ARTÍCULO

Desvelar a Matisse

 

Hilary Spurling había publicado ya otras biografías antes de embarcarse en este monumental acercamiento a la vida de Matisse. En alguna ocasión, esta autora, nacida en Stockport (Inglaterra) en 1940, ha declarado que el género biográfico le proporciona las mejores historias: «Escribo biografías porque me fascina la gente –por sus infinitas capacidades, por su misterio y su poder, por los extraños itinerarios que dibujan sus vidas– y porque me dan argumentos mejores que los de ninguna novela que yo pudiese inventar. Mis temas han sido escritores y un pintor, porque donde me gusta trabajar es en la frontera entre la vida y el arte». La figura de Matisse era, sin duda, un prometedor camino por recorrer. A pesar de ser uno de los grandes nombres del arte del siglo XX, muchos aspectos de su vida seguían en la oscuridad, un hecho que se debía fundamentalmente a dos razones: en primer lugar, el férreo control ejercido por el artista y su familia sobre temas relacionados con su historia íntima, por razones que enseguida veremos; en segundo, el peso del mito creado en torno al artista como autor de imágenes tópicamente identificadas con el hedonismo y la armonía de lo mediterráneo. Esta imagen, excesivamente simplificadora, renunciaba a muchos matices y olvidaba los pormenores históricos de una vida intensa, llena de contrariedades, que se presentaba como si hubiera atravesado casi sin inmutarse dos guerras mundiales y el torbellino artístico de la primera mitad del siglo XX. Como señala la propia Spurling, «las páginas en blanco de la vida de Matisse han sido cubiertas, durante los últimos cincuenta años, con tantas verdades a medias, malentendidos y puras invenciones, y están ya tan imbricados en nuestra cultura que deforman nuestra manera de contemplar sus obras». Ante esta situación, la autora se propuso trazar un minucioso mapa de la vida de Matisse sobre el que poder situar su obra artística de manera más fiable. Trazar una buena biografía de Matisse era un objetivo perfectamente razonable, y Spurling lo cumple de manera impecable. Sobre la segunda parte, la futura reconsideración de su obra a la luz de los datos biográficos, habría más que discutir.
Spurling publicó originalmente el primer volumen de esta biografía en 1998 con el atractivo título de The Unknown Matisse. Siete años más tarde, en 2005, salió el segundo volumen, Matisse The Master. Aunque en su traducción al castellano ambos se presentan como dos volúmenes de una sola obra, el lapso de tiempo transcurrido entre la escritura del primer volumen y la del segundo se nota en muchos aspectos. Al compararlos se percibe una disparidad que tiene que ver con una importante diferencia de objetivos: el primer volumen cubre los duros inicios de la vida de Matisse (1869-1908), con un épico recuento de acontecimientos que quiere explicar la metamorfosis de un joven provinciano, hijo de unos tenderos del norte de Francia que encauzaba su vida hacia el derecho, en un artista escandalosamente renovador en el París de las primeras vanguardias. El segundo volumen abarca un arco temporal mayor (1909-1954) y también una etapa muy diferente, la que corresponde a la consagración definitiva de Matisse como figura singular en el universo continuamente cambiante de las vanguardias de la primera mitad del siglo XX.
Está claro que Spurling, una consumada investigadora, ha conseguido reunir una apabullante riqueza documental que ha permitido, por primera vez, situar de verdad a Matisse en el contexto real en que vivió. En el primer volumen encontramos valiosísima información sobre el ambiente en que se formó: el de la cultura francesa de finales del siglo XIX. En el segundo, sobre el que rodeó a su peculiar triunfo, alejado ya del epicentro parisino en busca de un paraíso propio en el sur. Una cantidad considerable de la información manejada procede de archivos públicos y de entrevistas, pero también de la correspondencia del propio Matisse, lo que contribuye enormemente a la sensación de cercanía real al personaje. Se han subsanado asunciones erróneas, algunas debidas a la mala intención, como las que se referían al hipotético abuso sexual de las modelos por parte de Matisse, para el que no se ha encontrado evidencia documental. También han aflorado muchos datos nuevos que completan a los que hasta ahora habían sido los relatos canónicos (Barr, 1951; Flam, 1986). Pero, sobre todo, en la biografía de Spurling emerge un personaje que, matizando el tradicional perfil más o menos egocéntrico del artista dedicado sólo a su arte, se presenta como un ser más complejo, a menudo atormentado y difícil, que paradójicamente es capaz de producir imágenes capaces de relajar la mirada de «un cansado hombre de negocios», según la famosa frase del artista.
