que arrojé sobre Alemania entre 1940 y 1944 pueden haber matado en su cuna a un Rilke, un Goethe, un Hölderlin. Pese a todo, si tuviera que hacerlo de nuevo, lo haría. Hitler nos había condenado a matar. Incluso las causas más justas no son nunca inocentes. Es preciso que lo humano y lo inhumano rompan, al fin, su unión infernal», escribiría Gary mucho más tarde.

Ya fuera en el desierto africano o en la campiña inglesa, Gary pasó, durante la guerra, muchas horas escribiendo la primera novela que vería publicada: Éducation européenne, que apareció primero en lengua inglesa. El libro está dedicado a su compañero Robert Colcanap, un joven que no había cumplido los dieciocho años cuando salió de Brest en una frágil embarcación hacia Inglaterra antes de que De Gaulle llamara a la resistencia: «Un francés no puede dejar solos a sus aliados», había dicho. Colcanap murió el 11 de noviembre de 1943 cuando, al quedarse sin carburante, no quiso tomar tierra sobre un campo de fútbol inglés donde se jugaba un partido. Su avión se estrelló pocos metros más allá. Llevaba encima una carta-testamento para que le fuera enviada a sus padres. «Os pido perdón por todos los disgustos que os haya podido dar desde el día de mi nacimiento. Sin embargo, estoy contento de haber hecho lo que era mi deber. En el fondo de mi conciencia no tengo nada que reprocharme».

A la madre de Gary la había matado un cáncer en 1941 y su padre, con buena parte de la familia, fue masacrado por los nazis en Auschwitz. De esto último se enteró Gary terminada la guerra. Fue entonces cuando comenzó a trabajar en el Servicio Exterior, donde ocupó diversos cargos, uno de ellos el de cónsul de Francia en Los Ángeles, siempre acompañado de su esposa Lesley, que se encargaba más que él de las pesadas labores protocolarias, lo que no le impidió ser una escritora de éxito.

Gary sirvió como diplomático en varias embajadas y misiones –Bulgaria, Suiza, Nueva York, Bolivia, Naciones Unidas...– y en el ya citado consulado de Los Ángeles, pero los odios, en algún caso, y cierto desprecio por su actitudes «bohemias», propio de una casa tan formal y añosa como el Quai d'Orsay, le impidieron llegar a ser embajador, título al que aspiraba.

Con ocasión de un homenaje, naturalmente póstumo, organizado en 2004, precisamente por el Ministerio de Asuntos Exteriores, el Figaro Littéraire escribió: «Romain Gary, en contra de su sueño, no pudo ser jamás embajador de Francia [...], pero fue, como Montaigne, un francés universal, el mejor de los embajadores, el embajador del espíritu». En ese mismo número del Figaro se publicó un artículo de Anne MuratoriPhilip en el cual se cuentan algunas anécdotas «diplomáticas» que ilustran el espíritu burlón de Gary.

Estando destinado en Berna, se le había reprochado el escaso número de informes que enviaba a los servicios centrales. Decidió entonces remitir un cable al ministro de Asuntos Exteriores en los siguientes términos: «Tengo el honor de informar que hoy, a partir de las 13 horas y durante veinte minutos, ha nevado en Berna. Conviene señalar que esta nevada no fue anunciada por el servicio meteorológico helvético, por lo que dejo al ilustrado criterio de vuestra excelencia la deducción de las conclusiones que el caso requiere». Siendo cónsul en Los Ángeles, un periodista de la CBS le preguntó a Gary su opinión acerca del presidente Eisenhower: «Es el mejor presidente de los Estados Unidos en la historia... del golf», contestó.

Romain Gary trabajó su literatura como un forzado y lo normal era que acometiera la redacción de dos, incluso tres, novelas al mismo tiempo. Pronto se convirtió en un escritor muy conocido y con buenas ventas (especialmente en el área anglosajona). En 1956 obtuvo el Premio Goncourt por su novela Les racinesdu ciel , a la que habían precedido Tulipe (1946), Le Grand Vestiaire (1949) y Les couleurs du jour (1952). A partir del Goncourt y hasta su muerte en 1980 publicó en francés alrededor de veinticinco novelas, aparte de guiones cinematográficos (por ejemplo: El día más largo, la película sobre el desembarco aliado en Normandía), alguna obra de teatro, narraciones cortas y un notable número de reportajes. También escribió directamente en inglés media docena de novelas que publicó en Inglaterra y en Estados Unidos. Sin embargo, Gary no tuvo suerte con la versión cinematográfica que se hizo de algunas de sus novelas, como Lady L., que dirigió Peter Ustinov, con Sofía Loren y Paul Newman; Les racines du ciel que rodó John Huston, con Juliette Greco y Errol Flynn; o Chien blanc, que dirigió Samuel Fuller. Tampoco las dos películas que Gary dirigió –Les oiseaux vont mourir au Pérou (1968) y Kill (1972)– tuvieron mucho éxito.

