ARTÍCULO

La vida en negro

 

En 1924 se había establecido Unamuno en París, no precisamente para disfrutar de los encantos franceses ni de su ambiente intelectual, sino huyendo de la persecución de Primo de Rivera. Desesperado por la marcha de los asuntos políticos españoles –sobre todo por lo que a él le afectaba como represaliado– e incapaz de consolarse comparativamente por haber escapado de la anterior etapa de destierro en Fuerteventura, se lamentaba y compadecía de su triste destino «en el sombrío y siniestro otoño parisiense», en «días de duda y de pesimismo», con momentos continuos «de desaliento y de abatimiento». «En medio de este panorama tan desalentador», le escribe su hijo Fernando, anunciándole que «a mamá» –que sigue en Salamanca– le ha tocado la lotería de Navidad, 37.500 pesetas, una cantidad importante para la época, especialmente apreciable para una familia numerosa como la suya y un auténtico balón de oxígeno en aquellos momentos tan difíciles. «Pero Unamuno –sigo literalmente la transcripción que hacen los autores– se muestra menos sorprendido que receloso porque “los que deberían ser hombres de España” le han traído a tal estado de suspicacia que casi todo se le antoja maquinación y embuste». No queda ahí la cosa, porque Concha, su mujer, recibe por esos días el ansiado permiso para salir de la Península y reunirse con él. Muy lejos de dar la menor muestra de satisfacción (él mismo había dicho que anhelaba a su familia), el exiliado manifiesta que «le agobia recibir a tantas personas al mismo tiempo» y que le molesta «la gitanería», entendiendo al parecer por este último concepto, según confiesa a Jean Cassou, «la venida del mujerío», es decir, su esposa y sus tres hijas, «¡cuatro mujeres!», que lo van a obligar indudablemente «a cambiar los hábitos parisienses» y que le dificultarán «cumplir con sus compromisos editoriales».
He querido abrir este comentario con ese incidente nimio, respetando el tono y hasta en lo posible las mismas palabras que emplean los biógrafos (véanse en especial las páginas 487-490), porque se trata de uno de esos casos en que la circunstancia –en sentido orteguiano– ilumina honda y significativamente toda una actitud vital. Si el lector de Unamuno, sobre todo cuando lo examina en extensión y profundidad, termina por asumir sus paradojas y contradicciones –a menudo irritantes– como un rasgo de identidad del vasco o casi su tarjeta de visita, paralelamente el lector de esta biografía a duras penas puede evitar la impresión de estar contemplando una vida sombría y melancólica, una existencia más amarga que trágica cuyas coordenadas fundamentales serían la angustia y el lamento. Es de sobra conocido que Unamuno –tan egoísta en lo personal como egotista en lo intelectual– se quejaba por todo, con razón o sin ella, hasta el punto de que esa constante en su comportamiento es precisamente lo que permite dar un simbolismo incuestionable a la anécdota con la que hemos empezado; pero no es menos cierto que, más allá de los arranques viscerales y las explosiones de ira que constituyen la faceta más aparatosa del rector perpetuo, su trayectoria vital, descrita aquí sin subrayado alguno, muestra un recorrido mucho más prosaico empedrado de pesares y abatimiento, siempre en clave menor. Afanes cotidianos, desavenencias familiares, estrecheces económicas, enfermedades, muertes de parientes y amigos, celos profesionales e inseguridades de toda laya marcan así decisivamente una vida menos fulgurante de lo que el halo y la reputación del susodicho permitirían en principio abrigar.
Un camino oscuro que empieza en su Bilbao natal con la presencia ominosa de la muerte desde la niñez, primero con el fallecimiento del padre en 1870, cuando sólo cuenta él seis años y luego, casi sin respiro, con la muerte de una hermana; más allá de esas contingencias –todo lo luctuosas que se quiera, pero usuales en la época– sobresale como rasgo distintivo su formación en un ambiente espartano más que austero, lúgubre y deprimente. No es una valoración que hagan por su cuenta los biógrafos, sino el reflejo de lo que el propio Unamuno plasma en sus escritos juveniles y que luego se manifiesta en forma de tempranas crisis y encrucijadas religiosas y políticas vividas con angustia y desgarros. Hasta el noviazgo con la que luego será la mujer de su vida, Concha, se reviste de esa melancolía descarnada (pp. 102-103), de la misma manera que todo el itinerario que concluye felizmente con la obtención de la cátedra en Salamanca está trufado de desasosiego