ARTÍCULO

Vidas intensas

Ediciones Merán, La Roda (Albacete), 448 págs.
Tilde, valencia, 144 págs.
 

Hace poco, Gonzalo Rojas, uno de los poetas más intrigantes y prodigiosos que en estos momentos escriben en español, describía a su compatriota Pablo Neruda como un «animal precocísimo, el más precoz desde Rimbaud». De los primeros versos que Neruda escribió y su inmediata identificación política con las ideas anarquistas a su muerte casi literalmente a manos de la dictadura de Pinochet, se forma un arco de significación que no sólo explica sus necesidades, contorsiones y vislumbres, sino la constancia y consistencia de una vida entregada a los mejores motivos y las mayores equivocaciones de su tiempo.

Neruda era desde el principio un poeta de asombrosa precisión y hondura. En un lapso que va desde las primeras señales hasta Residencia en la tierra, escribió una obra de vertiginoso ascenso y despojamiento. En un breve pasaje de su novela Cosas de familia (Áncora y Delfín, 1998), Michael Ondaatje comenta que Residencia en la tierra es tan poderoso debido a que fue concebido en las inhóspitas tierras de Sri Lanka. Los libros posteriores a la primera Residencia son inobjetablemente diferentes, y en esta diferencia se halla la clave para empezar a desbrozar y entender la naturaleza del todo nerudiano, incluidas vida y obra, para entender la quiebra que se dio en un momento de su vida y la manera en que, para resolverla, Neruda cambió sus horizontes tanto poéticos como personales. Habría que reflexionar más sobre esto para darse cuenta de que algo se venció en la voluntad de Neruda a su regreso de Oriente, y que ese algo vencido lo hizo derivar a escrituras y vivencias más socializadas, desde el punto de vista de su búsqueda individual.

A partir de ese momento tanto escritura como vida privada y posición política buscaron latitudes más protegidas y compartidas, y es sintomático que ese mundo interior y exterior tan intensamente vivido y tan fuertemente expresado en sus poemas pasara a convertirse en anecdótico recuerdo pintoresco, nunca más revisitado. Cuando Neruda dice muchos años más tarde, como señala Teitelboim en su biografía, que «Para mí ser comunista es una cosa natural. Lo extraño es haber tardado tanto en serlo» (pág. 256), en realidad está borrando la búsqueda comprometida pero solitaria de sus primeros movimientos. No es gratuito que Neruda nunca más volviera a permitirse estar, pensar o sentir solo, y que desde entonces su vida estuviera siempre rodeada de amigos y camaradas. Que sea «quizá el más grande poeta de la lengua», como lo llamó hace poco la revista Letras Libres, es más rimbombante que esclarecedor, pero su inmenso mapa de búsquedas poéticas, vitales y políticas, éste sí quizás el más grande de la lengua, merece un trazado tan serio como convulsivo.

Volodia Teitelboim tuvo la oportunidad y los medios para hacer una biografía espléndida. Pocos como él estuvieron tantos años cerca de Neruda, y pocos como él tenían los elementos para reflexionar y revisar las luchas, los alcances y las debilidades de un poeta comunista durante la Guerra Fría y los sucesivos gobiernos chilenos. Para ello tendría que haber reescrito la biografía que publicó hace veinte años. Después de la caída del muro, la recuperación democrática de Chile y la miseria final de Pinochet, un ejercicio intelectual semejante, realizado por el que fuera secretario general del Partido Comunista de Chile, habría producido un libro mayor. Con toda la información que ha ido apareciendo, y con sus propios recuerdos y experiencia, contaba con todos los elementos para explicarnos los movimientos poéticos, políticos y personales de Neruda. Desgraciadamente, nada de esto se da.