Gary, que nunca participó activamente en la vida política francesa, siempre se sintió ligado personalmente al general De Gaulle, con quien mantuvo una relación de amistosa lealtad. En el campo cultural fue amigo y admirador de dos resistentes como él: André Malraux y Albert Camus.

Su intensa, agitada y múltiple vida sentimental fue tolerada por su esposa hasta que Gary –hasta entonces hombre de amores pasajeros– se enamoró perdidamente de una joven a quien conoció en California, cuando ella tenía la propuesta de rodar dos películas: con Otto Preminger (Bonjour tristesse ) y con Jean Luc Godard, respectivamente. Aquella hermosa muchacha se llamaba Jean Seberg. La protagonista de À bout de souffle quedó enganchada del ya maduro Romain Gary, con quien acabó casándose después de que éste obtuviera el divorcio de Lesley Blanch. Ésta no se lo puso fácil: «Prefiero ser la viuda de Gary a ser su ex esposa», había anunciado antes de arruinarlo en un proceso de separación que dejó exhausto al escritor.
La norteamericana Jean Seberg, nacida en una familia burguesa y puritana de Iowa, tuvo con Gary un hijo, Diego, antes de que los padres hubieran podido casarse. Era una mujer tan bella como psicológicamente inestable y, aparte de sus aventuras eróticas con personajes diversos, desde el escritor mexicano Carlos Fuentes al actor Clint Eastwood, se sintió atraída por el movimiento de los Panteras Negras, quienes la explotaron sin piedad, económica y sexualmente. Hakim Abdullah Jamal, nombre musulmán que se había puesto el norteamericano Alan Donaldson, uno de los jefes de los Panteras Negras, casado con una prima de Malcom X y con seis hijos, la hizo su amante y la maltrató moralmente durante años.

El abstemio Gary, que detestaba «el alcohol, los alcohólicos... y al mariscal Petain», hubo de soportar el alcoholismo y la drogodependencia de su esposa y sus radicalidades políticas, que él rechazaba. El matrimonio no duró mucho, pero Gary mantuvo hasta el final una actitud protectora hacia la madre de su hijo, de suerte que ella siempre dispuso de un apartamento, propiedad de Gary, en el amplio piso que él había comprado y dividido en París, en la rue du Bac. También fue Gary quien pagó los frecuentes y costosos tratamientos psiquiátricos a los que Jean Seberg, cada vez más deteriorada, hubo de someterse hasta su triste muerte.

Con algún altibajo, Gary fue siempre un novelista de éxito, pero en su madurez creativa se encontró con el desapego de algunos críticos que, quizá influidos por el canon del nouveau roman de Robbe-Grillet y compañeros mártires, le habían dejado de apoyar, tachándolo en ocasiones de «romántico pasado de moda». El escritor, que sentía atracción por lo camaleónico, ya había publicado alguna novela menor bajo seudónimo, pero al inicio de los años setenta se decidió a montar una de las bromas literarias más sonadas de la historia: «Estaba harto de la imagen de Romain Gary que me habían colgado a la espalda [...] y, sobre todo, añoraba la juventud, el comienzo, el primer libro».

Fue así como nació Émile Ajar, un escritor que en 1973 envió a la editorial Gallimard, supuestamente desde Brasil, el manuscrito de una novela titulada «La soledad de una serpiente pitón en París», cuyo título, finalmente, fue Gros-Câlin. Robert Gallimard pasó la novela al comité de lectura de su editorial, al que pertenecían, entre otros, Raymond Queneau y Colette Duhamel. El comité recomendó su publicación. En la nota que Raymond Queneau redactó para la ocasión puede leerse: «La historia se sitúa en un punto de encuentro donde están Ionesco, Céline y Boris Vian».

Un estadístico, el señor Cousin, vive en París acompañado tan sólo por una serpiente pitón que el hombre ha traído de Marruecos. La serpiente se coloca, como si fuera una bufanda, alrededor de su cuello cuando él vuelve a casa después del trabajo. Un día, la serpiente, asustada, huye por el desagüe y aparece en la taza del váter de una vecina, madame Champjoie du Gestard, cuando ésta estaba allí sentada. Cousin es denunciado por intromisión en la intimidad de la señora. «Como si yo me hubiera introducido en el agujero para tocar la clopinette de madame Champjoie du Gestard», alega Cousin.