La interpretación de esta nueva perspectiva es lo que resulta más controvertido de este libro. Porque, aunque esta biografía pretende nada más –y nada menos– que ofrecer un recuento riguroso de la vida de Matisse, capaz de cambiar la visión del personaje, en realidad también se propone conseguir, a partir de esa imagen renovada del hombre, una nueva valoración de la obra. Sin embargo, no llega a entrar en el análisis de esa obra, que deja en buena medida sólo como una posibilidad abierta al lector a partir de los datos biográficos que ella ofrece. La tesis de la autora es que la revelación de la personalidad «real» de Matisse permitirá entender y valorar mejor la profundidad de su obra: conocer el componente emocional, incluso la angustia que en muchos momentos dominó la vida de Matisse, viene a decir, permitirá una apreciación más adecuada de lo que hasta ahora ha sido poco menos que minusvalorado por su esencial sentido decorativo. Sin embargo, creo que, en realidad, en esta declaración de intenciones hay al menos dos premisas falsas. En primer lugar, la fortuna crítica de la obra de Matisse superó hace mucho tiempo los posibles problemas que su esencial decorativismo, maliciosamente confundido con superficialidad, pudiese haberle reportado en vida del artista, durante los años de furor de la agresividad vanguardista. No hay necesidad, por tanto, de reivindicar su obra como si fuese la de un artista postergado. En segundo lugar, y quizá más importante, la angustia de un artista no hace necesariamente mejor su obra: el argumento para reivindicarla no puede ser el sufrimiento que en ella se contiene o las dificultades emocionales que en ella se condensan. Hilary Spurling tiene, para muchas otras cosas, la ventaja de escribir sin los prejuicios de un historiador del arte. Sin embargo, en este sentido se tiene la impresión de estar ante un resabio de la cultura historiográfica del expresionismo abstracto.
Dicho esto, es verdad que la vida de Matisse, como desvela minuciosamente Spurling, no estuvo exenta de problemas. El primero de ellos es el famoso affaire Humbert, un escándalo financiero –que incluyó asesinatos, suicidios y corrupción– en el que se vio involucrada la familia de Amélie Parayre, la esposa de Matisse. Era 1902 y la obra de Matisse, que había iniciado ya su camino experimental, parece replegarse entonces a formas y colores convencionales: Spurling revela que el llamado «período oscuro» de Matisse se refiere, pues, no sólo al pigmento de sus cuadros, sino también a un momento de extrema dureza en el que la familia de Matisse hubo de afrontar jucios y difamaciones antes de que todo quedase aclarado, y en el que el pintor debió cambiar su estilo –incluso indumentario– para conseguir que su familia saliese airosa del trance. Aquella prueba tuvo varias consecuencias importantes: en primer lugar, selló una especie de alianza indestructible entre Matisse y su esposa, Amélie, que desde aquel momento y durante varias décadas sería su más fiel aliada, su apoyo constante en su cruzada artística. En segundo lugar, a partir de entonces los pormenores de la vida familiar quedaron sometidos a la mayor de las reservas.
Quizá como una especie de escudo protector frente a ésta y otras perturbadoras inclemencias, Matisse decidió lucir a partir de entonces una imagen aburguesada. Vestido con sus elegantes ternos de tweed, y autor de una obra admirada incluso por quienes no gustan del arte moderno, se nos presenta deliberadamente como el protagonista de una vida perfectamente pautada, plácidamente vivida al amparo del prodigioso mediterráneo que asoma por las ventanas de sus lienzos. Sin embargo, como la mayoría de los pintores de su tiempo, tuvo que superar dificultades que muestran hasta qué punto la vida de un artista, incluso cuando se trata de uno teóricamente consagrado, debe plegarse a los caprichos de coleccionistas y críticos de los que en buena medida sigue dependiendo hasta el final. En la primera década del siglo XX, después de quince años de vivir en una extrema pobreza, Matisse comenzó a encontrar algunos compradores dispuestos a correr el riesgo de adquirir su obra. Los más destacados no fueron, sin embargo, franceses. Su pintura era demasiado salvaje (fauve), demasiado agresiva, y se había convertido en motivo de escarnio en buena parte de los círculos artísticos franceses. Como si hiciera falta proceder de otras culturas para