ARTÍCULO

Stevenson por Chesterton

Pre-Textos/Fundación Once, Valencia, 96 págs.
Trad. de Aquilino Duque
 

Stevenson, de Chesterton, es un libro en el que tiene tanta importancia el biografiado como el biógrafo. Ambos fueron escritores torrenciales, de abundancia casi inconcebible. ¿Cómo pudo escribir Stevenson tanto como escribió, abrumado por la enfermedad y viajando tanto como viajó y en las circunstancias en que muchas veces lo hizo? La obra de Stevenson, habiendo vivido él tan sólo cuarenta y cuatro años, sorprende no sólo por su abundancia, sino también por su variedad. Escribió ensayos, poesías, relatos de viajes (por Francia, por las llanuras de Norteamérica, por los mares del Sur) y, sobre todo, novelas y cuentos, narraciones desarrolladas en épocas y lugares muy diferentes: en Escocia, en Londres, en las islas del Pacífico, en España (Olalla), en la Edad Media (La flecha negra), en una imaginaria corte centroeuropea en El príncipe Otón, a la manera de la inventada por Anthony Hope en Elprisionero de Zenda, y, sobre todo, en el mar. Pero el buen camarada que habitualmente resulta ser Stevenson, el narrador de historias, a veces es desasosegante; no sólo en El extraño casodel Dr. Jekyll y Mr. Hyde, sino también en Markheim y en otras historias. Como buen compatriota de sir Walter Scott, le atraía la brujería, y también el desparpajo del buen príncipe Carlos Eduardo, que no era una lumbrera pero que ofrecía una buena imagen romántica, fortalecida por abundantes libaciones de whisky (en el destierro, introdujo el drambuie en el continente), y capaz de levantar los clanes escoceses en favor de los Estuardo contra la opresión inglesa.

A Chesterton, por su parte, hay que considerarlo por apartados para abarcarlo en su totalidad. Escribió de todo y sobre casi todo; también, naturalmente, crítica literaria, siendo autor de obras tan características como La época victoriana en la literatura, calificada como «cordial y pintoresca». También escribió artículos breves sobre los más diversos escritores ingleses (Shakespeare, Byron, Thomas Moore, Chaucer, Charlotte Brönte, Thomas Hardy, etc.), y una curiosa serie de biografías de escritores que, en realidad, son auténticas, y magistrales, obras de crítica literaria. Pero no se crea que por ensayar la crítica en el marco de la biografía, Chesterton intenta alguna suerte de «crítica psicológica» u otro galicismo por el estilo. Su planteamiento es original, aun reconociendo que sobre Stevenson se han escrito demasiados libros, ensayos, artículos, etc., en una época en la que «los críticos empezaban a avergonzarse de ser críticos y de dar a su inveterada función el nombre de crítica», y también que «la vida de Stevenson fue ciertamente lo que llamamos pintoresca, en parte porque él todo lo veía pictóricamente, y en parte porque un cúmulo de accidentes lo vinculó a lugares muy pintorescos»; con lo que el crítico corre el peligro de repetirse o de incurrir en el lugar común, y el biógrafo en reparar tan sólo en acontecimientos externos. Chesterton rechaza ambas peligrosas posibilidades, y tomando los libros de Stevenson como principal instrumento de acercamiento y conocimiento del autor estudiado, opta por otra solución: «En resumen, me propongo reseñar sus libros con ilustraciones de su vida, en lugar de escribir su vida con ilustraciones de sus libros. Y lo hago deliberadamente, no porque su vida no fuese tan interesante como cualquier libro, sino porque el hábito de hablar demasiado de su vida ha llevado ya a tener en demasiado poco su literatura». En consecuencia, la crítica de Chesterton abarca en no muchas páginas la totalidad de Stevenson, al tiempo que es reivindicativa y cordial. No pertenece Chesterton como crítico a esa especie de dómines malévolos, que en España podría estar representada por «Clarín» o Julio Cejador, que se aproximan a la obra con criterios policiales; Chesterton jamás habría perdido su tiempo con un escritor que no le interesara, o hacia el que no sintiera honda simpatía, e incluso complicidad. De acuerdo con su método, los libros son etapas de la vida de Stevenson (y probablemente de cualquier otro escritor). El crítico busca y encuentra «una historia interna y espiritual, cuyas etapas se pueden hallar antes en sus relatos que en sus actos externos. Está mucho mejor contada en la diferencia entre La isla del tesoro y Lahistoria de una mentira, o en la diferencia entre Un jardín de versos paraniños y Markheim u Olalla, que en una relación detallada de las riñas con su padre o de los fragmentarios amoríos de su juventud». Afirmaba Azorín que el mejor estilo consiste en poner una cosa detrás de otra; para Chesterton, «la cuestión principal del estilo tiene que ver con decir algo, y en general, en el caso de Stevenson, con narrar una historia». Y, a la larga, la facilidad de estos escritores es, ante todo, facilidad de lectura, esto es, facilidad para los lectores. Porque escribir de esa manera no es fácil. De ello advierte Chesterton, que conoce tan bien su oficio como el de su biografiado: «Un ensayo sobre el estilo de Stevenson, como el que voy a intentar en otras páginas sin esperanza y sin efecto, podría muy bien ser escrito por un crítico auténtico sobre la frase: «Su espada centelleó como el azogue en el tropel de nuestros enemigos en fuga». El hecho de que el nombre de un determinado metal (azogue) combine la palabra «plata» con la palabra «viva» (en inglés azogue se dice quicksilver, «plata viva») es simplemente un recóndito accidente, pero el arte de Stevenson consiste en sacar partido de esos accidentes. Para los que dicen que esos trucos son fáciles de hacer o esas palabras fáciles de hallar, la única respuesta es: «Pues a buscarlas».

La defensa que Chesterton hace de Stevenson frente a los críticos es, en realidad, una declaración de principios: «Yo no acabo de ver por qué ha de abrumársele con un frío menosprecio por ser capaz de poner en un renglón lo que otros ponen en una página; por qué ha de considerársele superficial por haber visto más en el perfil o en la manera de andar de un hombre de lo que los modernos son capaces de extraer de sus complejos y de su subconsciente; por qué ha de llamársele artificial por buscar (y hallar) la palabra justa para cada cosa; por qué ha de juzgársele superficial por ir en derechura a lo que es significativo, sin llegar chapoteando por gárrulos mares de insignificancia, o por qué han de tratarlo de embustero por no avergonzarse de ser un fabulador».

Escribamos, para terminar, unas palabras sobre la traducción, debida al poeta, ensayista y novelista Aquilino Duque, uno de los mejores prosistas españoles del tiempo presente. Su traducción se lee con la amenidad y transmite el encanto que poseen la biografía de Stevenson y la prosa de Chesterton. Encontramos aquí una prosa de rara facilidad; tanta, que este libro parece haber sido escrito originalmente en lengua española.

01/03/2002

 
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