ARTÍCULO

La imagen de España en el mundo.

Plaza y Janés, Barcelona
328 págs. 17,95 €
 

Hay que reconocer, de entrada, que escribir a estas alturas –y, sin ir más lejos, con la ya inabarcable bibliografía sobre el pensador español– algo que pretende ser una «biografía omnicomprensiva» de don José Ortega y Gasset, una interpretación global y documentada, no meramente introductoria o esquemática, constituye un desafío que merece todos los respetos. Y más aún si quien afronta el reto no es un autor maduro, que culmina una larga serie de aproximaciones al filósofo, sino un profesor joven, relativamente desconocido en este ámbito, por lo menos en cuanto a publicaciones destacables. Basta, por otro lado, hojear simplemente el volumen en cuestión para constatar que estamos ante una obra seria y rigurosa, con un magnífico soporte documental, del que son buena muestra las 140 apretadas páginas de notas editadas en cuerpo pequeño al final del libro (dicho sea de paso, aunque esto no sea imputable al autor, sino al editor, precisamente ese profuso número de llamadas hace incómoda y fatigosa la consulta sistemática de las mismas). Las mencionadas características formales llevan al mismo tiempo al lector a la presunción –luego rápidamente confirmada– de que Zamora ha realizado a lo largo de la obra un ingente esfuerzo de síntesis para condensar en unas páginas densas, muy elaboradas, también a veces algo farragosas, «diez años dedicados al estudio de la vida y la obra» de Ortega. Una vida y una obra que aparecen aquí estructuradas en cinco grandes capítulos, mediante los cuales el autor intenta caracterizar otras tantas etapas, muy desiguales entre sí, de la trayectoria humana e intelectual del gran filósofo español. Encontramos en la primera, que abarca hasta 1910, a un Ortega inquieto y afanoso, ávido de saber y zigzagueante pero, sobre todo, a un joven marcado por su entorno familiar y al que no le es fácil, pese a su medio privilegiado, conseguir la «estabilidad laboral y sentimental». Comienza la segunda, ya «camino de la madurez», con una nueva estancia alemana (Marburgo), prosigue con El Sol y las primeras publicaciones relevantes, y culmina en 1922 con el gran proyecto cultural que significó la editorial Calpe. Los nueve años siguientes, que coinciden en gran parte con el período de la dictadura de Primo de Rivera, nos deparan ya a un personaje con un prestigio indiscutible, convertido en punto de referencia en el convulso panorama políticocultural de la España del momento. Más aún, a partir de La rebelión delas masas, por tomar una cota elemental, el reconocimiento de Ortega y Gasset se consolida fuera de las fronteras hispanas, tanto en los países del entorno europeo (en especial Alemania) como en el nuevo continente, de Argentina a Estados Unidos. La crisis de la República (y la personal decepción del filósofo por su rumbo) y, sobre todo, el desencadenamiento de la Guerra Civil (con el consiguiente peligro de liquidación física que Ortega barrunta) trazan las coordenadas de la más breve de las etapas que aquí se contemplan (1932-1936). Como para tantos otros españoles, también en este caso se trata de un auténtico punto de inflexión en su trayectoria. A partir de aquí –quinto y último período considerado– parece que, a tono con estos terribles años (la Segunda Guerra Mundial, el primer franquismo) sólo cabe la decadencia: «Réquiem de vivos y muertos». Percepción obviamente sesgada, pues estamos hablando de una dilatada etapa vital –casi veinte años– en la que, si bien son patentes las penalidades materiales y anímicas de Ortega, familia cercana y amigos, no es menos irrefutable, por otro lado, que terminan abriéndose grandes claros, vitales y profesionales, en el horizonte tenebroso. Zamora nos muestra precisamente entonces a un hombre que, alejado a la fuerza de su patria y, a la vez, del protagonismo cultural y de las veleidades políticas, puede consagrarse en cuerpo y alma a «su obra», «su» filosofía, ese «sistema» que no había llegado nunca hasta entonces a ver la luz por falta de tiempo y, sobre todo, de sosiego. Era el momento de dar sentido y coherencia a tantos chispazos, a tantas intuiciones dispersas en apuntes, cartas, prólogos, artículos, clases y conferencias. Era la oportunidad, en definitiva, de superar aquella profunda insatisfacción que le acometía de vez en vez, la de dejar tantos proyectos inconclusos y en el fondo una «filosofía inacabada». Era la ocasión, pero... don José no supo, no quiso o no pudo aprovecharla. En este momento trascendental de hacer balance, Zamora, siempre comprensivo con su biografiado, no sabe más que expresar su desconcierto: el gran pensador español anunciaba a diestro y siniestro que «estaba en posesión de verdades profundas», pero nunca era «el momento oportuno de decirlas». Y así, ni en El hombre y la gente encontró «su figura definitiva», ni llegó a estructurar Aurora de la razón histórica, «que debiera haber sido exposición sistemática de su prima philosophia», ni acabó el Leibniz... La sistemática benevolencia del autor con su personaje conduce en esta ocasión a una tímida referencia a «la inseguridad que Ortega sintió durante estos últimos años de lo que podía y tenía que decir», y sorteando explicaciones de mayor calado, frente a las valoraciones críticas del último Ortega de Pedro Cerezo o Javier Varela, se refugia en el misterio y el «secreto arcano que es toda vida humana» (págs. 484 y 627). Zamora parece mimetizarse en este punto –trascendental, es ocioso subrayarlo– con la situación que describe. A tono con la incertidumbre que detecta en el filósofo, tampoco el biógrafo se decide a dar un paso adelante para ofrecer en estas páginas finales una valoración global de un hombre y una obra que, en el momento decisivo, parecen quedar extrañamente en suspenso. Queda de este modo, al terminar el libro, ese regusto agridulce que produce una gran labor no culminada (por partida doble, además, aunque sea en escalas distintas: por la biografía y por el biografiado). Zamora ha escrito una obra consistente y equilibrada, pero también fría y aséptica, incluso tímida, y eso termina pesando al final. Nadie puede discutir al autor el derecho de mostrar ante la figura de Ortega el respeto que juzgue conveniente, si lo hace –como es el caso– sobre bases sólidas. Tanto más si tenemos en cuenta que los ejemplos recientes en sentido contrario (los ajustes de cuentas de Gregorio Morán o José María Marco, por citar dos obras polémicas cercanas) han incurrido en interpretaciones dudosas o sesgadas que aquí serían inimaginables. Pero sin entrar en el terreno de las estimaciones de lo que fue y significó Ortega y Gasset, el lector exigente puede echar en falta en esta biografía intelectual una mayor implicación del autor o un análisis más incisivo. Quizás, por ejemplo, hubiera sido preferible abordar al intelectual español desde una perspectiva más definida, primando alguna de sus facetas o empresas para examinar desde ellas el resto de su producción. Del desideratum a la realidad: la valoración del libro de Zamora puede verse tal vez injustamente empañada porque le pedimos más, porque nos sabe a poco; no es menos cierto que podríamos conformarnos simplemente con un ensayo que, sin ofrecer enfoques originales o aportaciones novedosas, está por encima de la media y cumple de sobra su cometido de alta divulgación.

01/08/2003

 
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