La insensibilidad crítica de Teitelboim, que lee a Neruda como le dijeron que había que leerlo, se muestra desde las primeras páginas. Para hablar de la madre de Neruda, muerta pocos días después de que éste naciera, Teitelboim cita un poema de adolescencia: «Cuando nací mi madre se moría / con una santidad de ánima en pena. / Era su cuerpo transparente. Ella tenía / bajo la carne un luminar de estrellas. / Ella murió y nací. Por eso llevo / un invisible río entre las venas, / un invencible canto de crepúsculo / que me enciende la risa y que me hiela». Si la sabiduría poética radica en atraer al cauce del lenguaje la complejidad de la experiencia vivida, estos versos muestran cómo los registros poéticos de Neruda no comenzaron con sus primeras gestas amorosas, sino que ya venían cargados de experiencia emocional recogida desde sus primeros años y cristalizada muy tempranamente. Este poema es un ejemplo privilegiado tanto de la carga de significaciones emocionales que la poesía es capaz de llevar como de la asombrosa capacidad de Neruda para acceder, no a la experiencia, que puede ser compartida por muchos, sino a la habilidad para expresarla en un adolescente de catorce años. La complejidad necesaria para mostrar con eficacia una experiencia de dolor tan elaborada como la de la orfandad se logra en una serie de imágenes que van concentrándose y separándose alternativamente. Empieza con la transparencia del cuerpo de la madre, continúa en las aliteraciones del invisible río y el invencible canto que ambos son y cuaja magistralmente en la risa encendida y la experiencia helada de quien habla. Sólo así se puede decir la profunda y ambigua relación del hijo huérfano con la madre muerta. Y sólo así puede expresarse, como lo hará Celan muchos años después, la oscuridad y extrañeza que implica afirmar que quien habla ni habla solo ni nació solo. Es desalentador, por decir lo menos, que lo único que se le ocurra a Teitelboim sobre estos versos es que es una «poesía sin duda ingenua y primeriza, pero no exenta de sinceridad».

Otro ejemplo de la banalidad de lecturas que Teitelboim es capaz de hacer se halla en una comida de cumpleaños que le hace Neruda a su hermano Rodolfo y de la cual Teitelboim fue testigo. La relación entre los hermanos era difícil y a Neruda no se le ocurre mejor cosa para agasajarlo que invitar a sus propios amigos y hacer del cumpleaños del hermano fiesta propia. Teitelboim se extraña de que Rodolfo terminara por no presentarse, y muestra a un Neruda desconcertado por tamaña ingratitud ante la inmensa generosidad del poeta. Todos sus amigos, eso sí, comparten su pesadumbre. Todos sus amigos, como desde que regresara de Ceilán. Y si la narración del episodio es simplista, lo que de verdad es grave es que Teitelboim manipula y adultera los datos, pues para mejor aderezar el contraste entre los hermanos nos dice que Rodolfo era menor que Neruda, acentuando así una intencionada inmadurez, cuando lo cierto es que Rodolfo Reyes le llevaba casi diez años a Neruda. Ese episodio, que hubiera podido servir para acceder a un mayor esclarecimiento sobre la relación entre Neruda y su familia, es un pequeño ejemplo de lo mucho que falta en este libro. A Teitelboim le caía muy bien su amigo Pablo Neruda, admiraba incondicionalmente al poeta y cuidaba celosamente de su correligionario político, pero no entendió nada. Su incapacidad para desentrañar tanto la vida como la obra del poeta es abrumadora.

En conjunto, Neruda. La biografía es un libro parcial, repleto de pedantes guiños a los enterados y de críticas solapadas a quienes no gustaban del todo de la figura política y literaria de Neruda. La lectura adocenada y repetitiva de las etapas poéticas del poeta, la actitud chabacana en cuanto a sus deslices y periplos amorosos y, finalmente, los garrafales errores en muchos de los datos que maneja, así como la interpretación parcial, interesada y escurridiza de muchos de los episodios de su vida, hacen de su biografía una lectura desagradable y finalmente injusta. Seguir llamándola La biografía no deja de ser un acto imperdonable de soberbia y autoritarismo. Y si bien su libro es un documento indispensable para los estudiosos de Neruda, ya que está lleno de anécdotas de primera mano y de comentarios en clave que a un próximo biógrafo no le costará trabajo descifrar, quien busque conocer a Neruda a través de ella se encontrará con una lectura tan engañosa como banal.