apreciar la carga en profundidad que Matisse estaba asestando a las convenciones de la pintura francesa, los primeros compradores destacados de su obra fueron estadounidenses (los Stein) y rusos (Shchukin y Morosov). Varios años antes de la Primera Guerra Mundial sus cuadros podían verse ya en los palacios de estos dos coleccionistas moscovitas, que asumieron como un reto personal la renovación pictórica de Matisse. La relación con los Stein, sin embargo, no fue tan fácil, como lo demuestra la participación de Matisse en el famoso libelo «Against Gertrude Stein» que publicó la revista Transition en los años treinta. Aunque solemos pensar en Gertrude cuando hablamos de coleccionismo de vanguardia, fue Leo Stein quien compró la Mujer con sombrero en 1905 y la Alegría de vivir en 1906, pero sería sobre todo su cuñada Sarah Stein, mucho menos conocida, quien llegaría a apreciar mejor la obra de Matisse, según afirma él mismo. Gertrude, sin embargo, se permitió hablar de Matisse en su polémica Autobiografía de Alice B. Toklas como si fuese su gran descubridora, algo que irritó a un Matisse que siempre se sintió incomprendido y utilizado por la escritora estadounidense. En 1914, otro gran coleccionista americano, el excéntrico y agresivo Dr. Albert Barnes, inicia su colección de obras de Matisse. Mucho más tarde, en 1930, Barnes encarga a un Matisse ya muy respetado una serie de frescos para la sede de su fundación en Merion, pero le envía las medidas equivocadas para obligarle a viajar a Estados Unidos y realizar la obra in situ. Incluso un artista conocido como Matisse estaba a merced de los caprichos de los coleccionistas.
Algo más de una década más tarde, en plena Segunda Guerra Mundial, quedaría claro que tampoco estaba a salvo de otros peligros. Tan vulnerable como cualquier otra familia francesa, la de Matisse se vio sacudida por los acontecimientos: el 10 de abril de 1944 el pintor recibía una carta de su hija Marguerite que reflejaba una inquietante zozobra. Tres días más tarde fue arrestada por la Gestapo al bajarse del tren de París en la estación de Rennes. Mientras tanto, Amélie, la esposa del pintor, fue llevada a los cuarteles de la Gestapo en París para ser interrogada ese mismo día. Amélie no fue puesta en libertad hasta primeros de octubre, y pocos días más tarde saldría también Marguerite, que después explicaría a su horrorizado padre cómo había sido torturada hasta el punto de haber intentado suicidarse.
Acabada la guerra, Matisse inicia su última etapa instalado en Vence, una pequeña localidad cercana a Niza. Sus fuerzas no le permiten ya realizar grandes pinturas, por lo que dedica sus esfuerzos a sus famosos papeles recortados –«a dibujar con tijeras», según sus propias palabras–, así como a proyectos decorativos como el de la célebre capilla de Vence, situada a sólo unos pasos de su casa. Spurling relata la sorpresa de Picasso al ir a visitarlo. Matisse era un artista plenamente reconocido internacionalmente. Picasso, que no recordaba la dirección exacta, llamó a la puerta de una atractiva casa situada en la carretera, y tuvo que ser guiado por un vecino hasta la verdadera casa de Matisse, «tan pequeña como una caja de cerillas».
Acaso no tener nada que perder fuese para Matisse, como lo había sido a lo largo de su vida, un estímulo para liberar su creatividad. Pero Spurling no entra en este tipo de análisis. Seguramente en la conexión vida-obra está el mayor problema de este libro, que en todo caso se convertirá, sin duda, en referencia obligada durante décadas para todo aquel que quiera conocer aspectos biográficos de la vida de Matisse. A lo largo de todo el libro encontramos continuas referencias al hecho de que la prioridad absoluta de la vida de Matisse y de toda su familia era su arte, no sólo su pintura. Spurling describe los continuos sinsabores de sus relaciones con otros artistas, con marchantes y coleccionistas, así como su permanente ansiedad ante su propia pintura pero, paradójicamente, no llega a hacer comentarios ni apreciaciones críticas sobre la obra de Matisse, al contrario de John Richardson, que en su recién publicado tercer tomo de la biografía de Picasso sí se permite salir del corsé de biógrafo y adentrarse libremente en problemas estéticos. En otros casos quizá sea posible separar limpiamente vida y arte, pero en el caso de Matisse toda la abrumadora información biográfica de que disponemos gracias a este libro, siendo absolutamente deslumbrante, no llega a desvelarnos al verdadero artista, el que vive en su obra. 

 

01/05/2008

 
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