ARTÍCULO

El gran inquiridor

Tusquets, Barcelona
450 pp. 25 €
 

José Lázaro (A Coruña, 1956), profesor de Humanidades Médicas, era hasta la aparición de este libro todo un desconocido en nuestro panorama literario, donde Lázaro irrumpe con maneras rigurosas, con argumentos potentes e importantes dosis de originalidad, para trazar la vida y muerte de Luis Martín-Santos en un libro titulado, precisamente, Vidas y muertes de Luis Martín-Santos, aproximación tenaz a los hechos que rodearon la biografía de uno de los escritores más explosivos de la narrativa española moderna. Y ello por un solo título, Tiempo de silencio, naturalmente, que Tiempo de destrucción no pasa de ser sinfonía inacabada e incompleta, a la que sólo la voluntad arqueológica de José-Carlos Mainer pudo alzar hacia su publicación, no sin que antes (como aprendemos en el libro de José Lázaro, tan impecable cual suelen serlo los ganadores del Premio Comillas; éste lo obtuvo en su edición XXI) don Leandro Martín-Santos hubiese manifestado su intención de concluirlo, en lo que hubiera sido chapuza insoportable. Don Leandro era el padre del autor, cirujano militar y compañero (junto con Francisco Ciriquiáin) de su hijo en el accidente que acabó con la vida de éste, el 21 de enero de 1964, en San Sebastián, adonde habían sido trasladados desde Vitoria (lugar del percance el día anterior) los ocupantes del vehículo maniobrado por el propio Martín-Santos. Un final de partida que provocó todo tipo de comentarios, desde el que habló de un sucidio (pero «¿Quién se suicida con su padre y un amigo de la familia?», nos dice desde el interior de la ballena de este libro coral Antton Eceiza, cineasta y compañero fraternal de Martín-Santos), tal vez como pieza demasiado apetitosa para el morbo provocado por la desaparición violenta de quien había perdido diez meses atrás a su esposa, Rocío Laffon, en más que posible renuncia voluntaria a la vida (por inhalación de gas), hasta quien elucubró causas bien novelescas. Como, por ejemplo, que detrás del accidente hubiera habido manos tan pecadoras como «fascistas». Así la versión que escuché a Xaime Gómez Vilasó en Santiago de Compostela en 1968, cuatro años después del suceso. Lo que contradecía, precisamente, la extrema precisión con que los conjurados habrían logrado su objetivo, dejando vivos a los compañeros de su víctima mortal. Y el propio Lázaro nos cuenta cómo la vida de Martín-Santos no parecía correr peligro en un principio, y de ahí las diversas llamadas telefónicas hechas por éste en los primeros momentos a Josefa Rezola, su prometida, viuda a su vez de Perico Arana, gran amigo del autor de Tiempo de silencio. Luego aparecería reventado el bazo de Martín-Santos, causa directísima de su fallecimiento. Josefa o Pepa Rezola se reserva (o le reservó José Lázaro) el papelón de clausurar un libro complicado, en el que ella es la estrella invitada, sin duda, pero hay un claro coprotagonista que no es otro que el hijo de Martín-Santos (su vida también una novela, como la del padre), Luis, pues Rocío –la primogénita, psiquiatra como el progenitor– apenas si se deja ver como acompañante cortés del gran inquiridor que resulta ser, y además como tal se autodefine, José Lázaro, en tercera persona o utilizando el tú autorreflexivo, mientras que Juan Pablo (así llamado por Jean-Paul Sartre), último de la descendencia de Rocío y Luis, resulta testigo imposible por la nebulosa mental en que se halla desde hace bastantes años (la misma, probablemente, que envolvía a la abuela paterna, Mercedes, esquizofrénica).
Queda dicho que Lázaro utiliza, estilísticamente hablando, la modalidad autorreflexiva, tan empleada por Juan Goytisolo, por lo menos en su trilogía «destructiva», Señas de identidad y sucesivas, quien aleja la fama de arisco que el barcelonés trasplantado a Marrakech para algunos pudiera tener, con un análisis, radical y óptimo, de la figura y obra martinsantianas, manteniendo distante (igualmente) cualquier posible sospecha de animadversiones o envidias hacia quien lo eclipsó, a él y a tantos otros novelistas españoles modernos, en la atención crítica y lectora. Y es que, no se olvide, Tiempo de silencio fue durante años lectura obligada de nuestros escolares. Los mismos que conviertieron en best seller títulos como Historia de una escalera, Luces de bohemia, Camino de perfección y, naturalmente, Tiempo de silencio, para regocijo, ya se