El mérito de Neruda. Memoriacrepitante, de Virginia Vidal, éste sí recién aparecido, es que no pretende erigirse en verdad última, sino en testimonio de alguien que acompañó a Neruda en varios momentos de su vida, y que además quiere destacar algunos acontecimientos que le parecen centrales. El título es suficientemente explícito: una memoria que sigue viva y latiendo en quien escribe. Memoria crepitante es un libro discreto y anecdótico al que se agradecen algunos datos poco conocidos, y cuyos breves capítulos bordan aspectos de la vida del poeta, como el dedicado a «La raíz ácrata y la vanguardia», o la llegada de las milicias republicanas españolas a Chile. Entre otras cosas, incorpora también algunas cartas de juventud, intenta corregir la visión de Neruda como un joven recién llegado a Santiago dedicado enteramente a «la bohemia», y rescata y resalta el rotundo distanciamiento final de Neruda con respecto a Stalin. Las páginas dedicadas a los últimos días del poeta son magníficas y presentan de manera desgarradora lo que significaron para Neruda y para los chilenos esos días de la más extrema brutalidad. Además de contradecir varias de las aseveraciones de Teitelboim, como la relación entre Neruda y Rodolfo («el hermano mayor de Neruda», establece rotundamente Vidal) Para encontrar una información más detallada sobre la relación familiar de Neruda, remito al ensayo «Compleja relación. Don José del Carmen y su hijo Neftalí», de Hernán Loyola, publicada en Revista de Libros [Chile] (14 de junio de 2003). , lo que hace interesantes estas memorias es que humanizan al poeta y marcan la línea por la que tendría que hacerse una investigación más completa tanto de su obra como de su vida. Un libro así, que deje fuera partidismos y complacencias y que se sumerja en la vida de este adolescente de provincia que desde el principio y contra todo nunca dejó la voluntad de escribir y de vivir, será sin duda fascinante.

En El Madrid de Pablo Neruda, Sergio Macías Brevis hace un relato ameno y entusiasta de la crucial estancia de Neruda en Madrid, principalmente en el último capítulo, «España en el corazón», en que describe sus acciones y movimientos durante las primeras etapas de la Guerra Civil española. Hay otros capítulos dedicados con tal ahínco a restaurar el prestigio de personajes secundarios a los que Neruda atacó, principalmente Carlos Morla Lynch, que a veces parece más una biografía reivindicatoria de este diplomático chileno que otra cosa. De buena factura, el mayor valor de este libro es la incorporación facsimilar de algunas cartas manuscritas y otros documentos biográficos. Vale la pena destacar la opinión de Neruda sobre Trilce de César Vallejo, inmediatamente posterior a su lectura, en una carta a Lynch escrita en Java el 1 de julio de 1931: «El libro de Vallejo me parece seco y espantoso. No veo qué objeto tenga producir una literatura así. Es un libro cruel, literario y estéril. Su poesía me parece que ampara un poco más el alma de uno, quiere abrir una puerta de salida al corazón». Macías Brevis no comenta esta carta, pero es un documento precioso. Pocas veces puede verse con tal claridad la compleja y desconcertada reacción que un poeta fuerte provoca en otro, en el mismo momento en que ambas escrituras trataban de dar forma a su propia experiencia y perforaban, inevitablemente, el terreno común del lenguaje. A un siglo de su nacimiento, Neruda merece lecturas que alcancen las cargas de profundidad de su propia poesía, y estos libros pueden ayudar para que se ensayen.

01/09/2004

 
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