y pesimismo, rasgos que gravitarán siempre sobre el joven Miguel, aunque la vida parezca mostrarle una faz más benevolente. De hecho, como es sabido, la gran crisis de 1897 le acomete cuando ya se ha asentado personal, familiar, económica y profesionalmente en la ciudad castellana: la cruel enfermedad de su querido hijo Raimundo parece decisiva en esa fractura interior, pero la crisis va más allá de esa circunstancia concreta y marcará su rumbo posterior, alejándolo definitivamente de un socialismo que siempre había interpretado a su modo y arrojándolo a una incertidumbre religiosa que ya no abandonará nunca. Estamos hablando, paradójicamente, del momento en que su nombre empieza a ser conocido y respetado, no ya sólo en Salamanca, cuyo rectorado consigue en 1900, sino en el conjunto de España y, sobre todo, en el ambiente intelectual, en el que don Miguel se convierte pronto en una referencia inevitable. Una influencia que, según avanza el siglo y se multiplican los problemas políticos bajo el dubitativo reinado de Alfonso XIII –una de sus «bestias negras»–, no hace más que crecer, hasta el punto de que el ya conocido como «rector salmantino» es una figura solicitada para que tome partido y siente cátedra sobre los más variados problemas públicos, desde la Ley de Jurisdicciones a la neutralidad española en la Gran Guerra.
Colette y Jean-Claude Rabaté van describiendo esta trayectoria deteniéndose especialmente en lo personal, sin perder de vista la evolución intelectual y aludiendo en la medida en que lo juzgan necesario al contexto cultural y político, sin que estas dos últimas facetas desplacen nunca la primera perspectiva: la del hombre de carne y hueso que, por continuar la línea antes apuntada, aparece casi siempre con más o menos fundamento quejoso, displicente o irritado. Se sirven para ello de la abundantísima correspondencia del pensador con los más variados amigos, familiares, discípulos, admiradores y personalidades españolas y extranjeras, trazando así un panorama prolijo de confesiones, dudas, arrebatos y valoraciones del Unamuno íntimo, que no siempre trascendieron o, por lo menos, no se manifestaron de ese modo en la esfera pública. Creo que en ese acercamiento al Unamuno más personal está el mayor valor de esta biografía que parece tener a gala el respeto escrupuloso del personaje, al que se deja hablar y expresarse a su manera, al que se sigue en sus múltiples meandros y se justifica sutilmente en sus vericuetos y zigzagueos. Siempre hay una palabra de comprensión para el esposo solícito, el padre preocupado, el profesor absorto en sus deberes, el intelectual comprometido o el español angustiado, hasta el punto de que el lector menos unamunesco echará en falta una óptica más distanciada, una postura menos comprensiva, una actitud algo más crítica con un hombre excepcional y admirable por muchos conceptos, pero también muy controvertido por sus múltiples y contradictorias tomas de postura en la agitada vida pública española del primer tercio del siglo XX. En este aspecto, sin que en ningún momento pueda imputarse a los biógrafos ánimo de tergiversación alguna, sí que a veces parece que se tratan de limar asperezas o diluir responsabilidades que afecten a la consideración impoluta del protagonista como, por ejemplo, sus frecuentes salidas de tono prediciendo una guerra civil que finalmente advinó, aunque llegara –como suele ocurrir en la realidad– de forma distinta a la invocada por él. Razón no suficiente para ocultar sus yerros o deslices en este terreno y, aún más, para diluir su –cuando menos– ambigua actuación y sus discutibles posicionamientos a partir del 18 de julio de 1936, que sólo fueron parcialmente compensados con su valiente intervención en el Paraninfo de la Universidad salmantina el día de la Raza, dos meses y medio antes de morir. Un episodio, por cierto, que aquí es reconstruido de forma bastante tópica y poco crítica, abocando a una terminación un poco abrupta y un tanto desnuda, sin recapitulación o valoraciones, que no está a la altura de las estimables páginas anteriores. Es posible que las exigencias editoriales hayan pesado en ello, así como en la omisión de una necesaria relación bibliográfica final, para no aumentar el ya considerable grosor del volumen. En definitiva, pese a los leves reparos antedichos y sin que haya ninguna novedad de envergadura, estamos ante una clásica y bien documentada biografía que nos dibuja al Unamuno más a ras de tierra.

01/04/2010

 
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