entiende, de sus derechohabientes. Y de estas lecturas impuestas, que vaya usted a saber qué logros provocaron, le vendría la inspiración a Xabi San Martín, componente del grupo pop (tan donostiarra como Martín-Santos, aunque éste hubiera nacido en Larache, entonces, 1924, parte del protectorado español en Marruecos, adonde había llegado don Leandro –acompañado de su esposa, naturalmente– en su condición de cirujano militar) La Oreja de Van Gogh. La canción a la que aludo lleva por título Rosas y dice en una de sus estrofas: «Desde el momento en que te conocí / resumiendo con prisas “Tiempo de silencio” / te juro que a nadie le he vuelto a decir / que tenemos el récord del mundo en querernos». Suficiente, entiendo, para subrayar la difusión, aunque «obligada», de nuestro escritor.
De él piensa el biógrafo, con no disimulada melancolía, que «se está produciendo cierta postergación del libro y de su autor». Y ello en parte por haber sido «suprimido de las lecturas obligatorias en bachillerato (a favor del novelista local más grato a las autoridades)», según indica Lázaro, incisivo inquiridor quien, aunque a veces los árboles no dejen ver el bosque, sí ha dado con su libro pruebas de la inmensa vitalidad como escritor de Luis Martín-Santos. Pero también en su sentido estricto; la que poseía, o dominaba, a éste. Sujeto sensual, dado a los placeres gastronómicos y etílicos, y proclive igualmente a la visita de lupanares y «meublés», de lo que deja constancia su obra. Y su vida, a tenor de las declaraciones de sus amigos, coincidentes en ver un personaje incapaz de pararse en barras una vez iniciada la francachela. Hombre irónico igualmente, castigo de mediocres o ignorantes audaces, en conversaciones en las que brillaba su poderío dialéctico, Martín-Santos, como ya quedó dicho, nació en Larache, para trasladarse a los cuatro años a San Sebastián, donde estudiará el bachillerato, y también la carrera de Medicina (bien que por libre, con exámenes y titulación en Salamanca). Después, Madrid, cirujano en el CSIC, y Ciudad Real, como director de su hospital psiquiátrico. Más tarde, Heidelberg, donde coincide con Carlos Barral y Manuel Sacristán, tesis doctoral, Dilthey, Jaspers y la comprensión del enfermo mental, defendida en Madrid, y San Sebastián como última morada, ejerciendo Martín-Santos la psiquiatría y vetado como director del Hospital Provincial. Mientras el escritor (hubo un primer libro de poemas, Grana gris, 1945, editado a costa de don Leandro, del que acabaría renegando) iba abriéndose paso, imparable, en un panorama baldío, donde tremendistas y realistas comenzaban a ser plato reiterado y, por lo tanto, cansino. Y los tiempos (ni siquiera Barral, en principio poco dispuesto a publicarlo, cosa que enconaba más todavía los ánimos benetianos ante lo fácil que le había sido a su cofrade conseguir el placet barraliano) aún no estaban preparados para degustar el cocido, moroso y lleno de vuelcos o meandros, que gobernaba Juan Benet, amigo íntimo que había sido de Luis Martín-Santos (tanto que se deja ver una y otra vez en el libro de Lázaro en cantidad sólo comparable a las apariciones de Rocío Laffon) y adversario implacable de su obra una vez muerto el psiquiatra y novelista. Cabría pensar, es lo más fácil, que por la envidia de quien jamás alcanzó en la novela española el estatus canónico conseguido por Martín-Santos. Blanca Andreu, viuda de Benet, y entusiasta colaboradora de la tarea de José Lázaro, desde ahora Gran Inquiridor, considera que la reticencia benetiana (él mismo casado en primeras nupcias con suicida, lo que marca otro inquietante paralelo en el novelón diseñado, y llevado adelante con inteligencia y talento, por Lázaro) se debe a que Juan Benet jamás aceptó con agrado su aparición semiestelar en Tiempo de silencio, en el papel de Matías, lo que explicaría sus comentarios, tan agresivos, y que Lázaro reproduce en el libro. Como beligerantes fueron las opiniones de Francisco Umbral, también citadas por José Lázaro, sólo que tan envueltas en esa prosa sonajero de la que hablara Juan Marsé que su efectividad resulta menguada, como un incisivo cariado o cosa semejante.
