ARTÍCULO

Traición a Manuel Puig

 

Al cabo de la extenuante tarea de meterse este libro entre pecho y espalda, a uno le queda la sensación de que la autora y la editorial han desperdiciado un tiempo enorme y han dilapidado una reserva forestal. Todo hubiera sido más fácil, para ellos y los interesados en la vida y obras de Manuel Puig, si hubiesen incluido el material íntegro en un banco de datos o en un CD-Rom adusum consultantes. Aunque la verdad es que no puede imputársele la culpa tan solo a la autora y/o la editorial. La lista de agradecimientos del libro (págs. 393-394) se lee como si fuera el canon de créditos de los últimos largometrajes de Stanley Kubrik: por lo tanto, es permisible la sospecha de que al menos uno solo de los agradecidos debería haber tenido el coraje, o la clarividencia, de decirle a la autora que este libro –como libro-es una traición a Manuel Puig.

Y lo que pasa es que hay una generación, a la que según todas las evidencias parece pertenecer Suzanne Jill Levine, que no ha leído las biografías de Stefan Zweig ni tampoco las de André Maurois. Hélas! Porque el pecado mayor, la traición a Manuel Puig que significa este libro, se comete al transformar en un texto generador de puros bostezos lo que fue una materia prima vital apasionante y divertida. El lector digamos académico, universitario, quizá goce con él de un ágape a cuyo lado las bodas de Camacho y el festín de Baltasar desciendan a la categoría de plato combinado en una cafetería de barrio. Pero el lector de a pie, como usted y como yo, tendrá que ponerse al final en manos de un ortopeda de acrisolada experiencia que le reencaje la mandíbula. Y hacer luego una cura de rehabilitación [re]leyendo MaríaAntonieta o Disraeli, de los respectivos supracitados: dicho sea de paso, ya estoy en ello.

El elogio que Mario Vargas Llosa le ha dedicado a este libro en The NewYork Times, y que la contraportada recoge ampliamente, induce mucho al despiste. Pero, si se lee con atención, en realidad lo que hace es destacar, justamente, esa condición de banco de datos a la que me he referido más arriba. Por un no sé si llamarlo behaviorismo de vía estrecha, la autora de Manuel Puig y la mujeraraña no ha dejado minucia por escrutar en la vida de su biografiado. En ese sentido, «al investigar esta biografía» (como graciosamente desbarra la traducción), Levine ha conseguido infinidad de datos, sí. Pero el prurito de exhaustividad vuelve premiosa su lectura, y la obcecación en hacer resaltar el revés de la trama, el cañamazo de las novelas de Manuel, poniéndolo todo en relación con su vida, al final se convierte en una especie de bumerán contra el propio libro. El resultado es algo así como un ejemplar monotemático de ¡Hola! multiplicado ad nauseam. O, para decirlo en términos cinematográficos: es como si el libro lo hubiesen escrito al alimón una Louella Parsons y una Hedda Hopper especializadas monográficamente en Manuel Puig.

Para más inri, sin que quepa lugar a dudas, y aun a riesgo de parecer pesado, debo insistir en algo que dije en otra reseña, y en estas mismas páginas, a saber: que un aspecto insoslayable –también en este libro– es, más que la traducción, el cuidado de la edición. Y no sólo de la española: la original tampoco escapa a las iras del lector. A todos los defectos ya apuntados y que hacen a la esencia misma del libro, deben añadirse las innumerables falencias que en ciertos momentos vuelven intransitable su lectura.

Hablando sólo de la edición original, habría tela cortada para preguntarnos por qué entre las páginas 271 y 276 a la misma persona se la llama unas veces Michael y otras Mark, alternativa y sucesivamente.

Last but not least, no todos los detalles biográficos son correctos. Cuando en la página 222 se nos dice que Manuel Puig introdujo en TheBuenos Aires Affair las notas a pie de página como «un nuevo dispositivo para burlarse de la objetividad», dicho así parecería que él hubiese inventado el procedimiento, siendo un truco usado ya con gran virtuosismo por alguien tan lejano como Gjellerup, el Premio Nobel danés de 1917, y alguien tan cercano como Enrique Jardiel Poncela en sus cuatro novelas largas. Y si Manuel Puig estuvo en septiembre de 1970 en la Feria del Libro de Fráncfort no fue como «escritor homenajeado», sino integrando un grupo invitado por el ministerio alemán de Asuntos Exteriores y del que formaban parte García Márquez, Vargas Llosa –¡eran otros tiempos!–, Miguel Ángel Asturias, Manuel Arce, Enrique Estrázulas...: lo sé de buena tinta porque fue allí donde los conocí a todos.

En lo que se refiere a la edición española, esa sintaxis invertida, cursi –«giros de frase de bolero»– que Puig le pedía a su traductor francés, se lleva a cabo sin ningún problema en la traducción de su biografía, pero sólo por no saberse sacudir el corsé del original. Hay algún «sin embargo» (pág. 217) al final de una frase, en lugar de al principio, que parece un pastiche del estilo que emplea el impertérrito locutor de Les Luthiers. Y esto no sucede una sola vez, sino muchas: demasiadas. En cuanto al masacrante uso de las preposiciones, ya sea por mímesis («Hollywood sobre el Tíber» para referirse a Cinecittá) o por ignorancia de la correcta («agregó en lápiz»), peor es meneallo. Y para rematar este capítulo, algunos descarrilamientos como «arcano» por vetusto, «corte» por juzgado, «los árboles de tilo» por los tilos, «como así» por así como, «capullos de naranja» por flores de azahar, y un casi infinito etcétera, nos ponen los pelos de punta incluso a los calvos de solemnidad.

Pasando a la cultura general, hay una página (95) donde se nos habla de «los años 60 postexistenciales» –los que siguen al existencialismo–, y que no se trata de un despiste nos lo confirma la página 128, donde el pobre Roberto Arlt es motejado de existencial. Y no quisiera dejar de mencionar un chiste involuntario, por posible desconocimiento de una expresión latina y lo que significa: en la página 292 se nos cuenta que al enterarse Manuel Puig de la noticia –que lo habían propuesto para el Nobel– «se la tomó con un grano de sal». Como si fuera un tequila, vamos.

Terminada a trancas y barrancas la lectura del libro, echo de menos en él una frase como la de Jaime Manrique en Maricones eminentes: «El asesinato de Lorca, el suicidio de Arenas y la muerte de Puig en el exilio, se oponen con claridad cristalina al régimen del general Franco en España durante cuarenta años, al gobierno férreo de Castro en Cuba durante casi cuatro décadas, y a los miles de "desaparecidos" a manos de los militares argentinos en los años setenta. Estos escritores (además de ser artistas de primer orden, grandes innovadores) no sólo hablaron en sus obras de la opresión de los marginados, sino que tuvieron los cojones de los que carecen muchos escritores heterosexuales». A lo que sólo cabe añadir: Amén.

01/05/2003

 
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