Cuando la novela apareció en las librerías durante el otoño de 1974, todos los críticos sin excepción elogiaron la irrupción de un escritor «nuevo y rompedor», sin sospechar quién podía estar detrás de aquel desconocido Émile Ajar. Estos profesionales de la crítica consideraron que el estilo de Ajar era completamente nuevo, sin apercibirse de las indudables coincidencias puntuales que había entre Gros-Câlin y obras anteriores de Gary, como Éducation européenne, Le Grand Vestiaire, La promesse de l'aube, Adieu Gary Cooper o Tulipe y, sobre todo, con Lestêtes de Stephanie , publicada pocos meses antes, donde aparecen metáforas e incluso personajes muy parecidos a los utilizados por Émile Ajar en su «rompedora» novela. «Gros-Câlin es un libro de extraordinaria trascendencia, tanto desde el punto de vista literario como médico. Que Ajar sea médico o enfermo poco importa: tiene una fuerza comparable a la de su serpiente pitón y acaba de abrir una nueva vía, la de la novela psico-literaria» (Christine Arnothy).

Es cierto que algunos no se creyeron del todo la patraña urdida por Gary, según la cual Émile Ajar era un médico abortista nacido en Orán y huido a Brasil. «Se nos dice que Émile Ajar está escondido en la jungla brasileña. Parece más probable que lo esté en la selva del mundillo literario parisino» (Jacques-Pierre Amette), pero nadie sospechó que detrás de Ajar estaba la pluma de Gary.

El crítico Michel Mohrt, que no apreciaba la literatura de Gary, elogió sin complejos la novela de Ajar y, sin embargo, fue quien más se aproximó a las intenciones del verdadero autor: «En otro tiempo, Cousin (el protagonista de Gros-Câlin) habría sido miembro de la Resistencia clandestina. Por otra parte, su serpiente es judía. Esta pitón es una alegoría de la diferencia, de la alienación, como se dice ahora».

En cualquier caso, cabe preguntarse por qué una mistificación de tal tamaño fue admitida por la crítica sin mayores reticencias. Probablemente, porque querían creérselo. Porque Ajar se presentaba como un escritor «nuevo» que ellos, los críticos, se creían en la obligación de «descubrir». Un estilo aparentemente descuidado, rudo, directo y lleno de buscadas incorrecciones gramaticales.

Pero por delante de todo ello estaba la arbitrariedad que suele acompañar –como la sombra al cuerpo– a quienes ejercen el oficio de crítico. Y eso era, precisamente, lo que Gary quería poner en evidencia, aparte, claro está, del gusto que el novelista tenía por el disfraz, por el desdoblamiento. En cuanto al estilo narrativo de la novela, de «nuevo» no tenía nada, al menos en lo que a Romain Gary se refiere. Sus primeras obras escritas (y algunas publicadas) antes de la guerra así lo evidencian.

Gary comenzó a escribir una novela, Le vin des morts, en el muy frecuentado Café Les Deux Garçons de Aix-en-Provence y la acabó un año después, cuando ya vivía en París (1937). Se trata de una historia sanguinaria, obscena y escatológica. Un torrente de barbaridades en lejanos mares y países. Los protagonistas beben, fornican y defecan sin parar en una algarabía de gritos, ruidos y protestas. La primera escena se desarrolla en un antro del Extremo Oriente donde el protagonista viola y luego asesina a una adolescente de catorce años. Gary envió entonces la novela a varias editoriales parisinas, pero ninguna aceptó su publicación.

Antes de la guerra, Gary publicó en el periódico Gringoine varios relatos cortos (L'orage, Une petite femme ) y, entre ellos, otro titulado también Le vin des morts, cuyo tema y protagonistas nada tienen que ver con los que aparecen en la novela del mismo título. Sin embargo, ambos relatos participan de características comunes: odio a la burguesía y al clero y una marcada propensión al sarcasmo y a la provocación. Tono y estilo que en nada coinciden con la primera obra que vio publicada, Éducation européenne , pero que sí están genéticamente emparentados con los que circulan por las novelas que Gary firmó con el seudónimo de Émile Ajar.

Las cosas se complicaron cuando, a finales del año 1974, se corrió la voz de que Gros-Câlin iba a obtener el premio Renaudot, un galardón que se reservaba a los escritores nuevos (Céline lo obtuvo en 1932 por Viaje al fin de la noche ). Para quitarse el problema de encima, Émile Ajar, es decir, Gary, hizo llegar a varios miembros del jurado que no aceptaría el premio.