En contraposición, José Lázaro aporta toda una serie de argumentos favorables a Martín-Santos, desde los de sus primeros críticos, José Luis Torres Murillo (el primerísimo, en El Diario Vasco) o Ricardo Doménech, hasta Carlos Castilla del Pino, Josep Maria Castellet, Mario Benedetti, Mario Vargas Llosa y ese largo etcétera que contribuyeron, junto con el decisivo «boca-oreja» lector, a que Tiempo de silencio se convirtiese en referencia obligada de la narrativa española contemporánea. Lo que hace aún más triste la temprana ausencia de Martín-Santos, como consecuencia de aquel viaje en automóvil a San Sebastián, previa estancia salmantina (y aquí difieren las hipótesis) para vender unas tierras, ya que el padre era originario de Topas (Salamanca), o bien con el fin de documentar la novela en que trabajaba con referencias familiares. En todo caso, el viaje definitivo de Martín-Santos está bien balizado por José Lázaro, incluyendo la noche madrileña anterior a la partida con copas y risas compartidas con Antton Eceiza y el pintor Rafael Ruiz Balerdi (y la novia de éste, Terele Pávez, en cuyo piso tomarían la «espuela» después de la cena en Tranquilino). Pero como todo es cuestión de perspectivas, y Juan Benet sostiene en Otoño en Madrid que esa última cena fue en una taberna de la calle del León, con diferentes amigos y él mismo, Lázaro, para apoyar los múltiples enfoques que la misma situación puede poseer, cita el inicio de El banquete platónico y –sobre todo– la famosísima parodia que de la conferencia de Ortega y Gasset en el teatro Barceló (hoy discoteca Pachá) hace Martín-Santos en Tiempo de silencio: la de la manzana, tan difundida que hasta es pasto de lectores de cuarto de la ESO, ajenos a Martín-Santos y a don José Ortega y Gasset. Dicen que a éste se le arrimó subrepticiamente el padre Félix García en el momento de su agonía. Miedo este, el que le colasen un sacerdote como a Ortega en trance semejante, abrumaba a Martín-Santos en sus últimos momentos (según Josefa Rezola, a quien pidió que tal cosa no se produjera). De lo que ocurrió en la alcoba mortuoria no hay sino el testimonio (dadas las circunstancias, tan sospechoso como, por ejemplo, la carta de Rafael del Riego retractándose de sus «errores» y suplicando el perdón regio cuando ya sabía que le esperaba la horca) del capellán del hospital de Vitoria, quien firmó un escrito (reproducido por Lázaro y que daría risa de no causar pena) en el que se dice, entre otras cosas, que «es absolutamente falsa y calumniosa la noticia de haber rechazado [Martín-Santos] los Santos Sacramentos, habiendo recibido la Absolución y Extremaunción». Para acabar con la siguiente perla: «Frase suya [de Martín-Santos]: ¡Dios mío, cuánto me has dado y qué mal he correspondido!».
Valgan estas muestras como ejemplo del rigor y la meticulosidad con que José Lázaro ha llevado antes su trabajo, que hubiera quedado incompleto de no incluir, como hace, la peripecia política de Luis Martín-Santos. Militante del PSOE, y en dicha condición encarcelado en tres ocasiones (1958, 1959 y 1960), detenciones aparte. La militancia de Martín-Santos aparece en este libro narrada por José Lázaro con la técnica retabular que le es propia, utilizando testimonios indirectos, los de Joan Reventós, Antonio Amat o Rossana Rossanda, activista italiana enviada a España por el PCI en 1962 para hacer una exploración sobre el terreno y autora de esta espléndida descripción: «Recuerdo al doctor Martín-Santos como uno de esos perros de raza, grandes, que fingen no tener una larga cadena al cuello: en el círculo en que podía moverse lo hacía sin disimulo, con desenvoltura, partiendo del hecho de que era un miembro de la oposición y un desterrado». O bien de primera mano, así los de Enrique Múgica, José Ramón Recalde o Mario Camus, el cineasta, amigo íntimo de Luis Martín-Santos que relata, fascinado, las maneras que tenía el psiquiatra donostiarra de salir indemne de los interrogatorios (transformando al interrogador en interrogado). El mismo sujeto coñón que se atrevió a presentarle a Antton Eceiza al torturador Melitón Manzanas, años después asesinado por ETA, como: «Aquí, Melitón Manzanas, esbirro». Que así se las gastaba este hombre vitalista, divertido, mordaz (y en ello coinciden todos los testimonios), de quien se dice en este libro que, de no haber muerto tan prematuramente, hubiera dado la vuelta a la historia del PSOE, cambiando la hegemonía del clan andaluz por su equivalente vasco. Cuestión de perspectivas, como la manzana del Maestro. En todo caso, nunca lo sabremos. Sí que estamos ante un libro muy serio.

01/09/2009

 
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