Encantado con el éxito de ventas y dispuesto a seguir adelante, Gary completó la biografía del Émile Ajar, sin que nadie se apercibiera de que aquella vida «real» se parecía sospechosamente a la vida «literaria» de Fosco Zaga, el protagonista de una novela anterior de Gary, Les Enchanteurs. Pocos podían imaginar que en aquellos días Gary estaba escribiendo, a la vez, dos novelas: Audelà de cette limite votre ticket n'est plus valable , que publicaría con su nombre, y La tendresse des pierres, cuyo autor sería Émile Ajar, y que, finalmente, se tituló La vie devant soi . Por la mañana dictaba a su secretaria como Émile Ajar y por la tarde como Romain Gary.
 

La vie devant soi obtuvo el premio Goncourt de 1975. Esta vez, Gary dejó que las cosas llegaran hasta el final, pero, aconsejado por su abogada, la conocida letrada parisina Gisèle Halimi, Émile Ajar renunció al premio una vez obtenido. Las razones de la letrada eran evidentes: el Goncourt, según sus propias bases, no podía otorgarse dos veces a la misma persona y, tarde o temprano, el secreto saldría a la luz. Pero Gary se empecinó en que el engaño siguiera más allá de su muerte.

Preguntado por el diario Francesoir acerca de la novela que había ganado el Goncourt, Gary contestó: «Me gustó Gros-Câlin, pero no he tenido aún tiempo de leer La vie devant soi . No creo que su autor pueda preservar durante mucho tiempo su anonimato». En seis meses, Gallimard había vendido medio millón de ejemplares de La vie devant soi.

Presionado cada vez más por los periodistas, el editor Robert Gallimard, que era uno de los pocos que estaban en el secreto, pretendió que Gary descubriera el pastel, pero éste no estuvo dispuesto a ello e ideó una vuelta de tuerca. Firmó un contrato con un primo suyo, Paul Pavlowitch, que era también escritor, en el cual Paul se comprometía a mantener el secreto y a ponerle cara y carnet de identidad a Émile Ajar. A cambio, cobraría el 40 por 100 de los derechos de autor. Fue así como Ajar salió del armario y se multiplicaron las entrevistas con Paul Pavlowitch, el primo de Gary, lo cual levantó algunas sospechas que Gary se encargó de eliminar, argumentando, por ejemplo, que él había publicado otra novela (Au delà de cette limite...) al mismo tiempo que la de Émile Ajar.

Las críticas que mereció La vie devant soi se desbordaron en elogios, pero hubo una que indignó a Gary: la de Angelo Rinaldi en el semanario L'Express, en la que Rinaldi denunciaba «el olor leve, pero tenaz, de antisemitismo que flota sobre estas páginas». «Quizá ese olor leve, pero tenaz , se deba a los siete parientes míos que metieron los nazis en la cámara de gas, pero L'Express se equivoca. Sus cadáveres sirvieron para hacer jabón y no perfume», escribiría más tarde Gary.

Émile Ajar publicó, siempre con éxito, dos novelas más: Pseudo (1976) y L'angoisse du roi Salomon (1979). Ello no impidió que Gary publicara con su nombre en esos años varias novelas: La nuit sera calme (1974), Les oiseaux vontmourir au Pérou (1975), Clair defemme (1977) –llevada al cine por Costa Gavras, con Romy Schneider e Ives Montand; la película tuvo malas críticas, pero fue un éxito en taquilla–, Charge d'âme (1977), La Bonne Moitié (comedia, 1979), Lesclowns lyriques (1979) y Les cerfsvolants (1980).

El 18 de agosto de 1979, Jean Seberg, en un estado calamitoso, se tiró al metro en la estación de Montparnasse, pero el conductor tuvo tiempo de frenar y desconectar la corriente eléctrica, salvándola de una muerte segura, pero, poco más tarde, el 4 de septiembre, un hombre que paseaba su perro por la calle General Appert de París descubrió, dentro de un Renault 5 de color blanco que estaba allí aparcado, un bulto envuelto en una manta. Era el cuerpo en descomposición de la actriz. La policía encontró escrita, en un papel de los que se usan para enviar cartas por avión, una nota: «Diego, hijo mío, perdóname. No puedo vivir con mis nervios. Sé fuerte. Sabes cuánto te quiero. Mamá».

Su compañero de ocasión, el pequeño delincuente argelino Ahmed Hasni, que se aprovechaba de ella, había denunciado la desaparición de Jean Seberg el 30 de agosto. La autopsia mostró que la actriz, antes de morir, se había bebido una botella de licor y había tomado una buena cantidad de barbitúricos. Con semejante ingesta había entrado en coma de inmediato. La policía sospechó que el cuerpo, ya sin vida, había sido puesto en el coche por Ahmed Hasni, pero nunca pudo demostrarlo. Romain Gary, acompañado por su hijo Diego, dio una rueda de prensa en la que acusó al FBI de haber provocado, indirectamente, el suicidio de su ex mujer con persecuciones y calumnias a causa de su antigua militancia en el movimiento de los Panteras Negras. La afirmación era muy discutible, pero Gary había hecho la denuncia, según confesó a un amigo, «para salvar el honor de mi hijo». Contra todo pronóstico, el día siguiente al de los funerales, un portavoz del FBI, en una nota que publicaron todos los periódicos norteamericanos, le dio la razón a Gary, admitiendo las calumnias que el FBI había lanzado contra la actriz en 1970. «Sí, el FBI la difamó para neutralizarla. En aquella época se hacían esas cosas, pero eso ya no se hace ni se hará más», reconoció William Webster, que era el director del FBI en 1979.

El martes 2 de diciembre de 1980, Gary almorzó con Claude Gallimard en el restaurante Le Recamier. Volvió a su casa de la rue du Bac en el coche del editor y subió a su piso. Su hijo estaba ausente y la mujer con quien entonces convivía Gary, Leila Chellabi, había ido a la peluquería. Llamó por teléfono a su amiga Suzanne Salmanowitz de Ginebra para pedirle que fuera a recogerlo al aeropuerto de esa ciudad, adonde pensaba llegar a las tres de la tarde del miércoles, le dijo. Nada más colgar, entró en su habitación, cerró las persianas y las dobles cortinas. Sacó de una maleta el revólver Smith & Wesson, calibre 38 especial, que tenía en su poder desde hacía muchos años. Se puso ropa de dormir y se acostó, poniendo una toalla roja sobre la almohada. Metió el cañón del revólver en su boca y apretó el gatillo.

Gary dejó escritas varias cartas de despedida. Una de ellas dirigida a los periódicos: «¿Por qué? Probablemente haya que buscar la respuesta en el título de mi obra autobiográfica La nuit sera calme (La noche estará en calma) y en las palabras finales de mi última novela: pues no se podía decir mejor. Me he agotado hasta el fondo. R. Gary».

Los «Compañeros de la Liberación» organizaron sus funerales en los Inválidos. El general Michel Fourquet pronunció el discurso de despedida. Luego, una compañía del Ejército del Aire le rindió honores. El toque de oración y la Marsellesa despidieron el féretro de quien «no había tenido más enemigos que los de Francia». Siguiendo las órdenes dejadas por Gary, el cuerpo fue incinerado en el cementerio de Père Lachaise y sus cenizas, según la voluntad del fallecido, «esparcidas en el mar o en un bosque».

Meses después, Diego Gary y Leila Chellabi se dirigieron a Menton para entregar la urna con las cenizas a la primera esposa de Gary, Lesley Blanch, que se encargaría de arrojarlas al Mediterráneo. Cuando Diego y Leila ya se habían ido, al mover la urna, Lesley escuchó un sonido dentro de la vasija. La abrió y pudo ver la hebilla del cinturón de Gary, que había resistido el fuego.

Dos días antes de morir, Gary había enviado a Gallimard su testamento literario: Vie et mort d'Émile Ajar , indicando que el libro se debía publicar en las fechas que determinaran Robert y Claude Gallimard de acuerdo con su hijo Diego. Seis meses después de la muerte de Gary, su primo Paul Pavlowitch llamó a Bernard Pivot, el director de Apostrophes , el prestigioso programa literario de la televisión. Se citó con él y le dijo: «Yo no soy Émile Ajar. Émile Ajar es el seudónimo de Romain Gary. He escrito un libro, L'homme que l'on croyait, donde lo cuento todo. Le doy a usted la exclusiva a cambio de una total discreción». Pivot prometió llevarlo a su programa en cuanto el libro se publicara. El 1 de julio de 1981 el libro de Pavlowitch estaba en la calle y el día 3 el autor apareció en Apostrophes. Las revelaciones de Paul Pavlowitch levantaron un enorme revuelo en los ambientes literarios franceses, pero ninguno de los críticos que habían despreciado a Gary y ensalzado a Émile Ajar tuvo el valor de reconocer su mezquindad y su ceguera. Gallimard anunció de inmediato la publicación de Vie et mort de Émile Ajar .

Pavlowitch confesó en el programa de televisión que Gary, refiriéndose a los críticos literarios, le había dicho en alguna ocasión: «¡Bravo, Paul! Émile Ajar ha puesto en su sitio a todos esos charlatanes de mierda».

01/11/2004

 
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